Capítulo 3 #3
El padre de Filippa era exactamente la clase de hombre que él había visto demasiadas veces: uno que convertía a las personas que amaba en instrumentos de su propia ambición sin reconocer que eso no era amor sino su contrario.
Si no era él quien aceptaba ese trato, habría otro.
Alguien que viera la dote y la belleza y a quien el embarazo le importara un demonio.
Alguien que no pensara en la mujer que habría detrás del vientre, en lo que sentiría, en lo que necesitaría.
La imagen que tenía de ella desde aquella cena era precisa y persistente, como son las imágenes de las cosas que uno mira sin querer pero sin poder evitar: esa silueta perfecta en el vestido verde, los ojos ámbar que lo habían evitado durante toda la velada con una consistencia que a él le resultó casi más significativa que si lo hubieran buscado, la manera en que se había acercado a su madre cuando pensaba que nadie la observaba, el gesto pequeño e inconsciente de quien busca refugio.
Luego pensó en aquel día cuando ella tomaba el sol y leía un libro cerca de la propiedad, y lo hermosa que se veía.
¿Qué dirá la elegante señorita Comte cuando se entere de quién va a ser su esposo?
Una esquina de su boca se movió, sola, hacia arriba.
Tomó el cincel.
Las dos primeras visitas fueron exactamente lo que podían esperarse de dos personas que no querían estar en la misma habitación pero que las circunstancias habían encerrado allí: torpes, breves, llenas de silencios que ninguno de los dos sabía cómo llenar.
Filippa llegaba puntual, con la espalda recta y los ojos hinchados de haber llorado antes, y se sentaba en el sofá con las manos juntas en el regazo como si estuviera esperando a que la llamaran a declarar.
Él llegaba igualmente puntual, tomaba el sillón frente a ella, y los dos pasaban la media hora siguiente intercambiando frases del tipo que podrían haberle dicho a cualquier desconocido en un andén de tren.
Fue en la tercera visita cuando ocurrió algo que ninguno de los dos mencionó después, aunque Filippa tardó varios días en sacárselo de la cabeza.
Alan llegó esa tarde al salón de música de la casa de los Beresford sabiendo que ella ya estaba allí.
La puerta permanecía abierta de par en par, como exigía la etiqueta para cualquier encuentro entre un caballero y una señorita no casada, y Bruna bordaba en el rincón más alejado con esa expresión de invisibilidad profesional que las doncellas bien entrenadas dominan como un arte.
El salón olía a cera de velas y a las flores frescas que alguien había puesto sobre el piano, astromelias blancas que llenaban el cuarto con su aroma suave y constante.
Ella estaba de pie junto a la ventana cuando él entró, con la mirada en el jardín exterior y una actitud de persona que lleva un rato sin pensar en lo que está mirando.
Se dio la vuelta al escuchar sus pasos, hizo su inclinación de cabeza, y los dos se instalaron en los sitios de costumbre con esa mecánica ya aprendida de los segundos encuentros.
La conversación avanzó por los cauces habituales durante un rato: el tiempo, que había mejorado, las tierras de los alrededores, que Filippa encontraba hermosas.
Él respondía con esa economía suya de palabras que ella había empezado a reconocer no como frialdad sino como una forma de hablar: pocas frases, pero cada una en su sitio exacto, sin relleno.
En un momento dado, ella se levantó.
No fue hacia él, fue hacia el piano, con el pretexto de buscar unas partituras que había dejado sobre el instrumento. Necesitaba moverse, hacer algo con las manos que no fuera seguir apretándolas en el regazo. Tomó las hojas y se quedó mirándolas sin verlas.
—¿Toca usted? —preguntó él desde el sofá.
—Algo. —Una pausa.— No muy bien.
—¿Le gustaría?
Ella lo miró por encima del hombro.
—¿Tocar?
—Sí.
—En este momento no, la verdad.
Él asintió. Y luego se levantó.
Filippa no lo escuchó acercarse hasta que ya lo tenía a un paso de donde ella estaba, junto al piano, con la mano extendida hacia las partituras con una pregunta en los ojos que no llegó a ser verbal.
Se las dio sin decir nada. Él las revisó en silencio, con esa concentración suya que excluía cualquier cosa que no fuera el objeto de su atención, y luego colocó una sobre el atril con una precisión que sugería que sabía exactamente lo que hacía.
Sus manos sobre las teclas fueron suaves.
Los primeros compases de la melodía llenaron el salón con esa facilidad que tienen las canciones antiguas, las que conocen el camino de memoria.
Filippa la reconoció en el segundo compás, y el reconocimiento llegó al cuerpo antes que a la mente: una sensación en el pecho, algo que se aflojaba de golpe, porque esa melodía era la cocina de los domingos en Nueva York, era el delantal de su madre manchado de harina, era el italiano mezclado con el olor a pan en el horno.
