Capítulo XII #10
La conversación confirmó una intuición que había ido creciendo desde la revelación de Mariano.
Ricardo podía haber cometido delitos importantes sin ser asesino.
Sebastián había permitido que la gravedad de una sospecha absorbiera todas las demás.
Era un error común: una vez que alguien parecía capaz del peor acto, cualquier conducta posterior se interpretaba como confirmación.
El caso le había enseñado una regla que decidió añadir al cuaderno.
«Un culpable puede ser inocente de otra cosa.»
La frase le pareció obvia.
Las reglas útiles solían parecerlo después de aprenderlas.
Añadió debajo: «No trabajar gratis.»
Esa continuaba siendo universal.
Días después, Valverde confirmó que los primeros análisis no permitían sostener una manipulación deliberada de la cámara frigorífica. Había fallos, deficiencias y una combinación de circunstancias que explicaban el accidente sin necesidad de intervención externa.
Sebastián recibió la noticia en silencio.
Era la comprobación que le faltaba.
Mariano había dicho la verdad al final.
El comisario preguntó por qué no parecía sorprendido.
—Porque mi fuente rectificó.
—¿Tu fuente?
—Problemas de conciencia.
Valverde dejó escapar un sonido que podía ser una risa o una protesta.
—Algún día me contarás cómo trabajas de verdad.
Sebastián miró a Quinito, sentado frente a él.
—No te gustaría.
El informe sobre la cámara cerraba una puerta y abría otra reflexión. Mariano había conocido su propia muerte con precisión suficiente para saber que había sido accidental. Cuando se presentó en el despacho, por tanto, no había confusión ni recuerdo incompleto. Había elegido cada palabra.
«Mi hermano.»
Dos palabras.
Habían bastado.
Sebastián recordó la eficacia de aquella entrada y sintió una admiración que intentó reprimir. Mariano habría sido un buen narrador. Sabía dónde colocar el anzuelo.
También sabía a quién.
El detective se preguntó cuánto tiempo había observado su vida antes de aparecer.
No existía una respuesta clara sobre lo que los muertos podían saber después de morir.
Algunos parecían desorientados; otros conocían acontecimientos ocurridos lejos del lugar de su fallecimiento.
Quinito jamás había colaborado en establecer una teoría.
Mariano, en cambio, sabía que Sebastián necesitaba dinero.
Eso explicaba la cuenta de Andorra.
La mentira había sido diseñada con precisión profesional.
Sebastián decidió aumentar todavía más la amenaza sobre las flores de su tumba.
Nunca llegó a cumplirla.
Una tarde condujo —en un coche prestado— hasta las inmediaciones del cementerio con intención de localizar la sepultura. Se detuvo antes de entrar.
No sabía qué esperaba conseguir.
Mariano estaba muerto y probablemente sería capaz de verlo. Orinar sobre unas flores mientras el difunto observaba podía proporcionar una satisfacción momentánea, pero también iniciar una discusión difícil de terminar.
Además había gente cerca.
Sebastián regresó al coche.
Consideró aquel acto una demostración de madurez.
La siguiente llamada de Valverde llegó con una noticia sobre la documentación empresarial. Había indicios suficientes para continuar investigando irregularidades relacionadas con el contrato. El comisario evitó entrar en detalles.
—Ya no es cosa tuya.
Sebastián reconoció la frase como una forma educada de expulsarlo.
—Nunca fue cosa mía. Me contrataron por un asesinato.
—Que no existía.
—Detalles.
Valverde le recordó que esos detalles eran la diferencia entre una investigación criminal y una pérdida de tiempo.
Sebastián colgó satisfecho.
Si la policía consideraba que el resto merecía continuar, Mariano había conseguido su objetivo.
La conclusión volvió a irritarlo.
En el despacho, la ausencia del caso empezó a crear huecos. Ya no había que viajar a Torrevieja, esperar a Alicia, reconstruir papeles ni estudiar instalaciones de residuos. Sebastián recuperó encargos más pequeños y menos peligrosos.
Un hombre quería saber si la presencia de su padre fallecido seguía en una casa que pretendía vender.
Una mujer estaba convencida de escuchar a su hermana en un teléfono desconectado.
Sebastián aceptó ambos.
Cobró por adelantado.
La nueva norma funcionaba mejor con clientes vivos.
Con los muertos continuaba sin resolver el problema.
Quinito pareció especialmente interesado cuando Sebastián explicó su sistema de tarifas.
—Tú tienes deuda histórica.
El fraile levantó una ceja.
Era la primera reacción clara que Sebastián obtenía en toda la tarde.
