Capítulo 2 #2
El mayordomo eligió ese momento para anunciar que la cena estaba servida, y el grupo se puso en movimiento hacia el comedor con el alivio silencioso de quien agradece un cambio de escena.
La mesa de los Beresford esa noche era un cuadro digno de admiración: doce cubiertos de plata, candelabros de tres brazos cada uno, arreglos florales bajos de rosas blancas y romero que perfumaban el aire sin competir con el olor de la comida.
Los lacayos se movían entre los comensales como si fueran parte del mobiliario, llenando copas y retirando platos con una eficiencia que solo se nota cuando falta.
Filippa se encontró sentada frente a Lord Látimer.
Damián presidía la cabecera con esa atención ordenada que tenía para las ocasiones formales, ocupándose de que nadie tuviera la copa vacía ni la conversación parada.
No supo si fue una coincidencia o una decisión deliberada de su anfitriona, y en ese momento tampoco tenía energía para averiguarlo.
A su derecha estaba Lord Abbey, que hablaba con fluidez y amenidad sobre sus años en Sevilla, las corridas de toros, los naranjos en flor.
A su izquierda, el vicario de la parroquia local, un hombre mayor de conversación amable y pausada.
Eran buenas compañías. Debería haber sido suficiente.
Pero sus ojos volvían al otro lado de la mesa.
No era que él la mirara todo el tiempo. Era que cuando lo hacía, no desviaba los ojos cuando ella lo sorprendía.
La miraba con esa misma calma con que había mirado el jardín esa mañana, como si tuviera todo el derecho de hacerlo y ninguna prisa por disculparse.
Era un tipo de mirada que ella no había encontrado antes: no la mirada hambrienta de quien ve algo que quiere, sino la de quien observa algo que le resulta genuinamente interesante.
Procuró concentrarse en Lord Abbey, que le estaba describiendo con cierto entusiasmo las propiedades que tenía en Andalucía.
El primer plato llegó, una crema de tortuga humeante en soperos de porcelana blanca, y el murmullo general de conversación subió un tono cuando todos se inclinaron sobre sus cuencos.
Luego vino el segundo plato, y luego el tercero.
Estofado de capón con su jugo reducido, jamón cocido con hierbas, aves asadas con pequeñas flores de tomillo como adorno, una pierna de cordero en salsa blanca que olía a romero y a mantequilla, ostras hervidas en su propio licor.
La cocina de los Beresford era, en cualquier circunstancia, uno de los mejores argumentos para visitarlos.
Cuando llegó el postre, un pudín de ciruelas con crema espesa, Filippa llevaba un buen rato sin poder seguir el hilo de lo que Lord Abbey le decía. Sus respuestas eran correctas, sus sonrisas oportunas, pero la mayor parte de su atención estaba ocupada en no mirar al otro lado de la mesa.
Cuando por fin Lord Látimer se disculpó y se retiró, antes de que llegara el café, la tensión en los hombros de ella cedió tan bruscamente que tuvo que hacer un esfuerzo por que no se notara.
La conversación con Lord Abbey fluyó mejor desde entonces.
El vicario contó una anécdota sobre su último sermón que hizo reír a todos.
La velada se extendió sin prisa hasta pasada la medianoche, y cuando los últimos invitados se fueron y los lacayos empezaron a apagar las velas de los candelabros, Filippa subió a su habitación con los pies cansados y la cabeza llena de cosas que no supo cómo ordenar.
Los ladridos de un perro la despertaron.
Venían de algún lugar en el exterior, insistentes y luego callados de golpe, y la dejaron a ella completamente despierta en la penumbra de su habitación, mirando el dosel de la cama mientras el corazón le volvía a su ritmo normal.
Por la ventana entraba una luz gris y tranquila: la mañana, todavía temprana.
Bruna llegó poco después con la bandeja del desayuno pequeño, una taza de chocolate caliente que olía a canela y a algo más oscuro y reconfortante, y la posó sobre la mesilla con ese cuidado suyo de doncella que sabe cuándo no hay que hablar.
—¿Durmió bien, señorita?
—Muy bien. —Se incorporó, tomó la taza con las dos manos.
—Lady Beresford la espera abajo para desayunar.
Filippa miró por la ventana. El jardín estaba quieto bajo la mañana gris, con la hierba todavía húmeda de rocío y los rosales que ella misma había visto plantar la semana anterior sin que nadie se lo pidiera, porque tenía las manos ociosas y necesitaba hacer algo con ellas.
—Por favor, Bruna, prepara mi atuendo. El vestido malva con encajes, creo.
La muchacha fue al armario con paso eficiente, sacó el vestido, buscó los complementos, y mientras tendía todo sobre la silla fue ella quien rompió el silencio, con ese tono de quien ha estado guardando un comentario y ya no puede más.
—Señorita, si me permite decirle... el barón la miraba mucho anoche.
Filippa bajó la taza.
—¿Tú cómo lo sabes?
—Yo... estuve mirando un poco. —La muchacha se sonrojó hasta las orejas.
—Ya veo. —Pero no pudo evitar reír.
