Capítulo 4 #4
No todos los días, pero con suficiente frecuencia para que Filippa aprendiera a medir cada movimiento con la precisión de quien camina entre objetos frágiles: si quería algo, mandaba a Egbert.
Si necesitaba hablar con él, esperaba a que él se lo propusiera, que era una espera que podía durar días.
Si los dos coincidían en algún corredor o en algún salón, ella mantenía los ojos en otra dirección y respondía con frases cortas a las pocas preguntas que él formulaba.
La servidumbre había aprendido muy rápido a moverse con cautela cuando el señor estaba en la casa. Filippa lo notó en la manera en que los criados bajaban el volumen de sus conversaciones cuando él pasaba, en cómo Egbert organizaba el día de manera que los encuentros imprevistos fueran mínimos.
He salido de una pesadilla para entrar en otra, pensó ella, una tarde, mientras escuchaba los pasos de Alan bajar la escalera con esa pisada pesada y sin disculpa que tenía cuando estaba de mal humor.
Pero a diferencia de su padre, que la había hecho tener miedo desde niña con una constancia que era casi un oficio, con Alan la rabia no parecía tener el mismo origen.
Era más nueva, más confusa: la rabia de quien no sabe bien qué le duele pero sabe que algo le duele, y esa diferencia, pequeña como era, le importaba aunque no hubiera podido explicar bien por qué.
Fue un martes de finales de octubre cuando Filippa lo vio en el jardín por primera vez.
Había salido por la puerta trasera de la cocina para hablar con Ben, el jardinero, sobre los rosales nuevos que quería plantar en la entrada, y al doblar la esquina del seto lo vio agachado entre las flores del fondo.
Estaba de espaldas a ella, con las mangas remangadas hasta el codo a pesar del frío, y cortaba margaritas con una concentración que excluía todo lo demás.
Las sostenía con una delicadeza que contrastaba con el tamaño de sus manos, esas manos grandes que ella ya sabía que podían trabajar la madera dura y que ahora tocaban los pétalos con un cuidado que parecía instintivo.
Se quedó mirándolo sin que él la viera, durante más tiempo del que probablemente era razonable.
—¿Va a querer algunas flores para su habitación, milady? —Ben apareció a su lado, con su voz baja de hombre acostumbrado a no asustar a las plantas.
Ella parpadeó.
—Sí. Sí, me gustarían algunas.
—Las corto ahora mismo.
—¿Lord Látimer viene seguido al jardín?
—¿Al jardín? —Ben siguió la dirección de su mirada hacia la figura agachada entre las margaritas.— Todos los días, milady. Cuida mucho estas flores. —Sonrió con esa sonrisa tranquila de quien comparte un secreto que no es secreto.— Veo que a usted también le gustan.
—Siempre. —Miró los rosales todavía sin podar junto al muro.— De hecho, quería proponerte arreglar no solo este jardín sino el de la parte trasera, y poner rosales nuevos en la entrada.
—Por supuesto, milady. En cuanto termine aquí mismo lo hago.
—Muchas gracias, Ben.
Se dio la vuelta para volver hacia la puerta de la cocina cuando escuchó el maullido. Breve, algo lastimero, procedente de algún lugar entre los arbustos del seto. Bruna, que la había seguido como siempre, se agachó de inmediato y sacó de entre las hojas algo que cabía en una mano.
Un gato pequeño, todo negro, con los ojos cerrados y el pelaje aplastado de humedad. O casi todo negro: cuando lo sostuvo a la luz, Filippa vio que donde debería haber tenido el ojo derecho solo había una cicatriz cerrada, vieja, de las que no duelen ya pero tampoco desaparecen.
—Es un vagabundo, milady. La madre no lo quiso y los demás de la camada los adoptaron por los alrededores. Pero la gente de por aquí elige los que son bonitos, y este... —Ben hizo un gesto que era a la vez compasión y realismo.
El gatito, como si hubiera entendido que se estaban decidiendo cosas importantes sobre su futuro, empezó a ronronear contra la palma de Bruna con una confianza que no parecía justificada por su situación objetiva, y extendió una pata para alcanzar los dedos de Filippa, que estaba inclinada mirándolo.
—Me lo quedo. —No fue una pregunta.
—¿Está segura, milady? —Bruna lo miraba con el recelo de quien tiene estándares estéticos razonables.
—Completamente. —Le dio un dedo al gatito, que lo atrapó con las dos patitas delanteras.— ¿Es que no lo ves? Es adorable. —Lo tomó con cuidado, lo acomodó contra su pecho. — Se llamará Pirata. Por el ojo.
Ben se rio, tapándose la boca con el dorso de la mano. Bruna suspiró con la resignación de quien ha aceptado que su señora tiene criterios propios y la vida es más fácil así.
Desde el fondo del jardín, entre las margaritas, Alan los observaba a todos sin que ninguno lo supiera.
La imagen era completamente inesperada: ella de pie en la luz pálida de la tarde, con un gato tuerto contra el pecho y una sonrisa que él no le había visto en ninguna de las veces que habían coincidido en la misma habitación.
¿Quién iba a pensar, pensó Alan, mientras volvía a sus flores, que la señorita perfecta tenía ese corazón?
No fue exactamente una sonrisa lo que apareció en su cara. Pero se le acercó bastante.