Capítulo 8 #3
—¿Qué podemos hacer?
—Descanso absoluto. Que no se mueva más de lo indispensable. Yo vendré mañana, y al día siguiente, y seguiré de cerca la evolución. —Recogió su bolso.— Solo podemos esperar, milord. Y rogar.
Alan lo acompañó hasta la puerta, le estrechó la mano, y cuando el carruaje del médico se alejó por el camino de grava, se quedó en el umbral mirando el jardín que ella había supervisado mes a mes desde que llegó a esa casa.
Los rosales que mandó plantar en la entrada estaban en flor todavía, aunque el otoño ya empezaba a llevarse los pétalos. Ben los cuidaba con la misma atención de siempre.
Alan los miró durante un momento. Luego entró y subió a la habitación de Filippa.
Bruna abrió la puerta con cara de haber estado llorando en silencio, que era su modo.
—¿Está despierta?
—Sí, milord.
Entró. La habitación olía a lavanda y a las hierbas que la señora Thomas ponía en el agua del paño húmedo. Filippa estaba recostada con las sábanas hasta la cintura y los ojos abiertos, mirando el techo con esa expresión de quien ha estado pensando demasiado tiempo en cosas que no puede controlar.
Lo miró cuando él se acercó.
—¿Qué te dijo?
—Que hay que descansar y esperar. —Se sentó en el borde de la cama.— Que vendrá mañana.
Ella asintió. Bajó los ojos.
—Siento que el viaje te haya sentado tan mal.
—Ya no vale la pena lamentarse.
—Pippa. —Esperó a que lo mirara de nuevo.
— Siento haberlo hecho así. Debería haber esperado.
Debería haber confiado en que no irías con él, y debería haber dejado que el niño naciera allá, con tu tía, en paz.
No lo hice porque tenía miedo de perderte y actué desde el miedo, que es la peor forma de actuar.
Ella lo miró durante un momento sin decir nada.
—No podías quedarte varios meses en Virginia. Lo sé.
—Podría haber encontrado la manera. —No cedió la responsabilidad porque era suya.
—Y yo podría haberte dicho lo de David desde el principio. —Lo dijo en voz baja.— Tenía miedo de tu reacción, y mi miedo terminó dándote razones para reaccionar exactamente así.
El silencio que siguió fue diferente al de antes: más honesto, menos defensivo, del tipo que viene cuando los dos han dicho la verdad y hay que ver qué se hace con ella.
—Jamás quisiste irte con él. —No era pregunta.
—Jamás. —Sin vacilación.
Él asintió. Puso la mano sobre la de ella, que descansaba encima de la sábana.
—Entonces arreglemos lo que queda por arreglar.
Ella no respondió verbalmente. Pero giró la mano hasta que sus dedos quedaron entrelazados con los de él, y apretó, y él apretó también, y en ese apretón había más de lo que ninguno de los dos habría sabido decir en palabras.
—Mañana tengo que ausentarme parte del día —dijo él, al cabo de un momento.— Pero dejaré instrucciones de cómo encontrarme si me necesitas.
—Está bien.
—Come algo esta noche, aunque sea poco.
—Bruna me trajo sopa hace un rato.
—Bien. —Se puso de pie, sin soltar su mano todavía.— Intenta dormir.
—Alan. —Lo detuvo antes de que se fuera.
Él la miró.
—Gracias por venir a buscarme. —Lo dijo con sencillez, sin adorno, la misma manera en que él decía las cosas cuando eran verdad.— Aunque lo hicieras de una manera espantosa.
Él se permitió media sonrisa.
—Trabajo en ello.
Salió de la habitación y cerró la puerta con cuidado, y en el corredor se quedó un momento con la mano en el marco antes de moverse.
Dentro, Filippa miraba el techo, con los dedos todavía sintiendo el calor de los de él.
La mano la había puesto sobre el vientre, sobre ese bebé que luchaba allá adentro con la tenacidad de lo pequeño que sabe que tiene que sobrevivir, y pensó que las cosas podían ir mejor, que tenían que ir mejor, que había demasiado que perder para que siguieran yendo mal.
En ese preciso momento, mientras el pensamiento todavía estaba formándose, escuchó el escándalo abajo.
