Un Barón Desconfiado (Serie "A La Caza De Un Noble" nº 4) Capítulo 7
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Capítulo 7

Filippa llegó a la casa de Londres cargada de paquetes y con los pies doloridos de una mañana que había resultado más larga de lo previsto, y lo primero que hizo al entrar fue quitarse los guantes y pedirle a Bruna que le preparara el cuarto para descansar un rato.

Llevaba quince minutos recostada, con los ojos cerrados y los síntomas del embarazo pesándole de una manera que últimamente era constante, cuando los golpes en la puerta la hicieron incorporarse.

La tarjeta que el lacayo le trajo en una bandeja de plata era pequeña, de cartulina color marfil, con una letra masculina y un nombre que le produjo el mismo efecto que un cubo de agua fría: David Alden.

Bruna la miraba desde el umbral con los ojos muy abiertos.

—Milady. ¿Qué hacemos?

Filippa se sentó en el borde de la cama durante un momento, con la tarjeta entre los dedos. Luego se levantó.

—Debo bajar. Si se queda allí y Alan llega antes de que yo lo haya visto, será peor.

—Tenga cuidado, milady.

—Siempre.

Bajó la escalera despacio, con una mano en el pasamanos y la otra en el vientre, como hacía cuando necesitaba un momento extra para prepararse. El mayordomo abrió la puerta del salón y ella cruzó el umbral.

David estaba de pie junto a la ventana, con ese perfil suyo que ella había amado durante meses y que ahora le producía algo mucho más parecido al cansancio que a cualquier otra cosa.

Era guapo, siempre lo había sido: alto, bien vestido, con esa apariencia de caballero americano joven que sabe exactamente el efecto que produce.

Se dio la vuelta en cuanto la vio y algo en sus ojos, algo entre el alivio y el arrepentimiento, le dijo que no había venido con buenas intenciones sino con las peores: las que se disfrazan de amor.

—Buenas tardes, señor Alden. —Se quedó de pie junto a la puerta.

Él dio un paso hacia ella.

—Pippa. Mi amor.

—Le agradezco que mantenga la distancia. —La voz le salió más firme de lo que esperaba.

—Por favor. —Otro paso.— No tenía idea de que te habías casado hasta que fue demasiado tarde. Hice todo lo que pude para detener ese matrimonio.

—Yo no le he reclamado nada, señor Alden.

—Entonces ¿por qué estás tan fría, cariño?

—Su tono cambió hacia algo más familiar, más íntimo, de esos que dan por sentado derechos que ya no existen.

— Si acaso debería ser yo quien estuviera molesto.

Teníamos un acuerdo, y tú no lo respetaste casándote con ese...

con Látimer. Con un hombre que ni siquiera es normal.

—No se atreva a hablar de mi esposo de esa manera.

Él parpadeó, como si la frase lo hubiera tomado por sorpresa.

—¿Tu esposo? Pippa, ¿te estás escuchando?

No eres la misma mujer que yo conocí. —Cruzó la distancia entre los dos con una rapidez que no le dio tiempo de moverse.

— Vine por ti. No me importa el matrimonio, no me importa nada.

Tú eres mía, y llevas dentro de ti a mi hijo.

Ese matrimonio puede anularse, es perfectamente posible, y podemos...

—No se atreva a tocarme. —Se hizo atrás un paso.

—Vine por ti —repitió, con una intensidad que ya no era persuasión sino presión.— Lo arreglaremos todo. Nos casaremos, daremos al niño su nombre verdadero, y ese Barón desfigurado...

— ¿Y dónde va a dejar a Teresa Vanderbilt?

El silencio que cayó fue diferente al anterior. Más pesado.

David la miró sin decir nada durante un momento, con esa expresión de quien ha sido sorprendido en el acto y todavía está calculando si hay alguna salida.

—¿Teresa?

—No finjas que no sabes de quién hablo. —Las manos de Filippa, a sus costados, estaban apretadas.

— Las noticias de América tardan en llegar, pero llegan.

¿Tanto amor me tenías que fuiste detrás de ella en cuanto yo embarqué hacia Inglaterra?

¿Y ahora tienes el descaro de venir a pedirme que abandone lo que me queda de reputación para fugarme contigo?

El gesto de él cambió. La vergüenza duró apenas un segundo, y lo que la reemplazó fue algo más feo: esa rabia de los hombres a quienes se les acaba el argumento y no saben qué hacer con eso.

—Si no te vienes conmigo, me llevaré a mi hijo. Tengo todos los derechos como padre biológico, y si llegas a negármelo, me aseguraré de que todo Londres sepa que ese niño no es de tu esposo. Y entonces verás lo que vale ese matrimonio tuyo.

Los ojos de Filippa no cambiaron de temperatura. Solo la miraron durante un instante largo.

—Lárgate de esta casa. —Lo dijo sin levantar la voz, que era peor.

Él recogió el sombrero de la mesa con un movimiento brusco.

—Te doy tiempo para pensarlo. —Se dirigió hacia la puerta.— Volveré por tu respuesta, y no me importará si tu esposo está presente cuando lo haga.

Salió. La puerta del salón se cerró, y Filippa se quedó de pie en el centro de la habitación durante un buen rato, mirando el punto donde él había estado, con las manos abiertas a los costados y la respiración buscando su ritmo normal.

