Capítulo 26
El viaje al pueblo fue el más largo que Jonah recordaba, pero no tenía nada que ver con la distancia.
El tiempo pasaba así cuando la mente trabajaba de más y el cuerpo no tenía nada útil que hacer salvo ir a lomos del caballo y seguir adelante. Maren cabalgaba a su lado en silencio.
Él tampoco habló durante un buen rato, porque no había nada que decir que sirviera de ayuda. Había aprendido lo suficiente sobre ella para saber que las palabras ofrecidas como consuelo antes de que el consuelo fuera posible no eran más que ruido.
No dejaba de pensar en el llanto de Daisy.
Recordaba el sonido llegando a través de la puerta abierta. Le había provocado algo que aún no terminaba de asimilar.
Jonah había sostenido a esa bebé durante una fiebre.
Le había hablado en la oscuridad cuando Maren estaba demasiado agotada para articular palabra.
Había visto a Maren ponerle nombre y comprendió lo que aquel nombre le había costado.
En las semanas transcurridas desde entonces hasta esa mañana, Daisy se había convertido en una responsabilidad que no tenía nada que ver con la obligación.
Gideon sabía exactamente lo que hacía.
No había ido a la cresta para proteger a una niña. Había ido porque las preguntas sonaban cada vez más alto y las paredes se volvían cada vez más finas.
Un hombre como Gideon Hargrave no esperaba a que los problemas llegaran a su puerta. Salía a su encuentro en un claro, con público a sus espaldas y una sonrisa preparada para la galería.
En ese momento, Jonah había querido derribarlo de un golpe.
Entendía por qué Maren le había agarrado el brazo. No era porque temiera lo que él pudiera hacer, sino porque ella iba tres pasos por delante mientras él seguía plantado en el primero.
Eso era lo que cinco años sola en aquella cresta habían forjado en ella. Estrategia.
Se mantuvo cerca de ella mientras entraban en el pueblo y le lanzó una mirada de reojo.
—Tengo que decirte que Tobias ha estado intentando hablar con Prudence Bell —rompió el silencio.
Los ojos de Maren se clavaron en él.
—Tobias te lo explicará todo —respondió Jonah—. Ha estado siguiendo pistas... y tengo la sensación de que a estas alturas sabe más.
Maren parecía querer decir algo, pero se lo pensó mejor. En lugar de eso, volvió la vista al camino.
Era evidente que solo pensaba en Daisy.
—¿Qué? ¿Qué quieres decir?
Tobias estaba en la pensión, en la pequeña habitación del segundo piso que había reclamado como oficina y refugio.
Estaba sentado a la mesa cuando entraron, con papeles esparcidos y una taza de café al lado.
Levantó la vista hacia Jonah y luego hacia Maren, y leyó la situación en cosa de dos segundos.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, mirándolos con preocupación.
Jonah se lo contó. Fue breve y preciso: Gideon en la cresta, la gente del pueblo llevada como público, las insinuaciones sobre su carácter cuestionable y origen desconocido, los dos hombres que entraron en la casa y Sani apartada a un lado.
Cuando llegó a la parte en que se llevaron a Daisy, su hermano tenía los ojos abiertos como platos.
Para cuando terminó, Tobias había dejado la pluma.
—Se ha movido rápido —concluyó Tobias, asintiendo.
—Más rápido de lo que esperaba —respondió Jonah—. Sabía que le estábamos pisando los talones.
—Sabía que había encontrado a Prudence Bell —respondió Tobias, mirándolo con complicidad.
Aquello hizo que Jonah se detuviera. Ladeó la cabeza, observándolo.
—¿Ha hablado?
Tobias se recostó en la silla y soltó un hondo suspiro.
—Ha hablado —dijo—. Esta mañana. Fui a su casa temprano, antes de que el pueblo se despertara del todo. Pensé que si la pillaba antes de que tuviera tiempo de componerse, sería más sincera de lo que tenía previsto —miró brevemente a Maren—. Acerté.
—Cuéntamelo todo —dijo Maren. Había permanecido de pie junto a la puerta desde que entraron, todavía con el abrigo puesto, los brazos caídos a los costados. Su voz sonaba serena, y Jonah no sabía cómo lo conseguía.
—Ella fue la comadrona en el parto —dijo Tobias, mirándola directamente—. El parto de Rosalie Hargrave. Asistió en el alumbramiento. La bebé nació viva.
Lo dijo sin rodeos, sin suavizarlo, porque Tobias siempre había entendido que la verdad dicha a las claras era más amable que la verdad envuelta en gasas.
