Capítulo 3
Filippa volvió en sí con el olor a sales de amoníaco quemándole la nariz.
Abrió los ojos despacio, desorientada, sin saber durante un instante dónde estaba ni cómo había llegado hasta la cama de su habitación.
El techo era el correcto, con su moldura de yeso y la pequeña mancha de humedad en la esquina que había descubierto el primer día.
Junto a ella había un hombre que le sostenía la muñeca con dos dedos, buscando el pulso con la concentración tranquila de quien ha hecho esa misma cosa centenares de veces.
Al otro lado, su madre lloraba con las manos en la cara, con ese llanto contenido y silencioso de las mujeres que llevan años practicando el arte de llorar sin que nadie las escuche demasiado.
—Hija, gracias a Dios. —Annetta le tomó la otra mano. — Te desmayaste.
—No sé qué me pasó. —La voz le salió ronca.
—Estabas con Rose en el jardín y de repente caíste. Nos diste un susto terrible.
Filippa intentó incorporarse. El médico, un hombre de pelo cano y expresión bondadosa que ella no había visto antes, puso una mano con suavidad en su hombro.
—Con calma, señorita Comte. No hay prisa.
—Oh, Dios mío. —Recordó el jardín, el sendero, el cielo girando.— Qué vergüenza tan grande.
—No tiene por qué sentirse así. —Retiró los dedos de su muñeca y la miró con algo que no era solo cortesía profesional.— Lo que le ha ocurrido es algo perfectamente normal dada su situación.
Ella frunció el ceño. Annetta levantó la cabeza.
—¿Su situación? —preguntaron casi al mismo tiempo.
—Su estado, señorita. —El médico escogió la palabra con cuidado, como quien escoge el instrumento menos afilado para hacer una incisión necesaria.— Cuando una mujer está embarazada y no descansa lo suficiente ni se alimenta como debe, el cuerpo eventualmente cobra su deuda.
Annetta se tapó la boca con las dos manos.
—Lo sabía. Dios mío. ¿Ahora qué va a pasar?
—Por favor. —Filippa se incorporó de golpe, con más fuerza de la que le quedaba, y miró al médico directamente.— Por favor, doctor, no se lo diga a mi padre.
El hombre sostuvo su mirada un momento. En sus ojos había compasión genuina, y también algo que se parecía al pesar de quien debe decir lo que nadie quiere escuchar.
—Lo siento mucho, señorita. Pero su padre, al escuchar lo que le había ocurrido, me pidió específicamente que la examinara para... —Se detuvo, buscó las palabras adecuadas.— Para confirmar que todo estaba en orden. Que usted se encontraba en el mismo estado en que salió de su casa en Nueva York.
Filippa cerró los ojos. Por supuesto que lo había pedido. Por supuesto.
—Hija. —La voz de su madre era baja, tensa, la voz que usaba cuando intentaba razonar en el espacio muy estrecho que Giuseppe le dejaba para hacerlo.— Ya no puedes hacer nada al respecto. Lo mejor es que te prepares para cuando él se entere.
—¡Pero madre!
—Debo salir a hablar con su padre y con el vizconde —dijo el médico, y había en su tono algo que era tanto disculpa como advertencia.— Con su permiso.
Salió de la habitación con ese paso discreto que tienen los hombres que han aprendido a moverse alrededor de la tragedia ajena sin pisarla. La puerta se cerró. Filippa y su madre se quedaron solas, y el silencio que cayó entre las dos tuvo el peso de todo lo que ninguna dijo.
Annetta se sentó en el borde de la cama y la rodeó con los brazos.
Filippa se dejó sostener sin resistencia, con la cara contra el cuello de su madre, y lloró con esa clase de llanto que ya no tiene mucho que ver con el miedo sino con la rendición.
Su madre le acariciaba el cabello y rezaba en italiano en voz muy baja, esas oraciones cortas y urgentes que se dirigen a la Virgen y no a Dios porque la Virgen, al menos, había sido mujer y sabía lo que era no poder hacer nada.
Cinco minutos después, la puerta se abrió de golpe.
Giuseppe Comte entró en la habitación como entra un temporal, con esa energía suya de hombre que transforma el espacio que ocupa en función de su propio estado de ánimo.
Tenía la cara encendida de una manera que Filippa había aprendido desde niña a interpretar: no era solo furia, era esa clase particular de humillación que en él siempre se convertía en violencia.
—¿Cómo pudiste hacerme esto? —Su voz era un susurro, que era peor que un grito.— Eres una golfa. Has destruido mi vida y de paso la tuya. Tu futuro se veía tan prometedor, y lo has tirado todo por la borda.
—Padre, por favor. —Filippa se puso de pie, aunque las piernas le temblaban.— No hay necesidad de...
—Ese bastardo no va a nacer.
Se abalanzó hacia ella. Filippa retrocedió instintivamente, y lo que habría ocurrido a continuación no ocurrió porque Damián Beresford, que había seguido a Giuseppe escaleras arriba con el paso rápido de quien ya sospechaba lo que iba a encontrar, se interpuso entre los dos con una solidez tranquila y completamente inamovible.
