Un bebé para el jefe de la mafia multimillonario
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EL REGRESO
Makayla
Todo el mundo quiere creer que su madre lo quiere; yo bajé del avión rezando en silencio para que, después de tantos años, a la mía al menos le cayera bien.
Ocho años. Ocho años desde que me fui a estudiar a Londres, donde me sepulté entre asignaturas de arteterapia e inauguraciones de galerías a horas intempestivas en las que nadie conocía mi apellido.
Ocho años fingiendo que no me importaba que mi hermano no llamara nunca, que mis padres se olvidaran siempre de mi cumpleaños.
La única persona que me hizo sentirme vista y cuidada era doce años mayor que yo y terreno absolutamente prohibido.
Me enviaba tarjetas todos los años por mi cumpleaños y en las fechas señaladas, cartas para animarme a seguir adelante, y tarjetas y flores cada vez que me graduaba.
Las firmaba: «Tu buen amigo, L. Sé valiente», y yo las guardaba religiosamente en mi caja de zapatos de {Heart} Damiano para sacarlas cuando estaba de bajón.
Ahora he vuelto.
Saco el equipaje de mano del compartimento superior y, por instinto, me llevo una mano a las trenzas para comprobar que siguen en su sitio.
Me las hice nuevas hace dos días en Londres: box braids medianas que me caen por debajo de los hombros, con las puntas selladas y pulcras.
Aguantarán la humedad y todo lo que Nueva York me eche encima.
La azafata sonríe al verme pasar. Consigo devolverle la sonrisa, pero la cabeza ya se me ha ido a lo que viene ahora.
En cuanto desactivo el modo avión, el móvil se me ilumina.
Julian. Mi hermano y un desconocido. El hombre que no se molestó en dejar que su hermana pequeña se quedara con él ni un maldito verano porque estaba «demasiado ocupado construyendo su imperio».
Le escribí antes de salir de Londres y me sorprende que me haya contestado.
Normalmente me ignora, así que esto es toda una novedad.
Claro que quizá tenga algo que ver con que le conté que iba a Nueva York para plantearme una sociedad con mi amiga Simone, que está ampliando su negocio de arteterapia.
Tal vez quiera que le cuente, con lo gran empresario que es.
Así que miro el móvil, que no para de vibrar, y hay un mensaje nuevo de mi madre.
Cena esta noche. A las siete. Tu padre y yo te esperamos. Julian también estará.
Me quedo mirando la pantalla. Supongo que Julian sí recibió mi mensaje y ahora casi preferiría que no lo hubiera leído.
Mi madre y yo tenemos una relación de amor-odio, sobre todo de odio.
Ella odia que fuera un embarazo accidental que la frenó en sus viajes por el mundo y en el codeo con sus amistades de la alta sociedad.
Yo odio que me culpara por haber nacido, como si yo hubiera tenido algo que decir en el asunto.
Me quiere en la cena. Los dos me quieren allí: mis padres, jugando a ser una familia después de veintitrés años facturándome como un paquete que nadie quería.
Tal vez crean que ahora soy distinta. Mayor. Titulada. Ya no el estorbo cuya crianza pagaban a los internados.
Crecí viendo en YouTube a otras familias negras: madres que trenzaban el pelo a sus hijas y les susurraban palabras de afirmación en el cuero cabelludo, que enseñaban a sus niñas a caminar con la cabeza alta en un mundo que intentaba hacerlas pequeñas.
Mujeres negras fuertes que conocían su valor y lo transmitían como una joya de familia.
Hombres que entendían que estar presente valía más que poner el dinero.
Pues no. Esa no era mi historia.
Yo supliqué migajas de atención a gente que compartía mi sangre, pero nunca mi espacio. Aprendí a hacerme sola la trenza francesa en mi pelo 4C con tutoriales de YouTube, en el internado, mientras mis compañeras de habitación blancas me preguntaban para qué necesitaba un gorro de seda.
Sé que debería estar furiosa. Debería decirles que no, pero aquí estoy, aceptando la invitación como una hija obediente. Porque me han invitado; nunca me invitan.
Quizá las cosas hayan cambiado, me digo. Ahora que tengo veintisiete años y dos títulos, puede que estén listos para verme como familia.
La esperanza me revolotea en el pecho, frágil e insensata.
Contesto: «Allí estaré».
La ciudad me golpea como una fuerza física.
Septiembre sigue siendo cálido, pero ya con ese mordisco de otoño que promete cambios. El aire huele a humo de escape, a oportunidad y a viejas heridas. El ruido se me echa encima: cláxones, discusiones en doce idiomas, el estruendo interminable de la ambición moliéndose contra sí misma.
Se me había olvidado lo vivo que está este sitio. Cómo late con todo aquello de lo que he estado huyendo.
Mi conductor de Uber habla un inglés muy justo, lo cual me viene bien. Apoyo la frente en la ventanilla y veo pasar Manhattan. Torres de cristal que atrapan el sol de la tarde y lanzan la luz como armas. Dinero. Poder. Todo lo que mi familia adora.
Todo lo que se supone que debo querer.
El puente que sale de Brooklyn se extiende bajo nosotros y, de pronto, estamos en la ciudad propiamente dicha. Los edificios se alzan a ambos lados y proyectan sombras que se tragan calles enteras. El corazón me martillea. Me llevo la palma al pecho para intentar que se calme.
