Un Asunto Carnal (Sebastián Delgado, Detective Psíquico 1) Capítulo XII #8
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Capítulo XII #8

Esa noche, antes de acostarse, Sebastián pensó en Quinito. El fraile apareció sentado donde no debía, como tantas veces, sin ofrecer explicación.

—¿Tú también me mientes?

Quinito lo miró.

Sebastián esperó una respuesta que no llegó.

—Perfecto. Una relación basada en la confianza.

El capuchino permaneció inmóvil.

Por primera vez desde la confesión de Mariano, Sebastián se rio.

Después fue al baño. La luz parpadeó mientras se cepillaba los dientes y decidió que al día siguiente compraría una bombilla. Los fenómenos sobrenaturales tenían una ventaja sobre las averías eléctricas: al menos algunos terminaban pagando una historia interesante.

Sebastián dejó pasar unas horas antes de volver sobre el caso.

La confesión de Mariano había cambiado el sentido de la investigación, pero no borraba lo que había descubierto.

Ordenó los documentos en tres montones: lo comprobado, lo probable y lo que dependía únicamente de la palabra de un muerto.

La tercera pila resultó mucho más pequeña de lo esperado.

Casi todo lo importante podía sostenerse ya sin Mariano.

Esa constatación le devolvió cierta dignidad profesional.

Había sido engañado, sí, pero no había recorrido la costa persiguiendo una fantasía.

Ricardo había tomado decisiones que necesitaban explicación; Alicia había participado en reuniones que no encajaban con su supuesto alejamiento de los negocios; Kalashov tenía intereses concretos en el CTRE.

La muerte accidental no limpiaba el resto.

Valverde escuchó la nueva versión sin interrumpir. Sebastián evitó contarle de inmediato que el principal testigo acababa de retirar la acusación desde el más allá. Empezó por lo útil: ya no consideraba probado que Mariano hubiera sido asesinado. El comisario levantó las cejas.

—¿Y eso?

Sebastián miró la carpeta.

—Revisión de la fuente.

Valverde conocía suficientemente su manera de trabajar para no pedir detalles. Se limitó a preguntar si el contrato seguía siendo relevante. Sebastián respondió que más que antes.

La conversación permitió separar definitivamente las dos investigaciones.

La muerte podía cerrarse como accidente si los informes técnicos no mostraban manipulación.

El contrato, en cambio, abría preguntas sobre falsificación documental, capacidad industrial y posibles irregularidades en el suministro.

Eran asuntos menos espectaculares que un asesinato, pero mucho más fáciles de presentar ante un juez sin mencionar apariciones.

Sebastián salió de la comisaría con una sensación contradictoria. Durante días había buscado un homicida. Ahora la mejor noticia posible era demostrar que no existía.

El hotel Berlín también cambió después de la revelación.

Sebastián regresó una última vez y descubrió que el edificio parecía más pequeño.

Sin la necesidad de interpretar cada movimiento, la recepción volvía a ser una recepción y el bar, un bar donde María Jesús podía convertir cualquier canción en una amenaza para la concentración.

Alicia estaba allí.

Sebastián dudó antes de acercarse. Ya no necesitaba provocarla ni observar sus reacciones. Podía marcharse. Sin embargo, quería verla sabiendo que Mariano no había sido asesinado.

La viuda le preguntó si había terminado su trabajo.

—Casi.

Alicia sostuvo la mirada. Parecía cansada. Sebastián pensó que probablemente llevaba semanas viviendo dentro de una situación que tampoco controlaba por completo.

No le habló de fantasmas. Le dijo que la muerte de Mariano podía haber sido realmente accidental y observó su reacción. Alicia cerró los ojos durante un instante. No fue alivio limpio. Había culpa en alguna parte, aunque quizá no perteneciera al crimen que Sebastián había buscado.

—Entonces todo esto…

—Todo esto sigue existiendo —respondió él—. Solo significa que una cosa no causó necesariamente la otra.

Alicia comprendió.

El detective preguntó por Ricardo. Ella tardó en contestar.

Admitió finalmente que la relación había comenzado antes de la muerte de Mariano, aunque evitó precisar cuánto antes.

Sebastián no necesitaba una fecha exacta.

La confesión explicaba la frase sobre el cuerpo todavía caliente y la prudencia con que ambos se trataban en público.

Alicia insistió en que nunca deseó la muerte de su marido.

Sebastián la creyó.

No porque pudiera demostrarlo, sino porque ya había aprendido cuánto daño causaba confundir una impresión con una prueba. Guardó esa creencia en el lugar correspondiente: fuera del expediente.

La conversación derivó hacia el contrato.

Alicia conocía más de lo que había reconocido al principio.

Mariano se había opuesto durante semanas.

Consideraba que Cerámicas no estaba preparada y que Ricardo había aceptado compromisos demasiado grandes.

Las discusiones entre los hermanos habían aumentado.

—Ricardo decía que Mariano siempre encontraba una razón para frenarlo.

