Un Asunto Carnal (Sebastián Delgado, Detective Psíquico 1) Capítulo XII #9
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Capítulo XII #9

No podía saber si Mariano había pensado así desde el primer instante o si la idea surgió cuando comprendió que Sebastián podía escucharlo. En cualquier caso, había transformado su accidente en una herramienta.

El detective sintió menos rabia.

Solo un poco menos.

Una tarde recibió una llamada de Alicia. No pidió verlo. Quería saber si la investigación sobre el contrato podía afectar a la empresa entera.

Sebastián respondió que no era abogado ni policía. Podía afectar a quienes hubieran firmado, decidido o falseado documentación, si se demostraba que eso había ocurrido.

Alicia guardó silencio.

—Ricardo está asustado.

—Debería hablar con un abogado.

—Ya tiene varios.

—Entonces está mejor acompañado que yo.

Ella no se rio.

Antes de colgar, Alicia preguntó si Mariano había sufrido mucho.

Sebastián no estaba preparado para esa pregunta.

Podía haber respondido con los detalles que el muerto le había contado. Decidió no hacerlo.

—Ya terminó.

Era una respuesta insuficiente, pero Alicia la aceptó.

Después de la llamada, Sebastián pensó que los muertos podían utilizarlo también para proteger a los vivos de ciertas verdades. No todas las informaciones merecían ser entregadas solo porque fueran ciertas.

La experiencia con Mariano modificó una regla de trabajo. Sebastián compró un cuaderno nuevo y escribió en la primera página: «Los muertos también mienten».

Debajo añadió: «Cobrar por adelantado».

La segunda frase le pareció más importante.

Empezó a diseñar una tarifa distinta para clientes fallecidos. El problema práctico era evidente. Un fantasma podía prometer cuentas, cajas fuertes, herencias o sobres escondidos. Comprobar el pago antes de trabajar resultaba difícil.

Consideró pedir a los muertos que indicaran un objeto de valor cuya existencia pudiera verificar.

La idea funcionó durante aproximadamente treinta segundos, hasta que imaginó una fila de espectros enviándolo a buscar joyas escondidas detrás de paredes.

Cerró el cuaderno.

Quizá la profesión no admitía soluciones administrativas.

El caso Gimeno empezó a retirarse de su vida con la lentitud habitual. Primero dejó de pensar en él al despertarse. Después consiguió pasar una tarde completa sin recordar a Kalashov. Las quemaduras de Tabarca desaparecieron. Los cortes del accidente cicatrizaron.

Lo que permaneció fue la sensación de haber cruzado una frontera profesional.

Hasta entonces Sebastián había considerado su capacidad una ventaja imperfecta.

Podía obtener testimonios inaccesibles para otros investigadores.

Mariano le había demostrado el reverso: una fuente imposible de interrogar mediante procedimientos normales podía manipularlo con una eficacia extraordinaria.

No bastaba con ver muertos.

Había que investigarlos también.

La conclusión le gustó.

Le habría gustado más si hubiera cobrado.

Cuando volvió a escuchar Coltrane en el despacho, varias semanas después, la música recuperó su función habitual. Ya no servía para ordenar pistas. Sebastián se sirvió un DYC y dejó que el disco avanzara.

Quinito apareció en la silla donde Mariano se había sentado la primera vez.

—No empieces.

El fraile no hizo nada.

Sebastián levantó el vaso.

—Por los clientes honestos.

Pensó un momento.

—Vivos o muertos.

Quinito inclinó ligeramente la cabeza.

Sebastián decidió interpretar el gesto como un brindis.

Fuera, la ciudad continuaba con su ruido ordinario.

En algún lugar, Ricardo Gimeno estaría explicando contratos.

Alicia intentaría decidir qué parte de su vida anterior podía conservar.

Valverde tendría una carpeta nueva encima de otras carpetas.

El CTRE seguiría funcionando bajo procedimientos, inspecciones y promesas de seguridad.

Y Mariano estaba muerto.

Accidentalmente.

Sebastián bebió un trago y sonrió al recordar cuánto había tardado en descubrir la única verdad que el cliente conocía desde el principio.

Aquello, pensó, sí que era un asunto carnal: vivos empeñados en convertir deseos, miedo, dinero y ambición en decisiones capaces de sobrevivirles.

La luz del despacho parpadeó.

Sebastián miró hacia Quinito.

—Como sea Mariano, dile que no estoy.

El capuchino no se movió.

La luz volvió a estabilizarse.

Sebastián terminó el whisky.

Durante la semana siguiente, Sebastián recibió noticias fragmentarias de Valverde.

Ninguna tenía la contundencia de una detención, pero todas confirmaban que el contrato había dejado de ser un asunto privado entre los Gimeno.

Se estaban solicitando documentos, verificando firmas y revisando la capacidad declarada por Cerámicas.

El mecanismo era lento y carecía del dramatismo de una persecución por Tabarca, aunque probablemente resultara más peligroso para Ricardo que cualquier interrogatorio improvisado.

