Capítulo 1 #4
—Igual de demandante que su padre. —Le tendió la mano.— ¿Vienes?
—Si no es molestia, me quedaré aquí un poco más.
—Claro que no. Estás en tu casa. —le apretó el hombro al pasar. — Sabes dónde estoy si me necesitas.
—Gracias, Rose.
La vio alejarse con Duncan en brazos, charlando con él en ese idioma sin palabras que solo usan las madres, y se quedó sola en el jardín con el sol en la cara y una especie de paz que no tenía nombre todavía pero que agradeció igual.
*****
La cena esa noche fue lo que arruinó todo.
La mesa estaba bien puesta, con velas y el mejor servicio de porcelana de los Beresford, y la conversación fluía entre los adultos con la comodidad de la gente que se conoce bien.
Pero desde el primer plato, un caldo de pescado con nata que llegó humeante bajo las tapas de plata, algo en el estómago de Filippa protestó.
Llevaba días así. Ciertos olores la ponían al borde del mareo, y había comidas que su cuerpo rechazaba de plano sin que ella entendiera muy bien por qué.
Pensaba que era el viaje, el cambio de clima, el estrés acumulado de las últimas semanas.
Esa noche, sin embargo, los mariscos en salsa de mantequilla que llegaron como segundo plato terminaron de decidirlo.
Se levantó de la mesa con una disculpa breve y la mano contra los labios, y subió las escaleras casi a la carrera, rezando en silencio en italiano, que era el idioma en que rezaba cuando las cosas eran urgentes de verdad.
Llegó a tiempo para tomar el orinal de cerámica debajo de la cama.
Un rato después, sentada en el borde de la cama, con la frente apoyada en la pared, escuchó los golpes en la puerta.
—Pippa, hija mía, ¿qué ha pasado? ¿Puedo entrar?
No tuvo más remedio que decirle que sí. Annetta entró, vio la situación en un instante, y en lugar de hablar fue directamente al bolso que siempre llevaba consigo, del que sacó sales aromáticas y un papelillo de menta seca que le puso en las manos.
Luego mojó un paño en el aguamanil y se lo dio para la boca.
— ¿Dónde está tu doncella?
—Le dije que se fuera a comer algo, mientras yo cenaba.
— ¿Te hizo daño algo?
—Creo que sí. —Filippa aceptó el paño y se limpió. — Hace días que no resisto algunos olores. No he comido bien, porque todo me cae mal.
Su madre no dijo nada durante un momento. Se quedó mirándola con una atención que era diferente a la de antes, más concentrada, más seria. En los ojos de Annetta había algo más que preocupación: una atención quieta y firme que ya conocía el resultado y desearía estar equivocada.
—Pippa. —Su voz era cuidadosa, como quien camina sobre hielo delgado.— Dime algo, y quiero la verdad. ¿Estuviste con David... íntimamente?
El silencio que siguió duró exactamente lo que tardó Filippa en comprender que no tenía escapatoria.
—Sí, madre. Yo…perdí mi virginidad con él.
Annetta se tapó la boca con las dos manos. Por encima de ellas sus ojos se abrieron con un horror que no era solo moral sino profundamente práctico, el horror de una mujer que conoce bien a su marido y que en ese instante está calculando las consecuencias con la velocidad del miedo.
—Dios mío —dijo, cuando pudo—. Tú no estás enferma, niña. Estás embarazada. Y cuando tu padre se entere... —La voz se le quebró.— Nos va a matar a las dos.
Se sentó en la cama, como si las piernas ya no quisieran sostenerla, y empezó a llorar.
—Madre, por favor, no llore. —Filippa fue hacia ella, se puso en cuclillas frente a sus rodillas, le tomó las manos.— Mi padre no podrá hacer nada. Tendré que casarme con David. No va a pasar nada malo.
—Hija mía. —Annetta la miró con esa tristeza particular de las madres que saben cosas que sus hijas todavía no quieren saber.
— No conoces a tu padre. A él no le interesan tus sentimientos, ni los míos, ni que tú puedas tener tu final feliz de cuento de hadas.
Él no quiere que te cases con alguien que le aporte estatus, y si David ya no tiene dinero, David no le sirve.
—Entonces, ¿qué podemos hacer? —Los dedos de Filippa apretaron los de su madre.— No quiero casarme con un hombre escogido por él. Quiero que mi esposo me ame y me respete, igual que yo a él.
Annetta se levantó de la cama con movimientos lentos, como si el peso de lo que venía ya estuviera físicamente sobre ella. Caminó hasta la ventana. Fuera, el jardín inglés estaba negro bajo la noche cerrada, sin luna.
—Ya no hay nada que hacer, Pippa. —Habló sin darse vuelta.
— Cuando él se entere, tendrás suerte de que no te asesine, porque has puesto en riesgo todos sus planes.
Y eso... eso jamás te lo va a perdonar. Además niña, perdiste ese derecho a casarte con un hombre que te respete, al haberte entregado tan fácilmente a otro.
Sabes bien que el único valor de una mujer es su honor, su inocencia.
Filippa se quedó en el suelo de la habitación, con las manos en el regazo y la espalda contra la cama, mirando la noche por encima del hombro de su madre, y pensó que el cuento de hadas que ella imaginaba había tenido siempre un final diferente al que le contaron.