Un Barón Desconfiado (Serie "A La Caza De Un Noble" nº 4) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Te recuerdo —dijo él, con algo que era ironía mezclada con culpa— que eso es exactamente lo que estarías haciendo ahora de haber seguido en Inglaterra. Sin atender mesas, sin cocinar para veinte personas o más.

—Maldita sea, Pippa. —Se pasó una mano por el cabello.— Tienes razón. Debiste decirme lo que había pasado, sí. Pero mi reacción fue la de un idiota, y los dos lo sabemos.

—Podrías haber confiado en mí. —Las palabras le salieron con más fuerza de lo que pretendía.— Yo no te di motivos. En ningún momento. Y con una sola visita de David me condenaste sin dejarme hablar.

Los ojos le ardieron. Parpadeó.

Él se levantó, cruzó los dos pasos que los separaban, y la atrajo hacia él con una suavidad que ella no esperaba de sus manos. Ella dejó que la acercara sin resistencia, porque estaba demasiado cansada para resistir y porque parte de ella no quería hacerlo.

—Me dejé llevar por mis inseguridades. —la voz le salió cerca de su cabello.

— Yo nunca pensé que una mujer como tú pudiera fijarse en alguien como yo.

Sin una apariencia que la gente pueda mirar, con un título menor, con una casa llena de deudas.

Y cuando apareció él, tan apuesto y tan sin cicatrices, lo peor que podía imaginar se me volvió la única explicación posible.

—Me enamoré de ti. —Ella lo dijo contra su pecho, con la voz algo amortiguada.— No de tu título. Al principio no fue así, lo admito, pero después de que fuimos conociéndonos las cosas cambiaron. Yo cambié.

—Yo también. —Los brazos de él se apretaron levemente.— Eres el regalo que menos esperaba en mi vida. Y por eso los celos me comieron, porque no podía soportar la idea de perderte.

—Nunca habría ido con él. —Lo dijo separándose lo suficiente para mirarlo.— Nunca lo habría hecho.

Él la miró durante un momento.

—Ahora lo sé.

Lo que siguió fue inevitable desde que ella levantó los ojos hacia los de él: él tomó su boca con esa urgencia que llevaba semanas guardada, sus labios cálidos y firmes y con toda la desesperación de quien ha cruzado un océano y todavía no está seguro de haber llegado.

Ella se aferró a sus hombros y respondió con la misma urgencia, porque también ella lo extrañaba, su olor y su calor y la manera en que la hacía sentir que el mundo tenía los bordes bien definidos.

El sabor de ella era lo que recordaba: dulce y suave debajo de todo lo demás, y él lo buscó con la lengua y lo encontró y lo guardó.

Levantó la boca. Le tomó el rostro con las dos manos.

—No me fío de mí mismo esta noche. —la voz le salió ronca. — Si seguimos no voy a poder detenerme, y tú estás cansada y tienes más meses de embarazo que cuando te fuiste. No quiero hacerle daño ni a ti, ni al bebé.

La tomó en brazos con ese cuidado suyo tan particular, como si supiera exactamente el peso de lo que sostenía y no quisiera que nada de ello se perdiera.

La llevó a la cama, la recostó, le desabotonó el vestido con manos lentas y precisas y la dejó con el camisón, y luego se tendió a su lado y la rodeó con un brazo.

Ella puso la mano sobre su pecho y escuchó su corazón.

—¿Pippa?

—Sí.

—Mañana hablamos del regreso.

Ella no respondió. Pero tampoco dijo que no. Y en el silencio de esa habitación en Virginia, con los grillos afuera y la respiración de los dos ordenándose poco a poco, eso fue suficiente para esa noche.

Cuando él escuchó que el ritmo de su respiración cambiaba y se volvía el de alguien dormido, tardó todavía un rato en seguirla.

Pensaba en el mañana y en lo que tendría que decirle sobre el regreso, y en cómo decírselo sin que fuera otra pelea más en una cadena de peleas que ya habían durado demasiado.

Luego el sueño lo reclamó también, y la noche continuó en silencio.

*****

Los ruidos de la calle, ese bullicio americano de carruajes y voces y animales que empezaba temprano en los pueblos pequeños, despertaron a Alan antes de lo que esperaba.

Tardó un momento en recordar dónde estaba. Luego miró hacia su lado y encontró sábana fría: ella ya se había levantado, sin que él la sintiera marcharse, con ese sigilo suyo de persona acostumbrada a no despertar a nadie. El reloj de la mesilla marcaba pasadas las nueve.

Se levantó, se preparó con la eficiencia de quien ha aprendido a arreglarse en habitaciones de posada, y bajó al comedor.

El hostal a esa hora tenía el rumor tranquilo del desayuno: tazas, conversación en voz baja, el olor a café recién hecho y a pan tostado. Filippa salió de la parte trasera cuando lo vio tomar asiento, con el delantal puesto y el cabello recogido de cualquier manera.

—Por fin.

—Estaba exhausto. —Se sentó.— Ha sido un viaje largo.

—Te guardé el desayuno. —Le señaló la mesa con un gesto y fue a buscarlo.

Cuando volvió, traía huevos revueltos, pan tostado con mantequilla, y un café que olía a lo que el café debería oler siempre. Se sentó frente a él mientras él comía, y la conversación fue tomando forma por sí sola, sin la tensión de la noche anterior.

—¿Suelen llegar muchos huéspedes?