—Se ve alguien educado. Y buena persona, también. —Bruna la ayudó a ponerse el vestido con los botones de la espalda.— Yo quiero casarme, ya lo sabe usted.
—Lo sé, Bruna.
—Esperemos que no tenga que hacerlo, señorita. —Su voz se volvió más seria, más baja.— Pero veo al señor muy decidido, y me preocupa.
Filippa guardó silencio mientras la doncella le arreglaba el cuello del vestido. Tenía razón. La noche anterior su padre había mirado a Lord Abbey con la concentración de un hombre que está valorando una mercancía, y eso le había revuelto el estómago casi tanto como el embarazo.
—Eso es lo que más me teme. Si ni siquiera espera a que llegue la temporada en Londres...
Bajó sin terminar la frase.
En el comedor, el olor a tostadas y a mermelada de naranja amarga llenaba el ambiente con esa generosidad sencilla de los desayunos de campo.
Rose estaba en la cabecera, y a su lado su esposo Damián, que hojeaba el periódico con la paciencia de un hombre que ha aprendido a desayunar con interrupciones frecuentes.
En el otro extremo de la mesa, Giuseppe Comte tenía delante una taza de café que no había tocado y el aire de quien ha dormido menos que sus propios pensamientos.
—Buenos días, Pippa. ¿Cómo dormiste? —Rose le señaló la silla con un gesto.
—Muy bien, gracias. —Luego, con un cuidado medido:— ¿Durmió bien, padre?
—Muy bien —dijo él, sin levantar los ojos de su taza.
Rose cruzó una mirada rápida con su marido. Damián pasó una página del periódico.
Filippa se sentó muy recta, compuso una sonrisa para nadie en particular, y miró su plato.
Los huevos revueltos con mantequilla, que en otro momento le habrían parecido perfectos, le produjeron una oleada de náuseas que contuvo apretando los dedos contra el borde de la mesa, debajo del mantel donde nadie pudiera verlo.
—¿Pasa algo, querida? —La voz de su madre llegó desde el otro lado.
—Nada. —Tomó un sorbo de agua.— Nada en absoluto.
Masticó lo que pudo. Dejó más de lo que habría sido educado dejar. Cuando Rose le propuso salir a caminar al jardín después del desayuno, la aceptación salió antes de que ella misma terminara de formularla.
—No te demores, Filippa. —La voz de su padre llegó cuando ya estaba de pie.— Necesito hablar contigo cuando vuelvas.
Ella se detuvo un instante. No se dio la vuelta.
—Sí, padre.
*****
En los días que siguieron, la quietud del campo inglés fue haciendo su trabajo lento e imperceptible.
No fue algo que Filippa decidiera: fue algo que le sucedió, como le sucede el sueño a quien lleva demasiado tiempo sin dormir.
Una mañana se despertó y notó que no había pasado los primeros minutos del día pensando en David.
Otra tarde descubrió que había estado una hora entera escuchando a Rose hablar de su hijo sin que su mente se escapara a ningún otro lugar.
El campo inglés no ofrecía las distracciones ruidosas de Nueva York, pero tenía algo que Nueva York no tenía: el espacio suficiente para que los pensamientos se desplegaran y luego, si uno no los perseguía, se disiparan solos.
Una mañana, más cansada de las paredes que de sí misma, salió al jardín con un libro bajo el brazo.
El roble que había junto al muro de piedra del fondo era el árbol más viejo de la propiedad, y el banco que vivía a su sombra era el lugar más tranquilo que había encontrado desde que llegó a Inglaterra.
Se instaló allí con el libro abierto en el regazo y dejó que el sol de la mañana, todavía tibio a esa hora, le cayera en la cara.
El silencio era de los buenos: pájaros, viento en las ramas, el golpe lejano y rítmico de algo metálico en la cuadra.
Llevaba un rato así, con los ojos fijos en la misma página sin haber leído una sola línea, cuando escuchó los cascos.
El sonido llegó desde el camino de grava que bordeaba el muro norte de la propiedad, firme y cadenciado, el trote tranquilo de un caballo que conoce bien el terreno.
Levantó la vista. El animal era negro, grande, con la crin recortada con precisión militar, y el hombre que lo montaba llevaba la espalda recta y las manos bajas sobre las riendas con esa soltura que no se aprende sino que se lleva en el cuerpo desde hace años.
Lo reconoció antes de verle la cara. Había algo en el modo en que ocupaba la silla que no se parecía a nadie más.
Lord Látimer detuvo al caballo con un movimiento mínimo de muñeca, casi imperceptible, y la observó desde arriba durante un instante que fue más largo de lo estrictamente cortés. Luego desmontó.
—Señorita Comte. —La inclinación fue breve, pero sus ojos no se apartaron de ella. — No pretendía interrumpirla.
—No lo hace. —Cerró el libro. — Estaba leyendo.
—Lo veo.
Había algo en ese tono suyo, neutro y parejo como una superficie de piedra, que no dejaba claro si era ironía o simple cortesía. Filippa decidió, por el momento, no averiguarlo.