Capítulo 9 #2
La Marquesa de Harwick pasaba más tiempo en la capital que Angustias o Rose, cuyo esposo mantenía ocupadas casi todas sus semanas, y entre ella y Pippa había nacido una de esas amistades que se construyen en los huecos que deja el dolor cuando empieza a encogerse.
La marquesa llevaba años dirigiendo una escuela de oficios en un barrio del East End, un local austero y bien iluminado donde los niños de familias sin recursos aprendían el tipo de cosas que ningún tutor de buena familia se molestaba en enseñar.
Pippa empezó a ir todas las tardes.
Llegaba con las recetas de su madre escritas en ese italiano mezclado con dialecto que solo ella sabía descifrar, se instalaba en la cocina de la escuela y les enseñaba a un grupo de jovencitas y jóvenes varones a hacer pasta desde cero, a entender por qué la salsa tiene que hervir despacio y por qué el aceite de oliva no es un lujo sino una necesidad.
La cocinera que antes había trabajado en casa de la marquesa completaba las lecciones con todo lo demás: los escabeches, el pan, el orden riguroso de una cocina profesional.
Pippa llegaba a casa con olor a albahaca y harina, y Alan la esperaba en el salón.
Habían construido una rutina casi sin quererlo.
Cenaban juntos, y luego ella bordaba junto al fuego mientras él leía en voz alta, o él tocaba algo en el piano y ella lo escuchaba con la labor abandonada sobre el regazo.
Era una paz que a él le resultaba hermosa y angustiante a la vez, porque seguía sin saber si era lo que Pippa quería o simplemente lo que le resultaba más fácil que el conflicto.
La había besado varias veces. Besos que no eran de cortesía sino de otra cosa, que él entregaba enteros sin esconder nada, esperando que ella respondiera de algún modo que no fuera ese gesto amable y algo ausente que lo dejaba más solo que antes de intentarlo.
Y llegó la noche en que decidió que no podía seguir esperando sin hacer nada.
Pippa estaba frente al espejo del tocador cuando la puerta se abrió sin que nadie llamara.
Tenía el cabello suelto sobre los hombros y la bata de encaje color crema abrochada hasta el cuello, y Bruna acababa de retirarse dejando encendidas las velas de la mesita. El cuarto olía a lavanda y a la lluvia que golpeaba suave contra los cristales.
— ¿Necesitas algo? —preguntó, y oyó el nerviosismo en su propia voz.
—Solo quería estar con mi esposa. —Se acercó despacio, con esa deliberación que ella había aprendido a reconocer.
—Acabamos de estar juntos en la cena —murmuró, con media sonrisa que no llegó a formarse del todo.
—Nunca tengo suficiente de ti.
—Alan...
Llegó por detrás. El espejo le devolvió la imagen de los dos, él mucho más alto, las manos grandes y oscuras sobre los hombros pálidos de ella, y Alan se quedó un momento mirando esa imagen con algo que no era solo deseo: era la conciencia de que eso, exactamente eso, era lo que no había creído merecer nunca.
Le apartó el cabello a un lado con una lentitud que era deliberada, dejando al descubierto el arco del cuello, y posó los labios allí tan suave que fue casi una pregunta más que una declaración.
Ella cerró los ojos.
—No digas nada —le susurró contra la piel—. Solo estate aquí.
Le dio un segundo beso, un poco más abajo que el primero, siguiendo el camino que la clavícula marcaba hacia el hombro.
Tenía la boca seca. La piel de ella olía a lavanda y a algo más cálido y más propio que no era el jabón ni el perfume, algo que solo existía debajo de todo eso, y que él había aprendido a reconocer en la oscuridad.
Le rozó el hombro con los labios abiertos, sin prisa, y notó el momento exacto en que la respiración de ella cambió de ritmo: una leve apertura, un suspiro que no llegó a ser sonido pero que él sintió en el cuello de ella como si fuera una respuesta a algo que ninguno de los dos había dicho en voz alta.
—Alan, yo no creo que pueda... —comenzó, pero ya la había levantado en brazos y ella lanzó un pequeño sonido de sorpresa.
—Tranquila, mi hermosa esposa. —Su voz había cambiado de registro, más grave, más baja—. No te estoy pidiendo que cumplas ningún deber.
La depositó sobre la cama con una delicadeza que le contrajo el estómago. Se recostó a su lado sin apartar los ojos de su cara, y Pippa notó contra su cadera la evidencia inconfundible de que el deseo de él no era ninguna suposición.
—Quiero que hagamos el amor —dijo él, los ojos grises oscurecidos como el mar antes de una tormenta—. Que es muy distinto.
Empezó a retirar los pasadores que le sujetaban lo que quedaba del recogido, uno por uno, sin prisa, con una concentración que habría podido parecer mecánica si no fuera porque cada vez que uno caía, los dedos le rozaban el cuero cabelludo con una suavidad que no era descuido sino intención, y ella tenía que recordarse que debía respirar.
