Un Barón Desconfiado (Serie "A La Caza De Un Noble" nº 4) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

Cuando se colocó sobre ella, lo hizo con cuidado, apoyado en los codos, buscando su mirada antes de seguir.

Había algo en su cara en ese momento que Pippa no supo nombrar: no era arrogancia ni triunfo, era algo más parecido a la vulnerabilidad, como si lo que estaba a punto de ocurrir le importara de una manera que lo dejaba igual de expuesto que a ella.

— ¿Estás bien? —preguntó, en voz baja.

—Sí. —Lo atrajo hacia sí.

Entró en ella despacio, con una paciencia que a ella le resultó casi insoportable en el mejor sentido, deteniéndose para dejarla adaptarse, avanzando cuando notaba que ella cedía, hasta que estuvo completamente dentro y los dos se quedaron un momento quietos, aprendiendo esa nueva proximidad.

Alan sintió su cuerpo caliente y cerrado alrededor de él y tuvo que hacer un esfuerzo real por no moverse todavía, por darle a ese instante el tiempo que merecía, porque quería que ella lo sintiera exactamente así: entero, presente, sin ningún apuro.

—Te sientes tan cálida—le dijo, cerca de su oído—. Tan perfecta.

Empezó a moverse. Lento primero, con esa cadencia suya de hombre que no tiene prisa porque sabe adónde va, y Pippa enredó los brazos alrededor de su espalda y se dejó llevar por ese ritmo que fue creciendo hasta que ya no fue lento sino urgente.

Las manos de él encontraron su cadera, la sostuvieron con una firmeza que no era control sino ancla, y la manera en que la miraba mientras se movían, sin apartar los ojos de su cara, sin dejar que hubiera distancia entre los dos en ningún sentido, era más íntima que cualquier otra cosa que hubiera hecho hasta ese momento.

Ella escuchó su nombre en la voz de él, ronco y cerca de su oído.

—Vente conmigo, amor.

El segundo orgasmo fue más profundo que el primero. Ella se arqueó con todo el cuerpo y él gruñó contra su cuello y se hundió una última vez con una profundidad que la dejó sin aire, y luego todo fue quietud y respiración y el peso agradable de él sobre ella y la lluvia todavía en la ventana.

Pasó tiempo antes de que ninguno de los dos hablara.

Él se desplazó a un lado y la acomodó contra su costado, con un brazo alrededor de sus hombros. Ella puso la mejilla sobre su pecho y escuchó su corazón volviendo a su ritmo normal, y pensó que no recordaba haberse sentido así nunca: entera, tranquila, completamente presente.

La rodeó con un brazo.

—Te amo, Pippa. —lo dijo al techo, sin solemnidad, como quien constata algo que debería haber dicho hace mucho—. No sabes lo hermoso que fue esto para mí.

Ella no contestó de inmediato. Se acurrucó contra él y cerró los ojos, y el calor de su cuerpo le fue llegando desde los pies hacia arriba, lentamente.

—Para mí también lo fue —murmuró al fin.

Pero no dijo las palabras que él esperaba. Y esa ausencia quedó flotando en el cuarto, entre el olor al amor y la lluvia, sin que ninguno de los dos se atreviera todavía a recogerla del suelo.

— ¿Crees que alguna vez podamos tener un matrimonio de verdad? —preguntó él, con la voz de quien no está seguro de querer la respuesta.

—No lo sé. Pero quiero intentarlo.

Él besó su frente y apretó los brazos a su alrededor, y no dijo nada más.

*****

Pippa despertó con el peso de una mano sobre uno de sus pechos y la certeza tibia de no estar sola.

El cuarto era el mismo de siempre, pero por un instante desorientante, no supo dónde estaba.

Luego llegó el recuerdo, no como pensamiento sino como sensación: la bata deslizándose sobre la colcha, los dedos en su cabello, la manera en que él la había mirado antes de que los dos perdieran la capacidad de pensar en cualquier otra cosa.

Se giró despacio para no despertarlo. Dormía de costado, el perfil oscuro contra la almohada blanca, y ella se quedó observándolo con la extraña certeza de estar viendo algo que normalmente permanecía escondido.

—Buenos días —dijo él, sin abrir los ojos.

—Llevas despierto todo el rato. —lo acusó.

—Solo quería ver qué hacías. —Abrió un ojo.

—Mirarte.

—Eso me parece un uso excelente de la mañana.

Ella se rió, y el sonido le sonó raro en su propia garganta, como cuando uno vuelve a hablar después de una enfermedad larga.

—Es tarde. Tenemos que levantarnos.

—No tenemos que hacer nada. —Se desperezó—. Le dije a Egbert que no había que molestar.

—Oh por Dios. —se cubrió la cara con las manos—. Todo el servicio sabe exactamente lo que estuvimos haciendo anoche.

—Pippa, son adultos. —Estaba tratando de no reírse con muy poco éxito—. Te garantizo que ellos también lo han hecho.

— ¡Alan Sullyard! —Lo miró con expresión de reproche que no consiguió mantener del todo.

—Entonces no seguiré hablando —concedió, con esa solemnidad falsa que usaba cuando se estaba divirtiendo de verdad—. Haré mejor uso de mi tiempo.

Y lo hizo. Las horas siguientes pasaron de un modo que ella no habría sabido explicar a ninguna persona del mundo y que tampoco habría querido explicar, porque hay cosas que solo existen enteras cuando no se ponen en palabras.

Cuando por fin le pidió que se detuviera, sin aliento y con las piernas sin fuerzas, él soltó una risa baja que empezaba en el pecho y se quedó a su lado trazando círculos distraídos en su hombro.

*****

Los días y las semanas que siguieron, fueron distintos a cualquier cosa que hubieran tenido antes.

No fue un cambio abrupto sino una apertura gradual, como cuando una ventana que lleva cerrada demasiado tiempo empieza a ceder milímetro a milímetro.

Las noches eran completamente suyas, y Alan le hacía el amor con esa alternancia que ella fue aprendiendo a conocer: a veces con una delicadeza que la dejaba con los ojos húmedos sin saber bien por qué, y otras con una urgencia que la dejaba exhausta y tan enteramente presente en su propio cuerpo que todo lo demás desaparecía.

Pippa era feliz.