—Siempre hay gente. Unos vienen, otros se van. Hay temporadas donde no cabe nadie más, y otras donde hay uno o dos. Pero no falta para las necesidades.

—¿Y a Bruna? ¿Cómo le pagas?

Filippa bajó los ojos un momento.

—Bruna es leal. No he podido pagarle lo que le debo, pero sigue aquí de todas formas.

—Porque no pierde la esperanza de que todo vuelva a ser como antes —dijo él, con cuidado.

—Nada puede ser como antes. —Lo dijo sin dramatismo, como quien constata un hecho.

Él dejó el tenedor sobre el plato.

—Pippa. —Esperó a que ella lo mirara.— Necesito que te vengas conmigo a Inglaterra.

—No voy a hacer eso.

—¿Pretendes quedarte aquí y dejar a tu esposo en Inglaterra solo? —Lo dijo sin hostilidad, solo como la pregunta que era.

—Yo no imaginé... —Ella frunció el ceño.— No pensé que vinieras a buscarme. Nunca pensé en un futuro contigo después de lo que pasó.

—¿No deseas estar conmigo?

—Sí. —Lo dijo antes de poder calcular si era prudente.— Pero no me quiero ir.

—Pippa. —Fue a su lado de la mesa, se agachó hasta quedar a su altura para que ella no tuviera que levantarse.— Escúchame. Si no vienes conmigo ahora, no habrá lugar donde puedas quedarte con el niño. Lo buscaré. Y si tengo que hacerlo, me llevaré a la criatura.

Ella lo miró con los ojos muy abiertos.

—No harías eso.

—Pruébame.

No había calor en su voz cuando lo dijo, ni frío tampoco. Solo la certeza de quien no amenaza sino que informa. Y eso fue lo que más la asustó: que sonara exactamente como lo que era.

—Siempre piensas solo en ti —dijo ella, y la voz le salió baja y lastimada.— Después de todo lo que dijiste anoche, todo lo que prometiste...

—Lo que dije anoche era verdad. —Se puso de pie.

— Y lo que te digo ahora también. Quiero tenerte a mi lado y quiero que el niño nazca en su casa, en un lugar donde haya un médico de verdad y donde tú no tengas que estar de pie doce horas diarias.

No te pido eso para hacerte daño. Te lo pido porque es lo que necesitas, aunque ahora mismo estés demasiado furiosa para verlo.

Ella se levantó con esa trabajosidad de los últimos meses de embarazo, apoyándose en la mesa.

—Siempre sabes lo que yo necesito mejor que yo misma. —Se dio la vuelta.— Es agotador, Alan. De verdad que lo es.

Se fue hacia la cocina y lo dejó solo en el comedor con el café enfriándose y la conciencia incómoda de que había sido, en las últimas dos frases, exactamente el problema.

Salió a caminar un rato. Necesitaba el aire.

Mientras recorría el camino de tierra del pueblo, con las casas de madera a los lados y los niños que jugaban en los porches mirándolo pasar con la curiosidad sin filtros de la infancia, pensó que la amenaza sobre el niño había sido lo equivocado, que lo había dicho desde el miedo y no desde otra parte, y que Filippa lo sabía.

Que había cruzado el Atlántico para decirle que la amaba y que quería arreglar las cosas, y que en dos frases había conseguido exactamente lo contrario.

Idiota, se dijo. El mismo insulto de siempre.

Pero no iba a dejarla allí. Eso era lo único que no tenía discusión.

*****

Varias semanas después, ya en Inglaterra, Alan escuchaba los pasos del médico en las escaleras de la casa de campo y los contaba sin querer, como se cuentan las cosas cuando la ansiedad no tiene otro sitio adonde ir.

El regreso de Virginia había sido difícil.

Ella había cedido finalmente, no convencida del todo sino exhausta de resistir, y él aceptó ese tipo de rendición con la conciencia de que no era una victoria sino una deuda que tendría que pagar de otra manera.

Durante el viaje en barco ella vomitó casi todo el camino, miró el océano con una expresión que era mitad mareo y mitad reproche, y él se sentó a su lado y no dijo nada porque no había nada que decir que no fuera tarde.

Desde que llegaron a la casa de campo, Filippa no se encontraba bien.

Tres sangrados en una semana. El doctor venía cada dos días. Alan se paseaba por su habitación con esa caminata corta y repetida de los hombres que no saben cómo esperar y no tienen otra opción.

Los pasos del médico llegaron al corredor y luego la puerta se abrió.

—¿Cómo está? —Alan fue hacia él antes de que terminara de entrar.

El doctor era un hombre de cincuenta años con manos de cirujano y la expresión de quien ha aprendido a dar malas noticias sin destruir a quien las recibe. La expresión que tenía esa tarde no era tranquilizadora.

—No muy bien, Lord Látimer. Está débil. Y la criatura peligra. —Hizo una pausa.— Lleva tres sangrados esta semana. Si tiene uno más, el bebé no lo resistirá.

Alan se quedó quieto. Escuchó esas palabras y las procesó despacio, como se procesan las cosas que uno no quiere que sean reales.

—¿El viaje tuvo algo que ver?

El médico dudó.

—No lo creo. Este tipo de complicaciones ocurre con cierta frecuencia en los primeros embarazos, independientemente de las circunstancias. Cualquier cosa pudo desencadenarlo. Pero el viaje…no ayudó.

Esas dos últimas palabras las dijo con la gentileza justa para que dolieran lo necesario y no más.