Capítulo 8
Esa noche, cuando bajó al comedor para la cena, el hostal estaba lleno de un ruido amable de gente que había terminado su jornada y quería comer y descansar.
Las mesas de madera tenían manteles de lino sencillo y velas gruesas en el centro, y el olor que venía de la cocina era el de una comida real, sin pretensiones y sin trucos: guiso de carne, pan de maíz, algo que se cocinaba lento y con paciencia.
Desde la mesa que eligió junto a la ventana, Alan vio a su esposa trabajar.
Ella se movía entre las mesas con esa eficiencia suya que nunca parecía esfuerzo, llevando platos, sirviendo agua, respondiendo preguntas con una sonrisa que era genuina y no de servicio.
Bruna hacía lo mismo en el otro extremo del comedor.
Las dos se veían cansadas de una manera que iba más allá del turno de esa noche, el tipo de cansancio que se acumula en semanas y se instala en los hombros.
Cuando Filippa se dio cuenta de que él estaba allí, la sonrisa que tenía no desapareció del todo. Solo cambió de temperatura.
—Buenas noches, esposa.
Ella miró a su alrededor con rapidez, verificando si alguien lo había escuchado.
—¿Podría ser un poco más discreto?
—¿Por qué? ¿Es mentira que seas mi esposa?
Ella hizo un sonido que no era exactamente de señorita bien educada, y rodó los ojos con una expresión que a él le habría resultado adorable si no estuviera también un poco preocupado.
—Para cenar tenemos pollo frito con biscuits y puré de patata, o guiso de carne con verduras y pan de maíz.
—El guiso, por favor.
—¿Vino?
—Si tuvieras, sí.
—Pues no tenemos. —lo miró con esa altivez suya que era tan propia de ella cuando quería establecer el terreno. — Solo hay cerveza. Si no le gusta, puede tomar agua.
Se dio la vuelta y fue a la cocina, y Alan se quedó mirando el espacio que había dejado con una sonrisa que no pudo evitar, porque ese estallido de mal humor controlado era tan ella que resultaba casi reconfortante.
Volvió con el plato bien lleno, lo dejó sobre la mesa con una eficiencia sin ceremonias, y se dispuso a irse.
—Huele de maravilla. —No era halago, era observación.— Respecto al vino, no soy un hombre difícil. Si hay cerveza, con gusto la tomo.
—Se la traigo.
Cuando regresó con la jarra, él ya había probado el guiso, y la expresión que tenía no era la de quien está siendo cortés.
—¿Lo cocinaste tú?
—Sí.
—Creí que sabías hacer uno que otro plato. No esto.
—Ya te dije que mi madre me enseñó todo lo que sabía. —Recogió un vaso vacío de la mesa de al lado.— Ella cocina muy bien. Aunque a mi padre le disgusta que lo haga, porque para eso está la servidumbre, según él.
—Pues debo decirte que me ha encantado. No solo porque esté delicioso, sino porque lo hiciste tú. —Lo dijo sin adorno, mirándola.
Ella hizo una mueca que pretendía ser de desagrado y que no lo consiguió del todo.
—Si ya terminó, le traigo el postre. —Se alejó, volvió con un plato que olía a especias dulces y a mantequilla.— Pastel de calabaza. Lo hizo mi tía.
—Necesitamos hablar.
—No necesitamos nada.
—Quiero saber cómo estás. Cómo está el bebé. Si has visto a algún médico. Necesito saber todo eso.
—Ahora no tengo tiempo.
—Entonces cuando termines. Puedes venir a mi habitación y hablamos allí.
—No pienso ir a ningún lado.
Él la miró durante un momento con esa paciencia que tenía cuando había decidido algo y solo estaba esperando a que la situación se pusiera a su altura.
—Si no vienes esta noche a mi habitación, iré a la tuya. Y no creas que no puedo averiguar cuál es.
Los ojos de ella lanzaron algo que no llegaba a ser fuego pero que se le acercaba. Luego asintió, con la misma gracia con que uno acepta la rendición ante algo inevitable.
—A las once. Cuando hayamos terminado.
Se alejó a atender otra mesa, y Alan se terminó el pastel de calabaza pensando que el largo viaje desde Inglaterra había tenido al menos un resultado útil.
Cuando las últimas velas del comedor se apagaron y los últimos huéspedes subieron a sus habitaciones, Filippa subió también las escaleras con el peso de las horas en los pies.
Había pensado ir directamente a la habitación y no asomarse al porche, pero el calor del interior era sofocante esa noche, y la idea de encerrarse entre cuatro paredes con sus propios pensamientos circulando sin parar le resultaba peor que el calor.
Salió por la puerta trasera y se sentó en el escalón del porche con un chal sobre los hombros.
No había luna. Pero las estrellas eran tantas y tan brillantes que el cielo de Virginia, en esa hora quieta, tenía una luminosidad que no pedía disculpas. Ella las miró durante un rato sin pensar en nada concreto, que era el tipo de no pensar que más descansa.
Escuchó pasos detrás de ella al cabo de un tiempo que no supo medir. No se giró. Sabía quién era.
Alan se sentó a su lado en el escalón de madera sin pedirle permiso ni anunciarse, con esa costumbre suya de ocupar el espacio sin hacer de ello un evento.
Traía dos tazas y le tendió una. Ella la tomó sin decir nada.
