Un bebé para el jefe de la mafia multimillonario EL REGRESO #2
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EL REGRESO #2

Me quedo sin aliento.

Nadie me habla así. Como si fuera real. Como si importara.

—No me conoces —susurro.

—Sé lo suficiente. —Alarga la mano despacio, con cuidado, y me atrapa una trenza entre los dedos con un gesto delicado—. Sé que eres preciosa y fuerte, y que este vestido le ensaña a todo el mundo lo espectacular que estás.

El calor me inunda. La cara. El pecho. Más abajo.

Tengo dieciséis años y él veintiocho, y mi madre, tan remilgada y mojigata, diría que esta conversación es inapropiada. Me da exactamente igual. Damiano es la única persona que me ve tal como soy, y eso me calienta por dentro. Por eso me encanta. Por eso lo amo.

No quiero que deje de mirarme así. Como si fuera hermosa. Como si mereciera que me vieran.

Entonces retrocede.

—Te estás convirtiendo en una mujer preciosa, y ahí fuera hay algún chico que verá a la mujer increíble en la que te estás convirtiendo.

—¿Damiano? —La voz de Julian atraviesa la terraza—. ¿Estás ahí?

Damiano se aparta de inmediato. La distancia que se abre entre los dos duele como un golpe.

—Enseguida voy —responde.

Luego me mira una última vez.

—Sigue siendo valiente, Makayla. Todos los que forman parte de tu vida intentan hacerte pequeña, hacerte sentir que no se te quiere. No se lo permitas. Defiende con uñas y dientes tu valor como persona.

Se marcha.

Me quedo en esa terraza una hora más, con sus palabras calándome en el alma.

Sigue siendo valiente. Sé fuerte porque soy hermosa y valgo algo.

Desde esa noche, Damiano se convirtió en mi religión secreta. Cada verano, cuando vuelvo a casa, lo busco en los eventos de Julian. Siempre es amable, siempre me ve, siempre me trata como si yo importara.

Y, a medida que me hago mujer, vuelvo a enamorarme de él. Perdidamente. Sin remedio. Por completo.

Sé que es una tontería. Lo más seguro es que él solo vea en mí a la hermana pequeña de Julian, pero a mi corazón la lógica le da igual.

Solo sé que Damiano Moretti es la única persona que me ha hecho sentir real.

En la actualidad

Mi Uber se detiene delante de mi nuevo edificio en Brooklyn. Williamsburg. Lo bastante lejos del mundo de Julian para poder respirar.

El apartamento es pequeño: un estudio con ladrillo visto y buena luz. Nada que ver con las habitaciones inmensas en las que crecí, pero es mío. Anónimo. Seguro.

Ya tengo veintisiete años. Edad suficiente para haberme construido una vida, una carrera y una identidad que no dependa de la aprobación de mi familia.

Lo bastante mayor para saber que no debería albergar esperanzas de que Julian me vea, ni de que mis padres me quieran. Una parte de mí se burla: «Menuda broma; no te lo creas».

Y, aun así, aquí estoy, poniendo todas mis esperanzas de familia y de amor en una maldita cena en la que los Hartwell me reconozcan como a una de los suyos.

Suelto las maletas y me dejo caer en la cama.

El móvil está en la mesilla; el mensaje de mi madre brilla en la pantalla.

Cena esta noche. A las 19:00. Tu padre y yo te esperamos. Julian también estará.

Tengo tres horas para ducharme, cambiarme y prepararme para enfrentarme a la familia que me ha rechazado toda la vida.

Tres horas para construir una armadura lo bastante resistente como para sobrevivir por si la cena acaba siendo un desastre monumental, como lo ha sido siempre.

Ahora tengo un máster y pienso hacer el doctorado en la NYU si las cosas salen bien.

Me digo que esta vez será distinto porque me han invitado. Quieren verme. Quizá haya pasado suficiente tiempo como para que me echen de menos.

En el fondo sé que vuelvo a prepararme el terreno para otro desengaño.

Voy al baño y me miro en el espejo. Las trenzas de caja me caen por debajo de los hombros, con unas cuantas echadas hacia delante sobre un hombro. La piel morena me brilla por el verano más benévolo de Londres. Ya no necesito su aprobación.

Pero, Dios, todavía la quiero.

Quiero que me miren y vean a su hija. Alguien a quien valga la pena conservar. Alguien de quien estén orgullosos.

Igual que lo he querido siempre. Igual que aprendí, una y otra vez, que querer algo no lo hace realidad.

Me ducho rápido; el agua caliente me suelta los músculos, tensos por el viaje y por el miedo. Cuando salgo, me quedo frente al armario dándole vueltas a la imagen que quiero proyectar.

¿Profesional? Suena demasiado a entrevista de trabajo.

¿Informal? En mi familia lo informal no existe. Se arreglan hasta para cenar en casa. Al fin y al cabo, son los Hartwell. Lo oigo cada vez que entro en su órbita.

Me decido por un elegante vestido cruzado de color burdeos intenso que se ciñe a mis curvas y hace resaltar la piel. Aros dorados sencillos. Tacones nude que me añaden ocho centímetros. Me echo unas trenzas hacia delante para enmarcarme la cara y dejo que el resto caiga por la espalda.

En el espejo parezco segura. Triunfadora. Entera.

Casi me convenzo de que es verdad… Casi.

