Capítulo 6 #3
Ella se quedó apoyada contra la puerta durante un buen rato, con la palma sobre el propio corazón, escuchando sus pasos disolverse en la oscuridad del corredor y preguntándose cómo era posible que un hombre caminara así, tan ordenado por fuera, cuando lo que había pasado entre los dos era cualquier cosa menos orden.
Entró a la habitación. Cerró la puerta. Se sentó en el borde de la cama sin encender la vela, en la oscuridad, y su cuerpo tardó mucho tiempo en olvidar cada centímetro donde él la había tocado.
El sueño no llegó esa noche. Filippa llevaba más de una hora en la cama, con el té de manzanilla ya frío en la mesilla y la mente moviéndose en círculos alrededor de un punto que no podía dejar de visitar, cuando escuchó un ruido en la esquina de la habitación.
Se incorporó de un salto, con el pulso disparado, y ya abría la boca para gritar cuando la voz llegó desde las sombras:
—Tranquila. Soy yo.
Alan estaba sentado en la silla junto a la ventana, en mangas de camisa, con la luz de la luna entrando de lado sobre su perfil. Lo había visto allí antes de escucharlo: una sombra en el rincón que tardó un instante en resolverse en persona.
—¿Qué haces aquí a esta hora? —Su corazón todavía recuperaba el ritmo.— ¿Ha pasado algo?
—No. Solo quería verte. No puedo dormir.
—Yo tampoco. —le hizo una señal para que se acercara.
Él cruzó la habitación y se sentó en el borde de la cama, a su lado, con la luna dibujando su perfil en esa luz plateada que hacía que todo pareciera más quieto y más importante al mismo tiempo.
Olía al brandy de antes y a esa colonia suya de siempre, y ella notó que le miraba el cabello suelto sobre los hombros con una atención que no era del todo casual.
—Quisiera que las cosas fueran despacio. —Lo dijo mirándola.— Pero últimamente cada vez que te tengo cerca no puedo evitar querer hacerte el amor.
El placer que le produjo escuchar eso fue inmediato y honesto, y ella no tuvo ni la energía ni las ganas de disimularlo.
—Sé que todavía lo que sientes por él está ahí. —Bajó los ojos un momento.— Llevas dentro de ti a su hijo. Es difícil olvidar algo así.
—David ya tomó su decisión. —Le tomó la mano.— Y no es él quien está aquí ahora. Eres tú.
Él la miró durante un momento. Luego le besó los nudillos, despacio, sin apartar los ojos de ella, y luego siguió subiendo por el interior de la muñeca, por el antebrazo, con esa boca suya que sabía exactamente lo que estaba haciendo.
—No quiero una sombra entre nosotros. —la voz le salió baja, casi contra su piel. — Él es exactamente eso.
—No lo es. —lo dijo con firmeza. — Ya no.
Él la empujó suavemente hacia atrás para que se recostara, y se quitó la bata con movimientos tranquilos, sin urgencia, como quien tiene tiempo y quiere aprovecharlo bien.
Ella lo miró. Su torso era el de un hombre que ha pasado años haciendo trabajo físico real, con los hombros anchos y los brazos definidos con esa solidez que no viene del ejercicio decorativo sino del uso cotidiano.
El vello rubio oscuro de su pecho captaba la luz de la luna, y la cicatriz que le cruzaba el costado derecho, más antigua que la del rostro, era otra historia que ella todavía no le había pedido que contara.
La mano de él empezó a jugar con su cabello, separando los mechones con una lentitud hipnótica.
—Aunque creas que soy una experta —dijo ella, con la voz algo más pequeña de lo habitual, —no lo soy.
—Lo sé. —Le sonrió, y fue la sonrisa más completa que le había visto: sin reservas, sin ironía, sin la distancia que casi siempre mantenía.— No tienes que ser nada. Yo iré aprendiendo lo que te gusta. Solo quiero darte placer.
Sus dedos encontraron los botones del camisón y los fue abriendo uno por uno, despacio, con una paciencia que era también una forma de consideración. Ella sintió el rubor subiéndole a la cara, pero no apartó la mirada.
Cuando el camisón cayó a los lados, él se detuvo y la miró. No con la mirada rápida y técnica de quien verifica, sino con esa otra clase de mirada que recorre y que recuerda.
Sus manos se deslizaron sobre sus pechos, cubriéndolos con las palmas, explorando su peso y su forma con una suavidad que contrastaba con el tamaño de esas manos.
Los pezones se tensaron de inmediato bajo su tacto, rosados y erguidos, y él se inclinó hacia ellos con una lentitud que fue deliberada y completamente efectiva: su aliento cálido primero, luego sus labios, y luego la succión suave de su boca que hizo que ella jadeara y se aferrara a su cabello con las dos manos sin haber tomado la decisión de hacerlo.
