Capítulo 20
La oficina del sheriff tenía las ventanas abiertas de par en par para combatir el calor de la tarde. En una de las paredes más pequeñas había carteles de «Se busca» tan viejos que parecían haber olvidado a los hombres que representaban.
Jonah permanecía de pie frente al escritorio del sheriff, con ambas manos apoyadas en la madera desgastada. Frente a él, el sheriff se reclinaba en su silla, relajado.
A esas alturas, Jonah llevaba casi veinte minutos hablando. El sheriff no parecía más convencido que al principio.
—No le estoy pidiendo que arreste a nadie —dijo Jonah, esforzándose por contener la frustración—. Le estoy pidiendo que investigue.
El sheriff cruzó los brazos.
—Y yo le estoy diciendo lo mismo que ya le he dicho dos veces.
—O sea, nada —replicó Jonah.
—Lo mismo: que la sospecha no es prueba —respondió el sheriff.
Jonah lo miró fijamente, y el sheriff continuó con calma:
—Tiene una mujer desaparecida.
—Una mujer desaparecida que se esfumó después de reunirse con Orson Whitlock —lo corrigió Jonah.
—Eso no lo sabe usted —replicó el sheriff, negando con la cabeza.
—La criada la vio —añadió Jonah.
—La criada cree que la vio —corrigió el sheriff.
Jonah notó cómo se le tensaba la mandíbula. Los ruidos cotidianos que entraban por la ventana solo hacían la conversación más exasperante.
—Alguien contrató un carro la noche que desapareció —dijo Jonah, pasando al siguiente dato que había reunido.
—La gente contrata carros todos los días —dijo el sheriff encogiéndose de hombros.
—El mozo de cuadra cambió su versión después de que alguien lo presionara —dijo Jonah.
—O tal vez lo recordó de otra forma.
—Estaba aterrorizado.
—Estaba nervioso.
Jonah se apartó del escritorio y empezó a caminar de un lado a otro. No dijo nada porque ya no se fiaba de lo que pudiera salir de su boca.
El sheriff lo observó con paciencia. Esa misma paciencia, de algún modo, lo empeoraba todo.
Finalmente, Jonah se detuvo y fulminó con la mirada al hombre en la silla.
—¿Qué haría falta?
—¿Qué? —preguntó el sheriff, frunciendo el ceño.
—¿Qué haría falta para que investigue esto? —exigió Jonah—. ¿Un cadáver? ¿Un testigo? ¿Que alguien confiese en medio de la calle?
El sheriff dejó escapar un suspiro.
—Lo que haría falta son pruebas.
Jonah soltó una risa amarga.
—La criada me dijo que Mercy estaba asustada.
—La criada podría estar equivocada —replicó el sheriff—. Y no voy a acusar a uno de los hombres más influyentes del pueblo porque a una criada de hotel le dio un mal presentimiento.
La habitación quedó en silencio mientras Jonah sentía cómo la conversación se extinguía. Ya no importaba. El sheriff había tomado su decisión antes de que Jonah cruzara la puerta. Nada de lo dicho allí iba a cambiarla.
Por fin, el sheriff se enderezó ligeramente.
—Parece un hombre decente, Merritt.
Esa frase solía preceder a la decepción.
—Entiendo que quiera respuestas —continuó—. Pero si sigue lanzando acusaciones que no puede probar, tarde o temprano alguien decidirá que está causando problemas.
Jonah le sostuvo la mirada.
—Tal vez haga falta causar problemas.
Durante varios segundos, Jonah se quedó allí plantado. Luego cogió su sombrero y se lo encasquetó.
—Gracias por su tiempo —dijo, y se dio la vuelta para marcharse.
Las palabras le dejaron un sabor amargo en la boca, pero el sheriff se limitó a asentir.
—Buen día, Merritt.
Jonah salió antes de decir algo que le costara una celda.
El calor lo golpeó de inmediato mientras la luz del sol se reflejaba en los escaparates. El pueblo bullía a su alrededor.
Jonah bajó los escalones de la oficina más frustrado de lo que había estado en semanas.
—Podría haber ido mejor si lo hubieras amenazado menos con la cara.
Levantó la vista y vio a Tobias de pie al otro lado de la calle. Jonah supo de inmediato que algo iba mal. La expresión de su hermano lo delataba.
No había alarma ni miedo en sus ojos. Tenía la expresión de quien trae malas noticias.
—¿Qué pasó? —preguntó Jonah, cruzando hacia él.
Tobias miró hacia la multitud que pasaba.
—Camina conmigo.
A Jonah se le hizo un nudo en el estómago. Los dos hermanos se alejaron de la oficina del sheriff hacia una zona más tranquila del pueblo. Durante un buen rato, Tobias no dijo nada, lo que solo aumentó la inquietud de Jonah.
—Lydia llegó en la diligencia de la mañana —dijo Tobias—. Con baúles.
El nudo en el estómago se le apretó aún más. Todo en su interior pareció congelarse. El ruido del pueblo se desvaneció, y por un segundo pensó que había oído mal.
Tobias lo miró a los ojos.
—Lydia Fairbourne.
Jonah no pudo hacer otra cosa que quedarse mirando a su hermano.
No. No, eso no es posible. Lydia está lejos de aquí. Se supone que está lejos de aquí.
La carta sin abrir. La que seguía en su alforja. Una fría certeza lo recorrió.
—Dios —dijo Jonah, pasándose una mano por la cara—. ¿Cuándo?
—Esta mañana —replicó Tobias sin rodeos—. Se registró en la pensión.