Quería que mi familia me aceptara y encontré la absolución en los ojos de un criminal.

Mis padres viven en una mansión en Westchester: dinero de toda la vida, elegancia de otros tiempos, esa clase de casa que sale en Architectural Digest con pies de foto sobre la sofisticación atemporal.

Cojo el tren desde Brooklyn y luego un Uber en la estación, y veo cómo los barrios se van volviendo más ricos kilómetro a kilómetro.

Las verjas de hierro siguen pareciéndome barrotes de cárcel, aunque ahora yo esté fuera.

Detrás se extiende la finca: piedra caliza y mármol, céspedes tan perfectos que parecen pintados.

Esto nunca fue un hogar. Solo un sitio que me permitían visitar entre trimestre y trimestre del internado, mientras contaba los días en un dormitorio que seguía listo para invitados incluso cuando yo vivía en él.

Mis padres recorren estos pasillos como si se hubieran borrado la melanina de la memoria.

Sus cenas son mares de rostros blancos y de dinero de toda la vida, con conversaciones sobre inversiones en viñedos y clubes náuticos.

Sonríen más, se ríen más ligero y cambian de registro con tal empeño que me pregunto si recordarán cómo volver al suyo.

En clase de estudios sobre la diversidad estudié la asimilación como forma de supervivencia. Y a los negros que subieron tan alto que olvidaron el color de la tierra de la que venían.

Mi madre sirve caviar donde su bisabuela servía berzas. Mi padre colecciona vinos en una bodega levantada sobre antepasados que recogían algodón. Han cambiado su historia por fondos de alto riesgo, su cultura por clubes de campo donde somos los únicos rostros morenos a la vista.

Mis reflexiones se cortan en seco cuando el conductor me deja en la rotonda de la entrada. Me quedo un momento ahí de pie, mirando las ventanas iluminadas. En algún rincón de la casa, mis padres se preparan para verme por primera vez en cuatro años. Julian ya estará dentro, perfecto como siempre.

Me aliso el vestido cruzado burdeos y me dirijo a la puerta.

Abre mi madre. Victoria Hartwell, cincuenta y siete años, negra, hermosa, envuelta en perlas y cachemira. Me mira como siempre: evaluando, catalogando defectos y decidiendo que no doy la talla.

—Makayla.

No me abraza.

—Llegas puntual. Bien. Pasa.

Lo dice como si yo llegara tarde siempre, algo que no ha pasado nunca, pero dejo pasar la pulla.

La casa huele a velas caras y a abrillantador de muebles viejo. Todo reluce. Nada resulta cálido.

—Tu padre está en el comedor. Julian ya ha llegado.

Camina delante de mí, con los tacones repiqueteando sobre el mármol.

—Vamos a cenar cordero. Supongo que sigues comiendo carne.

—Sí.

Otra pulla. Llevo aquí tres minutos y ya está pasando por encima de mis esperanzas de reconciliación. Nada ha cambiado.

—Bien. No quería tener que hacer excepciones.

Por supuesto que no. Conmigo nunca se hicieron excepciones.

El comedor está exactamente como lo recuerdo: mesa de caoba, lámpara de araña de cristal y cuadros en las paredes que valen más que la casa de la mayoría de la gente.

Son horrendos, de una fealdad inquietante, pero cada uno lleva garabateada la firma de un artista famoso.

Mi padre está sentado a la cabecera. Robert Hartwell, sesenta y dos años, también negro, distinguido de esa forma que tienen los hombres ricos que nunca han tenido que luchar por nada.

Julian está a su derecha. Mi hermano alza la vista cuando entro, con expresión neutra. Treinta y siete años ya. Guapo, triunfador, con un traje que probablemente costó lo que yo pagaba por tres meses de alquiler en Londres.

—Makayla.

Mi padre no se levanta.

—Siéntate.

Me siento en la silla de enfrente de Julian y mi madre se acomoda en el otro extremo.

Un camarero al que no conozco saca el primer plato. Comemos en silencio unos minutos. Espero que alguien me pregunte cómo estoy. Qué tal Londres. Cualquier cosa.

En cambio, mi padre dice:

—Así que has vuelto.

—Sí.

—¿Por cuánto tiempo?

—Para siempre. Me ha surgido una oportunidad de sociedad aquí.

Mi madre emite un sonidito.

—Una sociedad. ¿Para dedicarte a qué, exactamente?

—A arteterapia. Voy a asociarme con una amiga para ampliar su consulta en Brooklyn.

La temperatura de la habitación baja diez grados.

—Terapia artística —mi padre deja el tenedor sobre la mesa—. Te pasaste cuatro años en Londres para sacarte un máster en terapia artística.

Lo habría sabido si se hubiera molestado en preguntar alguna vez, pero agradezco que se limitara a pagar las facturas y a ignorar mi existencia. Así pude especializarme en lo que de verdad me interesaba.

—Sí —respondo, preparándome para la reprimenda.

No tengo que esperar mucho.

—Pagamos el internado en Suiza, y después la carrera y el máster —su voz es de un control perfecto, lo que lo empeora todo—. Todo ese dinero, toda esa educación, para que jugaras a ser terapeuta con gente que no puede permitirse una ayuda psicológica de verdad.

Aunque estoy preparada, las palabras me golpean igual que una bofetada.

—No es jugar a la terapia artística. Es una profesión valiosa y lucrativa.