Capítulo 4 #2
Las mejillas de la muchacha se encendieron a medida que llegaba al final de la frase.
—No quiero ni pensar en ese momento. —Filippa miró por la ventana, donde el jardín descuidado se extendía bajo la tarde gris.— Aunque él me dijo que se comportaría de manera caballerosa.
—Seguramente lo hará, milady. Seguramente.
La convicción en esa última frase no era de las más sólidas que Filippa había escuchado, pero lo agradeció de todas formas. Se levantó y empezó a ayudar a Bruna con los baúles, porque también ella necesitaba hacer algo con las manos.
*****
A las siete de la tarde, Filippa bajó al salón principal para encontrarse con su marido antes de la cena.
Él ya estaba allí cuando ella entró, de pie junto a la chimenea encendida, con una copa en la mano que no estaba bebiendo, mirando las llamas con esa expresión suya de hombre que lleva un rato pensando en algo que no es exactamente agradable.
Se dio la vuelta al escucharla y la recorrió con los ojos de arriba abajo con esa rapidez masculina que pretende ser discreta y no siempre lo consigue.
—Espero que estés cómoda. ¿Te ha gustado la habitación?
—Mucho, gracias. La casa es muy bonita. —Miró hacia las puertas que daban al corredor.— No he podido conocerla entera, es muy grande.
—Le diré a Egbert que te la enseñe mañana.
Ella esperó un momento, por si acaso. Pero no hubo oferta de que fuera él quien lo hiciera.
—La casa está algo falta de personal —continuó él, con ese tono suyo de ir al grano.
— Viviendo solo aquí no tenía necesidad de mucha gente.
Hay dos criadas, un lacayo, Egbert, el jardinero y el mozo de cuadras que hace también de cochero.
Pero sé que una dama acostumbrada a una casa bien llevada notará las carencias, y lo más urgente es contratar un ama de llaves y un cocinero que valga la pena.
—Me encargaré de eso mañana mismo.
—Tienes plena autoridad para hacer los cambios que consideres necesarios. Eres la dueña de esta casa. Si necesitas más personal, contrátalo sin consultarme.
Ella lo miró un momento.
—Agradezco eso. Aunque me gustaría consultarte igualmente, cuando haga cambios importantes. Si no es mucha molestia.
—Como desees. —Lo dijo con esa sequedad suya que no era exactamente descortesía pero tampoco era calor.
Egbert apareció en ese momento en el umbral.
—Milord, la cena está servida.
Alan le ofreció el brazo con un gesto correcto.
—Vamos, lady Látimer. Solo te pido que no guardes grandes expectativas sobre la cena de esta noche. El cocinero que tenemos es un borrachín de primera categoría, y espero que podamos reemplazarlo pronto.
—Podría haber cocinado yo —dijo ella, en voz baja, casi para sí misma.
Él se detuvo.
—¿Perdón?
—Que yo sé cocinar. —le dijo sin misterio—Mi madre me enseñó. A veces cocinaba en casa de mis padres cuando ella necesitaba ayuda, porque aunque teníamos servicio, a ella le encantaba hacer las recetas de la abuela.
Alan la miró con una expresión que por un instante fue completamente legible: sorpresa genuina, sin ningún cálculo detrás.
—¿Y eso está bien visto en los círculos en que se mueve?
—Por supuesto que no. —Hubo algo en su voz que podría haber sido el comienzo de una sonrisa.— Pero nadie lo sabía.
Él guardó silencio un momento mientras caminaban hacia el comedor, y cuando volvió a hablar había en su tono algo diferente, algo más liviano:
—Supongo que aquí no tendrás necesidad de llegar a eso. Pero si algún día sientes el impulso irresistible de ocupar la cocina, nadie te lo impedirá.
—Gracias, milord.
¿Fue eso un tono burlón?, se preguntó ella mientras entraban al comedor. No estaba segura. Pero no descartó la posibilidad.
Lo que siguió en la mesa esa noche no fue exactamente la cena de bienvenida que una nueva baronesa podría haber soñado.
El pichón llegó con el interior todavía rosado de una manera que hacía dudar de si el cocinero había consultado alguna vez a un reloj.
Las papas estaban crudas por el centro y carbonizadas por fuera.
Las verduras supuestamente calientes llegaron a temperatura de tarde de otoño, que no era lo mismo.
El pan, en cambio, era extraordinario: esponjoso, con corteza dorada y el olor exacto del pan de verdad, y Filippa comió tanta cantidad de él como pudo sin que resultara demasiado notorio, porque era lo único que mitigaba el hambre sin arriesgar nada.
Alan comió con la expresión de quien cumple una obligación que conoce bien y ha aprendido a no comentar. Hablaron poco durante la cena. Lo suficiente para que el silencio no fuera incómodo, no lo suficiente para que fuera algo más que silencio.
Cuando Egbert retiró el último plato, Alan se excusó con una brevedad que no dejaba espacio para la conversación, y Filippa subió a su habitación con Bruna.
Mientras la doncella le cepillaba el cabello despacio, con esa tensión suave y rítmica que siempre la adormilaba un poco, ella miró su propio reflejo en el espejo del tocador y se hizo la pregunta que llevaba horas evitando:
¿Cómo va a ser la vida aquí?
