Capítulo 7 #2
El miedo llegó después, cuando la adrenalina se fue.
No era miedo de él exactamente, pero era algo que se le parecía: la memoria del cuerpo de su infancia diciéndole que los hombres que hablan así pueden hacer cosas así, que ya vivió eso, que no quería volver a vivirlo.
Y la parte de ella que había creído que él era diferente, esa parte que había pasado meses construyendo algo con él ladrillo por ladrillo, se preguntaba ahora si había estado equivocada desde el principio.
Soy una tonta, pensó. Una tonta que aprende demasiado lento.
Una hora después, Alan se había ido y ella estaba en su cuarto llorando por todo lo que él le había dicho.
Ella se había cansado de decirle que no pasó nada, ella echó de la casa a David y que ningún momento faltó a su esposo o a la casa donde vivía con él pero Alan Sencillamente decidió no creerle.
No había hecho más que llorar y tenía un fuerte dolor de cabeza.
Realmente sintió miedo a ver la forma en la que él le habló y aunque le doliera pensaba que lo mejor era irse de allí.
Alan le había dejado Claro que no creía en ella, de hecho lo ha consideraba una adúltera sin ella haber hecho nada.
Temía por la vida de su bebé, era un hombre iracundo que se parecía mucho a su padre cuando se molestaba y se ponía violento.
Qué estúpida fue al pensar siquiera que él era distinto y que podrían ser felices, lo único que los hombres querían era salir ganando en todo.
Actuaban para su propio beneficio, David sólo deseaba su dote y no le importó hacerle daño y Alan también deseaba su dinero y un bonito trofeo para su casa.
Quería mostrarle a todos los que lo habían herido por su apariencia, que De igual forma había podido llevarse una heredera con él y que ahora esperaba a su primer hijo con ella.
No deseaba estar ni un minuto más allí, se iría a casa de Rose.
Afortunadamente sus padres ya no estaban en casa de ella y ahora se habían ido a otro sitio a unas horas de su casa en el campo.
Aunque también pensó que si va con Rose podría comprometer la a ella y a su esposo y sería peor porque muy poco tiempo Alan daría con ella o su padre Y entonces la obligarían a volver a una terrible existencia con un hombre que no la quería.
Y de paso ella habría colaborado para dañar la amistad que había entre los vizcondes y su esposo.
Alan no volvió esa noche. Durante tres días, Filippa esperó sin querer esperar, con esa contradicción particular de quien no sabe si prefiere que el problema regrese o que se quede donde está.
Se movía por la casa con esa eficiencia de quien tiene demasiado en la cabeza para sentarse, y por las noches miraba el techo de su habitación y pensaba en el joyero y en los barcos y en su tía en Virginia, y luego pensaba en Pirata y en Suertudo, y luego dejaba de pensar en todo y lloraba un rato hasta que el sueño la reclamaba.
El cuarto día tomó la decisión.
Reunió las joyas con la calma de quien ya resolvió el asunto y solo está ejecutando el plan: los collares de rubíes y esmeraldas que su padre le había dado a lo largo de los años, las piezas que Alan le había entregado el día de la boda, algún broche heredado de su abuela.
Todo junto era una cantidad considerable.
Suficiente para dos pasajes, para un comienzo en otro lugar.
Mandó llamar a Bruna y le explicó el plan en voz baja, con la puerta cerrada y la certeza de quien ha tomado una decisión y no piensa revisarla.
Lo que más le dolía, mientras hacía el equipaje, no eran las joyas ni la casa ni la vida que dejaba.
Era Pirata y Suertudo, que en la casa de campo esperaban sin saber que su dueña no iba a volver.
Pero ellos estarían bien. Los criados los querían, y los animales tienen esa virtud de los seres que viven en el presente: se adaptan a lo que hay.
Ella también aprendería.
*****
Alan maldijo mil veces a Pippa por haberle mentido y se dijo idiota mil veces más, por creerle por dejarse llenar la cabeza de estupideces.
La había buscado por todos lados y nadie sabía de su paradero; su padre también estaba furioso y la había ayudado a mirar en diferentes sitios pero era como si se la hubiera tragado la Tierra.
Llevaba días moviéndose entre la rabia y algo que se le parecía sospechosamente al arrepentimiento, y los dos estados eran igualmente incómodos.
Había dado instrucciones de buscarla con discreción, sin levantar cotilleos entre la gente que todavía estaba en Londres para la temporada, y la búsqueda no había dado ningún resultado.
Su padre tampoco sabía nada, o decía no saber nada, que en el caso de Giuseppe Conte podía ser lo mismo o podía ser otra cosa.
La casa de Rose tampoco tenía respuestas.
El vizconde lo recibió con la cortesía de quien lo conoce bien y con la expresión de quien sabe más de lo que dice, y le dijo que ni él ni su esposa tenían noticias de Filippa, y Alan le creyó y no le creyó al mismo tiempo porque era lo que uno hacía con los Beresford.
