EL REGRESO #4
—El valor no siempre se mide en dólares.
—El valor solo se mide en dólares. —Mi padre se pone en pie y su sombra cae sobre mi plato intacto—. Esa es la primera lección por la que pagamos seis cifras para que la aprendieras. Está claro que tiramos el dinero.
El camarero se desliza hasta la mesa con el postre, una especie de construcción arquitectónica de chocolate que cuesta más de lo que ganan mis clientes en una semana. Detrás llega el aroma amargo del espresso. Qué oportuno. Hasta su decepción viene con una presentación impecable.
—Teníamos tantas esperanzas puestas en ti. —El susurro de mi madre me hiere más que los gritos de mi padre—. Eres brillante, como tu hermano, y tienes muchísimo potencial. Pensábamos que te convertirías en alguien que importara.
—En cambio, te dedicas a pintar con los dedos junto a drogadictos en Brooklyn. —El desprecio de mi padre impregna cada palabra—. Desperdiciando todo lo que invertimos.
Invertimos.
Ahí está. La palabra que define toda mi existencia para ellos. No una hija, y desde luego no alguien a quien querer. Solo otro activo de la cartera que se ha hundido.
Me pongo en pie tan deprisa que la silla chirría contra la madera del suelo.
—Se acabó.
—Ni siquiera hemos tocado el postre —afirma mi madre, como si eso fuera a impedir que me vaya.
—Bueno, tengo que irme. —Me tiemblan las piernas, pero no vuelvo a sentarme.
Veintitrés años de rechazo cristalizan en este instante—.
Tienes razón, padre. Soy una decepción en tu mundo porque elijo curar antes que los fondos de inversión, y a las personas antes que los beneficios.
Eso hace que para ti no valga nada, pero no es ninguna novedad.
No valgo nada desde el día en que decidiste que un internado salía más barato que criarme.
—Makayla... —Julian se levanta, rodea la mesa y alarga la mano hacia mí—. Eso no es verdad. Solo intentamos hacer lo mejor para ti.
—Y una mierda. Lo único que intentáis es volverme tan desalmada como vosotros. La diferencia es que esta noche no tengo por qué quedarme aquí sentada, sonreír y aguantarlo. Vine buscando una familia y lo único que me llevo es la misma mierda de siempre, con un envoltorio nuevo y reluciente.
—Eso está fuera de lugar y es muy hiriente —dice mi madre. Intenta agarrarme para devolverme a la mesa mientras mi padre repite que no hemos terminado de hablar.
—¿Hiriente? —Me río ante lo absurdo del comentario—. Si queréis oír algo hiriente, grabaos a vosotros mismos.
—Podemos hablarlo —dice Julian, que me tiende la mano como si fuera a aceptarla a modo de ofrenda de paz—. Vuelve a sentarte.
—No. —Retrocedo, alejándome de todos ellos—. Al menos, cuando me ignorabais, podía fingir que quizá me querríais cuando os dierais cuenta de que existía. Ahora ya no me engaño.
Mi madre dice algo sobre dramatismos mientras me marcho.
Que diga lo que quiera. Me he pasado toda mi puta vida actuando para conseguir su aprobación.
Y se acabó... por fin, joder. También estoy completamente sola, pero siempre lo he estado, así que no es ninguna novedad.
Recorro a toda prisa el pasillo de mármol, cruzo la puerta principal y salgo al aire nocturno, demasiado cálido y demasiado pesado.
Llego al final del camino de entrada antes de que me broten las lágrimas.
No sé por qué le he dado su dirección al conductor de Uber.
Llego aturdida, con las lágrimas corriéndome por la cara, y de pronto me encuentro delante de un rascacielos de lujo en Tribeca. El edificio de Damiano. Nunca he estado aquí y probablemente debería irme.
Debería irme a casa, hacer las maletas y coger el primer vuelo de vuelta a Londres. Pero he llegado demasiado lejos para echarme atrás ahora.
En lugar de eso, entro en el vestíbulo.
El portero no me conoce, pero le digo que Damiano me dejará subir.
—El señor Moretti no ha mencionado ninguna visita para esta noche.
—¿Puede llamarlo?
El portero duda y luego asiente.
Cinco minutos después estoy en el ascensor privado de Damiano, viendo pasar los números de las plantas.
¿Qué estoy haciendo?
Las puertas se abren directamente a su ático y ahí está él, mirándome como siempre me ha mirado en las ocasiones en que lo he visto en actos benéficos cuando estoy en Estados Unidos.
Damiano Moretti. Cuatro años mayor que la última vez que lo vi. Ahora tiene treinta y nueve, frente a mis veintisiete. Sigue siendo devastadoramente atractivo, con un toque de peligro y dominación en su porte, y es la única persona que me hizo sentir alguna vez que yo importaba.
Lleva pantalones oscuros y una camisa blanca a medio abotonar, está descalzo y tiene el pelo algo revuelto, como si se hubiera pasado las manos por él. Sus ojos se clavan en los míos y algo ardiente y hambriento les relampaguea dentro antes de que consiga controlarlo.
—Makayla. —Su voz suena ronca—. ¿Qué ha pasado?
No hace falta más.
Me derrumbo.
Me sujeta antes de que caiga, me atrae contra su pecho y me rodea con los brazos, y es exactamente así como se siente estar a salvo.
Y, por primera vez desde que aterricé, me permito llorar.