Un Barón Desconfiado (Serie "A La Caza De Un Noble" nº 4)
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Capítulo 1
El salón de la residencia Comte olía a rosas frescas y a la colonia de lavanda que la tía Celestina usaba con generosidad excesiva.
Era una tarde de octubre en Nueva York, de esas que aún conservan el último aliento del verano antes de rendirse al frío, y la luz que entraba por los ventanales caía sobre los muebles con esa calidad dorada y perezosa que lo hace todo parecer más bonito de lo que es.
Filippa Comte entró al salón casi a la carrera.
No era propio de una joven de su posición moverse así, con esa energía sin contención que hacía tintinear las pulseras en su muñeca y revolvía los mechones oscuros que se escapaban de su recogido, pero en ese momento le importaba muy poco la compostura.
Sostenía el periódico doblado contra su pecho como si fuera un tesoro, y sus ojos color ámbar brillaban con una emoción que no cabía en su cuerpo.
—Madre, mire. —lo desplegó sobre las rodillas de Annetta con un golpe suave.— Han dedicado una página entera en la sección de eventos sociales a nuestro compromiso.
Annetta Comte alzó el periódico con manos cuidadosas. Era una mujer menuda, de rasgos italianos bien definidos y una belleza que los años habían tratado con cierta amabilidad, aunque los últimos no tanto. Recorrió el texto con los ojos sin que su expresión revelara mucho.
—Calma, hija. Por muy emocionada que estés, no puedes perder la compostura.
—Oh, tía, mire qué hermoso el anillo que me regaló David. —Filippa extendió la mano hacia Celestina Comte, la hermana de su padre, que ocupaba el sillón junto a la chimenea con la espalda recta y las manos cruzadas sobre el regazo. — Es espléndido, ¿verdad?
Celestina tomó sus dedos con delicadeza estudiada y examinó la piedra, un rubí de buen tamaño rodeado de diamantes pequeños, con la satisfacción de quien ha esperado este momento durante años.
—Sí que lo es, hija mía. De verdad que te vas a casar con un hombre excepcional y de buena cuna, tal y como lo habría querido tu padre.
Annetta no hizo buena cara ante eso, pero lo dejó pasar. Era la hermana de Giuseppe, y con ella no podía permitirse decir lo que pensaba.
—Esto parece un cuento de hadas. —Filippa se dejó caer en el sofá con ese abandono suyo que tanto irritaba a su padre y que su madre miraba con resignación afectuosa.
— Nunca creí que encontraría a mi príncipe azul, tía, de verdad.
David me complace en todo. Me trata como si fuera una princesa, y estoy segura de que seremos muy felices cuando nos casemos.
—Así será, querida. —Celestina sonrió con esa indulgencia que reservaba para las jovencitas enamoradas.— Ahora cuéntame: ¿cuándo podré ver ese vestido?
—¡Imposible! —exclamó ella, llevándose una mano al pecho.— Nadie puede ver el vestido de la novia antes de la iglesia. No quiero que caiga la mala suerte sobre mi matrimonio.
—Es verdad, es verdad —cedió la mujer, todavía sonriendo.— Pero al menos dime qué preparativos han hecho para el gran acontecimiento.
Filippa necesitaba muy poco estímulo para hablar del tema que ocupaba cada hora de su pensamiento.
—De todo —dijo, inclinándose hacia adelante.
— Hemos hecho preparativos para un desayuno nupcial después de la ceremonia, con delicias preparadas por un chef francés.
Yo quería que mi madre se encargara de la comida, que fuera italiana como manda Dios, pero mi padre no quiso.
Dice que lo que está de moda y es verdaderamente elegante es lo francés, de manera que daremos un banquete digno de la realeza.
—Tu padre sabe de estas cosas. Si él lo dispone así, dale gusto. —Celestina hizo una pausa cargada de satisfacción.— De todas formas, dentro de poco ya no podrá decirte nada, porque te deberás a tu marido.
—Es cierto —respondió ella, con un aire soñador que le suavizó todo el rostro.
—Me han dicho que David tiene parientes ingleses.
—¡Oh, sí! —Volvió a aplaudir suavemente, ese gesto suyo tan particular.
— Su padre es inglés. Vino aquí hace años, lo enviaron luego a completar su educación en Inglaterra, y regresó a América porque estaba perdidamente enamorado de la madre de David, con quien se casó tiempo después.
Él me ha dicho que entre sus ancestros hay un duque y un marqués.
—Por Dios —murmuró Celestina, y en sus ojos destelló algo que en una mujer menos refinada se habría llamado codicia.— Toda una familia de la nobleza. Qué suerte has tenido, cariño.
—Lo sé. —Filippa alzó la barbilla con ese orgullo suave que la caracterizaba.— Ningún partido le da por los tobillos a mi David.
Annetta dobló el periódico en silencio y lo dejó sobre la mesa de centro. Miró a su hija, esa criatura luminosa que no sabía todavía que el mundo no era el cuento de hadas que ella imaginaba, y pensó que el amor era una cosa muy bonita mientras duraba.
