Un Barón Desconfiado (Serie "A La Caza De Un Noble" nº 4) Capítulo 1 #2
6%

Capítulo 1 #2

Annetta no respondió. Miró sus propias manos en la oscuridad del carruaje y pensó en la noche en que se casó con Giuseppe Comte, veintidós años atrás, con el corazón lleno de ilusiones que él fue vaciando una por una con la paciencia metódica de alguien que desconoce el valor de lo que destruye.

Cuando le dio a Filippa en lugar del hijo varón que él quería, se lo reprochó durante años.

Luego, cuando comprendió que no tendría más hijos, sus ambiciones se volcaron sobre la niña con la fuerza de un río represado: la educó, la vistió, la moldeó, y ahora la entregaba al mejor postor disfrazando todo eso de amor paterno.

Fuera, Nueva York pasaba indiferente entre farolas y sombras.

Solo pasaron tres días, y el matrimonio se canceló.

Filippa lo supo por la voz de su padre, que llegó hasta su habitación antes que él mismo.

Una voz que no admitía discusión, que no abría espacios para el llanto ni para la súplica, que anunciaba los hechos como si fueran decretos.

Giuseppe había verificado los rumores. Los Alden estaban arruinados.

El compromiso quedaba disuelto con efecto inmediato.

Ella lloró. Lloró durante horas en su habitación, con la cara enterrada en la almohada para que nadie la escuchara, mientras afuera la vida de la casa seguía con su ritmo sin inmutarse. El anillo de rubíes quedó sobre la mesilla de noche, brillante e inútil como una promesa rota.

Lo que más le dolía no era la ruina de la familia Alden, que podía comprender, sino que David no se lo hubiera dicho.

Que hubiera dejado que ella siguiera construyendo ese castillo de ilusiones, escogiendo encajes, hablando del chef francés, sin decirle que los cimientos temblaban.

Y sin embargo lo amaba. Lo amaba con esa clase de amor incondicional que solo existe cuando una todavía no sabe bien lo que cuesta.

Fue a buscar a su padre. Se lo pidió de rodillas, casi, con toda la dignidad que le quedaba.

Le dijo que David quería salir adelante, que tenía ideas, que juntos podrían.

Giuseppe la escuchó con los brazos cruzados y una expresión que no era crueldad sino algo peor: completa indiferencia hacia todo lo que ella sentía.

—No quiero escuchar más —dijo, y fue su última palabra sobre el asunto.

Dos días después, los baúles de Filippa Comte estaban a medio hacer en el suelo de su habitación, y ella los miraba sin ver, con el corazón en ese estado extraño que viene después del llanto más intenso, cuando ya no quedan lágrimas pero el pecho sigue doliendo.

David había venido a verla en secreto la tarde anterior.

Le había tomado las manos, le había pedido que resistiera, que hiciera todo lo posible por ganar tiempo, que no se casara con ningún noble inglés porque él la buscaría en cuanto pudiera, cuando las cosas mejoraran. Unos meses, le dijo. Solo unos meses.

Ella le dijo que sí. Y mientras lo decía sabía, en algún lugar honesto de sí misma que prefería no escuchar demasiado alto, que su padre no era un hombre que diera segundas oportunidades ni esperara a nadie.

Giuseppe Comte la veía como lo que era para él: una inversión.

Una moneda de cambio en la partida que él jugaba contra el mundo, subiendo siempre, queriendo siempre más, sin importar a quién aplastara en el camino.

Y esa partida, en este momento, se jugaba en Inglaterra.

*****

El despacho del señor Wilson olía a cuero viejo y a tinta, y a esa clase de silencio cargado que tienen los lugares donde se discuten asuntos importantes.

Alan Sullyard llevaba sentado allí más de una hora, escuchando cómo el abogado de su difunto tío enumeraba propiedades, deudas, obligaciones y títulos con la voz uniforme y sin énfasis de quien ha hecho lo mismo muchas veces.

Era el único heredero del título de Barón Látimer.

Su hermano mayor había muerto de tuberculosis cinco años atrás, sin dejar descendencia.

El tío tampoco se había casado nunca, y ahora todo recaía sobre Alan: las tierras medio abandonadas, la lista interminable de acreedores, y el título que el difunto había recibido como recompensa del rey por servicios prestados y que ahora colgaba sobre los hombros del sobrino como una carga que él nunca pidió.

—¿Ha quedado todo claro, Lord Látimer?

Alan tardó un momento en responder, en parte porque el tratamiento todavía le resultaba extraño en su propia voz y en parte porque estaba mirando la lista de deudas con la atención de quien busca en vano una salida.

