Capítulo 5 #2
—Tuve que hacerlo. —lo dijo sin rodeos. — La servidumbre es curiosa, y si en unos meses hay un hijo sin que nadie haya notado señales de que el matrimonio fue consumado, los cotilleos pueden hacerle daño. No quería eso para ti.
Ella no respondió de inmediato. Lo miró, con ese gesto suyo de cuando está procesando algo que no esperaba encontrar, y el color que le subió a la cara no era vergüenza exactamente, sino algo más complicado: la conciencia de que él había pensado en ella antes de que ella pensara en ello misma.
—Ya entiendo —dijo, al fin.
Pirata eligió ese momento para interponer su cuerpo entre los pies de ella, ronroneando con la intensidad de una máquina pequeña y decidida.
Ella lo tomó en brazos con un movimiento automático, lo acomodó contra su pecho, y el gato se instaló allí como si fuera el lugar del mundo que le correspondía por derecho.
Gato afortunado, pensó Alan, y luego tuvo la honestidad de reconocer que lo había pensado.
La miró. La bata que llevaba era delgada, de algodón, sin nada debajo que no fuera la ropa de noche, y el frío de la mañana marcaba eso con una claridad que él no buscó notar pero notó igual. Apartó la vista.
—Será mejor que subas a cambiarte. Hace frío.
Ella bajó la cabeza, y él vio cómo la expresión de ella cambiaba, ese gesto de quien asume que ha hecho algo mal y ya espera las consecuencias.
—Tienes razón. Lo siento, salí sin pensar.
Se dio la vuelta para irse, con el gato todavía en brazos. Él extendió el brazo y le tocó el codo, apenas.
—Pippa.
Ella se detuvo.
—¿Te gustaría que cenáramos juntos esta noche?
Hubo una pausa. Cuando ella se dio la vuelta, tenía una expresión que él no recordaba haberle visto antes: sin guardia, sin esa distancia calculada que llevaba desde el principio como parte del atuendo.
—Me gustaría mucho.
—A las siete en el comedor. —recogió la pelota del suelo y se la lanzó a Suertudo, que salió disparado detrás de ella. — Y ahora sube antes de que cojas una pulmonía.
Ella subió. Y en las escaleras, con el gato contra el pecho y el frío en las mejillas, descubrió que tenía ganas de reír sin saber exactamente por qué.
Esa tarde, Filippa convocó a Bruna para el ritual de vestirse con más cuidado del que la ocasión habitual requería.
El vestido que eligió era de seda color verde aguamarina, de esos que tienen la virtud de hacer que la piel parezca más luminosa sin que uno sepa exactamente por qué.
Bruna le recogió el cabello en un moño bajo del que escapaban algunos rizos oscuros a los lados del rostro, con esa habilidad suya para hacer que las cosas parecieran al mismo tiempo arregladas y naturales.
El collar que Alan le había dado el día de la boda, una cadena de oro con una piedra verde que hacía juego con casi cualquier cosa, cerró el cuello con un clic suave.
Filippa se miró en el espejo.
—¿Me veo bien?
Bruna la estudió con la autoridad profesional de quien lleva años siendo el juicio externo de su señora.
—Preciosa, milady. El Barón no va a saber dónde mirar.
—No creo que esté prendado de mí. —Pero ajustó la cadena del collar un centímetro hacia la izquierda.— Solo quiero que la cena sea agradable.
—Por supuesto, milady. —La expresión de Bruna era la de quien piensa algo diferente pero ha aprendido cuándo no decirlo.
Bajó puntual. El comedor estaba distinto de como ella lo había dejado la noche anterior: las velas encendidas, las flores frescas en el centro, y la disposición de los cubiertos cambiada.
Ella había dado instrucciones de que los pusieran en los extremos opuestos de la mesa larga, que era lo que dictaba la formalidad entre dos personas que apenas se conocen.
Ahora los platos estaban uno al lado del otro, en el ángulo de la mesa que quedaba cerca de la chimenea, de manera que los dos estarían suficientemente cerca para hablar sin levantar la voz.
Alan estaba de pie junto a la ventana cuando ella entró, con un traje oscuro que le sentaba bien sin que pareciera que lo había elegido pensando en eso.
Se dio la vuelta.
—Buenas noches.
—Buenas noches, Pippa. —La recorrió con los ojos una sola vez, con discreción, pero ella lo notó.— Estás radiante.
Corrió la silla para que se sentara, un gesto de cortesía antiguo y sin pretensiones que a ella le llegó de una manera que no esperaba. Se sentó, miró la mesa, miró la disposición de los cubiertos.
—Has cambiado los puestos.
—Era difícil conversar a seis metros de distancia.
—Tienes razón. —miró hacia donde Egbert y la señora Thomas esperaban de pie junto a la pared. — Es perfecto.
—Milady, podemos comenzar a servir cuando gusten. —Egbert inclinó la cabeza.
Ella miró a Alan. Alan asintió.
