Un Barón Desconfiado (Serie "A La Caza De Un Noble" nº 4) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Trabajaba con el cincel con una concentración que excluía todo lo demás.

Eso era lo que más le gustaba de la carpintería: que exigía el cien por cien de la atención, o la madera te lo hacía pagar con un corte en la fibra que arruinaba horas de trabajo.

No había espacio para pensar en las deudas de su tío, ni en los acreedores que Wilson le había enumerado con esa paciencia suya de notario, ni en el título que llevaba su apellido desde hacía pocas semanas y que todavía le quedaba tan extraño como un abrigo de otra persona.

Su padre era carpintero, y le había enseñado todo lo que sabía porque decía que en la vida un hombre debía tener un oficio para ganarse la vida y no estar pensando en tonterías.

Cuando su padre nació tuvo la mala suerte de ser el menor de tres hijos de un terrateniente y sabía que no le tocaría fácil para labrarse una vida.

Se llevaba más o menos bien con su tío soltero, que había conseguido su título como agradecimiento del Rey.

Ahora Alan, era Barón Látimer y fue casi por accidente ya que su familia no estaba emparentada con la nobleza.

Sabía que cualquier persona que lo viera haciendo eso pensaría que era algo vulgar.

Pero a él le encantaba hacerlo, se relajaba con el sonido del cincel y el martillo.

Adoraba la rugosidad y luego la suavidad y la uniformidad de la madera después de lijarla.

Tomar un trozo enorme de madera y moldearlo hasta convertirlo en algo hermoso, era algo sublime para Alan, y de paso lo ayudaba a no pensar tanto en su futuro, en su cicatriz o en las deudas.

Egbert apareció en la puerta del taller con esa discreción suya de mayordomo que sabe que está interrumpiendo pero tiene sus razones.

—Milord. Un señor Comte desea verlo.

Alan levantó la vista del cincel, despacio.

—Egbert. ¿Es que no ves que estoy trabajando?

—Sí, milord. —Una pausa breve.— Pero el caballero dice que es urgente. Que es sobre la señorita Comte.

El nombre detuvo algo en él que el cincel no habría parado.

—¿Lo hiciste pasar?

—Por supuesto, milord.

Alan dejó el cincel sobre el banco, se limpió las manos en el paño que colgaba del gancho junto a la ventana, y fue a cambiarse la camisa de trabajo por algo que un baron podía ponerse para recibir visitas. No tardó mucho. Tenía poca paciencia para los espejos.

Cuando entró al salón principal, Giuseppe Comte se paseaba de un lado al otro con esa energía nerviosa suya que hacía que los espacios que ocupaba parecieran más pequeños.

Al ver entrar a Alan se detuvo y compuso una expresión que pretendía ser amistosa, aunque tenía el mismo éxito que una máscara con los ojos mal colocados.

—Buenos días, Lord Látimer.

—Buenos días. —Alan no le dio la mano.— Lamento la visita sorpresiva, señor Comte. Si hubiera anunciado su llegada con un día de antelación, habría podido recibirle como corresponde.

No era solo cortesía lo que le faltaba al saludo: era una advertencia. Giuseppe lo notó, porque el hombre era astuto aunque no fuera inteligente, y carraspeó.

—En realidad he venido para hablarle de un asunto que creo que le va a interesar.

Alan lo miró. Lo había observado aquella noche en la cena de los Beresford con la atención callada que usaba para tomar la medida de las personas que le importaba entender bien: la forma en que llevaba a su hija del brazo de un hombre a otro como si presentara un artículo en un mercado, la manera en que sus ojos calculaban título y fortuna antes de que ningún caballero hubiera abierto la boca, la expresión de satisfacción apenas disimulada cuando Lord Abbey hizo su reverencia.

Lo que vio no le gustó. Le gustó todavía menos ahora, viendo al hombre en su propio salón con esa sonrisa que era dinero disfrazado de simpatía.

—He sabido que hace poco recibió usted el título de Barón —comenzó Giuseppe, con el tono de quien lleva un regalo bajo el brazo y quiere que se note—, y que su situación económica podría ser... algo comprometida en este momento.

Alan no respondió. Esperó.

—Estoy dispuesto a ofrecerle una dote considerable por mi hija.

Una cantidad que le permitiría liquidar las deudas de su tío y tener capital para trabajar.

Además de eso, le daría acciones en una empresa americana que va muy bien.

Y por supuesto, sonrió—, tendría a su lado a una mujer hermosa y educada, perfectamente preparada para ser la dama de una casa noble.

El silencio que siguió duró exactamente lo necesario para que Giuseppe empezara a ponerse nervioso.

—¿Y todo eso a cambio de qué? —dijo Alan, al fin.

—De una nimiedad. —la sonrisa se ensanchó. — De que le dé su apellido. Y el título de baronesa, naturalmente.

Alan lo miró con esa calma suya que los hombres que lo conocían poco interpretaban como frialdad y los que lo conocían bien sabían que era otra cosa.

