Capítulo 2
La mañana llegó con una luz gris y apacible que se filtraba por las cortinas de muselina y dibujaba rectángulos pálidos sobre el suelo de madera.
La casa de los Beresford tenía esa quietud particular de las mansiones de campo inglesas en otoño, una quietud que no era tristeza sino algo más parecido a la respiración tranquila de una cosa muy antigua que ha aprendido a esperar.
En el comedor, el desayuno ya estaba servido cuando Rose tomó asiento con ese aire de anfitriona que lo hacía todo parecer sencillo y natural.
Pero la silla de Filippa llevaba vacía desde que el mayordomo trajo el primer servicio, y eso, junto con la imagen de la noche anterior, de ella levantándose de la mesa con la mano en la boca y los ojos demasiado brillantes, no le había abandonado la cabeza desde entonces.
Cuando por fin la vio aparecer en el umbral, Rose midió cada detalle con rapidez experta: la palidez bajo el polvo de arroz, la forma en que los dedos rozaban el marco de la puerta como buscando apoyo, la sonrisa que se instaló en su cara con una fracción de segundo de retraso.
—Espero que te encuentres mejor, querida. —no lo formuló como pregunta.
—Mucho mejor, gracias. —Filippa tomó asiento con cuidado.— Supongo que algo de la cena no me sentó del todo bien. Ya sabes cómo es el estómago cuando uno cambia de clima y de entorno.
—Podría pedir que viniera el doctor Hartwell. Es el médico de la familia, un hombre muy discreto y amable. Puedes contarle con entera confianza lo que sientes, y él sabrá qué hacer.
—No hace falta. De verdad. —Le dio a su voz ese tono suave pero firme que usaba cuando no quería seguir discutiendo un asunto.— Ha sido solo el estómago.
Rose la estudió un momento más, sin decir nada. Luego asintió, despacio, como si archivara el tema para más adelante.
—Como quieras. —Vertió té en la taza de su amiga.
— Entonces cambiemos de tema, porque tengo algo mucho más agradable de que hablar.
He estado pensando en organizar una pequeña reunión aquí, en los próximos días.
Nada formal, nada que requiera el orden de precedencia ni las presentaciones de rigor.
Solo un grupo de personas buenas sentadas a una misma mesa.
Creo que te haría bien conocer a alguien más aparte de mí.
Filippa abrió la boca. La cerró.
—Qué bueno —dijo, y puso en esas dos palabras toda la convicción que pudo reunir, que no era mucha.
—¿Verdad que sí? —Los ojos de Rose brillaron, ajenos, con toda la probabilidad, a la actuación.
— Lo consulté con Damien y está de acuerdo, le pareció una maravillosa idea.
Ya verás cómo lo pasamos de bien. Además, será algo muy íntimo: no más de doce personas, sin protocolo, sin el orden de los asientos que tanto dolor de cabeza da.
Solo buenos amigos alrededor de una mesa con buena comida.
—Y entonces comenzó a hablar de los invitados con esa energía suya contagiosa, describiendo a cada persona con la precisión afectuosa de quien los conoce bien y los quiere mejor todavía.
Filippa asintió en los momentos apropiados, bebió su té en pequeños sorbos, y pensó en otras cosas.
*****
La reunión que Rose había organizado llegó con la naturalidad de las cosas bien planeadas que parecen improvisadas.
La casa se llenó esa tarde de un olor a cera de velas y a flores frescas cortadas del jardín, y los criados se movían entre los salones con esa eficiencia silenciosa que es el verdadero arte del servicio doméstico bien entrenado.
Filippa se vistió con más cuidado del que quería admitir.
Eligió un vestido de seda color crema con bordados en el corpiño, suficientemente elegante para una reunión en una casa de campo inglesa sin resultar excesivo, y dejó que Bruna le recogiera el cabello en un estilo sencillo del que escapaban algunos rizos oscuros a los lados de la cara.
Mientras la doncella trabajaba con los pasadores, en el espejo se veía a sí misma y no supo con exactitud para quién se estaba arreglando.
La respuesta honesta la incomodó lo suficiente como para no perseguirla.
Los primeros en llegar fueron los condes de Beaufort. Damián los recibió en la entrada del salón con esa cortesía suya de hombre que lleva bien las reuniones sin necesitar que nadie lo note, mientras Rose se movía entre los grupos como pez en el agua.
Filippa los vio entrar desde el otro extremo del salón y reconoció a Angustias de inmediato, aunque si no hubiera sido por Rose habría tardado más.
No era la misma muchacha de vestidos negros y aire apagado que ella recordaba.
La mujer que cruzó el umbral del salón esa noche llevaba un vestido verde esmeralda que hacía juego con sus ojos, el cabello recogido con ese estilo seguro de quien no necesita que nadie le confirme que se ve bien, y una sonrisa dirigida a los anfitriones que era genuina y amplia.
Su marido, Isaac, iba a su lado con la mano en la parte baja de su espalda, ese gesto pequeño y revelador de los hombres que adoran a sus esposas.