Cuando el último cayó y el cabello se desplegó entero sobre la almohada, él enterró los dedos en él, lentamente, como quien abre algo que lleva tiempo cerrado, y la sensación viajó desde la raíz hasta la nuca y de la nuca hasta la espalda entera, y ella tuvo que morder el labio.
—Tienes el cabello más bonito que he visto —dijo él, sin mirarla a los ojos todavía, todavía con los dedos entre los mechones, como si necesitara decirlo en ese momento preciso o no lo diría nunca.
Empezó por el cuello de la bata. Lo abrió botón a botón con esa paciencia suya que en este contexto se convertía en una forma particular de tortura, y Pippa notó el frío del aire en cada centímetro de piel que iba quedando al descubierto, seguido inmediatamente por el calor de sus manos, que nunca se alejaban demasiado de donde acababan de estar.
Cuando la bata de encaje resbaló de sus hombros y quedó sobre la colcha como una nube deshecha, ella tuvo un instante de conciencia aguda de sí misma: las formas que el embarazo había cambiado y que no habían vuelto del todo a donde estaban, el vientre todavía más redondo de lo que había sido, los pechos más pesados y más sensibles que antes. No se cubrió. Solo lo miró.
Él también la miró. Despacio, sin apartar los ojos, con una expresión que no era únicamente deseo sino algo más complicado y más sincero.
—Eres hermosa —dijo, sin el tono de quien entrega un cumplido sino el de quien constata algo que le resulta casi incómodo de sentir, algo que lo obliga a desnudarse en un sentido diferente al físico.
—No, definitivamente ya no.
— ¿Qué dices? —La miró directamente entonces, y no había en su cara ningún rastro de condescendencia, solo esa honestidad suya que a veces llegaba sin aviso y sin permiso—. Yo cada día te veo más hermosa.
Se incorporó para desvestirse, y ella lo observó mientras lo hacía: el torso que conocía y que seguía siendo capaz de despojarla de cualquier pensamiento coherente, los brazos y las piernas largos y fuertes, la cicatriz en el costado izquierdo que le había preguntado una vez de dónde venía y él le había respondido con esa brevedad suya que no era evasión sino la manera en que guardaba las cosas que aún dolían.
Cuando vio su miembro erecto supo que no había ningún lugar en el mundo al que quisiera ir excepto el que ya ocupaba.
Alan se sentó en el borde de la cama y apoyó las palmas en sus muslos.
No subió de inmediato: se quedó allí, con las manos quietas sobre la cara interna de sus piernas, y la miró.
Solo la miró, con esa atención que convertía el silencio en algo que pesaba y calentaba al mismo tiempo.
Luego empezó a moverse, lento, con esas caricias largas y deliberadas que conocían bien el camino y que le fueron doblando la voluntad mucho antes de llegar a ningún punto concreto.
Subió por el interior de los muslos con la presión justa, ni demasiada ni demasiado poca, como si tuviera memorizado el mapa exacto de dónde ella era más sensible y estuviera dispuesto a usarlo con toda la paciencia del mundo.
Ella notó que los músculos del abdomen se le tensaban solos.
Cuando inclinó la cabeza y posó la boca sobre su sexo, ella arqueó las caderas con un reflejo que no le consultó al resto del cuerpo. Él lo notó, y Pippa oyó el sonido que él hizo contra su piel, algo que no era exactamente una risa pero se le acercaba.
—Siempre haces eso —le murmuró, y le sujetó los muslos con firmeza antes de volver a explorarla con la lengua.
Alan la conocía. Eso era lo que la dejaba sin defensa: no la técnica ni la experiencia, sino el hecho de que él la conocía, había aprendido el idioma específico de su cuerpo con esa misma atención callada con que aprendía todo lo que le importaba de verdad.
Sabía cuándo acelerar y cuándo detenerse exactamente un segundo antes del límite.
Sabía dónde poner la lengua y dónde los dientes, con qué presión y durante cuánto tiempo.
Y lo hacía con una concentración que a ella le llegaba como una forma de afecto más directa que cualquier palabra, porque significaba que su placer era algo que a él le importaba lo suficiente como para haberle dedicado esa clase de atención.
El calor se construyó en capas, despacio, hasta que ya no fue calor sino algo sin nombre que llenaba cada espacio posible.
Le enterró los dedos en el cabello. Él encontró el punto exacto donde todo convergía, lo acarició con una paciencia que era casi cruel, y luego introdujo un dedo con cuidado en su interior, luego dos, moviéndolos con ese mismo ritmo que parecía diseñado para volverla loca despacio.
Ella dejó de intentar controlar nada, porque era inútil y porque no quería: se aferró a su cabello y se arqueó hacia él, y cuando el orgasmo llegó fue con todo el cuerpo, una sacudida larga que ella no intentó silenciar del todo.
Él no se apartó hasta que el último estremecimiento pasó.