Capítulo XII #6
El detective insistió en los requisitos técnicos. Si la empresa no había realizado determinadas inversiones, ¿cómo pensaba cumplir el contrato? Ricardo respondió que los procesos industriales eran más complejos de lo que Sebastián comprendía. Era cierto. También era una manera de no contestar.
Cuando apareció el nombre de Mariano, la conversación dejó de ser técnica. Sebastián recordó su oposición, la firma y el beneficio que su muerte proporcionaba a quien quería continuar. Después mencionó a Alicia.
Ricardo se levantó. No confesó. No era necesario. La reacción confirmó únicamente que Sebastián había alcanzado una zona que el empresario quería proteger. Todo lo demás tendría que demostrarlo la policía.
Al terminar la confrontación, Sebastián no sintió la satisfacción que esperaba.
Había construido un caso convincente y, sin embargo, una parte de él continuaba buscando una pieza ausente.
Podía explicar por qué Ricardo necesitaba la firma de Mariano.
Podía explicar su interés en Alicia y su relación con el CTRE.
Podía incluso imaginar cómo habría organizado la muerte.
Lo que no podía hacer era demostrar que la hubiera organizado.
Mariano sí lo afirmaba. Toda la estructura descansaba, en último término, sobre esa voz. Sebastián pensó en la primera visita al despacho y en la seguridad del muerto. Había aceptado esa seguridad como punto de partida.
La cuenta de Andorra comenzó entonces a parecerle menos un problema bancario y más una pregunta.
La invocación final no tuvo la atmósfera de una sesión espiritista.
Sebastián estaba enfadado. Había perdido un coche, recibido golpes, sufrido una quemadura solar y dedicado días a un asunto cuyo cliente evitaba pagar.
Si el más allá disponía de un departamento de reclamaciones, estaba dispuesto a utilizarlo.
Mariano apareció con una serenidad que irritó al detective antes incluso de escuchar la confesión. La inexistencia de la cuenta fue suficiente para que Sebastián entendiera que había sido manipulado. La revelación de la muerte accidental completó el engaño.
Durante unos segundos no encontró palabras. Después encontró demasiadas.
Mariano explicó que necesitaba detener el contrato.
Su hermano estaba dispuesto a seguir adelante y la operación podía poner en circulación contenedores incapaces de garantizar la seguridad prometida.
Muerto, Mariano ya no podía denunciar, votar ni bloquear decisiones.
Solo podía encontrar a alguien capaz de escucharle.
Y mentirle.
Sebastián comprendió el cálculo. Un supuesto asesinato garantizaba su atención. La acusación contra Ricardo lo conduciría a la empresa. Alicia lo acercaría a Kalashov. El resto dependería de su tendencia a meterse donde no debía. Mariano había convertido su personalidad en parte del plan.
Eso fue casi más ofensivo que la falta de pago.
Cuando Mariano lo llamó héroe, Sebastián pensó en todas las personas que utilizaban esa palabra cuando querían evitar una factura. El muerto parecía convencido de que salvar a desconocidos de un posible desastre industrial compensaba cualquier engaño.
Quizá tenía razón. Sebastián no estaba dispuesto a concedérselo todavía.
La amenaza sobre las flores de la tumba produjo en Mariano una expresión que el detective decidió interpretar como remordimiento. Después la aparición se debilitó. El despacho recuperó su temperatura habitual.
Sebastián permaneció solo. El caso había empezado con un asesinato que nunca ocurrió y terminaba con delitos que nadie le había contratado para descubrir. Pensó en la profesión que había elegido —si podía decirse que la había elegido— y concluyó que necesitaba revisar sus tarifas.
Los vivos pagaban tarde. Los muertos, por lo visto, podían no tener cuenta bancaria.
La investigación había terminado por convertir a Mariano en una presencia incluso cuando no aparecía.
Sebastián comenzó a reconstruir sus últimas semanas a partir de horarios, costumbres y pequeñas decisiones.
Los empresarios que llevaban muchos años al frente de una compañía desarrollaban rutinas casi tan rígidas como las de un funcionario: comidas, llamadas, visitas a fábrica, reuniones que se repetían en días concretos.
Si alguien quería aprovechar una de esas rutinas, no necesitaba vigilar durante meses; bastaba con conocerla desde dentro.
Ricardo la conocía. Alicia también. Los empleados más próximos podían conocerla. Sebastián anotó esos nombres sin entusiasmo. Cuanto más ampliaba el círculo, menos cómoda resultaba la certeza inicial de Mariano.
