Un Barón Desconfiado (Serie "A La Caza De Un Noble" nº 4) Capítulo 9 #4
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Capítulo 9 #4

Él lo interpretaba de otro modo. Se lleva bien en la cama conmigo, pensaba por las noches, sentado frente a su escritorio cuando ella dormía arriba. Pero eso es todo lo que quiere de este matrimonio.

Y esa conclusión lo fue desgastando con la tenacidad del agua sobre la piedra, hasta que una tarde, mientras escuchaba sus pasos bajando al estudio, tomó la decisión que le había estado costando semanas.

Esa tarde, Pippa entró al estudio contenta por algo que le había sucedido y quería contárselo.

Lo encontró de pie junto al escritorio. Tenía esa postura particular que adoptaba cuando algo le pesaba y quería disimularlo, los hombros demasiado rectos, las manos en los bolsillos del chaleco.

—Pippa. ¿Podrías sentarte, por favor?

—¿Qué ocurre? Me estás poniendo nerviosa.

Él no sonrió. Eso era malo.

—Esta decisión no ha sido fácil para mí. —Su voz era neutral de una manera que le costaba esfuerzo mantener—. Pero las cosas entre nosotros no van bien desde hace mucho tiempo.

Ella lo miró sin entender.

—¿Cómo puedes decir eso? Si ahora estamos mejor que nunca.

—¿De verdad lo crees? —Había algo en su expresión, no rabia sino agotamiento genuino—. Lo que yo veo es una pareja que se entiende de una sola manera. Y eso no me basta, Pippa.

Se acercó a la ventana. Afuera, los faroles de la calle reflejaban su luz en los adoquines mojados.

—No sabes lo duro que ha sido mirarte estos meses y no poder abrazarte.

No poder hacerte reír, no poder salir contigo a la calle sin preguntarme si estás contenta o simplemente resignada a estar aquí.

—le dijo con los dedos apretando el marco—.

Por eso aquella noche fui a tu cuarto y me jugué lo último que me quedaba.

Fue el mejor momento de mi vida. No la primera vez, que también fue hermosa, sino esa, porque esa vez te entregué todo lo que tengo.

—Pero después de eso —continuó, sin volverse todavía—, seguimos igual.

Lo único que cambió es que ahora volvemos a tener intimidad.

Y creo que para ti eso es suficiente. Para mí no lo es.

—Entonces sí se giró—. Creo que debo dejarte libre, Pippa.

No quiero que vivas atada a alguien por quien no sientes lo que él siente por ti.

El silencio que siguió duró aproximadamente tres segundos, que fue el tiempo que ella necesitó para entender la magnitud de su propio error.

Había sido tan cuidadosa de no decir las palabras, tan empeñada en protegerse de una desilusión que quizá nunca iba a llegar, que le había hecho creer a su esposo que su corazón estaba vacío.

Se levantó. Cruzó el cuarto. Lo abrazó antes de que él terminara de procesar que ella se había movido.

—Lo siento —dijo contra su pecho—. Lo siento tanto, mi amor.

—No, Pippa. —Le puso las manos en los hombros, intentando apartarla con suavidad—. No tienes por qué pedirme perdón.

—Claro que sí. —Se apartó lo justo para verle la cara, y le puso una mano en la mejilla, en ese lado que él a veces giraba de forma inconsciente, como si esperara que el mundo mirara para otro lado—.

Estuve tan dentro de mi propio dolor que no vi el tuyo.

Ni el de ahora ni el de antes. —la voz le salió firme cuando lo dijo, más firme de lo que esperaba—.

Estuve tan llena de miedo a que esto no durara que no te dije lo único que importaba.

Lo que tendría que haberte dicho hace mucho tiempo.

Su respiración cambió de ritmo.

—Te amo, Alan. Te amo más de lo que he amado a nadie en mi vida.

Él no dijo nada durante un momento que se hizo muy largo. Apretó los labios. Luego, con un movimiento que tenía algo de rendición y algo de alivio, la rodeó con los brazos y la sostuvo.

—Yo también te amo. —su voz sonó diferente, más oscura, sin el blindaje que usaba habitualmente—.

No sé vivir sin ti. Me he acostumbrado a verte por las mañanas, a escucharte reírte de cosas que no tienen ninguna gracia y que sin embargo me hacen reír a mí también.

Tu sola existencia, Pippa, me da razones que no tenía para querer estar aquí.

—Oh, Alan. —Enterró la cara en su cuello—. No sabes lo feliz que me haces. Pensé que tal vez te habías cansado ya de mí.

—Eso jamás, amor mío. Eso jamás.

Se besaron como hacen las personas que llevan mucho tiempo sin decirse la verdad, con esa desesperación que no es rabia sino alivio puro, y cuando él empezó a desabrocharle el corpiño allí mismo, en el estudio con las velas encendidas y la puerta sin llave, ninguno de los dos hizo el menor intento por detenerse.

La alfombra era gruesa y el fuego de la chimenea daba suficiente calor, y nadie entró a molestar.

Después, tendidos en el suelo con los ropajes revueltos a su alrededor como el naufragio hermoso de algo que había terminado bien, Pippa escuchó la respiración de Alan volverse más lenta y supo que había conseguido, al cabo, lo que no había sabido buscar.

No el fin del dolor, porque eso no era algo que se consiguiera de golpe. Sino el principio de algo que podía, si los dos lo cuidaban, durar mucho más que el dolor.