Capítulo 4 #3
—Milord, la señora no se encuentra bien esta mañana y pide disculpas por no poder bajar al desayuno.
Alan oyó el mensaje sin decir nada. Dejó la servilleta sobre la mesa, se levantó, y salió del comedor con un paso que Egbert reconoció: era el paso de un hombre que está conteniendo algo.
Lo que ocurrió en el estudio en los minutos siguientes, el mayordomo lo supo por el sonido de algo pesado cayendo al suelo y por el silencio que vino inmediatamente después.
Por supuesto que se sentía indispuesta. La rabia que circuló por él era caliente y limpia y completamente injusta.
Había pasado una noche entera a su lado, en esa cama, sin tocarla, sin hacerle nada que no fuera arroparla y apagar la vela, y a la mañana siguiente ella encontraba la forma de no tener que mirarlo.
Mentirosa por naturaleza, pensó. Como todas.
Mientras tanto, en el piso de arriba, Filippa había recibido a los candidatos al puesto de cocinero y de ama de llaves con la misma eficiencia que habría aplicado en cualquier otra circunstancia, porque si había una cosa que su educación le había dado era la capacidad de funcionar correctamente mientras sentía cualquier otra cosa por dentro.
Egbert le había organizado las entrevistas en el salón pequeño, con una lista de candidatos que llegaba a doce personas y que él mismo había preseleccionado con su criterio de mayordomo experimentado.
Filippa los recibió uno por uno, hizo las preguntas apropiadas con la calma de quien sabe lo que busca, y al final de la mañana tenía dos decisiones tomadas: una señora Thomas de mediana edad para el ama de llaves, con referencias excelentes de dos casas del condado, y un cocinero llamado Martins que había pasado tres años en una cocina francesa y que cuando le preguntaron qué haría con un pichón respondió con suficiente detalle como para convencerla de que sabía lo que estaba haciendo.
La tarde la pasó recorriendo la casa con Egbert.
El mayordomo era un guía paciente y minucioso, que nombraba cada habitación y cada función con la precisión de quien lleva décadas siendo el guardián de esa memoria.
La casa tenía doce habitaciones en la planta alta, un salón de música que alguien había cerrado con llave años atrás, una biblioteca con los libros cubiertos de polvo pero intactos, una galería larga donde los retratos de los anteriores Látimer miraban desde sus marcos con la indiferencia de los muertos bien pintados.
Y en todas partes, los muebles.
Sillas, mesas, estantes, camas: todo de madera, todo con una calidad de trabajo que no se compraba en ninguna tienda de Londres.
Los labrados eran intrincados y precisos, con formas que en algunos casos eran hojas y en otros eran figuras geométricas que se repetían en patrones hipnóticos.
En el comedor, las sillas tenían respaldos de roble con ramas talladas que parecían crecer desde la madera misma.
En la biblioteca, los estantes tenían cornisas decoradas con motivos de flores pequeñas que alguien había reproducido con una paciencia que a Filippa le resultó casi incomprensible.
—Egbert —dijo, deteniéndose frente a un aparador del corredor principal—, ¿quién hizo estos muebles?
El mayordomo la miró un momento con algo en los ojos que podría haber sido satisfacción por la pregunta.
—El señor, milady.
Ella volvió a mirar el aparador. Las flores pequeñas de la cornisa, las patas torneadas a mano, las bisagras que encajaban sin un milímetro de holgura.
—¿Todo?
—Todo lo que se ve nuevo en esta casa, sí. —Una pausa discreta.— Es algo que prefiere mantener con relativa privacidad, milady.
Ella no preguntó por qué. Lo entendió sin que nadie se lo explicara: un barón que hacía carpintería no era exactamente lo que la sociedad esperaba de su título.
Pero mientras recorría el resto de la casa mirando los muebles con ojos nuevos, pensó que había algo en esa contradicción, en ese hombre de cicatrices y de madera trabajada a mano, que no terminaba de encajar con la imagen que ella se había formado en las primeras visitas.
No la encajaba todavía.
La cena esa noche llegó con la novedad de que Alan no bajó.
Egbert lo comunicó con su discreción habitual: el señor no se encontraba bien y prefería cenar en su habitación.
Filippa se sentó sola en el extremo de la mesa enorme y cenó la comida que el nuevo cocinero había preparado: un caldo de verduras claro y limpio, un lomo de ternera con salsa de vino tinto que era exactamente lo que prometía ser, pan recién hecho.
Todo delicioso. Todo probado en soledad.
Qué lástima, pensó, y le sorprendió pensar eso. Habría querido que él lo probara también.
*****
En los días que siguieron, la casa encontró su ritmo sin que los dos que la habitaban encontraran el suyo.
Alan desaparecía antes de que ella bajara al desayuno.
Pasaba el día afuera o encerrado en alguna parte del ala oeste con instrucciones de que nadie lo molestara, y cuando llegaba la hora de la cena, el mensaje que llegaba era siempre el mismo: no se encontraba bien, o prefería cenar sin compañía.
Filippa lo escuchaba sin decir nada y cenaba sola, noche tras noche, en ese comedor que era demasiado grande para una sola persona pero que tampoco parecía estar esperando a dos.
Una mañana, decidió ir a buscarlo al estudio.
Llegó a la puerta, llamó con los nudillos, y empujó antes de que hubiera una respuesta que lo justificara, porque no la había.
—Buenos días, milord. —Entró dos pasos.— Quería preguntarte si...
Él se dio la vuelta desde el escritorio con una brusquedad que ella no esperaba.
—¿Qué quieres? —la voz era fría y cortante como el filo de algo. — ¿Es que no sabes lo que significa un despacho personal?
Ella se detuvo en seco.
—Yo solo venía a...
—¡Estoy ocupado! —la interrumpió con una voz que subió de golpe hasta convertirse en algo que no era exactamente un grito pero se le parecía demasiado. — ¿Tienes algún sentido de la oportunidad?
El silencio que siguió duró exactamente el tiempo que tardó ella en bajar la cabeza, dar la vuelta, y cerrar la puerta detrás de ella con mucho más cuidado del necesario, porque el cuidado era lo único que tenía en ese momento para no perder la compostura en el corredor.
Caminó hasta su habitación sin prisa, cerró esa puerta también, y se sentó en la silla junto a la ventana. No lloró. Se apretó las manos en el regazo hasta que le dolieron los nudillos y miró el jardín exterior, que el jardinero ya había empezado a limpiar.