Sebastián descubrió que esa lentitud le convenía. Después de tantos días reaccionando a cada movimiento, podía observar cómo el caso continuaba sin él. Había una modestia saludable en comprobar que el mundo no necesitaba su presencia constante para avanzar.

Valverde llamó una mañana para preguntarle por la copia del contrato.

—La firma de Mariano va a mirarla un perito.

—Eso llevo diciendo desde hace días.

—Tú llevas diciendo muchas cosas.

Sebastián aceptó el reproche. La diferencia era que, por primera vez, esperaba con verdadero interés un resultado que pudiera contradecirlo.

La conversación terminó sin novedades sobre el Escort.

Aquello sí le pareció imperdonable.

Alicia abandonó el hotel Berlín poco después. Sebastián lo supo porque pasó por allí y preguntó con una indiferencia que no engañó al recepcionista. Había dejado la habitación y trasladado parte de sus cosas. Nadie sabía si regresaría.

El detective miró hacia la zona del bar. Sin Alicia, los rusos y las carpetas, el hotel recuperaba su naturaleza de edificio ligeramente envejecido que sobrevivía gracias a turistas fieles y a una estética incapaz de decidir en qué década quería permanecer.

María Jesús no estaba.

Sebastián agradeció el detalle.

Subió hasta la planta de la habitación 503 por una razón que no habría sabido justificar. El pasillo era idéntico al de cualquier otro día. Una camarera empujaba un carro de limpieza y varias puertas tenían colgado el aviso de no molestar.

La habitación de Alicia estaba abierta. Desde fuera vio una cama sin equipaje, cortinas recogidas y superficies vacías.

Le sorprendió que un escenario pudiera desprenderse tan deprisa de una historia. Durante la investigación, aquella puerta había concentrado sospechas, deseo, dinero y peligro. Ahora era una habitación preparada para el siguiente huésped.

Sebastián siguió caminando.

Pensó en cuántas veces ocurría lo mismo con los lugares donde había visto muertos.

Una aparición podía convertir una cocina, una carretera o una habitación en el centro del mundo durante unos minutos.

Después desaparecía y el lugar continuaba siendo utilizado por personas que ignoraban por completo lo sucedido.

Quizá esa fuera una de las razones por las que nunca había sentido verdadera fascinación por las casas encantadas. Los edificios no eran los que tenían problemas. Eran las personas.

Y algunas personas estaban muertas.

La posible falsificación de la firma de Mariano produjo una última conversación con Ricardo. Esta vez no fue Sebastián quien la buscó. El empresario telefoneó al despacho y pidió verlo.

La voz había perdido parte de la seguridad de la primera entrevista.

Sebastián aceptó.

Ricardo llegó sin secretaria, sin trofeos y sin el escenario de caoba que lo hacía parecer más grande. En la oficina del detective era únicamente un hombre bien vestido que llevaba varios días durmiendo poco.

No habló de Alicia al principio. Preguntó qué había entregado a la policía.

Sebastián respondió que todo lo que consideró relevante.

—No sabe lo que está haciendo.

—Esa frase me la dicen bastante.

Ricardo explicó que el contrato podía salvar una parte importante de la empresa, abrir mercados y garantizar años de trabajo. Mariano, según él, había sido incapaz de entender que la compañía necesitaba crecer.

Sebastián escuchó.

Por primera vez Ricardo habló de su hermano sin intentar describir una relación perfecta.

Había admiración mezclada con resentimiento.

Mariano había tomado durante años las decisiones finales.

Incluso cuando Ricardo proponía una operación, el hermano mayor —o simplemente el hermano dominante— encontraba la forma de revisarla, modificarla o detenerla.

—Todo tenía que pasar por él.

La frase permitió a Sebastián comprender mejor el conflicto que ninguna acusación.

—¿Y la firma?

Ricardo se quedó callado.

Sebastián no necesitó insistir inmediatamente.

El empresario miró hacia la ventana y después hacia Quinito, aunque naturalmente no podía verlo. El fraile había aparecido unos minutos antes y permanecía junto a la pared con una serenidad que contrastaba con la tensión de los vivos.

—Mariano habría terminado aceptando.

No era una respuesta.

—Está muerto, Ricardo. No puede aceptar después.

El empresario apretó la mandíbula.

Sebastián comprendió que había llegado hasta donde podía sin convertir la conversación en un interrogatorio policial. No buscaba una confesión privada que luego resultara imposible demostrar. Necesitaba que Ricardo hablara ante quien correspondiera.

Le recomendó un abogado.

Ricardo soltó una risa breve.

—Tengo abogados.

—Entonces úselos.

Antes de marcharse preguntó si Sebastián creía realmente que había matado a Mariano.

La pregunta dejó al detective en una posición que habría sido sencilla unos días antes.

—No.

Ricardo lo miró con sorpresa.

—Pero creo que ha hecho otras cosas que tendrá que explicar.

El empresario permaneció quieto, quizá esperando una ampliación. Sebastián no se la dio.

Cuando la puerta se cerró, Quinito seguía allí.

—Eso ha sido raro —dijo Sebastián.

El fraile no discrepó.