Capítulo 1 #3
La residencia de Rose y su esposo era una construcción de cuatro pisos de fachada impecable, con maceteros en las ventanas y una puerta lacada de negro que relucía.
Los recibieron en el vestíbulo: Rose con la calidez natural de quien no necesita prepararse para hacer sentir bien a la gente, y Damián con la cortesía precisa de un hombre acostumbrado a que su casa funcione sin esfuerzo aparente.
Apenas el carruaje se detuvo, Filippa pidió ver su habitación sin esperar a que nadie le ofreciera el tour, y subió por las escaleras con Bruna detrás cargando la bolsa de mano.
Tenía un dolor de cabeza persistente que el viaje había instalado en sus sienes y que la constante charla de su padre sobre prospectos y posibilidades había convertido en algo más parecido a una migraña.
Necesitaba silencio. Necesitaba cerrar una puerta entre ella y todo lo demás.
La habitación era bonita, con papel pintado de flores azul pálido y una cama grande con dosel. Se sentó en el borde y se quitó los guantes, dedo por dedo, y pensó en David sin quererlo, como se piensa en las cosas que duele.
Unos días después de su llegada a Londres, visitó a su amiga y eso fue lo primero que la alegraba desde su llegada.
Rose Beresford, vizcondesa de Walthford, tenía esa clase de belleza que la alegría había mejorado con los años, y cuando salió a recibir a su antigua amiga en la puerta de la casa de campo, lo hizo con los brazos abiertos y una sonrisa que no tenía nada de protocolo.
Damián, su esposo, apareció un momento después desde el interior de la casa, saludó al grupo con esa reserva amable que era su modo habitual, y sin que nadie se lo pidiera se hizo cargo del mayordomo y de ordenar que subieran los baúles con la eficiencia de siempre.
Filippa la abrazó. La abrazó de verdad, con los brazos y los ojos bien cerrados, y pensó que al menos tenía esto: una persona que la conocía y que no la miraba como una inversión o como un problema por resolver.
—¡Qué alegría tenerte aquí! —le dijo Rose, tomándola del brazo para entrar.
La casa de campo de los Beresford era una de esas propiedades inglesas que llevan siglos exactamente en su sitio y lo saben.
Piedra gris, ventanas de parteluz, jardines que un jardinero mayor cuidaba con la devoción silenciosa de toda una vida.
El salón donde los recibieron olía a madreselva y a madera de roble, y el fuego de la chimenea daba una luz que hacía la tarde de otoño más llevadera.
Tomaron el té, los cuatro sentados con la formalidad que exigía la presencia de los padres.
Rose y Damián frente a los Comte, y Rose habló con todos con la misma facilidad encantadora que tenía para moverse entre diferentes tipos de personas.
Pero sus ojos volvían a Filippa cada tanto, y lo que veían en ellos.
le decía que allí pasaba mucho más de lo que la familia quería mostrar.
El señor Comte habló durante buena parte de la tarde de prospectos para su hija. Rose lo escuchó con una sonrisa que no era acuerdo sino cortesía bien entrenada, y que a Filippa le pareció un pequeño acto de heroísmo.
Cuando todos se dirigían a refrescarse, Rose tomó del brazo a su amiga y le dijo, en voz baja, casi al oído:
—Mañana temprano salimos a cabalgar, tú y yo. Así podemos hablar de verdad.
Filippa asintió, y fue la primera vez en varios días que algo alivió ese peso en el pecho.
La mañana siguiente amaneció con niebla baja sobre los campos, esa niebla inglesa que no moja sino que envuelve, que lo vuelve todo difuminado y suave como una acuarela sin terminar.
Las dos mujeres salieron a caballo antes de que el resto de la casa se despertara, con las capas bien cerradas y el vaho de la respiración visible en el aire frío.
Las tierras que rodeaban la propiedad eran extensas y bien cuidadas. Los arrendatarios que encontraron a lo largo del camino saludaban a Rose con el afecto genuino de quienes respetan a alguien no por obligación sino por convicción, y Filippa observó eso con una especie de asombro tranquilo.
Hicieron una pequeña carrera en el tramo más amplio del sendero, con los caballos abriendo el paso entre la hierba húmeda y el viento golpeando sus mejillas hasta ponerlas rojas, y por unos minutos Filippa no pensó en nada que no fuera el ritmo del galope y la sensación de velocidad.
Luego bajaron, ataron los caballos a la verja de un campo y caminaron sin prisa mientras el sol empezaba a ganar terreno sobre la niebla.
Fue entonces cuando Filippa habló.
Le contó todo. La cancelación del compromiso, las palabras de su padre, la despedida con David, la promesa que se hicieron. No lo contó con dramatismo sino con la fatiga honesta de quien ha estado cargando algo demasiado tiempo.