Voces. Una puerta que golpeaba. Pasos en la escalera que tenían un ritmo que ella reconoció antes de identificarlo, porque era el ritmo de la rabia de un hombre que lleva toda su vida siendo la rabia.
La puerta de su habitación se abrió de un golpe.
Giuseppe Comte entró con la cara de los días peores, esos días de su infancia que ella habría dado cualquier cosa por olvidar. Y en el instante antes de que su mano se levantara, ella solo tuvo tiempo de pensar que siempre terminaba igual.
El golpe le partió el labio y la mandó al suelo.
—¡Qué diablos estabas pensando! —la voz de su padre llenó la habitación como siempre había llenado todas las habitaciones donde había estado. — Estúpida. Has manchado nuestro apellido delante de todo el mundo. Todo Londres habla de la baronesa que huyó a América dejando a su esposo.
—Señor, por favor. —Bruna, que había estado en el rincón, interpuso su cuerpo entre él y su señora.— Milady está muy delicada.
—Me importa un demonio si se está muriendo.
Levantó el brazo de nuevo.
Lo que ocurrió entonces fue tan rápido que Bruna, que lo vio todo, tardó años en contarlo bien: Alan, que había escuchado el golpe desde el corredor y subió a la carrera, entró en la habitación y detuvo el brazo de Giuseppe en el aire con una mano.
Lo sostuvo así durante un segundo, con esa fuerza suya que venía de años de trabajo real.
Luego lo soltó, lo tomó por las solapas del chaleco con las dos manos, y le dio dos puñetazos en la cara que sonaron a lo que suenan las cosas que no tienen vuelta atrás.
Giuseppe retrocedió contra la pared.
—¿Cómo se atreve —dijo Alan, con una voz completamente plana y completamente aterradora por eso— a entrar en mi casa y poner la mano encima a mi esposa?
—Solo pretendía...
—Usted no pretende nada en esta casa. —lo tomó por el cuello de la corbata, no lo suficiente para impedirle respirar pero sí lo suficiente para que el mensaje fuera inequívoco.
— Escúcheme bien. No lo quiero ver más aquí.
No lo quiero cerca de mi esposa. Y si alguna vez vuelve a intentar lo que acaba de intentar, le juro que no respondo de mis acciones. ¿Me ha entendido?
—Sí. —La cara de Giuseppe era roja y sus ojos, por primera vez en la vida de Filippa, tenían algo que se parecía al miedo.
Alan lo llevó por el corredor y por las escaleras con la firmeza indiferente de quien saca una cosa del lugar donde no debería estar.
Abajo, los sirvientes se habían agolpado en el vestíbulo con esa parálisis de quien no sabe si intervenir, y Alan los miró y les dijo que volvieran a sus labores sin levantar la voz, que era la única manera en que se dice algo que uno quiere que se obedezca de verdad.
A Egbert, que esperaba junto a la puerta principal con la cara de quien ha visto demasiadas cosas en demasiados años pero a veces todavía se sorprende, le dijo que ese hombre no volvía a poner un pie en la casa. Y que eso no era una instrucción sino un hecho.
Luego subió la escalera de nuevo.
Bruna estaba de rodillas junto a Filippa, que seguía en el suelo con una mano en el labio partido.
Alan fue hacia ella, la levantó con cuidado, la llevó a la cama, y se quedó mirando su cara con una expresión que no era rabia sino algo diferente: ese dolor quieto de quien ve sufrir a alguien a quien no debería haberle pasado nada.
—Egbert —llamó hacia el corredor, sin alzar la voz.— Manda por el doctor. Ahora.
Bruna, que estaba al lado con un paño húmedo, se lo puso suavemente en el labio.
—Ya viene, milord —dijo la muchacha, con esa voz de quien ha estado llorando sin hacer ruido.
Alan le puso la mano a Filippa en la frente. Ella tenía los ojos cerrados y la respiración entrecortada, y cuando él notó la mancha oscura que empezaba a extenderse por las sábanas debajo de ella, supo lo que significaba antes de que el médico llegara para confirmárselo.
No dijo nada. Se quedó donde estaba, con la mano de ella entre las suyas, esperando.