Un Barón Desconfiado (Serie "A La Caza De Un Noble" nº 4) Capítulo 4
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Capítulo 4

La iglesia del pueblo era pequeña y fría, de piedra oscura que olía a cera vieja y a los siglos acumulados en sus paredes.

Las vidrieras de colores dejaban entrar una luz de otoño que lo teñía todo de un ámbar pálido, y el vicario, un hombre de mejillas rosadas y voz amable que parecía genuinamente contento de estar allí, celebró la ceremonia con una calidez que ninguno de los dos novios había pedido pero que tampoco rechazaron.

Filippa llegó a la ceremonia con un vestido de seda color marfil que Bruna había escogido con cuidado la noche anterior: elegante sin ser ostentoso, apropiado sin ser triste.

El vestido de novia que había elegido para su boda con David seguía en un baúl en Nueva York, y allí se quedaría.

Ella no había sido capaz de traerlo. Ese vestido pertenecía a otra vida, a otra mujer, a una versión de sí misma que todavía creía en los cuentos de hadas, y traerlo habría sido como llevar consigo el fantasma de todo lo que no iba a suceder.

Alan llegó puntual, vestido de negro con chaleco gris, con esa corrección suya que nunca parecía un esfuerzo.

Sus ojos la encontraron en cuanto ella entró a la iglesia, y la miraron de esa manera suya, directa y sin disculpa.

Filippa no supo descifrar qué había en esa mirada: desconfianza, tal vez, o algo que se le parecía.

Le pidió ayuda al cielo en silencio, en italiano, porque era el idioma en que sus oraciones llegaban más rápido.

Intercambiaron sus alianzas sin mucho ceremonial. Firmaron los papeles reglamentarios. El vicario los declaró marido y mujer con una sonrisa que parecía sincera, y hubo un brindis breve con la copa de vino que él mismo sirvió.

Los invitados eran pocos y escogidos: por parte de Alan, el señor Wilson, su abogado, y Andrew Miller, un amigo de sus años en el instituto que había llegado con su esposa Clarisa, una mujer de ojos vivos y risa fácil que fue la única persona en todo el día que hizo algo que podría llamarse ruido de alegría.

Por parte de Filippa, sus padres, Rose y Damián, y el vicario que tomó asiento entre los dos grupos con la comodidad de quien pertenece a todos los sitios y a ninguno.

Cuando todo terminó y salieron de la iglesia al aire frío de la mañana, Filippa respiró despacio y pensó que ya estaba hecho. Que ya no había vuelta atrás. Y que eso, de una manera extraña, era también una forma de alivio.

El almuerzo posterior se celebró en casa de Rose, que lo había organizado con esa generosidad discreta suya que nunca hacía de los gestos grandes algo incómodo.

La mesa era sencilla pero bien puesta, con flores frescas y el mejor servicio de porcelana de la casa, y la comida que llegó de la cocina era la clase de comida que calienta de adentro hacia afuera.

La conversación fue amable, sin grandes momentos y sin grandes silencios, y Alan habló lo necesario con Andrew y poco con el resto, con esa economía suya que ya no sorprendía a nadie.

Durante todo el almuerzo, Annetta no dejó de susurrarle indicaciones a su hija con la frecuencia y la discreción de quien teme que el edificio entero se derrumbe si deja de sostenerlo:

—Sé respetuosa con él. Trata de llevarte bien. No dejes de rezar para que Dios bendiga este matrimonio.

Giuseppe, en cambio, esperó a que nadie los escuchara para inclinarse hacia ella y decirle, con esa voz baja suya que no necesitaba subir el volumen para ser una amenaza:

—No arruines todo lo que he tenido que hacer por ti. Y ni se te ocurra ponerte a escribirle a ese desgraciado. Él ya tiene a quién escribirle.

Filippa no respondió. Tomó un sorbo de agua con manos temblorosas y miró el centro de flores que había en la mesa.

Fue Rose quien la salvó, tomándola del brazo con el pretexto de mostrarle algo en el salón contiguo. Allí, lejos del ruido de la mesa, sacó de detrás del sofá un paquete envuelto en papel marrón y atado con un lazo de seda azul.

—Es para ti. Lo hice yo misma.

Filippa lo desenvolvió con cuidado. Era un cuadro de tamaño mediano, pintado al óleo con una precisión y un amor que se notaban en cada detalle: las calles de su barrio en Nueva York, los adoquines brillantes después de la lluvia, los carruajes con sus cocheros encaramados en el pescante, las fachadas de ladrillo rojo con sus maceteros, y sobre todo eso, un cielo de un azul despejado y generoso que en el original nunca duraba tanto.

Se quedó mirándolo sin decir nada durante un momento que fue más largo de lo que pretendía.

—Es para que recuerdes de dónde vienes —dijo Rose, en voz baja.— Y para que cuando te sientas triste, recuerdes que hay días soleados en nuestra ciudad.

—Rose… —la voz no le salió bien.

—No digas nada. —su amiga metió la mano en el bolsillo del delantal y sacó un joyero pequeño, lacado en negro con perlas incrustadas en la tapa, pintado a mano con el mismo cuidado minucioso que el cuadro.— Esto también.

Filippa tomó el joyero. Lo abrió. Estaba forrado en terciopelo color crema y olía a cedro.

