Un Barón Desconfiado (Serie "A La Caza De Un Noble" nº 4) Capítulo 6
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Capítulo 6

El llanto lo despertó en mitad de la noche.

Alan llevaba varios minutos despierto ya, mirando el techo de su habitación con esa vigilia incómoda de quien tiene demasiado en la cabeza para que el sueño lo reclame, cuando el sonido llegó desde el cuarto contiguo: un llanto bajo al principio, contenido, de los que intentan no ser escuchados, y luego más abierto, más desesperado, con esa clase de urgencia que no deja otra opción que ir a ver.

Se levantó. Cruzó el corredor en la oscuridad, abrió la puerta sin golpear porque un golpe habría sido demasiado lento, y la encontró sentada en la cama con el cabello suelto sobre los hombros y la cara entre las manos, llorando con esa clase de llanto que no tiene ya nada de contención.

Fue hacia ella sin pensarlo. Se sentó a su lado y la rodeó con los brazos, y ella se sobresaltó al principio con ese reflejo de quien ha aprendido a ponerse en guardia ante un contacto físico inesperado, pero luego se dobló hacia él y se refugió en su pecho con la urgencia de quien lleva mucho tiempo necesitando exactamente eso.

—¿Qué ha pasado? —Le habló cerca del cabello, en voz baja.— ¿Otra pesadilla?

—Sí. —Le temblaban los hombros.— Se habían ido, pero han vuelto.

—¿De qué tratan?

Ella negó con la cabeza, sin separarse de él.

—Dímelo. —Le levantó el rostro por la barbilla, con cuidado, para que lo mirara.— ¿No te he demostrado estos días quién soy?

La miraba directamente, con esa mirada suya gris y sin evasiones que a ella a veces le resultaba difícil sostener. Tenía las mejillas mojadas y los ojos hinchados y una expresión de quien ha estado cargando algo durante demasiado tiempo.

—No es vergüenza de ti. —Le costó empezar.— Es vergüenza de él.

—¿De quién?

Una pausa larga. Las manos de ella, en el regazo, apretaban la tela de la sábana.

—De mi padre. —la voz le salió extraña, como si las palabras hubieran estado guardadas en un lugar donde la luz no llegaba.

— Cuando yo era niña y hacía algo que le disgustaba, me golpeaba.

No eran bofetadas. Usaba una correa, y me golpeaba en la espalda.

Fuerte. —Tragó saliva.— El día que se enteró de mi embarazo, en casa de los Beresford, intentó hacerlo de nuevo, pero el vizconde no se lo permitió. Si hubiera podido... —No terminó.

Alan no dijo nada. Escuchaba con esa atención suya que era física, que se le notaba en la quietud de todo el cuerpo.

—A veces sueño que me mandas de vuelta con él. —la voz se le quebró en la última palabra. — Y en el sueño él me está esperando, y está furioso, y yo sé lo que viene.

El silencio que siguió fue de esos que no piden ser llenados. Alan la escuchó terminar y luego se quedó quieto durante varios segundos, con la mandíbula apretada y los ojos en la oscuridad del cuarto.

—¿Tu madre no podía hacer nada?

—Ella lo intentaba. —Filippa se limpió la cara con el dorso de la mano.

— Pero también le tenía miedo. También a ella la golpeaba.

Siempre decía que las mujeres hay que mantenerlas a raya, que de otra forma se vuelven imposibles.

Yo crecí escuchando llorar a mi madre, y lo único que pedía era que algún día apareciera alguien que nos llevara lejos a las dos.

Él la miró. Le acarició el cabello con una mano lenta y sin prisa, como se calman las cosas que han estado asustadas durante

Yo jamás te pondría una mano encima. Nunca.

—¿Lo juras?

—Te lo juro. —No lo dijo como promesa solemne sino como hecho. — Puedo tener mal carácter y lo sabes, pero eso jamás.

—Es que esa vez que entré a decirte algo y me gritaste tan fuerte y me hablaste de manera tan grosera, yo creí que…

—No, ese día yo me sentía herido. Creía algo de ti que no era verdad, estaba equivocado. Ahora sé que no era cierto y me disculpo.

Ella lo miró durante un momento. Y luego algo en ella cedió de una manera que no era del todo voluntaria, una rendición de la guardia que llevaba meses sosteniendo, y él lo vio en su cara antes de que ella misma lo procesara del todo.

Fue el impulso el que lo movió. No la decisión, sino algo más antiguo que eso: llevaba semanas mirando esa boca y apartando los ojos, y ahora la tenía tan cerca, con el llanto todavía fresco en las mejillas y los ojos abiertos sobre él con esa vulnerabilidad que ella casi nunca mostraba, y sencillamente no encontró la razón de seguir esperando.

La besó despacio. Primero solo la presión suave de sus labios sobre los suyos, una pregunta antes de ser una afirmación, y luego su lengua rozó el borde de su boca, pidiendo paso con esa paciencia calculada de quien sabe que tiene tiempo.

Ella supo a lágrimas y a manzanilla y a algo más dulce debajo de todo eso, algo que era solo ella, y él lo saboreó con una concentración que no dejó espacio para nada más.

Después de la sorpresa inicial, que duró apenas un instante, ella empezó a ceder.