Esto es temporal. He venido a tender una rama de olivo a mi familia, a toda ella.
A mis padres, que me mandaron lejos, pero que ya se hacen mayores y quizá se hayan ablandado.
A Julian, que puede que por fin esté dispuesto a verme como una adulta y no como un estorbo.
Un último intento de construir algo que se parezca a una familia.
Y tengo la oferta de sociedad de Simone como motivo legítimo para estar aquí, una oportunidad real de montar mi consulta de arteterapia en el lugar donde crecí.
Si mi familia no puede aceptarme, al menos me quedarán un trabajo con sentido y una amiga de verdad.
—¿Se encuentra bien, señorita?
El conductor me observa por el espejo retrovisor.
—Bien —fuerzo alegría en la voz—. Es que llevo mucho tiempo fuera.
Asiente y vuelve a centrarse en el tráfico.
No estoy bien.
Pero hay que aparentar hasta que sea verdad, ¿no?
Once años antes
Verano. Tengo dieciséis años y he vuelto a casa del internado para cumplir con mi mes obligatorio de teatro familiar. Mis padres han montado una fiesta: una de esas chorradas de gala benéfica donde pueden presumir de su hija trofeo antes de devolverme a Suiza.
Llevo el vestido que eligió mi madre. Blanco. Virginal. La tela impecable hace que mi piel morena brille como oro bruñido, resalta cada una de mis curvas nuevas, cada centímetro de melanina que resplandece contra ese contraste tan descarnado.
Seguramente pensó que me apagaría, que me difuminaría en el fondo como siempre he hecho en esta familia.
Pues se equivocó.
Creo que parezco cara. Intocable. Como si hubiera salido de una revista en lugar de ser el accesorio de hija que ella había orquestado con tanto cuidado.
Julian está allí con sus socios. Veintiséis años y ya da que hablar en el mundo financiero de Manhattan. Apenas me mira durante la cena: demasiado ocupado en hacer contactos, en tejer influencias, en todo aquello que le importa más que su hermana pequeña.
Me escabullo antes del postre.
La terraza que hay detrás del salón está a oscuras, silenciosa. Me quito los tacones de una patada y dejo que los pies toquen el mármol frío. La ciudad se extiende allá abajo, millones de luces que fingen ser estrellas.
—¿Te escondes?
Me giro de golpe.
Está en el umbral. Alto, de hombros anchos, con un traje que seguramente cuesta más que un año de mi matrícula. Pelo oscuro, ojos aún más oscuros. Guapo de una forma que le da un vuelco a mi corazón de dieciséis años.
Damiano Moretti.
El mentor de Julian. Su mejor amigo. El hombre del que mi hermano habla con algo parecido a la veneración. Un inversor brillante. Conoce a todo el que importa. Peligroso de maneras que no acabo de comprender, pero que noto vibrar bajo su exterior controlado.
Él tiene veintiocho; yo, dieciséis. Nos separan doce años, una distancia que debería ser un abismo y que, no sé por qué, a mí no me lo parece.
—No me escondo —digo, y alzo la barbilla—. Escapo.
La comisura de sus labios se curva. Casi una sonrisa.
—Es una distinción muy sutil.
—Te escondes cuando tienes miedo. —Me abrazo a mí misma—. Escapas cuando eres lo bastante lista para saber que estás atrapada.
Se acerca. Sin amenaza, pero con intención. Se apoya en la barandilla a mi lado y deja una distancia prudente entre los dos.
—Julian te está buscando.
—A Julian le da igual dónde esté, siempre que sonría para las cámaras y no lo avergüence. —Noto un sabor amargo en la lengua—. Podría desaparecer mañana y no se daría cuenta hasta al cabo de un mes.
Damiano guarda silencio un buen rato. Luego dice:
—Eso no es verdad.
—¿Ah, no? —Suelto una risa seca—. Ni siquiera pudo dejar que pasara un verano con él. Ni uno. Se lo supliqué. Le dije que me estaba ahogando en ese colegio, que necesitaba una familia, alguien a quien le importara algo. ¿Sabes qué me contestó?
A Damiano se le tensa la mandíbula.
—Makayla...
—Dijo que estaba demasiado ocupado levantando su empresa.
Que tenía que entender lo que eran las prioridades.
—Se me quiebra la voz. Odio que se me quiebre—.
Tenía doce años. Acababa de perder a mi abuela, la única persona que me quiso de verdad, y mi propio hermano estaba demasiado ocupado para mí.
—Tus padres...
—No. —La palabra me sale feroz—. No los defiendas. Me tuvieron por accidente, años después de Julian. Les arruiné los planes de viajar, la libertad, la vida perfecta. Solucionaron el problema: me mandaron lejos y fingieron que no existía, salvo cuando necesitaban un adorno.
Damiano se gira hacia mí del todo. Las luces de la ciudad se le prenden en los ojos oscuros y los vuelven casi negros.
—Escúchame. —Habla bajo, controlado, pero debajo hay fuego—. Tu hermano es un idiota. Tus padres son unos egoístas. Pero tú, Makayla, tú eres brillante. Eres fuerte y tienes talento, y no necesitas el permiso de nadie para ser exactamente quien eres.