Se llevó la mano al pecho sin pensarlo.
Él dejó de tocar. La miró.
—¿La reconoce?
—Mi madre la cantaba. —La voz le salió más baja de lo que pretendía.— Siempre, cuando amasaba el pan los domingos.
Alan no dijo nada. Bajó los ojos a las teclas un momento, con una expresión que ella no supo leer, y luego la miró de nuevo.
Y fue entonces cuando ella se dio cuenta de la distancia, o de la falta de ella: él de pie frente al piano, ella sin haberse movido del lugar donde estaba cuando él se acercó, de manera que ahora podía ver los hilos dorados en su cabello rubio con la claridad de quien está demasiado cerca, y el lugar exacto donde la piel sana de su cuello se volvía piel marcada en la mandíbula.
Podía oler su colonia, algo sobrio y limpio que tenía un fondo a madera, ese olor que ya empezaba a reconocer como suyo.
—Es una canción de Nápoles —dijo él, en voz baja.
—Lo sé —respondió ella, igual de baja.
Sus ojos se encontraron. Los de él, grises y directos, con esa expresión que ella todavía no había aprendido a descifrar del todo. Los de ella, que bajaron un instante, involuntariamente, a la boca de él, y volvieron a subir con una rapidez que rezó para que no se hubiera notado.
En el rincón, Bruna levantó la vista de su bordado.
Se oyeron pasos en el pasillo.
El momento se rompió como se rompe el hielo fino cuando uno lo pisa sin querer: de golpe, sin aviso, y con el sonido exacto de algo que no debería haberse roto.
Filippa dio un paso atrás. Él recogió las partituras del atril con una calma que no traicionó nada, las ordenó, y se las devolvió.
—Es muy bonita —dijo ella, refiriéndose a la melodía, con una voz que esperaba sonara completamente normal.
—Sí. —Sostuvo su mirada un instante más.— Lo es.
Volvió al sofá. Retomó la conversación exactamente donde la habían dejado, con esa habilidad suya de moverse entre los momentos como si no hubiera pasado nada que necesitara comentario.
Filippa se sentó también, con las partituras en el regazo y el pulso acelerado de una manera que no tenía ninguna proporción con lo que había ocurrido.
Que no había sido nada. Que no podía ser nada.
Que de todas formas le duró en la memoria varios días.
Alan llegó puntual a su visita de esa semana, como a todas, aunque esa tarde caminaba por el salón con más inquietud de lo habitual. Cinco minutos después, Filippa entró por la puerta.
Llevaba un vestido de encaje color lila que hacía algo con la luz de la tarde que él no supo describir con exactitud, solo que el efecto era el de una mujer que no necesitaba hacer ningún esfuerzo adicional para ser la persona más notable en cualquier habitación en la que estuviera.
Era una mezcla extraña de rasgos, italiana y americana en proporciones difíciles de separar, y sin embargo lo que resultaba de esa mezcla era algo que se parecía más a la Inglaterra de los cuadros que a ningún otro lugar.
Se movía con esa cadencia inconsciente de las mujeres que nunca han necesitado pensar en cómo se mueven porque siempre ha sido así de natural.
Él se preguntó, no por primera vez, si ella tendría idea del efecto que producía.
—Buenas tardes, Lord Látimer.
—Buenas tardes, señorita Comte. —Le tomó la mano que ella extendió y la besó, con el tiempo justo que prescribía la etiqueta.
Ella retiró la mano con una discreción perfecta. Pero él vio el paso que dio hacia atrás, breve, casi imperceptible, cuando él se acercó un poco más. Y eso, ese paso tan pequeño que podría haber pasado por un ajuste de postura, lo molestó con una intensidad que no esperaba.
No por lo que significaba de ella. Sino por lo que significaba de él.
—¿Puedo llamarla Filippa? —Fue lo primero que dijo, cuando el silencio se instaló entre los dos.— Creo que dadas las circunstancias sería lo apropiado.
Ella dudó. Luego asintió.
—En estas circunstancias, sí. Creo que lo es.
Sus manos, él lo notó, no estaban quietas. Las tenía entrelazadas con fuerza, los nudillos algo pálidos, como si necesitara que una sostuviera a la otra.
—Soy consciente de que esta situación no es normal para ninguno de los dos —dijo él.— Por el bien de ambos deberíamos intentar conocernos mejor. No quiero apresurar nada.
—No lo hace, señor. —La voz era firme, pero algo debajo de ella no lo era.— Yo sé perfectamente lo que ha ocurrido. Es la consecuencia de mis propios actos, y no puedo cambiar nada de lo que ya pasó.
Alan la miró. La tristeza con que lo decía no era melodramática: era llana, sin adornos, la de quien ya sabe que no hay vuelta atrás y ha decidido decirlo sin quejarse. Eso no era lo que él había esperado encontrar.