Recorrió cada parte de ella con la misma atención, sin prisa, como si tuviera toda la noche y la intención de usarla bien.
Sus labios trazaron una línea hacia el ombligo, y sus dedos avanzaron hacia el triángulo de vellos suaves, y ella tensó los músculos del abdomen con un instinto que era mitad anticipación y mitad algo que todavía no se atrevía a llamar por su nombre.
—Me da vergüenza. —no pudo evitar decir con los ojos cerrados. — El vientre. Ya no soy como antes. Ha…crecido un poco.
Él levantó la cabeza.
—Eres hermosa, Pippa. —Lo dijo como se dice lo que es verdad: sin adorno y sin discusión.— Preciosa, de verdad.
Ella intentó contradecirlo. Él no le dio tiempo.
Introdujo la rodilla entre sus muslos con una presión suave pero inequívoca, y sus dedos se deslizaron entre los pliegues cálidos y húmedos de su sexo con una delicadeza que la hizo arquearse sin querer.
—¿Eso... eso es normal? —preguntó, con la voz entre el asombro y el jadeo.
—Completamente. —Sonrió contra su piel.
Separó con los pulgares los pliegues suaves para llegar a la pequeña perla de carne y la acarició con la yema de los dedos, primero en círculos, luego con más presión, y la sensación fue tan intensa que ella tuvo que morder la sábana para no hacer demasiado ruido.
Luego fue su lengua la que tomó el relevo, caliente y experta, explorando cada pliegue con una minuciosidad que la dejó sin ningún pensamiento coherente, solo la sensación de su boca sobre ella, y el sonido de él disfrutando, y la manera en que sus caderas se alzaban solas hacia él sin consultarla.
Introdujo un dedo con cuidado en su interior, luego dos, moviéndolos con esa paciencia suya que en este contexto era una forma de tortura exquisita, y ella se aferró a su cabello y dejó de intentar controlar nada, porque era inútil y además no quería.
El orgasmo llegó como llegan las cosas que han estado construyéndose durante mucho tiempo: de repente y por completo.
Sus caderas temblaron contra su boca y dejó escapar un sonido que no fue del todo silencioso, y él no la dejó apartarse sino que continuó con esa lengua suya hasta que el último estremecimiento pasó.
Cuando él se colocó sobre ella, lo hizo con cuidado, apoyado en los codos para no presionar el vientre, buscando su mirada antes de seguir.
—¿Estás bien?
—Sí. —lo atrajo hacia sí.
Entró en ella despacio, con una paciencia que a ella le resultó casi insoportable en el mejor sentido posible, deteniéndose para dejarla adaptarse, avanzando cuando notaba que ella cedía, hasta que estuvo completamente dentro y los dos se quedaron un momento quietos, aprendiendo esa nueva proximidad.
—Estás tan apretada... —le besó la sien. — Tan perfecta.
Empezó a moverse. Lento primero, con esa cadencia suya de hombre que no tiene prisa porque sabe adónde va, y ella enredó los brazos alrededor de su espalda y se dejó llevar por ese ritmo que fue creciendo hasta que ya no fue lento sino urgente, y sus dedos encontraron de nuevo el punto entre sus muslos donde la sensación era más intensa, y ella arañó su espalda con los dedos y presionó su cuerpo contra el de él y escuchó su nombre en la voz de él, ronco y cerca de su oído.
—Vente conmigo, amor.
El segundo orgasmo fue más profundo que el primero. Ella se arqueó con todo el cuerpo y él gruñó contra su cuello y se hundió una última vez con una profundidad que la dejó sin aire, y luego todo fue quietud y respiración y el peso agradable de él sobre ella y la luna todavía en la ventana.
Pasó tiempo antes de que ninguno de los dos hablara.
Él se desplazó para no pesarle y la acomodó contra su costado, con un brazo alrededor de sus hombros.
Ella puso la mejilla sobre su pecho y escuchó su corazón volviendo a su ritmo normal, y pensó que no recordaba haberse sentido así nunca: entera, tranquila, completamente presente en el momento en que estaba.
Ninguno de los dos dijo nada. El sueño los fue llevando a los dos al mismo tiempo, despacio, como la marea.
A la mañana siguiente, Alan cabalgaba solo por los límites de la propiedad, con el frío de la mañana temprana en la cara y los pensamientos en un desorden que no era habitual en él.
Se había marchado antes de que ella despertara, no por huir sino porque necesitaba ese espacio para pensar sin tenerla cerca, porque tenerla cerca hacía que pensar fuera más difícil de lo que ya era.
Había sido la mejor noche de su vida, y eso era exactamente el problema: porque si se enamoraba de ella, y si ella seguía llevando dentro de ella al hijo de otro hombre y a todos los sentimientos que eso implicaba, él estaba eligiendo un camino que terminaba en sufrimiento.
Idiota, se dijo, mientras el caballo abría el paso entre la hierba húmeda.