—Ah, eso sí lo entiendes.
Quinito desapareció.
Sebastián anotó mentalmente que los fantasmas podían evitar conversaciones económicas con la misma eficacia que los vivos.
El asunto de Verónica regresó de forma inesperada cuando encontró otra cinta entre objetos rescatados de una caja antigua. No era la Maxwell del accidente. En la etiqueta aparecía una fecha y una lista de canciones escrita con bolígrafo azul.
Reconoció la letra.
Durante varios minutos no buscó un reproductor. Se limitó a sostenerla.
La aparición de Verónica había sido breve, pero había introducido en el caso una emoción distinta. Mariano, Colette y Quinito pertenecían a historias que Sebastián podía observar con cierta distancia. Verónica pertenecía a la suya.
Encontrar la cinta le recordó que la memoria también era una forma de aparición.
Finalmente consiguió un reproductor.
La primera canción sonó con un leve siseo de fondo. Sebastián escuchó hasta el final sin hacer otra cosa.
Verónica no apareció.
Le pareció bien.
No todos los recuerdos necesitaban convertirse en fantasmas.
Con el paso de las semanas, incluso Kalashov perdió nitidez.
Sebastián seguía atento a coches que permanecían demasiado tiempo cerca del despacho y a hombres grandes que parecían observarlo.
Era difícil saber cuánto de esa vigilancia existía y cuánto había quedado instalado en su imaginación después de Tabarca y el CTRE.
No recibió nuevas amenazas.
Interpretó el silencio como una buena señal.
También podía significar que el georgiano tenía asuntos más importantes.
Sebastián prefería esa posibilidad. Ser irrelevante para determinados hombres era una aspiración razonable.
El coche de sustitución llegó finalmente de una forma coherente con su vida profesional. Un cliente con problemas económicos ofreció un vehículo como parte del pago.
Sebastián lo examinó con desconfianza.
—¿Frenos?
—Perfectos.
La palabra le produjo un escalofrío.
Exigió que un mecánico los revisara antes de aceptar.
El cliente preguntó si había tenido alguna mala experiencia.
Sebastián pensó en la sabina, en Verónica y en el Escort desaparecido.
—Una pequeña.
No explicó más.
Cuando volvió a conducir solo, descubrió que echaba de menos la posición del volante del Ford. Tardaría en acostumbrarse.
Los objetos también dejaban fantasmas.
La última vez que Mariano apareció no fue convocado.
Sebastián estaba cerrando el despacho cuando notó el descenso de temperatura. No necesitó mirar para saber quién era.
—No.
Mariano estaba junto a la puerta.
No parecía venir a pedir nada.
—He dicho que no.
El muerto sonrió.
Sebastián señaló el exterior.
—Cliente que no paga, cliente que no entra.
Mariano intentó hablar.
—Ni una palabra.
Durante unos segundos permanecieron frente a frente. El detective esperaba otra explicación, quizá una disculpa más elaborada. Mariano simplemente inclinó la cabeza.
Después desapareció.
Sebastián se quedó quieto.
Aquella despedida le molestó menos de lo que esperaba.
—Sigue siendo un moroso —dijo.
Quinito apareció detrás.
—Y tú no ayudes.
Cerró el despacho.
La experiencia había cambiado su relación con las apariciones de una manera difícil de explicar. Hasta entonces el hecho extraordinario era que los muertos pudieran hablar. A partir de Mariano, lo extraordinario sería decidir cuándo creerlos.
Esa duda no debilitaba su oficio.
Lo hacía más parecido a cualquier otro.
Un detective no debía buscar voces verdaderas. Debía buscar hechos capaces de sobrevivir a las voces.
Sebastián tardó treinta y cinco años de convivencia con un fantasma y un falso asesinato en formular esa conclusión.
No le pareció demasiado tiempo.
Había gente que tardaba más en aprender cosas más sencillas.
La noche en que consideró definitivamente cerrado el asunto, sacó el cuaderno y revisó las reglas nuevas.
Los muertos también mienten.
Un culpable puede ser inocente de otra cosa.
Cobrar por adelantado.
La tercera seguía siendo su favorita.
Debajo escribió una última línea:
«No aceptar cuentas secretas en Andorra sin comprobarlas.»
Cerró el cuaderno.
Coltrane sonaba de fondo. El DYC esperaba en el vaso y Quinito ocupaba su lugar habitual.
Sebastián pensó que, pese a todo, Mariano había tenido razón en una cosa.
Había necesitado su ayuda.
Lo demás podían discutirlo cuando se encontraran en circunstancias menos profesionales.
Por el momento, prefería seguir vivo.
FIN