Capítulo 2 #4
—¿Lo crees? Yo pensé que estaba molesto por alguna razón.
Rose se echó a reír, una risa larga y genuina que hizo volar a dos palomas del manzano más cercano.
—Yo también tuve esa impresión la primera vez que lo conocí. Pero si tienes la ocasión de volver a verlo con más calma, notarás que te equivocabas.
—De todas formas merece la felicidad como cualquier otra persona.
—Estoy completamente de acuerdo.
Caminaron un rato en silencio, con las hojas crujiendo bajo sus botines. Luego Filippa levantó la vista de los adoquines.
—Rose, lo que no entiendo... ¿cómo ocurrió lo de su rostro?
El gesto de su amiga se entristeció, y fue un cambio genuino, no de cortesía.
—Fue en la guerra, hace unos años. Lo tomaron prisionero los franceses.
Lo interrogaron, lo torturaron. —Hizo una pausa.
— Él no soltó información. Al final lo dieron por muerto y lo dejaron en un calabozo.
Afortunadamente, una división del ejército que seguía de cerca a los franceses atacó ese puesto, y cuando los soldados huyeron, lo encontraron en un estado...
muy precario. Estuvo semanas entre la vida y la muerte.
Los pies de Filippa se detuvieron solos.
—Dios mío. Un hombre solo en la oscuridad de un sótano, con el fuego ya apagado pero la piel todavía ardiendo. —Qué terrible debió ser.
—Para cualquier hombre, querida. —Rose reanudó el paso y ella la siguió.
— El Alan de antes era alegre, sociable.
Tenía mucho éxito entre las damas, como te dije.
Después de eso solo se refugió en la casa que heredó de su tío, y allí ha quedado.
Cuando viene a algún evento es porque verdaderamente lo desea, y porque conoce bien a quienes estarán.
Damián lo conoce desde la escuela, y también conoció al tío.
Con nosotros se siente en confianza. Pero en Londres la cosa es diferente.
Casi nunca va durante la temporada porque la gente...
—Dudó.— La gente de sociedad puede ser muy cruel, y no se lo perdona a nadie el tener un defecto, por más que ese defecto sea la prueba de un heroísmo que ninguno de ellos tendría el valor de imitar.
Filippa apretó los labios. La rabia que le subió fue rápida y limpia.
—Es muy injusto.
—Lo es. —Rose suspiró.— Yo misma le digo a Damián que prefiero las cenas en nuestra casa y las reuniones pequeñas de buenos amigos al teatro o al propio Almack's.
Muchas veces solo hacemos acto de presencia y nos vamos.
A no ser que se trate de un baile de máscaras.
—Y aquí su voz cambió de tono, se volvió algo más ligero.
— Esos sí que me gustan, porque detrás de un antifaz uno puede ser quien quiera, y nadie puede juzgar lo que no puede ver.
—Esos son los mejores. —Filippa sonrió por primera vez en la mañana.
—Angustias también los adora. Hablando de ella...
—Quería preguntarte. —El nombre ya estaba en el aire antes de que Rose lo dijera.— Anoche estaba bastante distante, y cuando intenté acercarme, se alejó. ¿Sigue molesta conmigo?
Rose tardó un momento.
—Lo siento mucho, Pippa. Angustias es una persona excelente, la quiero muchísimo. Pero hay cosas que no se olvidan tan fácilmente como uno quisiera.
—Comprendo. —La voz le salió más apagada de lo que pretendía.
—¡Oh, no pongas esa cara! —Rose le tomó el brazo.— Solo necesitamos encontrar el momento adecuado para que habléis las dos, con calma y sin veinte personas alrededor. Una cena multitudinaria no es el lugar para arreglar nada de ese tipo. Pero confía en mí: ella olvidará.
—Espero que tengas razón. ¿Y no se instalaron aquí contigo? ¿Fue por mi causa?
—Que va. —Rose fue enfática.— Lo que sucede es que Angustias tiene una buena amiga, la marquesa de Wilmington, que también es amiga mía desde hace años.
Está pasando la mayor parte de su embarazo en su casa de campo, que queda a muy poca distancia de aquí, y les pidió a Angustias y a su marido que se quedaran unos días con ella, aprovechando que de todas formas vendrían a visitarme. Nada tiene que ver contigo.
Filippa exhaló.
—Me siento mucho más aliviada.
—Ya lo imaginaba. —Rose le dio unas palmaditas en el brazo.— No todo gira en torno a ti, querida, aunque a veces lo parezca. Todo se solucionará con Angustias, ya verás.
—Espero que sea pronto.
Caminó unos pasos más mientras el sendero giraba hacia la parte trasera del jardín, donde los rosales que el jardinero había podado la semana anterior aguardaban pelados y pacientes la llegada de la primavera.
El cielo sobre los árboles era de ese azul grisáceo de las mañanas de otoño inglesas que prometen sol pero no lo garantizan.
Y entonces el suelo se movió.
No fue gradual. Fue de golpe: el mundo giró hacia la derecha con una brusquedad que le quitó el sentido de dónde estaban arriba y abajo, y sus rodillas cedieron antes de que pudiera hacer nada al respecto.
Escuchó a Rose gritar su nombre desde algún lugar que de repente estaba muy lejos, y hubo un instante en que el cielo entre las ramas fue lo último que vio con claridad.
Después, nada.