—En esta casa —dijo el vizconde, con una voz de una calma que cortaba más que cualquier grito— ningún hombre le pone la mano encima a una mujer. Ni a mi esposa, ni a ninguna persona bajo mi techo. Le pido que se calme, señor Comte, y que recuerde dónde está.
Giuseppe lo miró con los ojos inyectados de sangre.
—Yo puedo hacer lo que me dé la gana con mi familia.
—Es posible que en otras circunstancias sí.
—Damián no se movió un centímetro.— Pero no será aquí.
Y le aconsejo calmarse y pensar con cabeza fría en lo que va a hacer, porque con esta actitud lo único que va a conseguir es un ataque al corazón.
Y eso, señor Conte, sería mucho peor para el futuro de su hija y de su esposa.
Hubo un silencio tenso como una cuerda a punto de romperse. Luego Giuseppe salió de la habitación, y el portazo que dio al cerrar hizo temblar el espejo del tocador.
Damián miró a Filippa un instante. Inclinó la cabeza, apenas, en un gesto que no necesitaba palabras, y salió también, con mucho más cuidado al cerrar la puerta.
Annetta corrió a abrazar a su hija. Filippa se dejó sostener sin decir nada, mirando el espejo donde su reflejo la miraba de vuelta, y pensó que el mundo tenía una forma de volverse más pequeño de golpe, sin aviso, como si alguien hubiera empujado las paredes desde afuera.
Tres puertas más abajo en el mismo corredor, Giuseppe Comte se paseaba de un extremo al otro de la habitación de invitados que le habían asignado, con los pasos rápidos y sin destino de un hombre que necesita que su cuerpo haga algo mientras su cabeza trabaja.
Salió de allí molesto y con ganas de matar a alguien pero pensó que sí que si sacaba su familia de casa del vizconde no tendría su ayuda para poder conseguir algún hombre que se interesará en su hija, ya nadie en Inglaterra y mientras Filippa tuviera el apoyo de dos miembros respetables de la sociedad y muy bien relacionados con la nobleza, sería favorable para ella.
La rabia de los primeros minutos se fue enfriando poco a poco, y en el espacio que dejó empezó a crecer algo diferente: el cálculo.
Giuseppe era muchas cosas malas, pero no era estúpido.
Sabía cuándo la situación exigía furia y cuándo exigía estrategia, y ahora mismo, en una casa ajena, sin contactos en Inglaterra y con una hija embarazada que era su única moneda en el tablero, la estrategia ganaba.
Repasó mentalmente lo que tenía. La dote era considerable, eso no había cambiado.
El embarazo era un problema, sí, pero no insalvable si encontraba al hombre correcto.
El hombre correcto, en este caso, debía ser alguien con suficiente necesidad de dinero como para que el embarazo resultara un inconveniente menor, y con suficiente necesidad de una mujer hermosa como para que la belleza de Filippa inclinara la balanza.
Se devanó los sesos pensando en cómo hacer para casar a Filippa con un hombre adinerado y con posición, si ahora era una mujer arruinada y con un bastardo en su vientre.
De ninguna manera la iba a casar con ese bueno para nada de David.
Esa familia no tenía ni un peso y él no los iba a mantener.
Pero…ningún hombre se aguantaría casarse con una mujer que ya estaba embarazada de otro se dijo mientras iba de un lado a otro por la habitación.
De repente una idea llegó a su mente, había visto la forma en la que ese hombre… el desfigurado, miraba a su hija.
El tipo era un barón y aunque no era lo que había pensado para ella, al menos era de la Nobleza y estaba seguro de que él la deseaba. Como ni en sus mejores sueños podría imaginarse al lado de una belleza como ella, seguro podría aceptar un buen trato.
Ahora empezaba a sentirse mejor, tal vez sí le hacía una visita al barón Látimer, este aceptaría una muy importante dote junto a una hermosa mujer, qué sería un perfecto adorno para su casa. Lo único que tendría que hacer a cambio de eso, es darle su apellido y el título de baronesa.
¡Oh sí!, pensó entusiasmado. Ahora veía claramente su futuro. Todavía tenía oportunidad de cumplir su sueño y al menos cobrarle a esa chica ingrata y estúpida, todos los años que la mantuvo y la llenó de lujos.
*****
A veinte minutos a caballo de la propiedad de los Beresford, en la casa grande y algo descuidada que ahora llevaba el nombre de Barony Látimer, Alan Sullyard estaba en su taller.
El taller era un espacio al fondo del jardín trasero, alejado de la casa principal, con ventanas amplias hacia el norte para aprovechar la luz sin el calor directo del sol.
Olía a serrín fresco y a aceite de linaza, ese olor limpio y terroso que para él era más tranquilizador que cualquier cosa que hubiera encontrado en los salones de la nobleza.
La silla que estaba construyendo llevaba tres días sobre el banco de trabajo: patas de roble torneadas, respaldo curvo que él mismo había diseñado en un papel cuadriculado, el asiento todavía en bruto esperando el formón.