Capítulo XII #7
Sebastián pensó en el orgullo industrial de Mariano. Quizá su oposición no nacía únicamente del miedo a un accidente futuro. Un hombre que había construido una empresa podía considerar intolerable firmar por un producto que sabía incapaz de fabricar.
Ricardo, en cambio, podía ver el contrato como la oportunidad que permitiría financiar precisamente esa transformación.
Dos empresarios podían mirar la misma operación y ver prudencia o cobardía, crecimiento o temeridad. No hacía falta que uno fuera un monstruo para que el conflicto se volviera feroz.
Durante el trayecto nocturno hacia Murcia, antes de que fallaran los frenos, Sebastián había pensado en llamar a Quinito. La idea era absurda porque nunca había sabido convocarlo de manera fiable. El fraile aparecía cuando quería.
Aun así, habló en voz alta durante unos kilómetros.
—Si estás por ahí, este sería un buen momento.
No ocurrió nada.
La cinta siguió sonando y el Escort mantuvo su vibración habitual. Sebastián sonrió. Tener un fantasma como compañero durante treinta y cinco años no garantizaba asistencia en carretera.
La aparición de Verónica unos minutos después confirmó otra regla: el más allá poseía una organización que no coincidía con sus necesidades.
El accidente le dejó pequeños cortes que descubrió solo cuando la adrenalina disminuyó. Se limpió uno en la mano con agua y comprobó que el temblor tardaba en desaparecer. Había estado más cerca de morir de lo que quiso admitir.
Pensó entonces en la frase de Ricardo sobre el tabaco. Resultaba irónico que alguien le advirtiera de un cáncer mientras otra persona aflojaba los frenos de su coche.
Sebastián encendió un cigarrillo.
No era una decisión inteligente. Tampoco pretendía que lo fuera. El humo le permitió ocupar las manos mientras observaba la carretera y calculaba cuánto faltaba hasta el centro.
Después apagó el cigarrillo con más cuidado del habitual. Provocar un incendio forestal mientras investigaba residuos peligrosos le pareció una redundancia excesiva.
El puesto de control del CTRE continuó preocupándolo después de haber entrado. La ausencia del vigilante podía ser una coincidencia, pero los pases disponibles sugerían un sistema relajado o deliberadamente relajado.
Sebastián consideró la posibilidad de que lo hubieran dejado acceder. Si Kalashov sabía que estaba investigando, permitirle llegar hasta cierto punto podía servir para descubrir qué conocía y después asustarlo.
La idea explicaba la facilidad con que había conseguido documentación y la rapidez con que aparecieron los hombres.
No podía demostrarlo. Lo importante era que dejaba de sentirse intruso y empezaba a sentirse invitado.
Las invitaciones de Kalashov no parecían una buena noticia.
Mientras la responsable de prensa describía el funcionamiento del centro, Sebastián observó a los trabajadores a través de un cristal. Los procedimientos parecían precisos. Nadie corría. Cada movimiento estaba integrado en una secuencia.
Eso reforzó una idea: el peligro no estaba necesariamente en el CTRE como instalación. Podía estar en un proveedor que entregara un componente deficiente dentro de un sistema que confiaba en que ese componente cumpliera lo prometido.
La diferencia era importante. Convertir el centro entero en una conspiración habría sido sencillo y falso. El contrato con Cerámicas tenía suficiente gravedad sin necesidad de imaginar bidones luminosos ni científicos dementes.
Sebastián prefería los peligros ordinarios. Eran los que conseguían contratos, sellos y facturas.
La conversación con Kalashov fue breve, pero Sebastián la reprodujo después varias veces. El georgiano no le preguntó exactamente qué había descubierto. Le habló de lugares donde podía desaparecer y de la conveniencia de abandonar determinados asuntos.
Eso significaba que sabía lo suficiente sobre la investigación para considerarla peligrosa, aunque quizá no supiera qué documentos tenía el detective.
Sebastián decidió no llevar todos los papeles juntos a partir de entonces. Hizo copias y las dejó en lugares distintos. Una terminó en manos de Valverde con instrucciones sencillas: si él desaparecía, que leyera primero los nombres subrayados.
El comisario preguntó si aquello era una dramatización.
—Prevención laboral —respondió Sebastián.
Valverde guardó la copia.
La confrontación con Ricardo necesitaba un equilibrio difícil. Si Sebastián revelaba demasiado, podía indicarle qué pruebas destruir. Si revelaba poco, no obtendría reacción.
Empezó por la maquinaria porque era verificable. Preguntó por inversiones recientes y ampliaciones de planta. Ricardo respondió con generalidades. Sebastián mencionó entonces los requisitos de los contenedores sin fingir conocimiento técnico superior al que tenía.
—No sé fabricarlos —admitió—. Pero sé leer una factura. Y una maquinaria de ese precio deja facturas.
Ricardo no sonrió.
La frase produjo más efecto que cualquier acusación paranormal. Sebastián continuó por ese camino.
