Capítulo 6 #4
Pero las cosas que habían cambiado en las semanas anteriores eran reales y no podía ignorarlas.
Ella supervisaba los cambios en la casa con una competencia tranquila que no necesitaba que nadie le dijera lo que hacer.
Había ido a su taller y lo había mirado trabajar con una curiosidad genuina que no tenía nada de condescendencia.
Habían construido una rutina: el desayuno juntos, las caminatas de la tarde cuando el sol lo permitía, las veladas en el salón leyendo o hablando, él siguiéndola por la escalera hasta su puerta y algunas noches quedándose más allá de lo que la puerta implicaba.
Y ella se había ido convirtiendo en alguien diferente de la mujer que él pensó que era.
Tal vez, pensó, doblando hacia el camino de vuelta, eso era lo que importaba.
*****
Semanas después de esa noche, la decisión de partir a Londres se tomó de manera práctica: ella necesitaba un guardarropa apropiado para su embarazo que cada vez estaba más avanzado, y las costureras del campo no tenían ni los materiales ni el talento para vestir a una baronesa como correspondía.
El viaje fue más difícil de lo que ninguno de los dos anticipó.
El carruaje llevaba más de una hora en marcha cuando Filippa apoyó la frente en el cristal de la ventanilla con una expresión que él conocía demasiado bien.
El camino estaba en buen estado, pero el movimiento constante y el calor del interior hacían su trabajo.
Él la miraba desde el asiento de enfrente sin decir nada todavía, porque sabía que ella prefería lidiar con las náuseas en silencio antes que admitirlas, y esa era una de las cosas que había aprendido de ella: que su orgullo era una forma particular de valentía, no de arrogancia.
Cuando el carruaje se detuvo frente a una posada al borde del camino, ella exhaló con un alivio que no intentó disimular.
Entraron. El interior olía a leña quemada y a sopa de la mañana, y había dos mesas ocupadas por viajeros que no les prestaron ninguna atención particular.
Ella pidió té de manzanilla y tostadas con mantequilla, y fue comiendo despacio, en pequeños pedazos, con la concentración de quien negocia con su propio cuerpo.
—¿Estás mejor?
—Algo. —Tomó un sorbo de té.— No sé cuándo van a terminar estos malestares.
—El médico me dijo que después del tercer mes mejora. —Lo admitió mirando la mesa.
Ella levantó los ojos.
—¿Cuándo te lo dijo?
—La última vez que vino. Le hice algunas preguntas. —Una pausa.— Sobre el embarazo en general.
Ella lo miró durante un momento, con esa expresión que tenía cuando algo la tomaba de sorpresa en la dirección correcta. Levantó la mano y le tocó la mandíbula con la palma, despacio, con una ternura que a él le resultó más difícil de recibir que cualquier otra cosa que ella hubiera hecho.
—Gracias por preocuparte por mí.
Él desvió los ojos, incómodo con esa gratitud tan directa.
—Será mejor que sigamos. —Se puso de pie y le ofreció el brazo.— Falta poco para llegar, y cuando estemos en la casa puedes descansar el resto del día.
Ella tomó el brazo. Él la ayudó a subir al carruaje con ese cuidado suyo que no se anunciaba, y siguieron el camino, y cuando llegaron a la casa de Londres, ella fue directamente a la habitación y él se encargó de recibir al personal y de ver que todo estuviera en orden, porque era lo que había que hacer y él lo hacía.
Los días londinenses trajeron consigo a Rose y a Angustias, que habían llegado con sus respectivos esposos hacía una semana y que esperaban a Filippa con la impaciencia de las mujeres que tienen mucho de que hablar y llevan tiempo sin poder hacerlo.
La mañana de las compras empezó en la modista, donde las tres pasaron dos horas entre telas y pruebas y la opinión de Rose sobre cada elección, que era siempre firme y casi siempre acertada.
De allí pasaron a una sombrerería que olía a listones de seda y a perfume de señora mayor, y luego, inevitablemente, a la joyería de la calle Conduit, donde un señor de bigote blanco y manos delicadas disponía sus mejores piezas sobre terciopelo negro con la paciencia de quien sabe que las mujeres siempre terminan comprando.
—Ese te queda maravilloso. —Rose señalaba un sombrero color ciruela que Filippa sostenía sin convicción.— Yo también me llevo uno. —Miró hacia la vitrina de joyas.— Estaba pensando en un collar, pero no me decido porque no sé qué color del vestido llevaré.
—Yo prefiero no comprar joyas hoy.
—¿Por qué? —Angustias la miró con una expresión que combinaba el afecto y el argumento práctico.— Tienes vestidos nuevos que necesitan complementos.
—Tengo muchas joyas en el joyero.
Rose soltó una risa suave.
—Todas las tenemos, querida. Pero la gente lo nota, y en sociedad eso importa más de lo que quisiéramos. Si te ven siempre con las mismas piezas, alguien empezará a decir que tu esposo está en apuros económicos, y con solo ese rumor puedes hacerle daño a su reputación sin quererlo.
—Qué complicado es todo aquí. —Filippa suspiró con ese cansancio genuino de quien todavía no termina de acostumbrarse a las reglas no escritas de la sociedad inglesa.— Está bien. Entremos. Pero no pienso arruinar a nadie.
—Ya veremos. —Rose empujó la puerta de la joyería con la sonrisa de quien conoce muy bien la respuesta.
Y tenía razón, como casi siempre. Porque ninguna mujer con buen gusto y suficiente presupuesto sale de una joyería con las manos vacías. Era una de esas leyes que no están escritas en ningún lado pero que todo el mundo cumple igual.