Un Barón Desconfiado (Serie "A La Caza De Un Noble" nº 4) Capítulo 9
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Capítulo 9

La puerta se cerró con un sonido apenas audible que resonó en el corredor vacío como si fuera algo mucho más definitivo.

Bruna salió con los ojos hinchados y el pañuelo apretado entre los dedos, sin levantar la vista. No necesitó decir nada. Alan lo leyó en la curvatura de sus hombros antes de que la doncella terminara de cruzar el umbral.

Se levantó del suelo. Había estado sentado allí durante más de tres horas, con la espalda contra la pared fría y los puños sobre las rodillas, contando cada sonido que se filtraba desde el interior de la habitación: los pasos del doctor, el chirrido de la cama, y por encima de todo, los gritos de Pippa.

Esos gritos que le habían arrancado algo de las entrañas que no sabía que tenía.

No le importó que el médico lo hubiera encontrado así, con la levita arrugada y la corbata medio deshecha. No le importó nada.

—Milord. —Egbert apareció al fondo del corredor con el paso sigiloso que era su sello inconfundible—. He hecho los arreglos que me pidió.

—Gracias, Egbert.

Su propia voz le sonó extraña. Rasposa, como si llevara días sin usarla.

El doctor había dicho que ella era una mujer sana.

Que no había ningún impedimento para que más adelante, si lo deseaba, pudiera llevar un embarazo a término.

Palabras dichas con la mejor de las intenciones que le habían atravesado como una hoja de acero, porque más adelante dependía de él, y él era exactamente lo que era.

Había condenado a su esposa a quedarse sin hijo.

Esa certeza se le instaló en el pecho mientras bajaba las escaleras y no lo abandonó en toda la noche.

La madera llegó al amanecer, tal como él había pedido.

Alan trabajó sin guantes, ignorando las astillas que le fueron dejando pequeños rastros rojos en las palmas.

Tenía una imagen clara en la cabeza y solo necesitaba que las manos le obedecieran: un cajón pequeño, con las esquinas redondeadas para que no hubiera ningún ángulo duro, y ángeles en los laterales.

Al principio le salieron torpes, porque sus dedos no eran los de un artesano.

Fue quitando madera milímetro a milímetro, con paciencia que no sabía que poseía, hasta que las alas empezaron a tener forma y los rostros dejaron de parecer manchas.

Egbert apareció en el umbral del taller a media mañana. Contempló el cajón en silencio. Luego a su señor.

No dijo nada. Tampoco hacía falta.

El nombre lo había elegido porque era el que ella le había dicho una tarde de verano, con una mano sobre el vientre apenas abultado y esa sonrisa suya que solo aparecía cuando algo la hacía verdaderamente feliz.

Albert, como mi abuelo italiano. Alberto Comte.

Lo hizo grabar en la lápida de mármol blanco guiando él mismo la mano del artesano, letra por letra, hasta que quedó exactamente como quería: pequeño, bien proporcionado, digno.

Como merecía un nombre que solo se pronunciaría una vez.

El funeral fue discreto y sin ostentación, tal como correspondía en esas circunstancias.

Solo estuvieron las personas que de verdad amaban a su esposa.

Él las recibió a todas con la mandíbula apretada y la espalda recta, porque Pippa seguía demasiado débil para bajar y alguien tenía que sostener el peso de ese día.

Pasaron los días, y Pippa comenzó a levantarse.

Eso era todo lo que hacía: levantarse. Se ponía la bata, pedía que le trajeran el caldo que apenas rozaba con la cuchara, y luego se instalaba junto a la ventana con los ojos fijos en el jardín, en un punto que Alan no lograba ver.

El cuarto olía a lilas y a algo más oscuro que no sabía nombrar, esa humedad particular del llanto reciente que se pegaba a las cortinas y al tapizado.

Suertudo y Pirata la buscaban con una constancia que en cualquier otra circunstancia le habría arrancado una carcajada.

El más pequeño le llevaba calcetines robados de algún cajón misterioso.

El otro se instalaba sobre sus pies y resoplaba con dramático desamparo.

Ella los acariciaba en la cabeza con esa ternura mecánica que hacía más evidente que no estaba del todo presente, y luego le pedía a Bruna que se los llevara.

Las pocas veces que salía del cuarto era para bajar al jardín, detenerse un momento ante la pequeña lápida que Alan había mandado colocar en el rincón más tranquilo, y volver a encerrarse.

Alan le leía en voz alta cada noche. Llevaba el libro que ella había dejado a medias antes de que todo se derrumbara y leía durante una hora, aunque ella no preguntara nada ni hiciera ningún comentario.

Una noche notó que cerraba los ojos cuando él recitaba un fragmento de poesía italiana, y decidió que eso era suficiente por el momento.

Pero llegó el día en que ya no lo fue.

Entró al cuarto sin llamar, porque si llamaba ella le diría que pasara con esa voz educada y distante que usaba con él desde hacía semanas.

—También me dolió —dijo, de pie en el centro de la habitación—. ¿Sabes?

Ella alzó la vista desde el sillón junto al fuego. La luz de las llamas le marcaba los pómulos con sombras que la hacían parecer de porcelana.

