Capítulo 3 #4
La rabia que tenía guardada buscó un blanco y no supo bien dónde ponerse: en ella, por una superficialidad que empezaba a parecerle menos cierta de lo que había supuesto; en él mismo, por haberse dejado obnubilar por una cara bonita hasta el punto de aceptar un trato que en condiciones normales habría rechazado; en el mundo entero, por armar esas situaciones donde no había buenos ni malos sino solo personas haciendo lo que podían con lo que tenían.
Se acercó a ella. Ella no retrocedió esta vez, aunque él vio el esfuerzo que le costó quedarse quieta.
—¿Ve esta cicatriz? —La señaló con un movimiento breve de la cabeza, sin dramatismo.
—Sí. —Los ojos de ella la miraron de reojo.— Ya la veo.
Él tomó su mano y la llevó despacio hacia su rostro.
Filippa no pudo evitar tensarse, pero no la retiró.
Dejó que sus dedos tocaran la piel corrugada de la mandíbula, la textura irregular que el fuego había dejado, y lo miró con una expresión que era horror mezclado con algo que no era exactamente lo contrario del horror sino algo diferente, algo que él no supo nombrar.
—Esto es algo con lo que va a tener que vivir el resto de su vida —dijo, con esa voz tranquila que usaba cuando quería que las palabras llegaran sin interferencias.
—¡Lord Látimer! —retiró la mano. — Por favor, suélteme.
Él la soltó.
—Desde que la vi pensé que era la mujer más hermosa que había conocido.
Una verdadera dama de sociedad. —Se alejó hacia la ventana.
— Pero he venido tres veces esta semana, y lo único que he encontrado es distancia y altivez.
Quería que esto fuera fácil para usted. Quería que pudiéramos conocernos, que hubiera algo parecido a una amistad sobre la que construir el matrimonio.
Pero ha quedado muy claro que para usted casarse conmigo es algo terrible, y que cada vez que ve este rostro siente una incomodidad que no sabe esconder.
—Yo nunca he dicho eso. —Filippa apretó los dedos uno contra otro hasta que le dolieron.— No soy de las personas que juzgan a los demás por su aspecto.
—No ha necesitado decirlo. —Fue hacia la puerta.— Creo que lo mejor será que nos veamos el día de la boda. Así se ahorra el horror de tener que verme estos días, que de todos modos debería pasar con tranquilidad.
Ella lo alcanzó antes de que llegara al umbral.
—Por favor. —le puso la mano en el brazo, y fue el primer gesto físico voluntario que había hecho hacia él desde que empezaron las visitas. — Esto no es fácil para mí. Necesito tiempo para acostumbrarme a todos estos cambios. Pero jamás fue mi intención hacerle daño, ni ofenderle.
Él bajó los ojos a la mano de ella en su brazo. Luego la miró a la cara.
—De todas formas creo que es mejor que tenga tiempo para los preparativos sin que mis visitas la molesten. —Salió del salón con paso parejo, sin dar portazo, sin mirar atrás.
Filippa se quedó de pie en el centro del salón vacío. Bruna había bajado el bordado al regazo y la miraba con esa expresión discreta de las doncellas que saben todo y no dicen nada. Por la ventana, el sonido de los cascos de su caballo se fue apagando en el camino de grava hasta desaparecer.
Ella sintió una terrible vergüenza porque por su manera de comportarse lo había hecho sentir mal.
Pero además se instaló en ella una sensación de angustia de qué esa actitud fría y déspota que acababa de ver en el, fuera algo normal, más adelante cuando estuvieran casados.
Al principio albergó la esperanza de no tener que casarse con él, pero la boda era en muy poco tiempo.
Desde el anuncio del compromiso hasta la boda que era en dos días, solo habían pasado dos semanas y aunque pensó en fugarse cuando se lo contó finalmente a su amiga Rose, ella le había dicho que lo mejor era que no lo hiciera porque ahora no estaba ella sola, había otra vida en juego.
Luego Rose le dijo la noticia sobre David.
No de manera cruel, sino con esa honestidad suya que prefería la incomodidad del momento a la mentira cómoda. Estaba comprometido con una de las hermanas Vanderbilt. Llevaba semanas comprometido, desde casi antes de que ella embarcara hacia Inglaterra.
Su padre se lo echó en cara esa misma tarde, con toda la precisión de un hombre que sabe dónde apuntar para que duela más.
Le dijo que debería darle gracias a Dios por el Barón, que sin él ese niño que llevaba en el vientre no tendría futuro ni nombre, y que ella debería recordar eso cada mañana al levantarse.
Filippa escuchó todo sin decir nada. Luego subió a su habitación, cerró la puerta, y se sentó en el borde de la cama con las manos en el regazo y los ojos secos, porque ya no le quedaban lágrimas para David.
Lo que quedaba era una claridad fría y sin piedad: el hombre al que había amado eligió su propio camino en cuanto dejó de convenirle esperar.
Y ella, que había creído en ese amor con toda la convicción que da la ignorancia, se casaría dentro de dos días con un hombre al que apenas conocía.
Ahora ella andaba como muerta en vida después de esa terrible decepción del que pensaba era el amor de su vida.
Ya no le importaba casarse con un hombre que no amaba, pero al menos le habría gustado hacerlo con alguien distinto a su padre, no con un individuo déspota que al parecer no la trataría muy diferente a como ya la trataba su padre.