Un Barón Desconfiado (Serie "A La Caza De Un Noble" nº 4) Capítulo 5
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Capítulo 5

Alan llegó a la casa empapado hasta los huesos y con el humor de quien salió a cabalgar con cielo despejado y regresó bajo un aguacero sin aviso.

Egbert lo esperaba en el vestíbulo con la expresión de hombre que tiene varias noticias y ha decidido ordenarlas de menor a mayor grado de complicación.

Le tomó el abrigo mojado con sus manos cuidadosas de mayordomo y le entregó a cambio una toalla seca, y luego, con esa discreción suya de décadas, comenzó a informar.

Lady Látimer había regresado de su paseo empapada también, aunque llegó antes que él.

La señora Thomas la había atendido y en ese momento descansaba en su habitación.

Eso era la primera noticia. La segunda, dicha con una pausa calculada antes de empezar y la mirada fija en algún punto por encima del hombro de Alan como hacía cuando anticipaba una reacción difícil, era que en esa misma habitación se encontraban dos animales que la señora había traído consigo y que él no había podido convencer de abandonar el interior de la casa.

—¿Dos? —Alan se pasó la toalla por el cabello.

—El gato, milord. Y un perro.

—¿Un perro.

—Pequeño, sí. Muy peludo. De tres patas. Lo encontró en el camino cuando unos niños le tiraban piedras y... no pudo dejarlo allí.

Alan bajó la toalla y miró a Egbert durante un momento.

—¿Y no lograste sacarlos?

—Lo intenté, milord. La señora fue bastante... firme en su postura.

Lo que ocurrió entonces desconcertó a Egbert más que cualquier otra cosa que hubiera visto en sus años de servicio: Alan se echó a reír.

No una risa pequeña y contenida, sino una risa real, de esas que empiezan en el pecho y no piden permiso para salir, y sus ojos, que llevaban meses con esa expresión gris y sin brillo que el mayordomo había aprendido a ver como la marca del hombre que carga demasiado, se pusieron durante un instante sospechosamente brillantes.

Egbert se quedó quieto. Respiró.

—No te preocupes. —Alan empezó a subir la escalera, todavía con la ropa chorreando.— Si la señora quiere compañía en su habitación, que la tenga. Déjala.

—Como guste, milord. —respiró con alivio. — Enviaré a su ayuda de cámara para el baño caliente.

—Bien.

Subió los escalones de dos en dos, y Egbert, que lo había visto crecer y que lo había visto regresar de la guerra convertido en otro hombre, se permitió, solo, una sonrisa pequeña y privada mientras iba a buscar al ayuda de cámara.

Media hora después, con ropa seca y un brandy en la mano, Alan estaba en su estudio frente a la chimenea, dejando que el calor del fuego terminara el trabajo que el baño había empezado.

El estudio olía a cuero y a la madera que siempre tenía adherida en alguna parte, y la lluvia golpeaba los cristales con ese ritmo irregular que en otro tiempo le habría parecido irritante y que esa tarde, por razones que prefirió no examinar demasiado, le resultaba simplemente paisaje.

Estaba pensando en la cena. Específicamente, en si sería apropiado proponer que cenaran juntos, y si ella lo interpretaría como una obligación que él le imponía, o como algo que nacía de un impulso genuino, que era lo que era.

El ruido detrás de la cortina lo sacó de esos pensamientos.

Se levantó. Caminó hacia la ventana. Antes de que llegara, algo le rozó el tobillo con una urgencia que no correspondía a su tamaño, y él dio un paso atrás y miró hacia abajo.

Un perro lo miraba de vuelta. Era una bola de pelo oscuro tan abundante que le cubría los ojos por completo, con una cola que se agitaba a una velocidad que desmentía completamente los tres años de probable vida difícil que acumulaba en el cuerpo.

Tenía tres patas, como Egbert había dicho, pero actuaba con la convicción inamovible de que tenía cuatro y que las cuatro funcionaban perfectamente.

—¿Qué demonios? —dijo Alan, y el perro chillo con un sonido agudo de sorpresa y retrocedió dos pasos sin dejar de mover la cola.

Egbert entró en ese momento, puntual como siempre, y lo que había estado detrás de la cortina salió por detrás de él a toda velocidad: un gato negro con un parche en el ojo derecho que cruzó el estudio de un extremo al otro con esa dignidad particular de los gatos que saben perfectamente lo que hacen y no se disculpan por ello.

Alan lo siguió con la mirada hasta que desapareció detrás de la mesa de escritorio.

—¿Qué tiene ese gato en la cara?

—Un parche, milord. —La voz de Egbert era de una serenidad impecable.

—Ya lo veo. ¿Por qué?

—La señora dice que porque tiene un solo ojo, y que con el parche nadie estará incómodo al mirarlo.

Alan guardó silencio un momento. Luego:

—¿Cómo se llama?

—Pirata, milord. Por el parche.

La comisura de su boca se movió. La controló antes de que llegara a ser una sonrisa, porque Egbert ya lo había visto reír una vez esa tarde y no quería abusar de la cuota.

—¿Y el otro?

—Suertudo, milord. —Una pausa muy breve.— También fue idea de la señora.