—Muy claro, señor Wilson. Aunque en realidad no creo que pueda sacar adelante lo que mi tío tenía sin vender las propiedades que quedan.

Wilson lo miró un momento. Era un hombre mayor, de pelo cano y ojos azules que habían visto mucho, y había conocido a Alan desde que era un muchacho que corría por los jardines de esa misma casa en las visitas de verano.

—Siempre puede hacer un buen matrimonio con una joven heredera que aporte un capital.

—Por Dios, Wilson. —Alan dejó los papeles sobre el escritorio y lo miró directamente.— Seamos sinceros. Nadie va a casarse con un hombre desfigurado como yo.

La mitad derecha de su rostro era la de un hombre guapo, de facciones fuertes y bien proporcionadas, con ojos grises de mirada directa que inspiraban confianza.

La otra mitad contaba una historia diferente: una historia de fuego y de cautiverio, de interrogatorios en un sótano francés, de piel que había tardado meses en cicatrizar y que ya nunca volvería a ser lo que fue.

La quemadura le abarcaba desde la mandíbula hasta la sien, tirando la comisura derecha hacia arriba en un gesto permanente que las mujeres confundían con hostilidad o con desdén.

—Usted puede mejorar, Lord Látimer.

—¿Cómo? —preguntó con una paciencia que no era resignación sino experiencia acumulada de tener esta misma conversación.

— He visitado a muchos médicos, Wilson. Ninguno me da esperanzas.

Dicen que si alguna vez se puede hacer algo por el rostro de una persona quemada, será en el futuro, y no en un futuro cercano.

—De todas formas, siempre habrá una dama dispuesta a emparentar con la nobleza que no le dé demasiada importancia a ese... problema.

Alan abrió la boca y la cerró. Luego dijo, con más cansancio que amargura:—No lo sé, Wilson. Ya veremos. Hace mucho que no salgo, y tampoco es que las invitaciones me lluevan precisamente.

El abogado se puso de pie, recogió sus papeles con la calma ceremonial de los hombres de leyes, y lo miró de esa manera suya de profesor frente a un alumno difícil.

—En todo caso, le dejo la inquietud. No hay que darse por vencido sin haber hecho la lucha.

Se retiró de la habitación. Sus pasos se alejaron por el pasillo de piedra, y luego la casa volvió a ese silencio profundo que tenía desde hacía meses, desde que el tío murió y los sirvientes que quedaban se movían en puntas de pie como si fueran a despertar a alguien.

Alan se quedó solo frente a la lista de deudas y pensó que encontrar una esposa dispuesta a casarse con él requería salir, presentarse, soportar las miradas, aguantar los jadeos contenidos de las señoras y las risas nerviosas de las jóvenes.

Y en ese momento, frente a esa perspectiva, las deudas le parecieron el problema más pequeño de los dos.

El puerto de Londres olía a salitre, a pescado, a carbón húmedo y a la acumulación de miles de cuerpos que se movían en todas direcciones con la urgencia particular de los puertos grandes.

Filippa bajó del barco con un pañuelo apretado contra la nariz y los ojos algo desorbitados ante el caos ordenado del muelle: hombres descargando cajones, mujeres con cestas en la cabeza, perros esquivando ruedas de carruaje, voces en inglés que se mezclaban en un idioma que ella entendía pero que en boca de tanta gente a la vez sonaba casi extranjero.

—Es terrible el olor —murmuró en italiano, por costumbre.

Su madre, a su lado, tenía la misma expresión pero la contenía mejor. Su padre ya estaba a diez metros de ellas, dando instrucciones a los mozos que cargaban los baúles con una autoridad que cruzaba sin esfuerzo las barreras del idioma.

Pronto estuvieron dentro del carruaje de alquiler que los llevó desde el muelle hacia Mayfair.

Filippa miraba por la ventanilla con la barbilla apoyada en la palma de la mano, viendo cómo el paisaje cambiaba: primero las calles oscuras y apretadas del entorno portuario, con sus tiendas de todo a poco y sus tabernas de fachadas renegridas, y luego, de manera casi abrupta, la amplitud serena de Grosvenor Square, con sus casas de cuatro pisos de ladrillo pálido, sus rejas de hierro negro, sus árboles que conservaban todavía algunas hojas doradas, y un silencio que no era ausencia de sonido sino una calidad diferente de él.

—Es muy hermoso —dijo Annetta, con la cara pegada también al cristal.

—Es solo un barrio de clase alta —respondió Giuseppe, sin mirar por la ventana.

—A mí también me parece hermoso, padre —dijo Filippa, sin volver la cabeza.

Él no contestó.

—No os acostumbréis mucho —añadió, después de un momento—, porque en dos días nos iremos al campo, donde está la casa de los vizcondes.