Sebastián reconoció en la frase el resentimiento que había percibido en el despacho.

—¿Y usted qué pensaba?

Alicia miró hacia las ventanas del hotel.

—Que los dos tenían parte de razón. Y que ninguno sabía parar.

La respuesta era menos útil que una acusación, pero probablemente más verdadera.

Sebastián abandonó el Berlín sin intentar obtener nada más. Al cruzar la recepción escuchó los primeros compases del acordeón y aceleró el paso. Había peligros frente a los que la experiencia recomendaba retirarse.

La última comprobación sobre Cerámicas confirmó lo esencial.

No aparecían inversiones recientes de la magnitud que Sebastián esperaba encontrar para adaptar la producción.

Había proyectos, presupuestos y conversaciones con proveedores, pero la distancia entre la capacidad existente y la prometida seguía siendo considerable.

Eso no demostraba por sí solo una estafa. Una empresa podía ampliar instalaciones después de adjudicarse un contrato. El problema era la seguridad con que se habían firmado compromisos antes de disponer de los medios.

Mariano había visto esa distancia y se había negado a asumirla.

Ricardo había visto una oportunidad.

Entre ambas posiciones se había abierto una grieta por la que terminaron entrando Alicia, Kalashov y Sebastián.

El detective pensó que la explicación resultaba menos cinematográfica que un asesinato en una cámara frigorífica. También resultaba más humana. Muchas decisiones peligrosas no nacían de un plan malvado, sino de personas convencidas de que podrían solucionar mañana lo que habían prometido hoy.

Kalashov era otra cuestión.

Sebastián no esperaba volver a verlo y se alegraba de ello. El georgiano había cumplido una función muy concreta en el caso: mostrar qué clase de intereses rodeaban el contrato. No necesitaba convertirlo en responsable de todo. Su presencia era suficiente.

Valverde le comunicó días después que la documentación entregada había empezado a moverse por canales que Sebastián prefería no conocer. Habría comprobaciones. Peritos revisarían firmas y capacidades. Nadie prometía resultados rápidos.

—La justicia no trabaja a tu velocidad —dijo el comisario.

—Mi velocidad incluye un Ford Escort contra una sabina.

—Precisamente.

Sebastián preguntó si habían encontrado el coche.

Valverde negó con la cabeza.

La pérdida le dolió de nuevo.

Durante la búsqueda de un sustituto descubrió que recordaba el Escort mejor de lo que esperaba.

Sabía qué ruido hacía al arrancar en frío, cuánto había que levantar el tirador de una puerta y en qué posición exacta funcionaba el ventilador sin vibrar.

Esas características habían sido defectos mientras poseía el coche y se convertían ahora en personalidad.

Visitó varios vehículos usados. Ninguno le gustó.

El vendedor de uno aseguró que pertenecía a un anciano que solo lo utilizaba los domingos.

Sebastián preguntó si el anciano estaba muerto.

El hombre lo miró con cautela.

—No.

—Entonces no me interesa.

Se marchó antes de tener que explicar el criterio.

Quinito apareció aquella noche mientras Sebastián revisaba las cuentas. La falta de pago de Mariano seguía siendo un problema real. El alquiler, la electricidad y el tabaco mantenían la desagradable costumbre de exigir dinero vivo.

—Podrías empezar a colaborar —dijo al fraile—. Treinta y cinco años aquí y nunca has pagado una factura.

Quinito observó los papeles.

—Ni siquiera sé si consumes electricidad.

El capuchino se levantó y caminó hasta la ventana.

Sebastián lo siguió con la mirada. Había días en que sospechaba que el fraile entendía cada palabra y elegía el silencio por diversión.

—Mariano me engañó.

Quinito volvió la cabeza.

—No pongas esa cara. Tú no me advertiste.

El fantasma permaneció quieto.

Sebastián recordó entonces la primera aparición de Mariano, la seguridad con que había pronunciado el nombre de su hermano.

Si Quinito había percibido la mentira, no había hecho nada para impedirla.

Quizá los muertos no compartían entre ellos una verdad automática.

Quizá cada conciencia conservaba las mismas limitaciones que había tenido en vida.

La idea le resultó tranquilizadora. Prefería un más allá desorganizado a una conspiración universal contra los detectives.

Pasaron varios días antes de que Sebastián regresara a la cámara frigorífica en sus pensamientos. Ya no buscaba señales de asesinato. Intentó imaginar únicamente el accidente.

Mariano entra. Un fallo lo deja atrapado. Los sistemas no responden como deberían. El tiempo pasa.

La escena era terrible sin necesidad de un culpable.

Sebastián comprendió por qué el propio Mariano había necesitado convertirla en otra cosa.

Morir por una combinación de averías y mala suerte podía resultar insoportablemente absurdo para un hombre acostumbrado a controlar empresas, contratos y personas.

Después de la muerte había encontrado una forma de otorgar sentido a su final: utilizarlo.