Cuando introdujo la firma de Mariano, Ricardo cambió de postura. Fue un movimiento mínimo: dejó de apoyarse en el respaldo y acercó los brazos a la mesa.
Sebastián preguntó si había visto firmar a su hermano.
Ricardo respondió que el documento era válido.
No era la pregunta.
El detective la repitió. Esta vez recibió una explicación sobre procedimientos internos, autorizaciones y personal administrativo. Tampoco era la pregunta.
Sebastián dejó de insistir. Una evasión repetida podía ser más informativa que una mentira clara.
Después pronunció el nombre de Alicia.
La conversación abandonó definitivamente el terreno empresarial.
Sebastián no acusó a Alicia de participar en la muerte. Dijo únicamente que sabía que Ricardo la veía, que el hotel servía para reuniones y que Kalashov había sido recibido allí.
El empresario preguntó qué tenía que ver una cosa con otra.
—Eso intento averiguar.
Era verdad.
Ricardo se enfadó porque esperaba una acusación que pudiera negar. Sebastián le ofrecía conexiones. Negarlas exigía explicar por qué existían.
Durante unos minutos el despacho perdió parte de su teatralidad. Los animales muertos continuaban observando desde las paredes y Sebastián pensó que, si alguno decidía intervenir, aquel sería un momento especialmente inoportuno.
Por fortuna permanecieron callados.
Al salir, Sebastián comprendió que había alcanzado el límite de lo que podía conseguir sin policía. La investigación privada servía para encontrar rutas; a partir de cierto punto hacían falta órdenes, peritos, registros y personas con autoridad para exigir documentos.
Valverde recibió el resumen con una mezcla de interés y fastidio. Los casos que parecían accidentes tenían la desagradable costumbre de generar trabajo cuando alguien encontraba contratos dudosos.
Sebastián separó cuidadosamente la sospecha de asesinato del resto. Le entregó hechos: CTRE, Cerámicas, firma, maquinaria, Kalashov. Sobre la muerte de Mariano dijo que seguía investigando.
Fue la primera vez que formuló esa frase sin añadir mentalmente «su hermano lo mató».
La duda no lo hizo abandonar la hipótesis. La volvió más precisa. Ricardo continuaba siendo el principal sospechoso porque reunía oportunidad, beneficio y una relación que podía añadir un motivo personal. Pero Sebastián dejó de tratar cada nuevo dato como confirmación automática.
Revisó la cámara desde el principio. Un fallo eléctrico podía dejar atrapado a alguien. Los sistemas de seguridad podían fallar. Una persona sola podía cometer una cadena de errores sin intervención externa.
Mariano había insistido en que las condiciones habían sido alteradas. Sebastián necesitaba una prueba independiente.
No la tenía.
Aquella ausencia empezó a pesar más que todas las coincidencias.
El pago terminó de romper el equilibrio. Sebastián telefoneó a contactos bancarios, preguntó por plazos y revisó los datos que Mariano le había proporcionado. La cuenta era siempre una promesa situada un paso más allá de la comprobación.
La irritación económica se convirtió en intuición profesional.
Un cliente que miente sobre el pago puede mentir sobre otras cosas.
La regla no era infalible, pero tenía una larga tradición.
Sebastián sacó la ouija del cajón y la dejó sobre la mesa. Todavía no llamó a Mariano. Quería darle una última oportunidad para aparecer por iniciativa propia.
El muerto no apareció.
—Encima moroso —dijo Sebastián.
La revelación final tuvo un efecto distinto a cualquier resolución anterior. Sebastián estaba acostumbrado a descubrir que una persona viva había mentido. Descubrir que el muerto había construido deliberadamente un falso asesinato atacaba el fundamento mismo del encargo.
Mariano explicó que su accidente le había permitido comprender demasiado tarde la dimensión del contrato. Ya no podía detener a Ricardo por vías empresariales. Necesitaba convertir el problema en una investigación capaz de atravesar la familia, el hotel y el CTRE.
Sebastián preguntó por qué no había dicho la verdad.
La respuesta era evidente antes de escucharla: porque probablemente no habría aceptado.
El detective quiso negarlo. Recordó sus facturas, los clientes, el tipo de encargos que solía recibir y comprendió que Mariano lo conocía mejor de lo que le habría gustado.
La mentira no convertía a Ricardo en inocente de todo.
Ese matiz impidió que el caso se derrumbara por completo.
Seguían existiendo el contrato, la posible falsificación, la relación con Alicia y las dudas sobre la capacidad de Cerámicas.
Seguía existiendo Kalashov. Seguía existiendo un sabotaje contra Sebastián que Mariano no había inventado.
La muerte accidental había sido la puerta falsa hacia una habitación real.
Sebastián pensó que esa era la razón por la que se sentía tan irritado. Si todo hubiera sido una ficción del muerto, habría podido descartarlo como una estafa. Pero Mariano había conseguido que la estafa sirviera para descubrir un peligro verdadero.
Era difícil odiar con comodidad a alguien que quizá hubiera evitado una catástrofe.