Olía a manzanilla y a miel, su olor de antes de dormir, y no supo si él lo sabía o si había sido una coincidencia.
—No eres fácil de convencer —dijo él, al cabo de un momento.
—Nunca lo fui.
El silencio que siguió no era incómodo, y eso la sorprendió porque debería haberlo sido.
La noche en Virginia tenía un sonido propio: grillos, el viento entre los robles grandes, el ruido lejano de algo que se movía en el campo.
Tan diferente al silencio de Londres, que siempre llevaba debajo el rumor de la ciudad.
—¿Echas de menos Inglaterra? —preguntó él.
—Echo de menos la casa de campo. —Lo pensó antes de decirlo.— El jardín. A Pirata y a Suertudo.
Él hizo un sonido que podría haber sido una risa contenida.
—Suertudo habrá destrozado ya la biblioteca.
—Probablemente los libros más caros.
Otro silencio. Ella bebió el té despacio y miró las estrellas, y pensó que en una vida diferente, con otros comienzos, un porche en una noche así habría sido perfecto. Un hombre a su lado que la conocía mejor de lo que esperaba, una oscuridad tranquila, el olor a tierra húmeda del campo.
La mano de él encontró la de ella sobre la madera del escalón.
No fue un gesto dramático ni anunciado: solo su mano grande y callosa cubriendo la suya, con una firmeza tranquila que no exigía respuesta.
Ella bajó la vista, aunque en la oscuridad no pudiera ver nada, y notó que él no la miraba a ella.
Seguía con los ojos en las estrellas, como si lo que acababa de hacer fuera la cosa más natural del mundo.
Ella no retiró la mano.
Pasó tiempo. El pulgar de él empezó a moverse sobre sus nudillos, un movimiento pequeño y lento, casi distraído, y cada uno de esos roces era una pregunta que él no formulaba en voz alta y que ella no respondía en voz alta tampoco, pero que los dos escuchaban igual.
—Alan. —La voz le salió más baja de lo que pretendía.
—Sí.
—No sé si puedo volver.
Él se giró hacia ella. En la oscuridad no podía ver su expresión con claridad, solo el contorno de su perfil, la línea de su mandíbula.
—¿No puedes o no quieres?
Ella tardó demasiado en responder, y él tomó ese silencio y lo usó: se inclinó hacia ella despacio, le soltó la mano, le tomó el rostro con las dos palmas.
El beso fue suave. Tan diferente a los otros: sin urgencia, sin tormenta, solo la presión cuidadosa de su boca sobre la de ella, como si tuviera todo el tiempo del mundo y no quisiera desperdiciar ni un segundo.
Ella cerró los ojos.
Cuando él levantó la boca, se quedó con la frente apoyada en la de ella.
—No aquí. —La voz le salió baja, íntima.— No así. No quiero que sea así para nosotros.
Ella entendió sin que tuviera que explicarlo: un hostal ajeno, ella todavía asustada y todavía sin haber dicho que sí a nada. No así.
Se separaron con cuidado. Ella tomó la taza y la sostuvo con las dos manos para tener dónde poner la atención, porque si no tenía algo concreto donde mirar iba a decir algo que no estaba lista para decir.
—Vete a dormir. —él se puso de pie. — Mañana seguimos hablando.
—Mañana seguiremos peleando —lo corrigió ella.
—Probablemente. —Y esta vez sí sonrió, de verdad, esa sonrisa suya que cambiaba todo.— Buenas noches, Pippa.
La dejó sola en el porche con las estrellas y los grillos y la sensación, todavía presente y cálida, de sus manos en su cara.
Ella se quedó allí un rato más, mirando el cielo, antes de entrar.
*****
A las once en punto, Filippa subió al cuarto de él con el sigilo de quien no quiere que su tía escuche y forme sus propias conclusiones al respecto.
La puerta estaba entornada. Entró, y al encontrarlo de pie junto a la ventana, con la camisa abierta en el cuello y una expresión que llevaba la noche entera siendo más suave que de costumbre, lo primero que dijo fue lo único que tenía sentido decir:
—¿Me tienes miedo, Pippa?
—No. —Demasiado rápido.
—Sí. —No era acusación, era reconocimiento.— Y lo entiendo. Sé que mi actitud te recordó a algo que no merecías haber vivido. —Se alejó de la ventana, puso la silla frente a ella.— Siéntate, por favor.
Ella eligió la silla que quedaba más cerca de la puerta, que era la misma decisión que habría tomado hace meses en otra casa, y ese gesto le dijo a él más que cualquier palabra.
—Jamás te haría daño, Pippa. Lo sabes.
—Lo que yo sé es lo que vi.
—Entonces dime qué viste. —Se sentó frente a ella, con los codos en las rodillas.— Porque yo vi a un hombre que perdió la cabeza de los celos y lo pagaste tú, y eso estuvo mal. Lo sé. Pero también sé que no soy tu padre, y no pienso ser como él.
Ella no respondió de inmediato. Miraba sus propias manos en el regazo.
—¿Cómo está el bebé? —preguntó él, cambiando de ángulo.
—Bien. Se mueve bastante. Hay un médico aquí que es amigo de mi tía. Dice que el embarazo va bien, que solo debo descansar más.
—Por supuesto que debes.
—¿Y qué se supone que haga en un hostal, quedarme en cama mientras los demás trabajan?