Un auténtico placer (Señores jóvenes nº 2) 31. Capítulo 31
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31. Capítulo 31

Estelle conocía a la gente más interesante: artistas, escritores, inversionistas.

Incluso había mujeres que asistían a sus veladas, que eran eventos llenos de conversación y risas, en los que se trataban temas y se realizaban actividades que se considerarían atrevidas en la sociedad refinada.

Incluso tuvieron una velada de dibujo, en la que había una mujer completamente desnuda que usaban como modelo.

Delia se había sentado junto a la pared y no sabía para dónde mirar.

Esas veladas la hacían sentir provinciana, exactamente de la misma manera en que ellos se imaginaban a la aristocracia rural que llegaba a la ciudad y no sabía muy bien cómo comportarse.

Ahí, ella era una de esas personas. Sus opiniones no estaban tan bien desarrolladas, ni eran tan apasionadas ni tan subversivas.

Estelle no era quien defendía esas opiniones.

Más bien, era la receptora de todo ese talento y esa pasión, casi como si les brindara un espacio para expresarse.

Había un vínculo allí con los artistas con los que Penny se había relacionado, en el sentido de que eran invitados más interesantes.

Los invitados de Estelle, sin embargo, estaban más consolidados, eran fundamentales para el desarrollo del país y, además, exitosos.

Y los hombres iban, los caballeros, para sumergirse en esa atmósfera, con la esperanza de llamar la atención de Estelle; y aunque ella se dejaba halagar por su atención, seguía mostrándose distante.

Curiosamente, ella los trataba de manera diferente, elogiando sus cualidades personales ajenas al título o la riqueza, y ellos se sentían a gusto con esa atención.

Era como si ella los viera como personas, y ellos anhelaban eso.

No era una atención oculta tras los modales y la etiqueta, sino un respeto mucho más natural.

Eso hizo que Delia se preguntara hasta qué punto las costumbres de la alta sociedad impedían a los caballeros ser ellos mismos.

Allí podían experimentar el simple hecho de estar en una sala sin tener en cuenta el cargo que ocupaban: eso también era cierto para las mujeres.

Siempre había sido consciente de las restricciones que sufrían las niñas y las mujeres, pero nunca había considerado que también existieran para los hombres, ya que ellos tenían mucha más libertad en comparación con las mujeres.

Pero tal vez había algunas libertades fundamentales de las que ellos carecían.

La libertad de actuar había resultado ser lo más excitante y adictivo que Delia había conocido jamás.

Podía ir a cualquier lado, cuando quisiera.

Era increíble lo rápido que se había olvidado del impacto en su reputación y su valor en la sociedad.

Esas preocupaciones se le habían escapado de la mente.

Bueno, no del todo. Se imponían cuando iba donde Madame Cuthberts, o cuando Penny hacía algo un poco más escandaloso.

Pero ya Estelle se iba por unos días, y Delia entendió que iba a pasar tiempo con su prometido, de una manera que distaba mucho de ser aceptable. Parecía que Estelle quería aprender las reglas de la sociedad, pero no necesariamente cumplirlas.

Así que, al quedarse sola, Delia decidió visitar a Penny.

Eran amigas, y Delia estaba aprendiendo a dejar de lado el desdén que inicialmente había tenido al tratar con Penny.

Siempre había habido algo que la hacía ver a Penny como alguien equivocada, simplemente por lo que hacía y cómo abordaba la vida: incluso verla como alguien inferior.

Esa era otra gran creencia a la que estaba aprendiendo a enfrentarse.

Gran parte de la alta sociedad se organizaba en torno a ser mejor que los demás.

Mejor que ellos, mejor que la aristocracia rural, mejor que las señoritas jóvenes adineradas cuyos padres habían hecho fortuna en el comercio, y mejor que Penny.

Todo giraba en torno a quién pertenecía y quién no, y qué lugar ocupabas en la alta sociedad.

Aquello era tan innecesario. ¿Cuál era el propósito de todo eso?

Así que no iba a acercarse donde Madame Cuthberts sin antes haber echado un vistazo furtivo a su alrededor para asegurarse de que nadie de la alta sociedad la viera.

¿Qué era exactamente la alta sociedad, y quién lo decidía?

Bueno, en realidad ella sabía quién lo decidía, y no eran precisamente personas admirables.

Era como si gente desagradable se hubiera convencido a sí misma de que ocupaba posiciones en las que se la valoraba y se la complacía. Y eso les venía muy bien.

Penny aún no estaba completamente vestida cuando le pidieron a Delia que entrara.

—¿Qué crees que debería ponerme hoy? ¿Este? —dijo mostrando un vestido amarillo limón que solo podía describirse como un invento—. Sé que el amarillo es difícil de llevar, pero creo que me queda bien, ¿o este otro? —Era otro de sus vestidos rosas que tanto le encantaban.

—Creo que con el clima va bien el rosa.

—Ah, qué bien. Es nuevo. Todavía no me lo he puesto.

—Deberías invertir tu dinero —dijo Delia—. Estelle dice que inviertas todo lo que puedas y que no lo gastes si no es necesario.

—¿Qué gracia tiene el dinero si no lo gastas? —dijo Penny mientras se ponía el vestido—. ¿Me puedes ayudar a abrocharlo?

¿Y por qué se había comprado un vestido con el que necesitaba ayuda?

—Dice que compres acciones, propiedades, joyas. Cosas que aumentarán de valor.

—¿Quieres salir o pedimos que nos traigan un té?

Delia tenía la sensación de que a Penny le encantaba que la atendieran. Qué rápido uno se acostumbraba a esa vida, pero supuso que para ella era algo nuevo después de haber tenido que salir a la calle para conseguir todo lo que necesitaba.

