Un Barón Desconfiado (Serie "A La Caza De Un Noble" nº 4) Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

—Una vida con su amante —dijo él, y esta vez la convicción era más pequeña de lo que pretendía ser.

—Una vida con su hijo. —Annetta lo miró fijamente.

— Basta ya de decir eso. ¿Ella llamó a ese hombre?

No. ¿Fue a verlo cuando él llegó a Londres?

Tampoco. Él la buscó, se presentó en su casa, y ella lo echó.

Que usted luego se enterara por boca del mayordomo en lugar de por la suya propia fue culpa del miedo que le tiene a su reacción, miedo que resultó completamente justificado.

Fue su desconfianza la que echó todo a perder, Lord Látimer. No ella.

El silencio que siguió tuvo una calidad diferente al de antes: más quieto, más pesado, del tipo que viene cuando las palabras de alguien encuentran el lugar exacto donde había que llegar.

—De todas formas —dijo él, al fin, con la voz más baja—, ya no hay nada que hacer.

—Por supuesto que hay. —Annetta se levantó y caminó hacia él con esa energía menuda y directa suya.— ¿La ama?

Él frunció el ceño. La pregunta era simple y a él le costó porque las preguntas simples a veces son las más difíciles de responder con honestidad.

La amaba. Lo supo antes de terminar de formularse la pregunta: la pensaba cada hora del día, extrañaba el sonido de su voz en el desayuno, extrañaba encontrarla en el jardín hablándole a las flores como si pudieran escucharla, extrañaba la manera en que ponía la palma en su pecho cuando dormía a su lado.

Quería un futuro con ella, uno real, uno que no se rompiera en la primera prueba difícil.

—Sí —dijo.

—Entonces vaya a buscarla. Y cuando la encuentre, dígaselo. Porque esconder lo que siente no hace más que ponerle más distancia entre los dos. Yo quiero para mi hija una vida distinta a la que tuve yo. Se lo merece. Y creo que usted también lo merece, aunque en este momento no lo vea así.

—El hecho de que la ame no significa que no me preocupe lo que ha hecho. Viajar sola en su estado, expuesta a quien sabe qué riesgos en el camino.

—Exactamente. —Annetta recogió sus guantes de la mesa.— Por eso debería apresurarse. —lo miró una última vez. — Y recuerde: nada de esto a mi esposo, ni una palabra de que yo estuve aquí.

—Ya le di mi palabra.

Ella asintió. Le tendió la mano, él se la tomó y la besó, y ella salió del estudio con el mismo paso decidido con que había entrado, y Egbert la acompañó hasta la puerta con esa cara de hombre que ha presenciado algo que no estaba en el programa pero que aprecia en silencio.

Alan se quedó solo frente a la chimenea durante el tiempo que tardó en tomar la decisión, que no fue mucho. Luego llamó a su ayuda de cámara y le dijo que hiciera el equipaje, y mandó a preguntar por el próximo buque con destino a América.

El viaje fue largo y desagradable de las maneras habituales: el Atlántico en noviembre no era lo que ningún hombre elegiría si tuviera otra opción, y Alan no tenía otra opción.

Pasó la mayor parte de la travesía en su cabina, revisando los mapas que había conseguido antes de embarcar y pensando en lo que diría cuando la encontrara, que era una preparación tan inútil como cualquier otra porque sabía perfectamente que lo que había que decir no podía prepararse de antemano.

Llegó al puerto americano con dolor de cabeza y el humor propio de quien lleva semanas durmiendo mal.

Esa misma tarde tomó la diligencia hacia el interior, y pasó dos días de caminos en mal estado y posadas aceptables antes de llegar a las afueras de la zona donde la carta de Annetta situaba la propiedad de la tía.

Virginia en Noviembre tenía una belleza particular: los árboles en ese último gesto generoso antes de quedarse desnudos, el cielo de un azul más limpio que el inglés, el aire con un frío seco que era diferente al frío húmedo de Inglaterra.

Alan lo notó con la parte de él que siempre notaba los paisajes aunque el resto estuviera ocupado en otras cosas.

Buscó la casa durante más tiempo del que le habría gustado admitir.

Las indicaciones de Annetta eran precisas pero la zona era más extensa de lo que parecía en el mapa, y el camino tenía bifurcaciones que no estaban marcadas.

Cuando el sol ya empezaba a bajar y él empezaba a calcular si tenía tiempo de llegar antes de que oscureciera, vio el hostal.

Era un edificio de madera de dos plantas, con porche delantero y maceteros con flores tardías que alguien cuidaba con dedicación, el tipo de establecimiento que parece cómodo antes de entrar y que por lo general cumple la promesa.

Se dijo que al menos podría pedir indicaciones, y que si era tan bueno como decían, podría quedarse esa noche y reanudar la búsqueda por la mañana.

Entró. El interior olía a pan horneado y a madera limpia, con una chimenea encendida al fondo del vestíbulo de entrada y una luz cálida que después de días de camino resultaba casi bienvenida.

Detrás del mostrador de recepción, de espaldas a él, había una mujer ordenando unas llaves en el tablero.

—Buenas tardes —dijo.

Ella se dio la vuelta.

El tiempo que tardaron los dos en procesar lo que estaban viendo fue exactamente el mismo, y durante ese tiempo ninguno dijo nada.