Qué cambiada, pensó Filippa, y la observación llevaba dentro una pregunta que no terminó de formularse.
Cuando Angustias la vio, la sonrisa no desapareció, exactamente. Cambió de temperatura. Se hizo más formal, más calculada, como cuando uno enciende una luz más pequeña en lugar de apagar la grande.
Se acercó. Hizo una inclinación de cabeza pulcra y breve.
—Señorita Comte.
—Lady Beaufort. —Filippa inclinó la suya.— Qué bueno verla de nuevo.
Eso fue todo. Angustias se movió hacia otro grupo con la misma fluidez con que una corriente de agua rodea un obstáculo, sin violencia y sin vacilación, y Filippa se quedó sola en ese rincón del salón con la cara quieta y el estómago contraído.
A su alrededor, nadie parecía haber notado nada.
O quizás todos notaron y nadie dijo nada, que era peor.
Se lo merecía. Lo sabía. Y saberlo no lo hacía más fácil de sostener.
Fue su madre quien la rescató, tomándola del brazo con discreción y guiándola hacia donde Rose esperaba con una sonrisa de anfitriona perfectamente calibrada.
—Pippa, querida, ven. Quiero presentarte a dos caballeros amigos de la familia.
El primero era Lord Abbey, hermano de una buena amiga de Rose, recién llegado de España donde residía desde hacía varios años.
Era un hombre de estatura considerable, de cabello negro azabache y piel morena que el sol del Mediterráneo había dorado todavía más, con una sonrisa que llegaba a los ojos sin esfuerzo.
Hizo su reverencia con la soltura de quien ha sido bien educado y lo sabe.
—Un gusto conocerla, señorita Comte.
—El gusto es mío, Lord Abbey.
La manera en que la miró era la de siempre: esa mirada de los hombres que ven a una mujer hermosa y deciden que eso es lo más interesante de ella.
Filippa estaba acostumbrada. Lo había estado toda su vida, y hasta que conoció a David, en cierta forma lo había disfrutado.
Ahora la cansaba con una rapidez que le sorprendía a ella misma.
—¿Qué lo trae a Inglaterra? —preguntó, porque era lo que se preguntaba.
—Algunos asuntos de importancia. —Lord Abbey sonrió.— No es propio hablar de negocios delante de las damas.
—Oh, ya veo por dónde va esto. —Rose levantó la mano con expresión de quien ha escuchado esa frase demasiadas veces.— Cuando los hombres van a hablar de propiedades y de dinero, siempre dicen eso. —Las risas relajaron el grupo.
Ella aprovechó el momento para mirar a su derecha, donde Rose estaba girándose para incluir en el círculo al otro caballero que esperaba un poco apartado.
—Y también quiero presentarte a Lord Látimer, Pippa. Es nuestro vecino y uno de los mejores amigos de la familia.
Él todavía no se había dado la vuelta. Lo que ella vio primero fue la espalda ancha, los hombros que llenaban bien el frac oscuro, el cabello rubio recortado con una precisión que contrastaba con la informalidad de sus movimientos durante el día. Luego se dio la vuelta.
La mitad izquierda de su rostro era la de un hombre bien parecido: mandíbula definida, pómulo alto, ojo gris de mirada directa.
La otra mitad contaba una historia diferente.
La piel quemada le abarcaba desde la mandíbula hasta la sien, tirando los tejidos con esa tensión permanente que deja el fuego, y cuando formaba algo parecido a una sonrisa, el resultado era asimétrico de una manera que las personas que no estaban preparadas para verlo podían confundir con frialdad o con amenaza.
Filippa no estaba preparada.
El jadeo fue pequeño, involuntario, y duró menos de un segundo.
Pero en el silencio relativo de ese momento del salón fue perfectamente audible para todos los que estaban cerca.
Se dio cuenta en el mismo instante en que salió, cuando vio que las cabezas giraban hacia ella, y notó el calor que le subía por el cuello hasta las orejas.
—Creo que la he asustado, señorita Comte. —Su voz era tranquila, sin resentimiento visible.— Le pido disculpas.
—No, soy yo quien debe disculparse. —Las palabras salieron demasiado rápido, tropezando unas con otras.— Ha sido imperdonable de mi parte reaccionar así. Lo siento, Lord Látimer.
Él la miró un momento, con esa expresión suya imposible de descifrar.
—Cualquier acto imperdonable de parte de una mujer tan hermosa se olvida con facilidad. No debe afanarse por eso. Estoy acostumbrado a ciertas reacciones de las damas.
Había en esas palabras algo que no era amargura sino algo más viejo y más tranquilo, como el reconocimiento de un hecho que ya dejó de doler porque hace mucho que se aceptó.
Rose intervino con la gracia de quien lleva años ejerciendo el arte de suavizar momentos difíciles.
—Lord Látimer, he escuchado que vivió usted un tiempo en Italia y que habla el idioma con bastante soltura.
—Así es, lady Beresford. —La línea de su mandíbula se relajó un poco.— No lo practico desde hace años, pero en su momento llegué a hablarlo bastante bien.