—Espero que te guste el menú. —Doblaba la servilleta en el regazo. — Me dijeron que te gustan el filete de carne y la salsa de ostras, y se lo encargué al cocinero esta mañana.
Él la miró durante un instante más largo de lo habitual, con esa expresión de cuando algo lo toma desprevenido y no tiene preparada la respuesta apropiada.
Luego llegó el primer plato, una crema de tortuga espesa y perfumada que llenó el comedor de un olor a mantequilla y laurel, y la conversación encontró su camino natural sin que ninguno de los dos tuviera que buscarlo con demasiado esfuerzo.
Hablaron de la casa, de los cambios que ella había estado pensando, del jardín que Ben ya estaba empezando a reorganizar.
Él escuchaba con esa atención suya que no era pasiva sino activa, que hacía preguntas en el momento justo y opinaba cuando ella se lo pedía.
A medida que fue avanzando la cena, que llegaron los siguientes platos, y el vino fue haciendo su trabajo tranquilo, los hombros de los dos bajaron un grado, y luego otro, y la distancia que quedaba entre ellos, que no era ya física sino de otra clase, fue haciéndose algo más manejable.
—¿Te gustan las rosas? —preguntó ella, en un momento en que el segundo plato ya estaba sobre la mesa y la conversación había llegado al jardín.
—Mucho. Y antes de que... —se detuvo. — Antes, tenía muchas plantas en mi casa.
—¿Antes del accidente?
Él soltó una risa corta, sin humor pero sin amargura tampoco.
—Gracias por llamarlo así.
—¿Cómo prefieres que lo llame?
No respondió. En cambio, se levantó y le ofreció la mano.
—¿Quieres dar un paseo por el jardín? Hace buena noche.
Ella tomó el brazo que él le ofrecía y salieron juntos por la puerta del comedor que daba directamente al jardín lateral, donde el jardinero había encendido las pequeñas lámparas de aceite que bordeaban el sendero.
El aire de la noche era frío y olía a tierra húmeda y a algo dulce que venía de los rosales: esa fragancia densa y un poco embriagadora que tienen las rosas inglesas cuando el rocío ya ha caído.
—¿Disfrutaste la cena? —preguntó él, mientras caminaban.
—Mucho. Todo estuvo magnífico. —Miró el perfil de él en la oscuridad.— ¿Puedes pedirle a la señora Thomas que felicite a Martins de mi parte? Tenía tiempo sin probar algo así.
—El cocinero anterior tenía a todo el mundo en luto. Nadie en esta casa dijo una sola palabra en su favor en todos los meses que estuvo aquí.
Ella contuvo la risa.
—Lo único que lamento —continuó él— es que ahora probablemente no querrás ir a la cocina a hacer esos platos de los que presumes.
—No presumo. —Levantó una ceja.— Solo digo que sé hacerlos.
—¿Y hay diferencia?
—Mucha.
Él volvió a reír. Esa risa suya que lo cambiaba todo, que lo hacía más ligero, más accesible, que le quitaba diez años de encima y dejaba ver por un instante al hombre que debía de haber sido antes de que todo se complicara.
Filippa lo miró de lado y pensó que era absurdo que algunas mujeres hubieran preferido no mirarlo, cuando lo que había detrás de esa cicatriz era exactamente eso.
—Te ves bien cuando ríes —dijo, antes de decidir si era prudente decirlo.
Él la miró.
—¿Quién eres, Pippa?
La pregunta llegó sin preámbulo, con la seriedad tranquila de quien lleva un rato pensándola y al final decide que es mejor decirla que seguir guardándola.
—Hasta hace muy poco —continuó— pensaba que eras exactamente lo que parecías: una mujer hermosa, fría y sin mucho debajo de la superficie.
Pero he visto cómo el personal de esta casa te ha tomado cariño en muy poco tiempo.
Te preocupas por animales que nadie quiere.
Trabajas en una casa que no pediste y lo haces bien.
Y aguantas los malos tratos de quien no ha sido justo contigo sin ponerte a su altura.
Ella no respondió de inmediato. Siguieron caminando por el sendero de gravilla que bordeaba los rosales, con las lámparas pequeñas haciendo sombras móviles sobre las flores blancas, y el silencio entre ellos tenía esa calidad particular de los silencios que no necesitan ser llenados.
—Soy una mujer normal —dijo ella, al fin.
— Siempre fui algo tímida, aunque no lo parezca.
Me dieron todo desde niña, y crecí siendo caprichosa, y gracias a esa ingenuidad hice daño a personas que no merecían que lo hiciera.
La vida se encargó de enseñarme que no es como yo creía.
Y de destruir la idea perfecta que tenía del amor.
Él escuchó eso sin interrumpir. Luego, después de varios pasos:
—¿Podríamos dejar de estar a la defensiva el uno con el otro? —Lo dijo con esa voz suya directa, sin adornos.— No te pido romanticismo ni cosas que ninguno de los dos tenemos. Solo... intentar tratarnos bien. Con cordialidad, al menos.
Ella no respondió de inmediato.