Luego se sentó en el sillón más cercano, sola, y dejó que el silencio de la casa hiciera su trabajo.

Cuando Bruna bajó media hora después, la encontró exactamente en el mismo lugar, con la vista en la ventana y una expresión que la doncella no supo cómo nombrar pero que reconoció: la de quien está tomando una decisión que sabe que va a costar.

Esa noche, cuando Alan llegó y la encontró en el salón con los ojos en el libro que no estaba leyendo, le preguntó qué le pasaba. Ella le dijo que le dolía la cabeza y que se iría a dormir temprano.

Era la verdad, en parte.

Al día siguiente volvió a lo mismo, y al siguiente también. Hablaba poco en los paseos, respondía a sus preguntas con frases cortas y correctas, y cuando él la miraba con esa atención suya que no preguntaba pero tampoco soltaba el asunto, ella apartaba los ojos.

Tengo que decírselo, se decía cada mañana.

Y cada mañana encontraba una razón para esperar un día más.

Fue Egbert quien lo resolvió, sin proponérselo.

Alan bajó a su estudio una mañana, dispuesto a revisar la correspondencia con el cansancio de quien ha dormido mal varios días seguidos y ha estado mirando a su esposa con la sensación de que entre los dos ha crecido algo que no debería estar allí.

—Egbert. —El mayordomo apareció en el umbral con esa puntualidad suya.— ¿Ha llegado alguna carta para la señora de parte de su familia?

—No en estos días, milord. Solo notas de la vizcondesa y la condesa de Beaufort.

—¿Nada fuera de lo habitual? ¿Nada que haya alterado a la señora?

Egbert tardó un momento. Ese momento fue suficiente.

—Lo único que puedo mencionar es la visita de un caballero americano, hace unos días. La señora lo recibió en el salón. Cuando el caballero se fue, ella se veía indispuesta, y cuando le pregunté si estaba bien me dijo que sí, pero... parecía haber llorado.

Alan no dijo nada durante varios segundos.

—Si ese hombre vuelve a esta casa —dijo, al fin, con una voz completamente plana—, no avise a la señora. Avíseme a mí directamente. ¿Entendido?

—Muy bien, milord.

Egbert salió. Alan se quedó en el estudio durante menos de un minuto, y luego se levantó y fue a buscarla.

La encontró saliendo del invernadero con una maceta pequeña en las manos y el cabello recogido de manera algo más descuidada de lo habitual, esa versión de ella que él había aprendido a reconocer como la real, la que no pensaba en la imagen que proyectaba porque estaba pensando en otra cosa.

—Pippa. —No fue una llamada sino algo más urgente.

Ella dio un respingo y se dio la vuelta. La maceta estuvo a punto de caer.

—Amor, me diste un susto.

—¿Qué hacía en esta casa el hombre con quien tuviste una relación?

Ella palideció. No fue gradual: fue de golpe, como cuando se va la luz.

—Ya iba a decírtelo.

—¿Cuándo? —La rabia que llevaba días sin saber adónde ir encontró su dirección.— Lleva casi una semana desde esa visita. Has tenido muchas oportunidades.

—Alan, escúchame. —Puso la maceta en el suelo y se acercó un paso.— Él vino sin avisarme, yo no lo llamé, y cuando vino lo eché de...

—¿Me vas a ver la cara de cornudo para luego marcharte con tu amante?

El silencio que siguió duró exactamente lo que tardó la mano de ella en moverse.

La bofetada fue instintiva, un reflejo de años aprendiendo a defenderse de hombres que hablaban demasiado rápido y demasiado alto, y en el instante en que la palma de ella le cruzó la mejilla, los dos se quedaron absolutamente inmóviles.

Filippa se llevó la mano a la boca con un gesto de horror.

—Yo... no quise...

Él la tomó de los brazos con una fuerza que no era violencia pero que sí era urgencia, y la miró directamente, con los ojos duros de una ira que ella no supo leer del todo porque nunca lo había visto así.

—Nunca vuelvas a hacer eso. —lo dijo con una voz que no subió un grado pero que era peor que un grito.

—Lo siento. —le temblaba la respiración. — Pero tú empezaste a faltarme al respeto, y yo...

—No, Pippa. —el tono era de sarcasmo amargo, de los que duelen porque van donde saben que duele. — Tú empezaste a faltarme al respeto el día que no me dijiste lo que había ocurrido. Ahora vas a contarme qué hacía ese hombre aquí o te juro que...

—¿Que qué? —Le sostuvo la mirada, con todo lo que le quedaba de compostura.— ¿Que me pegarás? ¿Que me echarás de la casa? ¿Cual de las dos amenazas prefieres, Alan?

La frase le llegó. Ella lo vio en su cara: algo que era rabia y vergüenza y otra cosa al mismo tiempo, y él la soltó, y salió del jardín sin mirar atrás.

Filippa se quedó de pie entre las plantas del invernadero, con los brazos donde él los había sostenido y la respiración todavía sin ordenarse, mirando la puerta abierta por donde él había salido.

Se agachó, recogió la maceta, y la puso en su sitio con movimientos cuidadosos. Luego entró a la casa por la otra puerta, subió la escalera sin que nadie le dijera nada, y cuando cerró la puerta de su habitación se sentó en la cama y se quedó mirando el suelo.