—Podemos tomar el té aquí si quieres.

—Oh, qué bien. Con tantas comodidades, me cuesta salir de la mansión.

—Lo entiendo —dijo Delia con una sonrisa.

—¿Y cómo es ella? ¿Estelle Langborne?

—Es bastante sensata. Divertida, pero también un poco fría. Es una curiosa mezcla de calidez y frialdad, y sientes que te está tomando confianza, y que tienes suerte de que así sea.

—Sabes, creo que hay cierta seguridad en sí mismas que tienen esas mujeres —dijo Penny, y tiró de la cadena para llamar al servicio.

Era difícil señalar qué era lo que hacía a Estelle tan magnética, pero Delia lo sentía.

—Está realmente enamorada del Conde de Witterrose. De lo contrario, creo que no se casaría con él.

—¿Te imaginas estar en una situación en la que tu vida sea tan maravillosa que puedas decirle que no a un conde?

La Delia de antaño, desde luego, no podía.

—Sabes, ella nació en esa profesión. Su madre vendió su virginidad por una enorme suma de dinero.

—Ya lo sabía. Mucha gente lo sabe. Sigue siendo común. Es el cliente mejor pagado que jamás tendrás. Fui estúpida, porque regalé la mía a un mozo de cuadras. Pero supongo que no me arrepiento. Atesoro esos recuerdos.

—¿Te gustaba?

—No, no especialmente, pero fue muy emocionante. Se sintió como algo que sacudía el mundo, como si estuviéramos descubriendo un nuevo mundo. Pero al final, no valía la pena quedarme con él.

Nadie había descrito jamás el acto como algo que sacudía el mundo. De hecho, nadie hablaba de ello, al menos nadie que realmente lo supiera. Solo se susurraba entre las muchachas curiosas.

—¿Te. . . gusta? ¿El acto?

—¿Te refieres a montarte encima de un hombre?

—dijo ella con una carcajada emocionada—.

De hecho, me encanta. Sé que los hombres pueden ser agotadores, pero me encanta el acto en sí.

Para mí sigue siendo un poco trascendental.

No al mismo nivel que con el mozo de cuadra, pero… no sé. Sigue siendo emocionante.

Se suponía que esas mujeres debían odiarlo, sentirse degradadas por un acto así, tener que ofrecer sus cuerpos para que los hombres los tomaran, pero ella se daba cuenta de que Penny no mentía.

Aunque el acto pudiera ser impactante, para Delia lo más impactante eran esas revelaciones interminables que desmentían todas las suposiciones que había dado por ciertas.

—¿Todas las mujeres se sienten así? ¿Todas las mujeres de aquí?

—No, para nada. Muchas de ellas solo lo toleran por el dinero —dijo Penny, lo cual coincidía más con lo que Delia había supuesto—. En parte, depende del hombre. A veces te toca un hombre guapo que sabe lo que hace.

—¿Sabe lo que hace? —repitió Delia.

—Un hombre con habilidad. ¿En serio? ¿No sabes nada?

—Parece que no. ¿Hay diferentes niveles de habilidad?

—Muchísimos. Si estás en las manos del hombre adecuado, realmente es algo que te deja sin aliento. Es como si te trajera las estrellas.

¿Era esa en parte la razón por la que Estelle estaba enamorada del conde?

—¿Cómo saber si alguien va a ser algo trascendental?

—En realidad es muy difícil saberlo. A veces se nota en la atención que te presta un hombre. Puedes saber si solo están ahí para aprovecharse y marcharse, pero algunos hombres quieren jugar con tu cuerpo como si fuera un instrumento. Quieren una conexión más profunda contigo como mujer.

—Sinceramente, no tengo ni idea de qué estás hablando.

—Claro que no. Eres una completa inocente. Mira, si quieres mi consejo, por si te sirve de algo, sé una mujer que disfrute estando con un hombre. Si Estelle te enseña algo, es cómo ser así. No dejes que los hombres te usen ni te conformes con ser un simple objeto para sus deseos. Sé una amante.

Delia no tenía ni idea de a qué se refería exactamente, pero reconoció algo instintivamente.

—Esa mujer está en posición de elegir a quién invitar a su cama. Yo quiero estar en esa posición. Todavía no he llegado a ese punto —dijo Penny.

—Tienes que invertir tu dinero para lograrlo.

—Hay más que eso, pero entiendo tu punto. Vale para ambas. Sabemos qué tipo de mujeres queremos ser.

—Yo no lo sé —admitió Delia.

—Eso es un gran obstáculo para convertirte en esa persona, ¿no crees? Sabes, sea lo que sea, deberías vender tu virginidad.

—¿Qué? No.

—Aunque esta vida no sea para ti, te dará suficiente dinero para empezar tu carrera.

—No si mi objetivo es conseguir un marido.

Penny fingió un bostezo.

—Claro, qué emocionante. Oh, perdón, que seguro.

—Hay que reconocer que lo seguro tiene sus ventajas.

—Hay que reconocer que Estelle Langborne tiene sus ventajas. ¿Sabes la suerte que tienes de aprender de ella?

—Formalmente, me contrató para que le enseñara.

—Esas son reglas estúpidas para gente estúpida.

La verdad es que era difícil rebatir el argumento de Penny.

—Además, en el fondo, aunque les entusiasme la idea de desflorar a alguien, que, por cierto, es una fantasía, en realidad no les importa tanto la virginidad. Si alguien se enamora de tu virginidad, no se está enamorando de ti, ¿verdad? —dijo Penny con un bufido—. Y eso se acaba en una sola noche.