La respuesta que tenía por el momento no era tranquilizadora. Un hombre de pocas palabras y carácter desconocido, una casa que necesitaba una mano de obra considerable, y esa pregunta sin resolver sobre la noche que todavía no había terminado.
Como si el pensamiento lo hubiera convocado, alguien tocó la puerta.
Bruna abrió. Era Alan, en camisa de dormir y bata, con el cabello rubio algo revuelto y una expresión que no era exactamente la de la cena: más tranquila, más directa, sin la armadura que llevaba puesta delante del personal.
— Bruna, ya puedes irte. No creo que tu señora te necesite por el resto de la noche.
—Muy bien, milord. —La muchacha le lanzó a Filippa una última mirada de apoyo solidario que valía más que mil palabras, tomó su costurero y salió.
Alan cruzó la habitación y se sentó en el borde de la cama, a su lado, con esa soltura suya de hombre que no pide permiso para ocupar el espacio pero que tampoco lo invade.
Olía a jabón limpio y a algo que ella ya empezaba a reconocer como su colonia particular, esa mezcla sobria a madera y a algo fresco.
—No tengas miedo. —Lo dijo sin rodeos.— Solo necesito dormir aquí esta noche porque hay que hacer que la gente crea que el niño es mío. Si los criados ven que no hemos compartido la habitación y luego aparece un hijo, no habrá servido de nada lo que hemos hecho hoy.
Ella asintió. Sus manos, en el regazo, no estaban quietas.
—¿Qué debemos hacer?
—Nada. Dormir. No te tocaré. —La miró.— Sé muy bien la repulsión que te causa tenerme cerca, pero tendrás que soportarlo al menos esta noche.
—Yo no siento repulsión hacia usted, milord.
—Si vamos a convencer a los demás de que esto es un matrimonio real —dijo él, sin que su tono cambiara un grado—, deberíamos empezar por llamarnos por nuestros nombres. Dime Alan.
—De acuerdo. Pero entonces tú a mí también, me dirás Pippa. Así me llaman las personas cercanas.
—Muy bien, Pippa.
—Alan, yo no siento lo que crees.
Él la miró durante un momento con esa mirada gris que no revelaba todo lo que contenía, y luego dijo, con algo que podría haber sido ironía pero era demasiado quieto para eso:—La convivencia lo dirá.
—Se recostó en el lado izquierdo de la cama con la naturalidad de quien lleva un plan trazado y lo ejecuta sin drama, la acomodó con la manta, y apagó la vela de la mesilla.
La oscuridad cayó sobre los dos como una tercera presencia en la habitación.
Filippa se quedó completamente quieta, mirando el techo que no podía ver, consciente de cada centímetro de distancia y de proximidad al mismo tiempo.
La respiración de él, a su lado, era tranquila y regular: la de un hombre que o bien no tenía ningún problema en conciliar el sueño junto a una desconocida, o bien tenía suficiente práctica en aparentarlo.
La noche más larga de su vida, pensó Alan, mirando la misma oscuridad desde el otro lado de la cama.
La mañana llegó con los pájaros antes que el sol.
Filippa abrió los ojos y el primer pensamiento fue de desorientación, ese instante de confusión que dura medio segundo antes de que el cerebro recuerde dónde está y por qué.
La cama olía a esa colonia suya, a madera y frescor, pero cuando extendió la mano hacia el lado izquierdo encontró sábana fría. Él ya se había ido.
Se incorporó despacio. La luz que entraba por la rendija de las cortinas era la de primera hora de la mañana, todavía tibia y horizontal. Fue a la ventana, abrió un poco las cortinas, y mientras miraba el jardín trasero en la niebla de la mañana, algo en la cama llamó su atención.
Una mancha pequeña. Oscura sobre el blanco de la sábana.
Se acercó. Era sangre.
Frunció el ceño. Se examinó las manos, los brazos, los tobillos.
Nada. Ningún corte, ninguna rozadura. Estuvo mirando la mancha durante un momento, y luego la comprendió, y la comprensión llegó acompañada de un calor en las orejas que no era exactamente vergüenza sino algo más complicado que eso: la prueba de que él había pensado en su reputación, y en la de su hijo, antes de que a ella se le hubiera ocurrido hacerlo.
Bruna llegó con el té de manzanilla, puntual como siempre, y encontró a su señora de pie junto a la cama con una expresión que la muchacha no supo del todo interpretar.
—Buenos días, milady. ¿Cómo se encuentra?
—Bien. —Tomó la taza agradecida.— Bien, gracias.
—El Barón la espera para desayunar.
El estómago respondió a esa noticia con su propia opinión, que fue negativa. Desde el embarazo, las mañanas eran territorio hostil, y agregar a eso la cena de la noche anterior era pedir demasiado.
—Dile que no me es posible bajar todavía, Bruna. Que no me encuentro bien, pero que podemos encontrarnos más tarde.
La muchacha asintió y salió, y Filippa se sentó en la silla junto a la ventana con el té entre las manos, mirando el jardín donde la niebla empezaba a levantarse.
Dos pisos más abajo, Egbert entró al comedor con la expresión que ponía cuando tenía que comunicar algo que no era exactamente buenas noticias.