NO PIENSA DEJARLA IR
Damiano
Todo el mundo cree que reconocerá el amor cuando lo encuentre; yo confundí el mío con el peligro.
Tres putos días.
Tres días desde que Makayla salió de mi ático y soy incapaz de concentrarme en nada.
Marco está en mi despacho repasando las disputas territoriales con los Romano; se están metiendo en nuestro negocio de apuestas en Queens, a ver hasta dónde pueden llegar.
Normalmente estaría trazando una estrategia, calculando, planeando la respuesta con la fría precisión que me convirtió en jefe de esta familia.
En cambio, no dejo de pensar en su piel morena, en sus trenzas africanas y en el sonido que se le escapó cuando la besé.
—¿Jefe? —Marco se detiene a mitad de la frase—. ¿Estás oyendo algo de esto?
—Los Romano están siendo agresivos. Te he oído.
—¿Y?
Y ahora mismo me importa una mierda. Los Romano podrían quedarse con todo Queens y yo seguiría aquí sentado, pensando en cómo me miró Makayla aquella mañana. Herida. Traicionada.
—Ocúpate de ello —digo—. Apriétale las tuercas a su gente. Que quede claro que no vamos a ceder terreno.
Marco me observa. Lleva muchos años siendo mi segundo y mi mejor amigo. Sabe cuándo algo no va bien.
—¿Estás bien?
—Bien.
—Has mirado el móvil doce veces en la última hora.
Dejo el móvil boca abajo sobre el escritorio.
—He dicho que estoy bien. Los Romano…
—Pueden esperar. —Marco se reclina en la silla—. ¿Qué ocurre? Y no me digas que nada. Te conozco desde hace demasiado tiempo.
Me paso una mano por el pelo. Desde el sábado por la mañana no he dormido más de dos horas seguidas. No puedo comer. No puedo pensar. No dejo de ver su cara cuando le dije que estar juntos era un error.
—Hay una mujer —digo al fin.
Marco arquea las cejas.
—¿Una mujer? ¿Tú?
—¿Y eso qué se supone que significa?
—Significa que no sales en serio con nadie desde hace ocho o nueve años. Significa que normalmente lo mantienes todo sencillo. Sin ataduras ni complicaciones. —Hace una pausa—. ¿Quién es?
—No importa. La he jodido.
—¿Hasta qué punto?
—Creo que me ha bloqueado el número. Cada vez que llamo salta directamente el buzón de voz…
Marco silba por lo bajo.
—¿Qué has hecho?
Lo miro.
—Le dije que acostarse conmigo había sido un error. Que no podía volver a pasar. Que se merecía algo mejor.
—Déjame adivinar: no se lo tomó bien.
—Me dio la razón, luego me dijo que dejara de llamarla y me colgó.
Marco niega con la cabeza.
—A una mujer no le dices nunca la palabra «error» ni «cálmate», salvo que quieras librarte de ella de verdad o que te abran la cabeza.
—No me digas, Sherlock.
—¿Qué le pasa a ella?
—Nada. Es que es joven. Creo que tiene toda la vida por delante y no necesita estar atada a alguien como yo. Y además la pone en el punto de mira. —Me reclino en la silla—. Es arteterapeuta y ayuda a supervivientes de traumas. No pertenece a nuestro mundo.
—Pero la quieres de todos modos.
—Sí. —Reconocerlo es como arrancarme cristales del pecho—. La he amado en la distancia durante años.
—¿Es la hermana de Julian Hartwell? ¿Esa a la que has escrito y a la que has mandado tarjetas y flores todos estos años?
—¿Cómo sabes eso?
—Soy tu verdadero mejor amigo, Damiano. Te he visto poner esa cara de bobo cada vez que le envías algo o cuando ella te manda una carta.
Suspiro.
—No sabía que se me notara tanto.
—A nadie más que a mí. Y sabía que nunca darías el paso, porque era demasiado joven.
—Bueno, ya no es demasiado joven. Se ha convertido en una mujer dulce y preciosa, y la otra noche me confesó que sentía algo parecido por mí, después de que su familia volviera a tratarla como una mierda.
—Vaya por Dios. No sé por qué sigues teniendo a Julian cerca. Él y su familia están a un paso de ser escoria con ropa elegante; todos excepto Makayla, por supuesto.
—Mmm.
—Entonces, ¿qué vas a hacer, jefe?
—No lo sé. No me coge el teléfono. Me ha bloqueado. Y no puedo presentarme en su casa así como así. —Me detengo—. De hecho, ni siquiera sé dónde se aloja.
Marco me lanza una mirada.
—Eres el jefe de la familia Moretti. Tenemos gente para eso.
Tiene razón. Claro que tengo gente para eso.
—Averigua dónde vive —digo—. Y que alguien la vigile. Con discreción. Quiero saber que está a salvo.
—¿Quieres que la sigan?
—Quiero que la protejan.
Hay una diferencia.
—Los Romano saben que Julian es mi socio. Si descubren que estoy liado con su hermana…
—La usarán para llegar hasta ti. —Marco asiente—. Pondré a Tony en ello. Se le da bien pasar desapercibido.
—Gracias.
Marco se levanta para marcharse, pero se detiene en la puerta.
—¿Por si te sirve de algo? Si ella te importa, ve a por ella. La vida es demasiado corta para gilipolleces nobles. Sobre todo las nuestras.
No le falta razón.
Al caer la tarde ya tengo su dirección. Un edificio sin ascensor en Williamsburg. Cuarto piso. Se mudó la semana pasada.
Tony informa de que se está instalando. Ha comprado comida en la tiendecita de la esquina. Ha deshecho las cajas. Se ha visto con una mujer llamada Simone; al parecer, va a entrar como socia en una consulta de arteterapia de Brooklyn.
