Un Barón Desconfiado (Serie "A La Caza De Un Noble" nº 4) Epílogo
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Epílogo

Un año después

La mañana había amanecido con niebla baja y un frío que mordía a través de la levita de montar, pero hacia el mediodía el sol consiguió abrirse paso entre las nubes y Alan llevaba casi dos horas recorriendo sus tierras sin prisa, con la satisfacción tranquila de quien revisa algo que ha costado trabajo y ha salido bien.

El páramo se extendía a ambos lados del camino con esa generosidad que tenía la campiña inglesa en otoño tardío: muros de piedra bordeando pastizales, robles sin hojas contra un cielo de plata, tierra oscura que olía a lluvia reciente. Se detuvo en lo alto de la loma antes de comenzar el descenso.

Abajo, la finca se extendía en toda su anchura.

Los establos recién construidos, los campos trabajados hasta el horizonte, la casa principal con sus ventanas encendidas desde adentro por el calor dorado de las chimeneas.

Un año antes, todo aquello había sido un peso que no sabía cómo sostener.

El acuerdo con el conde de Beaufort y el vizconde Beresford había resultado exactamente lo que los tres calcularon sobre el papel: sólido, construido sobre la confianza de hombres que se respetaban.

El condado hablaba bien de la finca, y eso que antes habría escuchado como una ironía, sencillamente le parecía justo.

Espoleó al caballo y comenzó a bajar.

La vio salir por la puerta principal antes de que hubiera terminado de cruzar el patio.

Llevaba el abrigo azul que Bruna le abrochaba hasta el cuello cada mañana sin excepción, y el vientre pronunciado hacía que el tejido cayera con esa curvatura suave que él había aprendido a mirar como si fuera la cosa más hermosa que existía en el mundo, porque para él lo era.

Desmontó de un salto.

—Cariño, no debiste salir. Hace frío.

—No me importa. —Sonrió, y llegó hasta él con esos pasos deliberados que el embarazo había vuelto más conscientes, más suyos. Le tendió los brazos.

La recibió con cuidado. La sintió encajar contra él de la manera exacta en que siempre encajaba, con la diferencia de que ahora había más de ella, más calor, más presencia. Le buscó la boca y la besó despacio. Jamás se saciaba de ese sabor.

Cuando se apartó, llevó una mano a su vientre.

—¿Cómo se ha portado nuestro bebé hoy?

—Ha sido todo un caballero. —sus ojos brillaban—. Solo una patadita de vez en cuando, para hacerme saber que todo está bien.

—¿Crees que será niño?

—Estoy segura. —Colocó su mano sobre la de él, sin apartar los ojos.

Se quedó quieto, con la palma apoyada sobre la tela del abrigo. Con la paciencia que el último año le había enseñado y que nunca había tenido antes. Unos segundos después, el movimiento llegó: leve, inequívoco, una presencia pequeña que empujaba desde adentro como reclamando atención.

Se le cortó la respiración.

—Te amo, Pippa. —lo dijo mirándola sin rodeos—. Eres el mejor regalo que me ha dado la vida.

Ella ladeó la cabeza con esa media sonrisa que guardaba para cuando él la sorprendía siendo honesto. —Y tú eres il mío, amore. Al menos eso debo agradecérselo a mi padre.

Alan pensó en Giuseppe Comte y decidió, como cada vez que el hombre le cruzaba la mente, no darle más espacio del estrictamente necesario.

La prohibición de entrar a la casa seguía vigente y no había ninguna razón para levantarla.

En las pocas ocasiones en que coincidían en algún evento social, lo trataba con la cortesía helada que reservaba para las personas a las que no respetaba pero frente a las cuales mantenía las formas.

Pippa había dejado de pedirle que suavizara esa postura hacía meses, lo que él interpretaba como señal de que ella también había llegado a sus propias conclusiones.

Se lo había transmitido a Giuseppe con toda la claridad que merecía el asunto: si no quería perder a su esposa, que cuidara su comportamiento.

Annetta, en cambio, era bienvenida y llegaba con frecuencia, a veces sin avisar, cargada de cosas italianas que conseguía Dios sabía dónde, y que llenaban la cocina de olores que le recordaban a su hija la infancia.

La noticia del embarazo la había transformado en una mujer que apenas cabía en su propia alegría.

Él había llegado a pensar, más de una vez, que era cuestión de tiempo antes de que se instalara con ellos de manera definitiva, y la idea le parecía bien.

Esa mujer merecía una vida tranquila, lejos de aquel ogro, que no le había dado más que sufrimientos.

La hermana de Annetta, tía materna de Pippa, había aparecido en sus vidas con la naturalidad de quien llega a donde siempre debió estar.

Había vendido su restaurante en América, con una ganancia de la que hablaba con satisfacción apenas disimulada, y ahora enseñaba cocina, en la escuela de la marquesa Wilmington con la misma entrega que ponía en todo lo que decidía hacer.

Su esposa decía que tía y madre juntas en una misma sala eran una fuerza de la naturaleza. Él no lo ponía en duda.

De David no habían vuelto a tener noticias directas.

Angustias le había contado, con esa precisión suya para los detalles que hacen relevante una historia, que se había casado con la hija de un vicario de Essex, una joven a quien había conocido durante una visita a su tía, que vivía muy cerca de las tierras de Isaac.

Era, según se decía, un matrimonio genuinamente feliz, nacido de un enamoramiento sin las complicaciones de lo anterior.

Él lo había escuchado sin decir mucho. No era un hombre dado al rencor.

Tampoco iba a pretender que la noticia no lo tranquilizaba.

Así las cosas, como solía decir ella con esa costumbre suya de buscarle el lado más luminoso a todo, todos habían conseguido su final de cuento de hadas.

La tarde empezaba a cerrarse sobre los campos cuando le ofreció el brazo para acompañarla de vuelta adentro.

El aire olía a tierra fría y a madera quemada.

Desde el establo llegó el resoplido del caballo, y desde más adentro de la casa, el tintineo remoto de la vajilla que alguien preparaba para la cena.

—Entra antes de que refresque más.

—Tú primero —dijo ella—, y así te sigo.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Claro que lo tiene. —Apoyó la cabeza en su hombro mientras caminaban—. Siempre me ha gustado verte de espaldas. Se echó a reír. No esa risa comedida que uno produce por cortesía, sino la otra, la que le salía sola desde el pecho y que todavía lo sorprendía a veces cuando la escuchaba.

—Es decir que te gusto más de espalda que de frente.

— ¡Por supuesto que no! Tu frente es maravilloso—le dijo mirándolo de pies a cabeza, de una forma que si no fuera por su estado tan avanzado de embarazo la habría llevado inmediatamente a la habitación.

En el umbral, antes de entrar, se detuvo y la observó.

El último de la luz de esa tarde le caía en el rostro con la generosidad de los crepúsculos de noviembre cuando se dignan a aparecer.

Estaba más hermosa que hacía un año, de eso estaba seguro, y cada día que pasaba lo tenía más claro: una mujer más plena, más entera, más evidentemente feliz que antes.

Sí, pensó mientras la seguía adentro, hacia el calor y la luz y la vida que los dos habían construido desde los escombros de lo que una vez creyeron que era todo. La vida es buena.