Primero se inclinó hacia él, luego le rodeó los hombros con los brazos, y cuando él profundizó el beso con una urgencia que ya no podía del todo controlar, ella respondió con una intensidad que lo tomó desprevenido y que lo dejó, brevemente, sin ningún pensamiento coherente.

Se separó. Le costó más de lo que esperaba.

—Dios, Pippa. —la voz le salió ronca, desde más abajo de lo habitual. — Deberíamos parar aquí.

Ella también respiraba con menos orden del normal. Asintió, aunque sus manos tardaron un momento en abandonar sus hombros.

Él se puso de pie.

—Creo que es mejor que me vaya.

—No. —Ella le tomó la mano antes de que él diera el primer paso.— Por favor. No me dejes sola todavía.

Él la miró. Esos ojos, en la oscuridad, tenían una expresión que no era solo miedo sino algo que él prefirió no nombrar todavía.

—Está bien. —La recostó con cuidado, se tendió a su lado, y la atrajo hacia él hasta que ella puso la cabeza sobre su pecho.— Hasta que te duermas.

Ella asintió contra su camisa.

Se quedaron quietos en la oscuridad, con el sonido de la respiración de los dos y el tic-tac lejano del reloj del corredor.

Filippa pensó en el beso, en la manera en que él la había besado, en la diferencia entre eso y todo lo que había conocido antes.

Con David los besos habían sido dulces y algo tímidos, los de un hombre joven que la quería y no sabía del todo cómo demostrarlo.

Pero Alan la besaba como si el beso fuera la única cosa que existía en ese momento, con esa clase de hambre contenida que es más intensa precisamente porque está contenida.

Lo que más la sorprendió fue que no la había asustado. Que había querido más.

Se quedó dormida antes de lo que esperaba, con esa respiración tranquila y profunda de quien por fin suelta algo que llevaba demasiado tiempo sosteniendo.

Alan la escuchó dormirse y luego se quedó despierto todavía un rato, mirando el techo de esa habitación que olía a ella, a lavanda y a algo suave que no supo nombrar.

Pensaba en Giuseppe Comte, y la rabia que le cruzaba cada vez que lo hacía era de las que no tienen salida fácil, limpia y sin adónde ir.

Un hombre que había golpeado a esa niña con una correa, que había golpeado a su esposa durante años, que la había entregado como mercancía al primero que pujara suficientemente alto.

Pensó también en la manera en que ella había cedido en el beso, y en la cara que tenía cuando se separaron.

No es tan sencillo como pensabas, se dijo. Ninguna de las dos cosas.

Se levantó cuando estaba seguro de que ella no iba a despertar, salió en silencio, y cerró la puerta con ese cuidado de los que aprenden a moverse despacio en la oscuridad para no romper lo que todavía es frágil.

Varios días después, una invitación de Rose los llevó a la propiedad de los Beresford para un almuerzo al aire libre.

Era uno de esos días de otoño tardío que Inglaterra ofrece como disculpa por el invierno que viene: el cielo limpio, el sol con suficiente fuerza para justificar salir sin abrigo, y el jardín de Rose en ese estado de gracia que tienen los jardines bien cuidados en octubre, con los rosales todavía con flores y las hojas de los robles en todos los tonos del cobre y el ocre.

Filippa llegó con una sombrilla de encaje marfil que le resguardaba el rostro del sol y con el semblante animado de quien lleva semanas viendo las mismas cuatro paredes y agradece con genuino entusiasmo cualquier cambio de escenario.

Alan iba a su lado, con ese traje oscuro suyo que siempre le quedaba bien sin que él pareciera pensar en ello, y con la expresión de quien ha aceptado el plan pero todavía está negociando internamente los términos.

—Todo el mundo está aquí, por lo que veo.

—La temporada comienza en unas semanas. —Ella miró el jardín lleno de parejas y grupos.— Este es el último evento grande antes de que todos partan a Londres.

—Lady Herrie nos saluda a la derecha. —Alan inclinó la cabeza en dirección a la mujer, que respondía desde el otro extremo del jardín con un movimiento de abanico.— Creo que una de sus hijas debuta esta temporada.

—Prudencie, sí. La conozco un poco. Es muy agradable.

Él la miró de lado.

—Siento lástima por la pobre chica.

—¿Por qué? —Filippa lo miró, genuinamente sorprendida.

—Es miope como un topo. Sin los anteojos no verá nada en los bailes, y con ellos la destrozarán.

—No pueden ser tan crueles en esos eventos.

—Querida mía. —había en su tono algo entre el afecto y la ironía.— No tienes la menor idea de lo venenosas que pueden ser las lenguas de Londres, ni de lo encarnizada que se pone la guerra entre debutantes por llevarse el mejor partido de la temporada.

Filippa reprimió la risa con un esfuerzo visible.

—Eso es terrible. Y también eres un poco malo por decirlo.

—Solo soy honesto. —la miró. — Y no todas las damas se comportan así, evidentemente.

Le tomó la mano y la llevó a sus labios, con ese gesto suyo que era galante sin ser teatral. Ella sonrió, mirando de reojo a los grupos cercanos.

—La gente nos está viendo.