Capítulo 6 #2
—Somos un matrimonio. Es perfectamente normal que le dé un beso en la mano a mi esposa. —le ofreció el brazo con una soltura que hacía semanas no tenía frente a ella. — ¿Seguimos?
Siguieron, con la brisa suave entre los árboles y el sonido de las conversaciones alrededor, y Filippa pensó que hacía mucho tiempo que no se había sentido tan cerca de algo parecido a la normalidad.
Los sirvientes circulaban entre los grupos con bandejas de pastelillos y copas de vino de Borgoña que brillaban como rubíes a la luz del sol.
Más tarde, cuando las carpas del almuerzo tardío abrieron con el olor a asado y a pan recién horneado, todos se fueron desplazando hacia allí con la naturalidad de la gente bien educada que sabe cuándo el protocolo se puede relajar un poco.
Conversaron con varios grupos, con la facilidad de quien ha practicado el arte de la conversación de sociedad durante suficientes años para que ya no requiera esfuerzo consciente. Todo iba bien, con esa calidad de tarde que promete terminar bien, hasta que los Ashton se acercaron.
El señor Ashton era un hombre discreto de modales correctos. Su esposa, Catherine, era de las personas que llenan el espacio que ocupan con una opinión sobre todo lo que ven, y que confunden esa opinión con un favor que le hacen al mundo al expresarla.
Miró a Alan. Y lo que pasó en su cara fue de esas cosas que una persona de buena educación nunca debería mostrar y que ella mostró sin ningún esfuerzo.
—Creo que nos iremos a donde los Lambert —le dijo a su marido, en voz suficientemente alta.
—¿Le ha molestado algo? —La voz de Alan era tranquila y directa, sin crispación.
La mujer abrió el abanico con un golpe seco.
—Oh, no, querido. Es que soy muy impresionable, ya saben. —Miró a Alan con una compasión que era peor que el desagrado.— La verdad es que lord Látimer debería considerar usar una máscara para cubrirse un poco. Lo digo por simple cortesía hacia los demás, nada más.
El señor Ashton cerró los ojos con la expresión de quien lleva años pagando las deudas sociales de otra persona, cuando se trataba de los comentarios de su esposa.
Filippa había estado escuchando con la espalda cada vez más recta y un calor que le subía por los brazos hasta los puños apretados. Lo que dijo a continuación no fue calculado. Fue lo que era: la verdad saliendo sin permiso porque ya no cabía dentro.
—¿Quién cree que es usted para decirle a un héroe de guerra que esconda las marcas que lleva por haber cumplido con su deber?
La mujer parpadeó.
—Debería sentir vergüenza, lady Ashton. —No levantó la voz, que era peor.
— Mi esposo no necesita cubrirse nada. Es un hombre admirable y tiene todo el derecho del mundo a ir a donde le plazca sin que la sensibilidad de nadie sea su problema.
Si su presencia le resulta incómoda, le sugiero que sea usted quien mire para otro lado o se vaya a otra parte.
El silencio que cayó sobre el grupo inmediato fue de esos que se notan en el cuerpo. El señor Ashton tomó a su esposa del brazo con una discreción que llevaba dentro algo muy parecido al alivio, y se la llevó sin decir más.
Rose llegó desde el otro extremo del grupo con una sonrisa que no hacía ningún esfuerzo por disimularse.
—No puedo creer que lo hayas hecho. —Pero sus ojos brillaban. — Aunque te juro que Catherine llevaba años necesitando que alguien la pusiera en su lugar. Simplemente cree que puede ir diciendo todo lo que se le pasa por la cabeza sin ningún tipo de miramientos.
—Lo siento. —Filippa exhaló.— No sé qué me pasó.
—Yo sí lo sé. —Rose miró a Alan con expresión divertida.— Por lo visto tienes una defensora de primera.
Alan no dijo nada. Tomó la mano de Filippa y entrelazó sus dedos con los de ella, despacio, con un gesto que era más elocuente que cualquier cosa que hubiera podido decir.
Ella lo miró. Él tenía los ojos en el jardín, pero la comisura de su boca, la sana, se había movido hacia arriba de una manera que ella ya reconocía.
La llegada de la marquesa de Wilmington interrumpió el momento. Era una mujer de embarazo avanzado y de porte que no necesitaba del embarazo ni de ninguna otra circunstancia para hacerse notar en cualquier habitación, con una risa amplia y sin pretensiones que llegó antes que ella misma.
—Eso ha sido lo más digno de ver que he presenciado en toda la temporada —anunció, con la convicción de quien está acostumbrada a que su opinión sea bienvenida.— Lady Ashton y su nariz empinada merecían exactamente eso desde hace tiempo.
Rose hizo las presentaciones con la eficiencia de siempre, y la marquesa inclinó la cabeza hacia Alan con una seriedad que contrastaba con la risa de un momento antes.
—Quiero expresarle mi gratitud, Lord Látimer, por haber servido a este país con tanto heroísmo. Aunque no es el mío de nacimiento, lo he aprendido a querer como si lo fuera, y lo que le hicieron a usted en esa guerra es algo que esta sociedad no merece olvidar tan fácilmente.
