Un Barón Desconfiado (Serie "A La Caza De Un Noble" nº 4) Capítulo 5 #4
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Capítulo 5 #4

Filippa miró las flores. Las rosas tenían todavía el rocío de la mañana en los pétalos, esa humedad fresca de lo recién cortado. Alguien había salido al jardín antes del amanecer, en el frío de esa mañana de octubre, para cortarlas y dejarlas allí.

Los muebles, pensó, y todo encajó de golpe: los labrados en el aparador del corredor, las camas con sus formas intrigantes, las sillas del comedor con sus ramas de roble talladas.

Todos hechos por él, había dicho Egbert.

Las mismas manos que a la mañana siguiente de una cena que podría haber sido el inicio de algo habían ido al jardín a cortar flores antes de que nadie estuviera despierto.

Se levantó y hundió la cara entre los pétalos, despacio, con los ojos cerrados. Olían a mañana y a tierra y a algo que no supo nombrar pero que se quedó con ella más tiempo que la mayoría de los olores.

—Me habría gustado verlo y agradecerle antes de que se fuera.

—Él no quiso molestarla, milady. Me preguntó si había bajado a desayunar, pero cuando le dije que dormía tan bien, dijo que no la despertara.

—Tiene sentido. —Acomodó una de las rosas que se había doblado hacia un lado.— ¿Y dice que cuando está en el taller solo sale por la noche?

—Eso dicen las criadas, sí.

—Entonces —dijo ella, y había algo nuevo en su voz, algo que era determinación mezclada con una ligereza que esa mañana no había estado el día anterior—, habrá que invitarlo especialmente a almorzar. No creo que pueda negarse si la invitación viene de su esposa.

Bruna sonrió.

—Probablemente no, milady. —Fue al armario.— Aunque quizás primero sería conveniente vestirse.

Filippa bajó los ojos a su ropa de noche y a la bata abierta que llevaba encima, y soltó una risa pequeña y franca que llenó la habitación.

—Tienes razón. Vísteme primero.

En las semanas que siguieron, la casa fue cambiando.

No de golpe, sino de la manera en que cambian las cosas reales: despacio, por capas, con algún retroceso ocasional que no anulaba el avance sino que lo hacía más honesto.

Filippa había tomado la costumbre de hablarle a su hijo por las mañanas, antes de que el resto de la casa se despertara, con esa intimidad callada de las cosas que no necesitan audiencia.

Era un milagro, esa vida dentro de ella.

Le daba una valentía que no había tenido antes, una sensación de no estar del todo sola que era nueva y que agradeció sin hacer demasiado ruido al respecto.

Poco a poco, ella y Alan fueron aprendiendo a coincidir sin que esa coincidencia fuera una batalla.

Él resultó ser diferente de lo que los primeros días habían prometido: amable cuando no estaba a la defensiva, justo en su trato con el personal, genuinamente preocupado por su embarazo de una manera que no tenía nada de obligación sino de algo más cercano al cuidado real.

Contactó a un médico de reputación en el condado, se aseguró de que viniera con regularidad, y preguntaba después de cada visita con esa parquedad suya que no era indiferencia sino lo contrario.

Una tarde de esas, los dos estaban en el salón tomando el té. Pirata dormía en el regazo de Filippa con el ronroneo de quien no tiene ningún problema existencial. Suertudo, razonablemente, estaba en la cocina esperando a que la cocinera le lanzara algo.

—¿Qué te dijo el doctor en su última visita? —preguntó él, desde su sillón.

—Que todo va bien. —Filippa acomodó al gato, que protestó brevemente.— Que debo comer un poco más y hacer caminatas diarias.

—Eso se puede arreglar. —Se acomodó mejor en el sillón, como si la idea ya estuviera tomando forma.

Ella lo miró.

Él no dijo nada más, pero ella entendió: que las caminatas no serían solas, que había alguien que haría el ajuste necesario para que fueran posibles. Ese era su modo. No anunciaba las cosas, simplemente las hacía.

Fue ese mismo silencio el que lo traicionó esa noche.

—Anoche escuché que llorabas.

Filippa levantó los ojos del libro que había abierto en el regazo, aunque no estaba leyendo.

—Lo siento. No pensé que fueras a escuchar.

—Mi dormitorio queda al lado del tuyo.

—Es cierto. —Bajó la vista.— Tomaré algo para dormir mejor esta noche.

—¿Por qué tienes esas pesadillas?

—No quiero hablar de eso, Alan.

Él no insistió de inmediato. Tomó su taza, bebió, la dejó sobre la mesa con ese movimiento suyo deliberado y tranquilo.

—Si compartes lo que sea que te tiene así, te aseguro que duermes mejor.

—No lo creo.

—Bien. Si en algún momento cambias de opinión, ya sabes que estoy aquí.

Filippa bajó la cabeza. La vergüenza que la cruzó no era por las pesadillas sino por esto: porque él lo había notado, porque había estado escuchando al otro lado de la pared, y porque eso, de una manera que no supo explicarse bien, le importó más de lo que esperaba.

—Gracias —dijo.

Y esa noche las pesadillas volvieron igual.

Pero esa vez, cuando se despertó en la oscuridad con el corazón acelerado y la respiración entrecortada, supo que al otro lado de la pared había alguien despierto que la había escuchado.

Y eso, de alguna manera difícil de nombrar, fue suficiente para que el miedo se volviera algo más pequeño de lo que había sido la noche anterior.