Un Barón Desconfiado (Serie "A La Caza De Un Noble" nº 4) Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

Siguió caminando, con los ojos en el sendero, con el perfume de los rosales envolviéndola y la pregunta de él resonando en algún lugar que no era del todo la cabeza.

En este momento de su vida sabía perfectamente que el cuento de hadas ya no existía para ella, que el padre de su hijo había elegido su propio camino y que ese capítulo estaba cerrado.

Lo que tenía era esto: un matrimonio que no pidió, una casa que estaba aprendiendo a conocer, y un hombre que la desconcertaba en proporciones iguales por su dureza y por sus momentos inesperados de algo completamente diferente.

Fue precisamente ese pensamiento, y el olor de las rosas, y la pregunta que todavía giraba en su cabeza, lo que hizo que no viera la raíz que sobresalía entre dos piedras del sendero.

El tropezón fue brusco y sin aviso. Lanzó un grito pequeño y perdió el equilibrio por completo, pero la mano de él ya estaba allí, cerrándose alrededor de su cintura con una rapidez que no debería haber sorprendido a nadie que lo hubiera visto moverse pero que la sorprendió igual.

La sujetó con firmeza, una mano en la cintura y la otra en el brazo, y ella se encontró con el cuerpo girado hacia él, la palma apoyada en su pecho para no caer, y los dos completamente quietos en el centro del sendero.

— ¿Te has hecho daño?

Su voz llegó más cerca de lo esperado.

—No. —Respiró.— Solo un susto.

Pero ninguno de los dos se movió.

La mano de él permanecía en su cintura, una presión firme y caliente a través de la seda del vestido.

La palma de ella, plana sobre el pecho de él, encontró debajo de la tela el latido de su corazón, más acelerado de lo que le habría correspondido a un hombre tan contenido como él en una situación como esa.

Levantó los ojos. Él la miraba con esa expresión que ella todavía no había aprendido a leer por completo, pero que en ese momento, con la luna llena sobre los dos y el jardín callado alrededor, decía algo que ninguno de los dos había dicho todavía en voz alta.

Fue ella quien se apartó primero. Con cuidado, sin brusquedad.

—Gracias.

Él bajó la mano despacio. Miró el sendero.

—Ten cuidado.

Retomaron el camino. Esta vez él caminó un paso más cerca de ella, sin decir nada, con esa naturalidad de quien se recoloca en el espacio sin anunciarlo.

Filippa no lo alejó. Y durante el resto del paseo, mientras seguían entre los rosales con el frío en las mejillas y el olor de las flores llenándolo todo, el calor de esa mano en su cintura se quedó con ella como si no hubiera terminado de irse.

Cuando llegaron de nuevo a la puerta del comedor, él se detuvo.

—¿Podemos intentarlo? —dijo, retomando la pregunta de antes como si el paseo hubiera sido un paréntesis y no una respuesta.— La cordialidad, al menos.

Ella lo miró. Pensó en su madre, que había vivido décadas sin que nadie le preguntara si quería intentar algo.

Pensó en todas las mujeres que aceptaban lo que les tocaba sin que nadie les dejara opinar al respecto.

Y pensó, también, en la mano de él cerrándose sobre su cintura antes de que ella llegara al suelo.

Él le tocó la mano buscando una respuesta —te aseguro que si tú me respetas a mí y a esta casa, yo haré lo mismo. No vas a arrepentirte.

—Sí—respondió ella.

Él asintió despacio. Y luego dijo, con esa honestidad suya sin ornamentos:

—Seré un buen padre para tu hijo. Será mío también, y nunca les faltará nada.

—Gracias. —Las palabras le salieron con más emoción de la que pretendía.— Sé que no es fácil hacerse cargo del hijo de otro hombre.

—No lo es. Pero nada de lo que nos ha pasado a ninguno de los dos ha sido fácil. Solo puede ir mejor a partir de ahora.

Entraron de nuevo a la casa, y la noche se cerró detrás de ellos, con los rosales y las lámparas de aceite y el jardín que olía a promesas que todavía no tenían nombre.

La mañana siguiente, Filippa despertó con el perfume antes que con la luz.

Abrió los ojos y lo primero que vio, en la mesilla junto a la cama, era un arreglo de flores: rosas de distintos colores, flores silvestres del campo, algo que podría ser garita blanca, todo junto con la generosidad un poco desordenada de quien ha cortado lo que encontró al alcance de la mano antes de que amaneciera del todo.

Qué bonito, pensó, todavía entre el sueño y la vigilia. Bruna habrá ido al jardín temprano.

La puerta se abrió con el suave golpe de siempre, y Bruna entró con el té de manzanilla humeante y la expresión de quien tiene una noticia que le resulta difícil no compartir de inmediato.

—Buenos días, milady. ¿Descansó bien?

—Muy bien. —Se incorporó y tomó la taza con las dos manos.— Hace tiempo que no dormía así de bien. —Miró las flores.— Gracias por las flores, quedaron preciosas.

Bruna puso una cara que no era exactamente de quien recibe un agradecimiento que le corresponde.

—No fui yo, milady.

Filippa bajó la taza.

—¿No?

—Fue el Barón. —La muchacha lo dijo con esa mezcla de discreción y placer que tienen las doncellas cuando una noticia los pone del lado de los ángeles.

— Esta mañana muy temprano fue al jardín a cortarlas, y me las dio para que las pusiera en su mesilla antes de que usted despertara. Luego se fue a su taller.

—¿Su taller? —repitió ella, como si la palabra tardara en llegar al lugar correcto.

—Sí, milady. Parece que al Barón le gusta la carpintería, aunque no lo pregona mucho que digamos. Egbert dice que pasa allí la mayor parte del día cuando no está de otra manera ocupado.