Después de varios días de buscar y no encontrar, volvió a la casa de Londres y se encerró en su estudio con una botella de brandy y la convicción amarga de que ella se había ido con ese hombre y que él era el idiota más completo de toda Inglaterra por no haberlo visto venir.
Fue en ese estado, con el traje sin afeitarse y la botella a medias, cuando Egbert anunció a la señora Comte.
—Que se vaya. —No alzó la vista de la chimenea.
—Lo intenté, milord. Pero la señora ha entrado ya.
Annetta Comte entró al estudio como entran las mujeres pequeñas que llevan décadas aprendiendo a compensar el tamaño con algo más efectivo: con una determinación que no pide permiso y no necesita que nadie le abra la puerta.
Miró a Alan. Lo miró de arriba abajo con esa evaluación rápida de las madres que saben exactamente lo que están viendo y no tienen tiempo que perder en rodeos.
—¿Qué diablos hace aquí? —dijo él, sin levantarse.
—Me preocupo por mi hija y por usted. A pesar de su comportamiento grosero.
—Su hija ya no está aquí.
—Pero usted sí. —Su voz era tranquila y directa.— Aunque en este momento sea un pálido reflejo del hombre que conocí.
Él intentó levantarse y perdió el equilibrio lo suficiente como para que fuera evidente.
—No puede seguir así, Lord Látimer.
—¿Qué quiere que haga? —Las palabras salían con más filo del que pretendía.— Su adorada hija me puso los cuernos y me abandonó para irse con su amante.
—Eso no es verdad. —Annetta no elevó la voz, pero sus ojos dijeron varias cosas al mismo tiempo.— Usted lo sabe en el fondo. Mi hija es una mujer decente.
—Si usted lo dice.
—Tenía información sobre su paradero, y algunas cosas que creo que le interesaría saber. Pero si va a seguir hablando así de ella, me voy y no le digo nada.
Eso fue suficiente para que él se incorporara con más rapidez de la que su estado debería haber permitido.
—Sabe dónde está.
—Puede que sí. —lo miró sin moverse. — Pero primero necesito su palabra, como hombre de honor, de que no le dirá a mi esposo que tengo esa información, y de que no irá a buscarla lleno de rabia para terminar de hacerle daño.
—¿Yo le hice daño? —La incredulidad le salió antes que el argumento.— Su hija fue quien se fue, señora Conte. Yo solo le di...
—Su palabra, Lord Látimer.
Se hizo un largo silencio. Él cerró la mandíbula.
—Tiene mi palabra. De no decirle nada a su esposo, y de no ir a buscarla con la rabia puesta.
—Y tampoco le comentará nada de mi visita a Giuseppe.
—Tampoco.
Annetta asintió.
—Ahora haga el favor de asearse y cambiarse esa ropa. Yo lo espero aquí, y hablaremos como dos personas civilizadas.
Él la miró durante un momento que fue, en su circunstancia, bastante largo.
—Señora Comte. Siempre pensé que era usted una mujer de pocas palabras. Pero hoy tiene mucho que decir.
—Cuando tenga hijos usted mismo —dijo ella, sin un gramo de ironía—, entenderá que por ellos se sortea cualquier obstáculo y se enfrenta cualquier peligro. Puede que ahora mismo todo el mundo le tenga miedo, pero yo no. Y le agradecería que cambiara el tono cuando hable de mi hija.
Si las circunstancias hubieran sido otras, Alan se habría reído. Una mujer menuda de no más de cincuenta kilos, parada en el centro de su estudio, diciéndole exactamente lo que pensaba sin pestañear. Se preguntó de quién habría heredado Filippa esa clase de coraje.
Salió sin decir nada, dio instrucciones a Egbert para el té, y fue a cambiarse.
Cuando volvió, veinte minutos después, Annetta tenía la taza en la mano y la postura de quien ha decidido exactamente lo que va a decir y en qué orden.
—Siéntese, por favor. —No era una sugerencia.
Él se sentó.
—Hace unos días recibí una carta de Pippa. —Dejó la taza en el platillo con cuidado.— Me decía que había tenido que marcharse porque tenía miedo de lo que pudiera ocurrirle a ella y al bebé si se quedaba.
—Yo nunca la amenacé.
—Su actitud fue suficiente. —lo miró sin dureza pero sin ninguna concesión.
— Ella me contó la discusión: que David fue a verla sin que ella lo llamara, que lo echó de la casa, y que cuando usted se enteró no le dio la oportunidad de explicarse.
La llamó adúltera, la amenazó con echarla, y le habló de una manera que le recordó demasiado a su padre.
Alan no respondió. Estaba mirando el fuego de la chimenea con esa expresión de los hombres que están escuchando algo que no les gusta porque saben que es cierto.
—Se fue porque no quería repetir lo que vivió de niña.
—la voz de Annetta bajó un tono. — No pudo ir con nosotros porque su padre la habría obligado a volver, si es que antes no la golpeaba hasta hacerle perder la criatura.
No quiso comprometer a Rose. De manera que tomó lo que tenía de valor, compró dos pasajes, y se fue a casa de su tía en Virginia.
Allí espera tener al bebé y construir una vida sin que nadie la moleste.