Filippa estaba algo más redonda que la última vez, con el embarazo ya mucho más evidente bajo el delantal sencillo que llevaba, y el cabello recogido de cualquier manera como cuando trabajaba en cosas prácticas.

Tenía una llave en la mano y los ojos muy abiertos y una expresión que era, en proporciones iguales, sorpresa y algo que se parecía mucho al miedo.

¿Cómo supo dónde encontrarme? El pensamiento era visible en su cara aunque no lo dijera.

—¿Cómo has llegado hasta aquí? —preguntó al fin, en voz baja—No sé lo que haces aquí, Alan —dijo ella, y la firmeza de su voz era de las que cuestan mucho más de lo que parecen—, pero de una vez te digo que no me iré contigo.

—Eso ya lo hablaremos. —Mantuvo un tono tranquilo, deliberadamente.— Por ahora, ¿serías tan amable de darme una habitación?

—En este momento estamos llenos.

—Qué niña tan despistada —dijo una voz desde el corredor lateral, y una mujer mayor de cabello blanco y ojos vivos apareció secándose las manos en el delantal.

— Tenemos cinco habitaciones libres ahora mismo.

—se dirigió a Alan con la sonrisa franca de quien no ha aprendido a desconfiar de los desconocidos y no tiene intención de empezar.

— Buenas tardes, caballero. ¿Con vista a la calle o al jardín?

—A la calle estará bien, gracias.

—Con mucho gusto. —La mujer sacó una llave del tablero y se la tendió.— Pippa, querida, acompaña al señor a su habitación.

Filippa hizo una cara que en circunstancias normales habría resultado cómica. Luego se compuso, dejó la otra llave en su sitio, y se dirigió hacia la escalera sin mirarlo.

—Sígame.

Él la siguió. Subieron la escalera de madera en silencio, con el sonido de los escalones bajo sus pies y el olor a guiso llegando desde la cocina del fondo.

La habitación estaba al final del corredor: limpia, sencilla, con una cama de madera, una ventana con vista a la calle principal y una palangana con agua fresca en la cómoda.

Filippa se detuvo en el centro del cuarto y se dio la vuelta para mirarlo.

—La cena se sirve a las siete. El desayuno comienza a las seis y termina a las nueve. El almuerzo es al mediodía. Si no necesitas nada más, tengo trabajo.

Fue hacia la puerta.

—Pippa.

Ella se detuvo con la mano en el marco, sin darse la vuelta.

—Vine a buscarte. No a traerte de vuelta a la fuerza. Vine a buscarte.

La diferencia entre las dos cosas era importante, y los dos lo sabían.

—No irás a ningún lado, Pippa. —No era una pregunta.— Lo más importante que tienes que hacer ahora mismo es hablar conmigo. Estás embarazada, llevas horas de pie atendiendo personas, y...

—No creo que le importe, señor.

—Pues me importa. Y mucho.

—No lo parecía cuando me trataste como lo hiciste en tu casa.

—¿Y se supone que debía quedarme tranquilo sabiendo que tu ex amante había estado en mi casa y tú ni siquiera me lo mencionaste?

—Porque sabía exactamente cómo ibas a reaccionar.

—Resulta que ahora me conoces mejor que yo mismo.

—Parece que sí. —Lo miró directamente.— Porque fue exactamente la reacción que tuviste cuando al fin te lo conté.

Él abrió la boca y la cerró. Era difícil rebatir lo que era verdad, y lo era, y los dos lo sabían.

—Eso ya no importa ahora. —Lo dijo con más firmeza de la que tenía, porque en ese momento lo que le importaba no era el argumento sino el hecho de que ella estaba de pie demasiadas horas en un hostal de diez habitaciones con un embarazo avanzado.— ¿Cuántas personas trabajan aquí?

—Cuatro.

—¿Cuatro? —El horror fue genuino.— ¿Y además de recibir huéspedes también cocinas?

—¿Qué se supone que haga? —Entró por fin a la habitación, se dio la vuelta.

— Mi tía no tiene el dinero de mi padre.

Vive de esto. No puede pagar más personal, y yo le debo que me haya recibido aquí, embarazada y sin nada, sin hacer preguntas que no eran su asunto. La mínimo que puedo hacer es ayudarla.

—Te irás conmigo a Inglaterra. Lo antes posible.

—No voy a hacer eso.

—¡Niña! —La voz de la tía Raquel llegó desde las escaleras, con esa energía práctica suya de mujer que tiene diez cosas pendientes.— ¿Qué haces allá arriba? Necesito que me ayudes aquí.

Filippa lo miró. Luego se dio la vuelta sin decir nada y salió al corredor.

—Ya escuchaste —dijo por encima del hombro, y bajó.

Alan se quedó solo en el corredor con la puerta de la habitación vacía frente a él, y se dijo que esa conversación no había terminado. Solo estaba en pausa.

Alan fue a la ventana y miró la calle de tierra del pueblo americano, con sus carruajes lentos y sus comercios de fachada de madera, y pensó que había cruzado el Atlántico para terminar aquí, en esta habitación sencilla, esperando que la mujer más obstinada que había conocido en su vida decidiera escucharlo.

Había hecho cosas más difíciles.

Aunque en este momento no recordaba cuáles.