—Muchas gracias, lady Wilmington. —La sonrisa que apareció en su cara era real.
La tarde continuó desde allí con la cadencia tranquila de las reuniones que han superado su momento más difícil y ahora pueden respirar.
Casi al final, Filippa encontró a Angustias en un rincón del jardín donde los dos grupos se habían mezclado de manera natural, y las dos mujeres hablaron durante veinte minutos con la cautela de quien prueba si el suelo sostiene antes de pisar del todo, y luego con algo más parecido a la fluidez, y al separarse acordaron verse pronto para tomar el té.
Fue un avance pequeño. Era suficiente.
Cuando el carruaje las llevó de vuelta a casa, con el cielo ya oscureciendo sobre los campos y el sonido de los cascos sobre el camino de tierra, Filippa estaba cansada del tipo de cansancio que deja los días que han sido muchas cosas al mismo tiempo.
—¡Qué día! —dijo Alan, mientras entregaba su abrigo a Egbert en el vestíbulo y ella le daba el chal.
—Al final la pasamos bien, ¿verdad?
Él sonrió. No la sonrisa a medias de siempre, sino una más completa, que llegó hasta los ojos.
—La pasamos bien.
Subieron juntos la escalera, él un paso a su lado, sin ofrecerle el brazo porque el gesto habría sido demasiado formal para ese momento, pero suficientemente cerca para que ella lo notara. Cuando llegaron a la puerta de su habitación, él se detuvo y tomó su mano.
—No he tenido oportunidad de agradecerte lo que hiciste hoy. —Lo dijo mirándola de frente, sin apartar los ojos.— Aunque no había necesidad. Estoy acostumbrado a ese tipo de reacciones.
—No. —Ella le sostuvo la mirada.— No estoy de acuerdo con eso. No es algo a lo que uno deba acostumbrarse, y de ahora en adelante cualquiera que se atreva a decir algo así sabrá con quién está tratando.
Él la miró durante un momento. Y luego, sin que ninguno de los dos terminara de decidirlo, la empujó suavemente contra la puerta.
El beso fue diferente al de la noche de la pesadilla.
Ese había tenido en él algo de consuelo, de necesidad urgente de dar calor donde había frío.
Este era otra cosa: sus labios sobre los de ella con una presión que no pedía permiso pero que tampoco tomaba más de lo que ella estaba dando, y la sensación del calor de su cuerpo a través de la tela del vestido, y el sonido de su propia respiración acelerándose antes de que ella pudiera decidir si quería que eso ocurriera.
Cuando él levantó la boca, los dos se quedaron inmóviles.
Tenía una mano plana sobre la madera de la puerta, a la altura de su cabeza, y la otra en su cintura. Filippa podía oír su respiración, ligeramente alterada, y lo que eso le dijo fue más claro que cualquier cosa que él pudiera haber dicho en voz alta.
—Debería dejarte entrar a tu habitación—dijo él. La voz le salió ronca.
No se movió.
Ella tampoco dijo nada. Lo miraba con los ojos levantados hacia los de él, esos ojos grises que en la oscuridad del corredor eran casi negros, y pensó que la sensatez era una virtud que en ese momento le importaba muy poco.
Él bajó la cabeza. No hacia su boca. Fue el cuello lo que buscó, y Filippa detuvo la respiración cuando sus labios rozaron la piel justo debajo de la oreja, apenas un contacto, más aliento que beso, pero tan deliberado que el estremecimiento le recorrió la espalda sin pedirle permiso.
Olía a cuero y a esa colonia sobria suya, a madera y a algo que ella había aprendido a reconocer como exclusivamente suyo.
—Alan... —dijo, pero no terminó la frase porque él ya seguía bajando, despacio y con una paciencia que parecía diseñada expresamente para volverla loca, rozando la piel del cuello sin besarla del todo, aprendiendo cada centímetro como quien lee algo que quiere entender bien.
La mano en su cintura se deslizó hacia la curva de la cadera. El pulgar de él trazó un arco sobre la seda del vestido, y los ojos de ella se cerraron solos.
Cuando sus labios llegaron al hueco de la clavícula, ella ladeó la cabeza sin pensarlo, ofreciéndole más espacio, y escuchó el sonido que escapó de la garganta de él: algo entre un suspiro y un gemido contenido que le dijo que su rendición lo afectaba tanto como la de ella.
La mano de él subió por su costado, rozando apenas el borde exterior de su pecho, solo la promesa de algo más, y ella tuvo que morderse el labio para no hacer un sonido que la avergonzara.
Sus propias manos habían abandonado la solapa de su abrigo sin que ella lo decidiera y ahora una estaba en su hombro y la otra enredada en su cabello rubio.
Fue él quien se detuvo.
Con la misma deliberación con que había empezado: levantó la cabeza, retiró la mano de su cadera despacio, dio un paso atrás. El frío del aire donde antes estaba el calor de él llegó con una inmediatez que fue casi un dolor.
La miró. Ella no necesitaba un espejo para saber lo que él veía: el cabello algo revuelto, las mejillas encendidas, los ojos todavía sin haber vuelto del todo a la superficie.
—Buenas noches, Pippa. —La voz no era del todo firme.
Se alejó por el corredor sin mirar atrás.