*****
La tarde era perfecta para salir a pie, de esas tardes otoñales de Nueva York en que el aire huele a hojas húmedas y a castañas asadas en los puestos de las esquinas, y Filippa decidió aprovecharla para buscarle un regalo a su amiga Antonia, que cumplía años esa semana.
La tienda quedaba a pocas manzanas, en una de esas calles donde los comercios exhibían sus escaparates con esmero burgués.
Filippa recorrió los estantes sin prisa, tocando aquí y allá: una caja de música con tapa esmaltada, un pañuelo de seda bordado, un pequeño frasco de perfume con forma de pera.
Ninguna cosa le parecía lo bastante especial.
Fue entonces cuando escuchó las voces.
Dos mujeres en el pasillo contiguo, separadas de ella por un estante de sombreros, hablaban con esa intensidad discreta y gozosa de quien comparte un secreto jugoso.
—¿Has escuchado lo que ha pasado con la familia Alden?
—¡Oh, sí, es terrible! Afortunadamente han tenido la buena suerte de que la heredera Comte esté tan enamorada de él, porque al parecer son ciertos los rumores que dicen que las finanzas del padre se han visto gravemente afectadas.
Perdieron tres barcos en un solo año, y por si fuera poco, unos forajidos dinamitaron las vías del ferrocarril del cual eran accionistas.
Dicen que esa empresa también está en muy mal estado.
Pobres, no les ha salido nada bien últimamente.
—Se les apareció la virgen con esa chica —dijo la otra, y las dos se echaron a reír con una alegría que no hacía ningún esfuerzo por disimularse.— Gracias a Dios por la dote de esa italiana.
Filippa no se movió.
Tenía los dedos cerrados sobre el pañuelo de seda que había tomado del estante, y lo apretó con tanta fuerza que la costura de encaje le dejó una marca en la palma.
Las voces siguieron moviéndose hacia la salida, indiferentes al daño que habían hecho, y ella se quedó sola entre los sombreros y los perfumes con un peso nuevo instalado en el estómago.
La gente era envidiosa. Le encantaba fabricar cotilleos y alimentarlos hasta volverlos monstruos.
Ella lo sabía. Lo había visto toda su vida en los salones de Nueva York, donde la información era una moneda y la reputación ajena, el mercado donde se gastaba.
Hablaría con David. Le preguntaría directamente, y él le explicaría que no era más que eso: un rumor malintencionado, aire y malicia, nada más.
Salió de la tienda sin haber comprado nada, con el sol de la tarde pegando de lado en las aceras de adoquín y una inquietud que no supo cómo sacudirse de encima durante el camino a casa.
Dos noches después, el señor y la señora Comte asistieron a una velada en casa de los Harrington, uno de esos eventos de sociedad donde la gente importante de Nueva York se reunía a ver y ser vista bajo arañas de cristal y al sonido lejano de un cuarteto de cuerdas.
Annetta llevaba un vestido de seda azul medianoche que hacía años le favorecía, y Giuseppe iba de traje oscuro, con ese porte suyo de hombre acostumbrado a que la gente le abra paso.
Annetta había salido un momento al balcón para tomar aire, cansada del calor y del ruido, cuando su marido la buscó. Su expresión, cuando la encontró, no auguraba nada bueno. Le puso una mano en el codo con una presión que no era cariño.
—Nos vamos.
—¿Por qué? ¿Ha sucedido algo? —le preguntó ella, buscando su mirada.
—Aquí no. En el carruaje.
Lo que siguió, dentro del carruaje que rodaba por las calles adoquinadas hacia la residencia familiar, fue una tormenta.
—Me he enterado de algo terrible. —La voz de Giuseppe tenía esa calidad de quien ha estado conteniendo la rabia durante horas y ya no puede más.
— Dicen que la familia de David Alden no tiene un peso.
Que se han quedado sin nada, y que lo único que esperan, con toda la ansiedad del mundo, es que nuestra hija se case con él para echar mano de la dote y salvarse.
—No puede ser. —Annetta juntó los dedos en el regazo.— Ellos tienen negocios, Giuseppe. Tendrían que haberlos perdido todos para quedar en la ruina.
—No lo sé, pero voy a averiguarlo. No quiero que me vean la cara de idiota. Si Pippa se va a casar con alguien es precisamente por su posición social. Si ya no la tienen, ¿de qué nos sirve?
—Pero nuestra hija lo ama —respondió ella, y había algo en su voz que no era solo preocupación, sino también una súplica pequeña y vieja, de esas que ya saben de antemano que no van a ser escuchadas.
—Me importa un bledo si ella lo ama o no. —Giuseppe apoyó el codo en el marco de la ventanilla y miró hacia afuera, hacia las farolas que pasaban.— ¿De cuándo acá se ha visto que el matrimonio de una mujer es por amor?