—La muerte de Albert.

El nombre tardó un momento en llegar a ella. Pippa desvió la mirada hacia la chimenea.

—No quiero hablar de eso.

—¿Por qué no? —Dio un paso—. ¿Porque soy culpable? ¿Porque cuando me miras crees que si no fuera por mí, seguiría vivo?

—¡Sí! —Se levantó, y en el movimiento brusco se le escapó todo lo que había estado conteniendo—. ¡Tú no lo querías! ¡Por eso cuando te pedí que nos fuéramos no me escuchaste!—le gritó.

Esas palabras golpearon con la precisión de algo dicho sin intención de herir, que era la peor clase de golpe. Alan cerró los puños a los costados, respiró, y esperó a que el primer impulso de defenderse pasara.

—Te escuché —dijo al cabo—. Pero tenía compromisos que no podía ignorar sin consecuencias para los dos.

No fue porque quisiera ponerte en peligro.

Ni a ti ni al niño. —La miró directamente—.

Yo lo quería, Pippa. Pensaba en él. Soñaba con llevarlo a cabalgar, con hablarle de las cosas que a uno nadie le enseña.

No tienes ni idea de lo que llevo dentro.

—¡Claro que no! —Su voz se quebró, pero siguió—. Cómo podría saberlo si tú nunca dejas que nadie sepa lo que sientes. Te la pasas ordenando, de mal humor, gritando. ¿Cómo voy a adivinar lo que piensas?

No respondió de inmediato. Se quedó quieto, porque lo que acababa de decirle era verdad y la verdad merecía que uno se quedara quieto frente a ella.

—Me porté mal contigo —admitió—. Al principio fui un idiota. No voy a negarlo.

Cruzó el espacio que los separaba hasta quedar a un metro escaso de ella, y Pippa no retrocedió.

—Pero si necesitas echarme la culpa de la muerte de Albert para levantarte de esa silla, entonces que así sea. Si eso va a hacer que vuelvas a comer, que dejes de mirar el jardín como si estuvieras esperando que aparezca algo que no va a volver... cúlpame. Estoy aquí.

La expresión de ella se desmoronó de un modo que no tenía que ver con la rabia, sino con algo más viejo y más pesado.

—Nunca he sido injusta —murmuró, casi para sí misma.

Las manos le temblaban sobre el regazo—.

Y no voy a empezar ahora. Yo también tengo culpa.

Fui cobarde. Pude imponerme, pude hacer que pensaran que estaba enferma o que había viajado, cualquier cosa que me diera tiempo para llevar el embarazo en paz.

—Ya no puedes hacer nada de eso. —La tentación de tocarla era casi física, un tirón desde el esternón—. Lo único que puedes hacer ahora es seguir adelante, mi amor.

Ella alzó la vista. Era la primera vez que él usaba esas palabras sin rodeos, puestas así en el aire sin que nadie las pidiera.

—No es fácil —dijo ella, muy despacio.

—Lo sé. Y no tienes que hacerlo sola. Estoy aquí sí me lo permites. Y si no es lo que quieres, si prefieres que me aparte y te deje libre, dímelo. Te lo juro por lo más sagrado que lo hago si es tu deseo.

Silencio. Ella apretó el pañuelo entre los dedos y lo soltó.

—Quiero agradecerte lo que hiciste —dijo al fin, con la voz de quien mide cada sílaba porque no confía del todo en su propia compostura—. El funeral. Que hayas enterrado a Albert en el panteón de tu familia.

—No tienes nada que agradecer. También era mi hijo.

—Bruna me dijo que tú mismo hiciste el ataúd. —Se detuvo—. Y que llevaba ángeles tallados.

—Quería que alguien lo cuidara.

Bajó la cabeza, pero no tan deprisa como para que ella no viera el brillo que le cruzó los ojos antes de que los apartara.

No pudo contenerse. Las lágrimas llegaron de golpe, sin aviso, con la brutalidad de todo lo que había tenido demasiado tiempo detrás de una puerta cerrada. Alan la envolvió en sus brazos antes de que ella terminara de decidir si lo quería, y la sostuvo mientras el llanto llegaba en oleadas.

—Te quiero, Pippa. Yo…te amo. —le tomó la boca con una suavidad que era casi una pregunta, saboreando el rastro salado de sus lágrimas—.

Eres más fuerte de lo que crees. Y con el tiempo te sobrepondrás.

No tienes que olvidarlo, nunca. Él no se ha ido de verdad mientras viva en tu corazón.

Ahora llora, mi amor. Todo lo que necesites.

Y ella lo hizo, durante mucho tiempo, con la cara hundida en su pecho y los dedos enredados en la solapa de su levita, hasta que ya no hubo más lágrimas que dar.

Varios meses después, Londres los recibió con lluvia.

Alan había decidido abrir la casa de la ciudad con la esperanza de que el cambio de aire hiciera lo que él no había conseguido.

Y algo en eso funcionó. El color fue volviendo poco a poco a las mejillas de Pippa, con la misma lentitud con que vuelve la primavera, sin que uno pueda señalar el día exacto en que sucedió.