Capítulo 2 #3
Él ató el caballo a la verja con un nudo rápido y cruzó el jardín hacia donde ella estaba. Su paso no tenía vacilación: el de alguien acostumbrado a moverse por espacios que no le pertenecen sin pedir permiso por ello.
— ¿Le molestaría que me sentara un momento? He venido a ver a Beresford por un asunto, y me han dicho que está en el establo. Me han pedido que espere.
—Por supuesto. —Se hizo a un lado en el banco, aunque el banco tenía sitio de sobra.
Él se sentó. No tan lejos como el protocolo habría exigido entre dos personas que apenas se conocen, pero tampoco tan cerca como para ser irrespetuoso.
Simplemente en el lugar que le pareció razonable, sin consultar las reglas no escritas sobre la distancia apropiada entre un caballero y una señorita.
Filippa mantuvo la mirada al frente. Era consciente de él de una manera que le resultaba difícil de explicar: no exactamente incómoda, pero sí presente, como cuando se nota el calor de una chimenea sin estar mirándola directamente.
Había estado sentada junto a hombres más guapos que él en docenas de salones de Nueva York sin que le alterara el pulso en lo más mínimo.
Y sin embargo ahora notaba cada pequeño detalle: los codos apoyados en las rodillas, los dedos cruzados sin tensión, la forma en que sus ojos grises recorrían el jardín con la calma de quien no tiene prisa por ninguna parte.
— ¿Es usted aficionada a la lectura? —preguntó él, mirando el libro en su regazo.
—Cuando el libro es bueno.
— ¿Y ese lo es?
—Todavía no lo sé. —Una pausa. — No he podido concentrarme.
La comisura derecha de su boca se movió. No llegó a ser una sonrisa, pero estuvo cerca, y fue eso, ese gesto a medias, lo que hizo que ella lo mirara de verdad por primera vez desde que se sentó.
—Italia —dijo él, de repente.
Ella frunció el ceño, sin entender.
—Lady Beresford mencionó anoche que usted es de ascendencia italiana. Yo viví en Florencia dos años, hace mucho tiempo. —Hizo una pausa breve. — Era una ciudad extraordinaria.
Algo en ella se aflojó sin que tomara la decisión de aflojarlo.
Hablar de Italia era hablar de su madre, de la cocina del domingo, del italiano que se mezclaba con el inglés en la mesa familiar, de las historias de los abuelos napolitanos que ella nunca conoció pero que Annetta describía con tanta precisión que a veces parecían reales.
—Mi madre es de Nápoles —dijo. — Dice que no hay ciudad en el mundo que huela como Nápoles en verano.
—Tiene razón. —Lo dijo sin énfasis, como quien confirma algo que ya sabía, y la miró de un modo distinto al de la cena. No esa intensidad de antes que la ponía nerviosa. Algo más tranquilo. Como si acabara de encontrar algo que no esperaba.
Ella abrió el libro sin razón concreta, solo para tener dónde poner los ojos.
El viento eligió ese momento para pasar con más decisión entre los robles, y las páginas se agitaron con violencia.
Ella las sujetó con rapidez, pero la mano de él ya estaba ahí, extendida sobre la cubierta al mismo tiempo que la suya.
Sus dedos se rozaron. Solo un instante.
Ella retiró la mano primero. El calor de ese contacto brevísimo le duró mucho más de lo que habría sido razonable, y lo notó con una especie de irritación hacia sí misma, porque no había ninguna razón sensata para ello.
Él bajó la mano despacio y volvió a mirar los árboles, como si nada hubiera pasado. El silencio que siguió no fue incómodo, que era lo más desconcertante.
Cuando el mayordomo de los Beresford apareció en el camino de gravilla para indicarle que el vizconde lo esperaba, Lord Látimer se puso de pie sin prisa, tomó las riendas del caballo, y le hizo a ella una inclinación que duró un segundo más de lo estrictamente necesario.
—Ha sido un placer, señorita Comte.
—El mío, Lord Látimer.
Lo vio alejarse, la espalda recta, el caballo caminando a su lado con deferencia, y se quedó mirando el camino mucho después de que hubiera desaparecido detrás del muro. Luego bajó los ojos al libro que tenía en el regazo.
Siguió sin poder leer una sola línea. Y lo peor es que el resto del día tampoco pudo hacer mucho y cada tanto tiempo veía el rostro de lord Látimer.
La mañana siguiente, el jardín de los Beresford a esa hora tenía una luz de acuarela, suave y sin sombras duras, que hacía que los colores del otoño, el ocre de los robles, el rojo oscuro de los arces, el verde todavía vivo del césped, parecieran pintados con más intención de lo normal.
Las dos mujeres caminaron por el sendero principal sin apresurarse, con las capas bien cerradas porque el aire mordía aunque el sol prometía.
—Estás muy callada.
—Lo sé. —Filippa metió las manos en el manguito de piel.— Solo pensativa.
—¿Qué te parecieron los caballeros de anoche?
—Muy educados y formales. —Se encogió de hombros con una indiferencia que no era del todo convincente.
—¿Solo eso? —Rose rio.
—Lord Abbey es muy guapo y agradable. Una compañía excelente en la mesa.
—Es cierto. —Pausa deliberada.— ¿Y el otro caballero?
—¿Lord Látimer?
—Sí.
Los dedos de Filippa se apretaron dentro del manguito.
—También es una excelente persona, supongo.
—Alan es un buen hombre. —Rose lo dijo con la sencillez de quien habla de alguien a quien conoce bien.
— Gallardo, valiente, justo. Y hasta ese día terrible en que lo capturaron los franceses, era también muy guapo.
Los ojos grises y esa forma suya de moverse...
Muchas damas lo buscaban, te lo aseguro.
—Todavía lo es. —Las palabras salieron solas.
Rose la miró.
Filippa se llevó los dedos a los labios, un instante tarde.
—Quise decir que... es decir, que el resto de su...
—No tienes que explicarme nada. —Su amiga sonrió, sin ninguna burla en ello.— Tienes razón, además. Merece ser feliz. No debería seguir encerrado en esa casa tan grande, solo, volviéndose cada vez más huraño.
—Tiene una mirada un poco intimidante. —Filippa tomó el camino más seguro.— No voy a negar que me incomodó un poco que me mirara así durante toda la cena.
—Por lo general no es así con la gente. Pero creo que quedó impresionado contigo, y cuando Alan se impresiona con algo lo mira con toda su atención, sin importarle mucho si eso es conveniente o no.