Tobias hizo una pausa antes de continuar.
—La oí preguntar por ti.
Jonah cerró los ojos un instante. Todos los errores que había estado esquivando parecían alcanzarlo de golpe.
—Dijo que quería darte una sorpresa —continuó Tobias, bajando la mirada.
Maren.
El pensamiento lo golpeó como un rayo. Con tanta fuerza que dio un paso atrás. Tobias pareció notarlo.
—¿Maren lo sabe? —preguntó, ladeando la cabeza.
Jonah no respondió. Tenía el estómago revuelto.
La expresión de su hermano se ensombreció ante la falta de respuesta.
Durante un largo rato, ambos se negaron a decir nada. Entonces Tobias suspiró y miró calle abajo.
—Tienes que encargarte de esto —dijo con firmeza—. Hoy, Jonah. Antes de que empeore.
***
La pensión se alzaba cerca de la iglesia, un edificio pulcro de dos plantas con jardineras bajo las ventanas y un porche recién pintado.
Jonah había subido esos escalones antes, pero nunca con aquella sensación en el pecho. Cada paso le parecía más pesado que el anterior.
Abrió la puerta principal y entonces la oyó reír.
Tenía que ser su risa. Algo en su interior le dijo que era Lydia.
Era radiante y cálida. Imposible de ignorar. Sonaba exactamente como en sus cartas.
Se le encogió el corazón antes de entender del todo por qué.
Entonces ella apareció al final del pasillo.
Durante una fracción de segundo, se quedó allí paralizada, observándolo como si necesitara confirmar que era real. La sorpresa asomó primero a su rostro cuando sus ojos se encontraron con los de él. Y enseguida dio paso a la alegría.
—¡Jonah!
Ya estaba en movimiento antes de que él pudiera reaccionar, cruzando la alfombra gastada del pasillo. Sus faldas rozaban las tablas del suelo. Se movía con seguridad, como si hubiera ensayado aquel momento tantas veces que lo reconoció al instante en cuanto llegó.
Le rodeó el cuello con los brazos sin vacilar.
El instinto se impuso antes de que pudiera pensar. Sus manos se alzaron para sostenerla mientras ella se apretaba contra él con la certeza sencilla de quien regresa a algo que nunca dudó que seguiría allí. Su aroma lo envolvió, y pertenecía a otra versión de su vida.
El abrazo en sí no estaba mal. Era exactamente como debería haber sido.
Cuando por fin se apartó, sus manos permanecieron en los hombros de él un poco más, como si se resistieran a dejar que aquel momento terminara. Lo miraba con una sonrisa.
Hermosa. Feliz. Sin sospechar nada.
—¡No puedo creer que estés aquí de verdad! —exclamó mientras sus ojos recorrían cada centímetro de su rostro, como si quisiera grabarlo en la memoria.
Jonah tragó saliva.
—Lydia.
—Estás más delgado que en las fotografías —comentó ella, mirándolo de arriba abajo.
—Has venido desde muy lejos —respondió Jonah, ignorando el comentario.
A ella le brillaron los ojos.
—Quería darte una sorpresa.
Misión cumplida.
Detrás de ella, varios baúles se apilaban contra la pared. Más equipaje del que alguien traería para una simple visita. Al verlo, se le cayó el alma a los pies.
Todo.
Había traído todo.
***
Cenaron en el comedor de la pensión.
La estancia era modesta pero bien cuidada, con lámparas de aceite a lo largo de las paredes y el murmullo de otros huéspedes concentrados en sus propios platos.
La comida era sencilla, pero preparada con esmero.
Jonah se sentó frente a Lydia y la observó acomodarse como si aquel espacio hubiera sido dispuesto para su llegada.
Apenas probó bocado.
Lydia llevó el peso de la conversación, no por falta de sensibilidad, sino porque la expectación había crecido tanto en ella durante tanto tiempo que ahora se desbordaba de forma natural.
Se inclinaba ligeramente hacia delante mientras hablaba; de vez en cuando alzaba las manos del regazo para enfatizar algo, y luego las bajaba con una sonrisa tímida al darse cuenta.
—…y tu madre siempre quiso una boda en primavera, ¿verdad?
Jonah parpadeó. Las palabras tardaron un momento en abrirse paso entre todo lo que ocupaba su mente.
—¿Qué?
—Una boda en primavera.
La sonrisa de Lydia se ensanchó, como si acabara de repetir algo obvio. Su cabello captaba la luz de la lámpara en suaves ondas castañas, y había un brillo en su expresión que hacía que la estancia pareciera más oscura en comparación.
—Recuerdo tus cartas.
Cierto. Las cartas.
La antigua versión de sí mismo las había escrito. La versión que creía que la certeza era algo que podía hacer realidad a base de planificar.
—Quizás —dijo al fin.
Lydia soltó una risita, ligera y afectuosa.
—¿Quizás?
—Supongo —se corrigió Jonah, aunque la palabra le sonó vacilante incluso a él.
Su sonrisa vaciló un instante. Fue tan sutil que la mayoría lo habría pasado por alto. Se recuperó enseguida, como si se negara a dejar que algo tan nimio alterara lo que ya había construido en su mente.
—Tendremos que decidir dónde vamos a vivir —dijo, como si retomara un hilo que nunca se hubiera roto.
Jonah bajó la mirada al plato, de pronto consciente del peso del tenedor en la mano.
—No hay prisa.
—Llevamos casi dos años comprometidos —respondió ella. Su tono no contenía reproche alguno. Era como si estuviera comentando el tiempo o el paso de los días.