Se queda. Está construyendo una vida aquí.
Sin mí.
La idea se me queda en el pecho como una piedra.
Intenté hacer lo correcto, intenté ser noble.
Y en lugar de eso la herí. La hice sentir que era un error, cuando es lo mejor que me ha pasado en años.
Quizá en toda mi vida.
La deseo desde que era demasiado joven para ser deseada. Me pasé once años diciéndome que debía mantenerme alejado, guardar las distancias y portarme como un adulto. Era la hermana pequeña de Julian. Terreno vedado. Prohibida.
Pero ya no es una niña. Tiene veintisiete años. Con estudios. Independiente. Fuerte. Y me eligió a mí.
Aquella noche vino a mí, rota y dolida, y en vez de limitarme a consolarla, cedí. Por fin me permití tener lo que llevaba más de una década negándome.
Y entonces entré en pánico.
Porque tenerla significaba que todo podía cambiar. Significaba tener algo que perder. Alguien a quien podrían usar en mi contra. Alguien a quien protegera aunque tuviera que arrasar el mundo entero.
Alguien por quien moriría.
Para un hombre que ha construido su vida sobre el control, eso es aterrador.
Pero ¿sabes qué da más miedo? Vivir sin ella. Saber que la tuve una noche y la dejé escapar porque tenía miedo.
A la mierda la nobleza. Marco tiene razón. La vida es demasiado corta.
Y ya está bien de nobleza.
Son las once de la noche cuando me presento en su edificio.
El portero, un hombre mayor que lee el periódico, apenas levanta la vista cuando entro. Ni rastro de seguridad. Cualquiera podría llegar hasta ella.
Eso cambia mañana. Tendré a alguien apostado aquí. Instalaré cámaras. Pondré cerraduras decentes en su puerta.
Pero primero tengo que arreglar lo que he roto.
Subo las escaleras hasta el cuarto piso. Su apartamento está al final del pasillo. El 4D. Por debajo de la puerta se filtra luz.
Está despierta.
Llamo.
Silencio.
Vuelvo a llamar.
—Kayla. Sé que estás ahí.
Más silencio.
—No me voy a ir hasta que hablemos.
La puerta se abre de golpe.
Lleva unos pantalones cortos de dormir y una camiseta de tirantes, con las trenzas de caja recogidas en un moño desordenado en lo alto de la cabeza. Sin maquillaje. Descalza. Está preciosa y furiosa.
—¿Hablas en serio? —Su voz suena baja, controlada—. Son las once de la noche. Mañana trabajo. Vete, Damiano.
—No.
—¿Perdona?
—No pienso irme. Tenemos que hablar.
—No tenemos nada de qué hablar. Dejaste las cosas muy claras.
Intenta cerrar la puerta y la bloqueo con la mano.
—Me equivoqué.
Eso la detiene. Se queda mirándome.
—¿Qué?
—El sábado por la mañana entré en pánico.
Creí que te protegía al apartarte de mí.
No era verdad. —Doy un paso hacia ella—.
Me pasé tres días intentando convencerme de que había tomado la decisión correcta.
Lo único que conseguí fue hacernos desgraciados a los dos.
No puedo dejar de pensar en ti. No puedo dormir.
No puedo concentrarme. No quiero ser noble. Solo te quiero a ti.
Le centellean los ojos.
—No tienes derecho a rechazarme y aparecer aquí unos días después diciendo que has cambiado de opinión. No soy un yoyó que puedas coger y soltar cuando te apetezca.
—Lo sé.
—¿Ah, sí? —Alza la voz—. Toda mi familia me dijo que soy una decepción. Luego vine a ti, la única persona que creía que de verdad me veía, y me hiciste sentir exactamente lo mismo. Como si no mereciera la pena quedarse conmigo.
El dolor de su voz me llega hondo.
Le sujeto la cara entre las manos y la obligo a mirarme.
—Eres todo lo que he deseado durante once años y para lo que he sido demasiado cobarde. Me aterra lo que significa desearte tanto. Me aterra el peligro al que te voy a exponer. Pero no puedo dejarte marchar, Kayla. Estos tres días han sido un infierno.
—Damiano…
—Dime que no sentiste lo mismo que yo aquella noche. Dime que solo fue consuelo, algo pasajero, un error. Miénteme si hace falta. Pero si hay alguna parte de ti que quiere esto, que me quiere a mí, déjame entrar. Déjame demostrarte que no voy a volver a salir corriendo.
Se queda callada un largo rato. Le veo la batalla en los ojos: el dolor y la esperanza peleando entre sí.
—Me hiciste daño —dice por fin.
—Lo sé.
—Me hiciste sentir que no importaba.
—Me importas más que nada.
—¿Cómo sé que no lo harás otra vez, que la próxima vez que las cosas se pongan feas o se compliquen no me apartarás para «protegerme»?
—No lo sabes. —Le deslizo el pulgar por el pómulo—. No puedo prometerte que no vuelva a meter la pata. Pero sí puedo prometerte que lucharé por esto. Por nosotros. Se acabó huir, Kayla. Se acabó tener miedo. Si me das otra oportunidad, te juro que pasaré cada día demostrándote que acertaste.
—Esto es una locura —susurra.
—Sí.
—Eres el mejor amigo de Julian.
—Lo sé.
—Le va a dar un ataque.
—Probablemente. —Apoyo la frente contra la suya—. ¿Eso cambia algo para ti?
Se queda callada. Luego dice:
—No. Dejó de importarme lo que piense Julian cuando se quedó ahí sentado dejando que nuestros padres me destrozaran.
—Entonces, ¿qué quieres? Dime qué quieres y será tuyo.