Alan miró hacia la mesa de escritorio, donde los ojos amarillos del gato lo observaban desde las sombras con una calma que no le correspondía a alguien que acababa de cruzar una habitación ajena a toda velocidad.

Una caja de sorpresas, pensó. Eso es lo que es.

—Muy bien. Que sirvan la cena cuando la señora esté lista para bajar. —Se dio la vuelta hacia la chimenea.— Y dile a Suertudo que se baje de mi sillón.

La mañana siguiente, Filippa bajó al estudio en busca de sus animales, que habían desaparecido sin dejar rastro.

Bruna le había dicho, con la expresión de quien entrega una noticia delicada, que estaban abajo, con el señor.

Y eso fue suficiente para que ella se colocara la bata encima de la ropa de noche y bajara las escaleras a paso más rápido del que su estado recomendaba, con Bruna detrás diciéndole todo el camino que tuviera cuidado, que no debía correr, que en su estado.

Llegó al estudio y estaba vacío. Recorrió el corredor, miró en el salón pequeño, en la biblioteca. Nada. Cuando se le ocurrió probar en el jardín trasero, ya llevaba un buen rato buscando y se preparaba para lo peor.

Lo que encontró al doblar la esquina del seto no era lo peor.

Era Alan en mangas de camisa, a pesar del frío de la mañana, arrodillado en el césped todavía húmedo de rocío, con Suertudo corriendo detrás de una pelota de cuero que él tiraba con el brazo derecho y que el perro recuperaba con una velocidad sorprendente para alguien con tres patas y se la devolvía con una satisfacción radiante.

Pirata, con su parche y su dignidad intacta, observaba el juego desde la distancia prudente de quien no aprueba necesariamente pero tampoco se va.

Y Alan reía, con esa risa que a Filippa le resultaba cada vez más difícil de ignorar porque lo cambiaba completamente: lo hacía más joven, más accesible, más parecido al hombre que debía de haber sido antes de que la guerra y el dolor y los años solos en esa casa le pusieran encima esa armadura suya.

Ella se quedó donde estaba, sin anunciarse, con los brazos cruzados sobre el pecho para protegerse del frío. Detrás suyo, Bruna esperaba en silencio. Le hizo una seña para que se fuera, y la muchacha desapareció sin hacer ruido.

Fue Suertudo quien la descubrió. El perro levantó la nariz de repente, dejó caer la pelota, y se orientó hacia ella con esa certeza absoluta de los perros que reconocen a su persona desde lejos.

Corrió hacia ella en ese galope suyo desequilibrado y completamente entusiasta, y empezó a ladrar con la emoción de quien anuncia algo importante.

Alan alzó la vista.

La expresión que cruzó su cara al verla no fue exactamente de sorpresa. Era algo entre la sorpresa y otra cosa que se instaló y luego se fue con la misma rapidez con que había llegado, antes de que ella pudiera nombrarlo.

Se puso de pie, sacudiéndose las rodillas de la ropa.

—Lo siento. —Filippa dio un paso hacia él.— No quería fisgonear. Es que no los encontraba por ningún lado y me preocupé.

—Seguramente se aburrieron y decidieron explorar. —Recogió la pelota del suelo.— Lo que no tengo claro es cómo llegaron hasta aquí, porque la puerta del estudio estaba cerrada.

—Pirata abre las puertas. —Dicho con la sencillez de quien reporta un hecho establecido.— Lo hace con la pata delantera, desde abajo. Ya lo vi hacerlo dos veces.

Él la miró.

—Por supuesto que sí.

—Gracias por entretenerlos. —Sus dedos se enredaron un momento en el cinturón de la bata.— Si Suertudo hubiera salido solo a la calle y encontrado a esos niños...

—¿Ya es tuyo, entonces? El perro.

—Es que yo no podía... —Titubeó.— Sí. Supongo que sí. Pero te juro que no darán problemas, los educaré bien, y si en algún momento prefieres que no estén en la casa...

—No he dicho eso. —La miró con esa atención directa suya.— Solo me sorprende que te importe tanto. Un gato tuerto y un perro de tres patas no son exactamente lo que una dama de sociedad elige normalmente para su compañía.

—Para mí son especiales. —Lo dijo sin defensas, como quien dice algo que simplemente es cierto.— Y nadie tiene derecho a hacerlos sentir mal por cómo son.

Él guardó silencio un momento. Luego, con un tono que era más suave que el de costumbre:

—¿Por qué puedes pensar eso de los animales y no aplicarlo a las personas?

Ella abrió la boca.

—Ese día que dormimos juntos —dijo él, sin esperar—, pensé que eras distinta. Pero a la mañana siguiente no quisiste bajar al desayuno, y supuse que era porque no querías estar cerca de un monstruo más tiempo del necesario.

—No fue eso. —La voz le salió con más firmeza de la que esperaba.— El embarazo me indispone mucho por las mañanas. Todos los días. No tenía nada que ver contigo.

Él la estudió durante varios segundos, como si estuviera buscando en su cara la respuesta a una pregunta que no había terminado de formular. Luego asintió, despacio, y algo en él cedió un grado.

—¿Te hiciste daño ese día? —preguntó ella, llevando la conversación a otro lado.— En la cama. Había una mancha. —le dijo aunque sabía o creía saber de qué se trataba esa mancha.