Rose la escuchó sin interrumpir, mirando el camino frente a ellas.
—Lo siento tanto, querida. —Le dio un momento al silencio para que respirara.— No debe ser fácil dejar al hombre que amas, y peor aún saber que ahora los separa todo un continente—la miró de soslayo.— Pero dime una cosa: ¿tú realmente quieres casarte aquí con algún noble?
Ella misma contestó antes de que Filippa pudiera:
—No lo creo.
—Por supuesto que no. —Las palabras salieron con más fuerza de lo que pretendía.— Pero mi padre no quiere escuchar nada de David. Ya tiene planes. Yo no quiero saber de nadie más, Rose, pero ¿qué otra cosa puedo hacer?
Su amiga pensó un momento. Conocía el carácter de Giuseppe Comte de oídas, y lo que había visto la tarde anterior en el salón no le había inspirado esperanzas de que fuera un hombre que cambiara de opinión.
—De todas formas —dijo Rose, con ese pragmatismo afectuoso que tenía—, te presentarás en sociedad la próxima temporada. Podrás conocer algunos caballeros, tomar el tiempo para pensar, y decidir si todavía quieres esperar a David. ¿Qué te parece?
—Sí. —No había mucho entusiasmo en esa sílaba, pero era lo que tenía.— Creo que podemos hacer eso.
—Mientras tanto, conocemos los sitios, salimos a pasear, te distraes un poco.
La temporada demora todavía unas semanas, y la mayoría de la gente está en el campo como nosotras.
Cuando lleguemos a Londres sí que vas a ver otra cosa: las calles son un hervidero de gente queriendo mostrar sus mejores galas, sus mejores joyas, pendiente de quién tiene más dinero o mejor posición.
Y las debutantes en todos lados, siendo la comidilla del momento.
—Suena más apabullante que divertido —admitió Filippa.
Rose rio, una risa franca que levantó un par de pájaros de los arbustos cercanos.
—Lo es, de hecho. Pero estarás conmigo, y con una condesa y una marquesa que te apoyarán. No hay forma de que nadie llegue a hacerte daño. Todavía no conoces a Sonia, pero sé que te agradará y que tú le agradarás a ella.
—Gracias, Rose. —Filippa la miró de verdad, con esa gratitud que no sabe bien cómo expresarse sin sonar a menos de lo que es.— Gracias de verdad.
Pasaron los días con una calma que Filippa no esperaba agradecer tanto.
La vida en la casa de campo de los Beresford tenía un ritmo pausado y sensato, sin el ruido constante de Nueva York ni la tensión perpetua de la casa paterna.
Se acostumbró a los desayunos tardíos, a las caminatas por los jardines, al sonido de los caballos en la cuadra y al canto de los pájaros al amanecer.
Rose fue revelando poco a poco que era una mujer de una inteligencia práctica y una generosidad sin aspavientos.
Y fue en uno de esos días tranquilos, sentadas en el jardín con el sol de mediodía en los hombros, cuando Filippa tomó la deuda que cargaba y la puso sobre la mesa.
—Rose —dijo, sin preámbulos—, quiero pedirte disculpas por lo que te hice tiempo atrás.
Eres una buena persona. No merecías que yo te dejara de hablar por lo que te pasó con aquel hombre.
Me dejé llevar por lo que todo el mundo decía.
Mi madre me advirtió que no lo hiciera, pero pesó más la opinión de la gente que mi amistad contigo, y que la amistad de nuestras madres.
Rose guardó silencio un momento. Luego dijo, con una serenidad que no era olvido sino elección:
—Ya no vale la pena hablar de eso, querida. Solo es pasado. Ahora estoy con un hombre que me ama, tengo una hermosa familia, y me niego a hablar de cosas tan desagradables como esas.
—Es que me avergüenzo de haber sido tan mala contigo —insistió ella, los dedos apretados en el regazo—, y con la pobre Angustias, que tanto necesitaba una amiga. En lugar de ayudarla, la hice sentir peor. Era tan egoísta y tan superficial que no veía más allá de mi propia nariz.
—Angustias también lo ha olvidado —mintió Rose, con una compasión deliberada. La pobre se veía realmente arrepentida, y hacerla sentir peor no servía a nadie. Aunque Angustias no lo hubiera olvidado, ya encontraría el momento de que hablaran las dos. Por ahora, esto bastaba.
—Ojalá sea verdad —dijo Filippa—, porque siendo sincera, en su lugar yo no lo habría hecho.
En ese momento llegó la niñera con el pequeño Duncan, hijo de Rose, que había despertado de su siesta con una energía que no admitía esperas.
—Milady, el niño quiere verla.
Rose sonrió y se puso de pie, mirando a su amiga con esa mezcla de ternura y humor que era tan suya.