—Es una preciosidad. Las dos cosas. —levantó los ojos. — Muchas gracias, Rose. De verdad.

—No tienes nada que agradecer. Lo hice con mucho cariño. —La abrazó con fuerza, y Filippa se aferró a ese abrazo un segundo más de lo estrictamente necesario.— Ánimo. Te lo digo en serio: él es un buen hombre. A veces la fachada es lo que uno ve primero y lo único que parece haber, pero no es así.

Ella sonrió. No dijo que se moría de los nervios, porque ya Rose lo sabía de todas formas.

Poco después del mediodía, con el almuerzo terminado y los adioses hechos, Filippa se cambió el vestido de novia por uno de viaje más cómodo, recogió a Bruna y sus últimos baúles, y subió al carruaje que la llevaría a su nueva casa. Al lado de su nuevo marido.

La propiedad de los Látimer quedaba a unos veinte minutos a caballo de la casa de los Beresford.

El carruaje tardó algo más, porque el camino tenía una curva larga que bordeaba un campo de heno todavía sin segar, y Filippa aprovechó ese tiempo para mirar por la ventanilla sin decir nada, con las manos en el regazo y el joyero de Rose sobre las rodillas porque no había querido meterlo en el baúl todavía.

Alan iba sentado frente a ella, con los brazos cruzados y la vista en el camino exterior. No habló durante el trayecto. Ella tampoco.

Cuando el carruaje giró por el camino de entrada y la casa apareció entre los árboles, Filippa se inclinó hacia el cristal con una mezcla de curiosidad y cautela.

Era una propiedad grande, de fachada georgiana en piedra clara con cuatro ventanales en la planta alta y una puerta principal de roble que debía de haber sido imponente cuando la barnizaban con regularidad.

Los jardines estaban descuidados, los rosales sin podar, la hiedra crecida sobre los muros del lateral derecho con esa libertad de lo que lleva demasiado tiempo sin que nadie le ponga límites.

Pero la estructura era sólida y las proporciones eran las de una casa que en otro tiempo había sido magnífica.

Podría volver a serlo, pensó, y no supo del todo si estaba pensando en la casa o en algo más.

Egbert los esperaba en la puerta principal, flanqueado por los dos lacayos y las dos criadas que componían el personal de la casa.

Era un hombre de unos sesenta años, espalda recta y expresión que no revelaba mucho pero que tampoco escondía nada especialmente malo, con esa dignidad tranquila de los mayordomos que llevan décadas en el mismo servicio y saben exactamente lo que valen.

—Egbert —dijo Alan, cuando bajaron del carruaje—, le presento a mi esposa Filippa Comte, Baronesa Látimer.

El hombre hizo una reverencia honda y medida.

—Es un honor conocerla, lady Látimer. Bienvenida a Látimer Hall.

—Gracias, Egbert. —Ella le sostuvo la mirada con la naturalidad aprendida de quien ha crecido rodeada de servicio doméstico.— Es un placer.

—Egbert, haz que lleven las cosas de la señora a la habitación contigua a la mía.

—Por supuesto, milord. —Una señal discreta al lacayo más joven, que desapareció hacia los baúles.

Subieron juntos la escalera principal, Egbert un paso por delante para abrir puertas, Bruna un paso por detrás cargando el bolso de mano.

La habitación que le habían destinado a Filippa era la segunda puerta a la derecha del corredor principal: amplia, con ventanas que daban al jardín trasero, papel pintado con rayas verticales que en otro tiempo debían haber sido azul pálido y dorado y que ahora eran simplemente pálido.

Una cama con dosel, una chimenea sin encender, un tocador con espejo y una silla tapizada junto a la ventana.

Alan se detuvo en el umbral.

—Espero que sea de tu agrado. Tengo algunos asuntos que atender, pero podemos encontrarnos a la hora de la cena, si te parece.

Ella lo miró.

—¿No vamos a hablar un poco? Pensé que podríamos tomar el té y tocar algunos temas que no pudimos... que no hubo oportunidad de tratar delante de los invitados.

—Podemos hacerlo más tarde.

—Oh… —Asintió. — Bien, entonces me iré instalando.

—Muy bien. —Fue hacia la puerta. Se detuvo un instante sin darse la vuelta.— Bienvenida.

Lo dijo sin emoción, de la misma manera en que se dice cualquier cosa que se sabe que hay que decir. Luego salió, y sus pasos se alejaron por el corredor con esa firmeza suya de siempre, sin prisa y sin vacilación.

Filippa se quedó de pie en el centro de la habitación durante un momento, mirando la puerta cerrada. Luego fue a sentarse en la silla junto a la ventana, con el joyero todavía en las manos.

—¿Crees que esté molesto? —le preguntó a Bruna, que ya había empezado a abrir el baúl más pequeño con la eficiencia de quien necesita hacer algo para no pensar en lo que acaba de presenciar.

—No lo creo, milady. —Sacó un chal doblado con cuidado.— Puede que sean los nervios.

—No parece un hombre que sufra de nervios.

—Trate de no pensar en eso. —Bruna dobló el chal sobre el brazo de la silla con más cuidado del necesario.— Esta noche cenarán juntos, y luego... bueno. Me imagino que él vendrá a visitarla a su dormitorio.