—Gideon le pagó para que anunciara que la niña había nacido muerta —continuó—. Ella no sabe qué arreglos hizo después de llevarse a la bebé. Pero sabe... supo en el momento en que salió de aquella casa que la niña respiraba.
La habitación quedó en silencio un instante. Maren cerró los ojos y volvió a abrirlos.
—Rosalie nunca lo supo —dijo.
Tobias negó con la cabeza.
—Le dijeron que la bebé no había sobrevivido. No tenía motivos para creer otra cosa.
—Y ha estado viviendo en esa casa —dijo Maren, frunciendo el ceño—, con ese hombre, durante meses.
Nadie respondió porque no había respuesta que sirviera de nada.
Jonah se acercó a la mesa, retiró la silla que había frente a Tobias y se sentó.
—¿Crees que Bell estará dispuesta a testificar?
—Lo está —respondió Tobias—. De hecho, se vino abajo por completo. Ha estado cargando con esto durante meses, y creo que llevaba tiempo buscando una salida, y resulta que llamé a su puerta en el momento justo —alargó la mano hacia el café frío, lo miró y lo dejó de nuevo—. Pero hay algo más.
Jonah lo miró.
—¿El qué?
—Me contó algo que oyó hace meses —continuó Tobias, juntando las manos sobre la mesa—.
En el salón... estaba allí cobrando por un parto, en la trastienda, y los hombres de Gideon no sabían que seguía dentro.
Hablaban de una chica. Una chica que había visto algo que no debería haber visto.
De la que había que ocuparse discretamente.
El aire de la habitación cambió y a Jonah se le heló la sangre. Sintió que no podía respirar.
—Dijeron que la habían enviado al norte —continuó Tobias—. Para que no hablara. Esas fueron las palabras que recordó. Enviada al norte.
—Mercy —dijo Jonah sin pensarlo.
Tenía que ser ella.
—Eso es lo que creo —respondió Tobias, asintiendo.
Maren se apartó de la puerta.
—¿Dónde exactamente, al norte?
Tobias se volvió hacia ella y luego hacia Jonah.
—En eso he estado trabajando.
Acercó uno de los papeles y lo giró para que ambos pudieran verlo. Había líneas trazadas a grandes rasgos, un camino marcado y anotaciones en los márgenes, escritas con su cuidadosa caligrafía.
—El carruaje alquilado la noche que desapareció, el pago en efectivo, sin nombres —explicó Tobias—.
Orson tiene contactos fuera del pueblo. Encontré a dos hombres en el establo que habían hecho trabajos de transporte para él.
Se callaron cuando insistí, pero antes de eso, uno de ellos mencionó un antiguo campamento minero.
Entonces puso el dedo sobre un punto marcado en el papel, a dos días al norte del camino trazado.
—Lleva años abandonado —continuó—. Nadie sube allí, pero según lo que he podido reconstruir de tres conversaciones que no debería haber mantenido, los hombres de Gideon lo han estado usando.
Jonah miró el mapa. Su hermana llevaba semanas desaparecida. Había recorrido todos los caminos que se le ocurrían, hecho todas las preguntas posibles y vuelto con las manos vacías cada vez.
Ahora había un punto en un trozo de papel, a dos días al norte, trazado con la letra de su hermano. Algo en su interior se quedó muy quieto. Podía ser la primera pista real.
—Si Mercy está en alguna parte —dijo Tobias, dando un golpecito en el papel—, está allí.
—Y Daisy —intervino Maren, irguiendo la espalda.
Tobias la miró.
—Sí. Si Gideon quiere deshacerse de la niña para siempre, allí es donde la enviará.
El silencio se hizo entre ellos ante lo que eso implicaba.
Sin embargo, Maren no se inmutó. Había comprendido desde el momento en que aquellos jinetes aparecieron en el claro lo que significaba «deshacerse» para Daisy, lo que casi había significado en otra ocasión, y esa comprensión se reflejaba en su rostro.
—Nos vamos ya —les dijo.
—Necesitamos ayuda —dijo Tobias, mirando a Jonah—. Tres personas contra los hombres que Gideon tenga en ese campamento no es...
—Lo sé —dijo Jonah—. No es lo ideal.
—Ya le he enviado al sheriff un informe escrito con la confesión de Prudence Bell —continuó Tobias—. Firmado y con testigos. Si lo lee y tiene algún interés en mantener su puesto cuando esto se desmorone... actuará.
—El sheriff no ha actuado ni una sola vez desde que llegué a este pueblo —dijo Jonah poniendo los ojos en blanco.
—Antes no tenía una confesión firmada —replicó Tobias—. Ahora sí. La cosa cambia cuando hay documentos de por medio y una comadrona dispuesta a declarar ante un juez.