—No veo por qué le interesaría casarme con su hija a mí, señor Conte.

Soy un barón con deudas y con este rostro.

Hay hombres de mejor título y mejor apariencia que estarían encantados con esa dote.

Me gustaría que fuera totalmente honesto conmigo.

No soy un muchacho al que se puede manejar fácilmente.

El rastro de la sonrisa desapareció. Por primera vez en la conversación, Giuseppe lo miró sin cálculo, con algo que se acercaba más a la verdad.

—Mi hija... Pippa es una chica joven e ingenua. Se dejó seducir por el hombre con quien iba a casarse, un canalla que solo quería su posición y su dinero. —bajó los ojos un momento. — La ha dejado en una situación comprometida.

—Qué hombre tan reprehensible —dijo Alan, con una voz perfectamente neutral.— Creo haber visto ese tipo de comportamiento recientemente, aunque no recuerdo exactamente dónde.

La mirada que le dirigió era suficientemente directa para que no hubiera malentendidos. Giuseppe se puso rígido.

—Si lo que insinúa es que yo estoy haciendo lo mismo, está completamente equivocado. Yo hago esto por mi hija.

—No lo creo. —Sin hostilidad, sin énfasis.— Creo que lo hace por usted. Sin embargo, no voy a negarle que ella me gusta. Desde aquella cena en casa de los vizcondes me gustó.

Giuseppe se acomodó en su silla, recalibrando.

—Entonces podemos llegar a un arreglo.

—Su hija es una persona, señor Comte, no una propiedad.

—Alan se puso de pie y caminó hacia la chimenea, con las manos cruzadas a la espalda.

— Si a usted no le interesan sus sentimientos en este asunto, a mí sí.

No pienso presentarme en su puerta un día de estos a anunciarle que nos vamos a casar porque su padre lo ha decidido.

Giuseppe pareció recalcular.

—Por supuesto que no. No hace falta llegar a tanto.

—Puede ir a visitarla en los próximos días. Le daré dos semanas para que se conozcan un poco mejor. Luego haremos los arreglos para la boda. ¿Hablará usted con ella primero?

—Prefiero hacerlo yo mismo. —Y antes de que Giuseppe pudiera objetar:— No debe ser sencillo para una mujer saber que va a casarse con un extraño. Al menos puedo darle tiempo para acostumbrarse a la idea.

—Se hará como usted diga. —Giuseppe se puso de pie, con la satisfacción visible del hombre que ha conseguido lo que quería.— Hay una última cosa que debo mencionarle.

Alan alzó una ceja.

—Pippa... está embarazada.

La frase cayó en el silencio del salón y allí se quedó. Alan lo miró. Lo miró durante varios segundos sin decir nada, con esa atención suya que se volvía más quieta cuanto más intensa era.

—De modo que el hombre no solo la sedujo, y la dejó en una situación comprometedora, sino que la embarazó. Y ahora usted viene a proponerme que la tome, aprovechando que sabe que necesito dinero. —No era una pregunta.

—Yo no lo pondría de esa manera.

— ¿Y cómo lo pondría, señor Comte?

Giuseppe abrió las manos con un gesto que pretendía ser razonable.

—Usted necesita una esposa para continuar el título y necesita capital para saldar sus deudas. Yo le ofrezco las dos cosas. Diría que soy yo quien le debe a usted.

—Me debe, y bastante. —Alan fue a la ventana y miró el jardín un momento.— Porque nadie querrá a una joven en esa situación, por mucho dinero que traiga consigo.

—Entonces estamos de acuerdo.

—No he dicho que sí. —Se dio la vuelta.— Pero tampoco he dicho que no.

Giuseppe contuvo la sonrisa que se le quería escapar, porque sabía que era demasiado pronto para sonreír.

—¿Quiere que hable con ella? Podría empezar a visitarla desde mañana mismo si lo desea.

—Hable con ella. Dígale lo que tiene que saber.

—Alan caminó hacia la puerta del salón, señalando con el gesto que la entrevista había terminado.

— Yo iré al día siguiente, para darle tiempo de digerir todo esto.

Y solo le digo una cosa, señor Conte: no quiero que por ningún motivo la haga sentir mal al comunicárselo.

Si me entero de que la ha humillado o hecho sentir mal en cualquier forma…

—Por supuesto que no.

—Y cuando hable con ella, no le comente los términos de nuestro acuerdo. Eso queda entre usted y yo.

—¿No cree que ella lo supondrá de todas formas?

—No tiene por qué suponer nada si usted no se lo dice.

Giuseppe salió de la casa con el paso liviano de quien acaba de ganar una partida importante. Egbert lo acompañó hasta la puerta con su ceremonia habitual, y Alan escuchó el sonido del carruaje alejándose por el camino de grava antes de volver al taller.

Se quedó de pie junto al banco de trabajo sin tomar el cincel. La silla a medio terminar lo miraba desde el banco con su paciencia de madera, y él la miró de vuelta, pensando.