—No podemos esperar a que se decida —dijo Jonah—. Mercy lleva semanas allí arriba. Daisy está en manos de Gideon ahora mismo, y los dos sabemos lo que casi le pasó la primera vez.
Se inclinó hacia delante.
—No podemos esperar, Tobias.
Su hermano sostuvo su mirada durante unos segundos.
Siempre había habido algo en Tobias que Jonah reconocía como la versión más organizada de sí mismo. Tenía la misma terquedad, la misma lealtad, pero canalizada por una mente que se regía por precedentes y procedimientos, por la construcción meticulosa de casos que aguantaban bajo presión.
Observó cómo trabajaba esa mente. Cuando su hermano finalmente exhaló y asintió, Jonah sintió la decisión caer entre ellos como algo sólido.
—De acuerdo —dijo Tobias—. Esto es lo que haremos.
Alisó el papel sobre la mesa.
—Yo me quedo. Presiono al sheriff... no le pido, lo presiono. El testimonio de Bell es suficiente para que actúe si quiere mantener su puesto cuando esto se desmorone, y me aseguraré de que lo entienda. También encontraré a Rosalie.
Miró a Maren.
—Necesita saber que su hija está viva.
—Lleva dos semanas en esa casa creyendo que su hija está muerta —dijo Maren en voz baja.
—Sí —dijo Tobias—. Y merece saberlo antes de que esto termine.
Volvió a mirar a Jonah.
—Vosotros dos cabalgad hacia el norte. Tomad el camino de carga pasado el molino. Es más rápido que el sendero principal y menos visible. Dos días duros. Id preparados.
Jonah ya estaba pensando en ello.
Suministros, municiones, el terreno.
Dos días hacia el norte a finales de temporada significaban noches frías, tiempo incierto y un terreno más duro para los caballos que el llano.
Pensó en Maren, y luego se corrigió, porque Maren llevaba años sobreviviendo sola en una cresta de Montana y no necesitaba que él se preguntara si aguantaría dos días a caballo.
—Una cosa más —dijo Tobias, levantando un dedo.
Su voz bajó ligeramente, no en volumen sino en registro. Era el tono que usaba cuando lo que estaba a punto de decir no era negociable.
—Volved —dijo, mirándolos a los dos—. Ambos.
Era tan simple que le llegó más hondo que cualquier otra cosa.
—Ese es el plan —respondió Jonah con una sonrisa tensa.
Jonah se volvía hacia la puerta cuando sonaron botas en las escaleras.
Por un segundo, pensó que podría ser uno de los hombres de Gideon. Su mente siempre saltaba al peor desenlace en situaciones así.
Pero entonces Takoda llenó el umbral.
Iba vestido para cabalgar. Sus ojos recorrieron la habitación y encontraron a Maren primero, como siempre, y lo que vio en su rostro le dijo lo suficiente para ahorrarse las cortesías.
—Sani me avisó —anunció, mirando hacia Tobias.
Jonah vio cómo la comprensión asomaba a sus ojos. Sus pensamientos se movieron deprisa.
Maren exhaló una vez.
—No debería haberlo hecho.
—Hizo bien.
Entró, y su mirada pasó brevemente a Jonah antes de volver a ella.
—Dime qué ha pasado.
Ella se lo contó. Más breve incluso que el relato de Jonah. Reducido a los hechos esenciales.
Takoda escuchó sin interrumpir. Cuando ella terminó, se quedó en silencio un momento, y Jonah lo observó mientras lo asimilaba.
—Voy con vosotros —confirmó.
Maren abrió la boca.
—No —dijo él, antes de que pudiera hablar—. Dijiste que dos personas no son suficientes. Ahora somos tres.
Miró a Jonah directamente, con una mirada que transmitía toda la determinación simple de un hombre al que no le gustaba la situación en la que se estaba metiendo, pero que iba a meterse de todos modos.
—Conozco esa región —dijo—. Llevo diez años cazando al norte del camino de carga, todas las temporadas. Sé dónde está ese campamento.
Tobias se enderezó ligeramente en la mesa. —¿Has estado allí?
—Lo suficientemente cerca —dijo Takoda—. Lo suficientemente cerca como para encontrarlo en menos de dos días.
Por instinto, Jonah miró a Maren. Ella observaba a Takoda con una expresión que no era gratitud ni exactamente alivio, sino algo a medio camino entre ambas, en ese territorio complicado que existe entre dos personas que se conocen tan bien que ciertas discusiones no merecen la pena.
Asintió brevemente.
—Partimos en una hora —dijo Jonah.
Takoda ya se volvía hacia la puerta. —Prepararé los caballos.