La cámara frigorífica seguía siendo el punto más oscuro.
Una muerte accidental no necesitaba explicación criminal, pero la descripción de las condiciones interiores continuaba inquietándolo.
El muerto había hablado de oxígeno, dióxido de carbono y temperatura con una precisión impropia de una impresión confusa.
Sebastián decidió que aquella precisión no equivalía a una prueba.
Mariano había trabajado toda su vida en el sector.
Podía conocer perfectamente el funcionamiento de las cámaras y reconstruir después lo ocurrido desde el otro lado.
La posibilidad no eliminaba el misterio. Solo impedía utilizar el conocimiento del muerto como demostración de sabotaje.
En otra visita a la zona industrial, Sebastián observó la entrada de trabajadores durante el cambio de turno.
No buscaba infiltrarse ni obtener documentos.
Quería entender el lugar donde Mariano había pasado buena parte de su vida.
Camiones frigoríficos entraban y salían, las puertas se abrían durante segundos y el movimiento seguía una lógica que desde fuera parecía caótica.
La industria cárnica tenía una materialidad que los despachos ocultaban: frío, agua, metal, superficies lavables, horarios estrictos.
La muerte de Mariano había ocurrido dentro de esa parte física del negocio, no entre contratos y reuniones.
Sebastián pensó que la elección del lugar habría sido extraña para un asesino que quisiera evitar preguntas y, al mismo tiempo, perfecta para quien conociera la fábrica.
Volvió a caer en la misma trampa: cada razonamiento admitía dos lecturas.
Se marchó antes de que alguien preguntara qué hacía allí. La experiencia le había enseñado que observar con aspecto de estar esperando a alguien funcionaba durante un tiempo sorprendentemente largo.
Alicia seguía ocupando una posición ambigua. Sebastián la vio una mañana salir sola del Berlín y caminar hacia el paseo. No la siguió inmediatamente. Esperó unos metros y después mantuvo una distancia suficiente para que aquello pareciera una coincidencia.
La viuda se detuvo frente al mar. Durante unos minutos no hizo nada que pudiera interesar a un detective. No llamó a Ricardo, no recibió sobres, no habló con ningún ruso. Miró el agua.
Sebastián sintió cierta incomodidad. Investigar a una persona obligaba a presenciar momentos que no pertenecían al caso. Alicia podía ser ambiciosa, infiel o cómplice de un fraude y seguir echando de menos a su marido. Las emociones no respetaban la limpieza que exigían los informes policiales.
Cuando regresó al hotel, Sebastián decidió no incluir aquel paseo en sus notas. No todo lo observado merecía convertirse en evidencia.
La llegada de Ricardo al Berlín en otra ocasión confirmó, sin embargo, que la relación continuaba. No hubo abrazos ni gestos evidentes. Bastó con la forma en que Alicia dejó de hablar al verlo y con la seguridad con que él ocupó la silla frente a ella.
Sebastián se instaló en una mesa desde la que podía escuchar fragmentos. Hablaron de plazos, firmas y una reunión que debía celebrarse cuanto antes. El nombre de Mariano apareció solo una vez y produjo un silencio más largo que las demás pausas.
Ricardo quería avanzar. Alicia pedía tiempo.
El detective comprendió que el desacuerdo podía no ser moral. Quizá ella temía que la velocidad hiciera visibles decisiones que todavía debían parecer anteriores a la muerte. Quizá simplemente no quería que su relación con Ricardo se hiciera pública tan pronto. Las dos cosas podían ser ciertas.
Cuando se levantaron, Sebastián permaneció sentado hasta que desaparecieron. Había aprendido que seguir a alguien demasiado pronto era una forma excelente de anunciarse.
La información sobre Kalashov crecía por acumulación de detalles.
Sebastián no necesitaba demostrar cada episodio de su biografía para comprender la clase de interlocutor que tenía delante.
Lo importante era la combinación: negocios internacionales, residuos, sociedades, hombres que actuaban como protección y una reputación que hacía innecesarias muchas amenazas.
Pensó en Ricardo negociando con él. El empresario de los trofeos y la secretaria con megafonía podía sentirse poderoso en su despacho, pero dentro de aquella relación probablemente ocupaba otro lugar. Kalashov no necesitaba impresionarlo con decoración.
Ese desequilibrio podía explicar parte de la urgencia. Una vez comprometido el suministro, Ricardo quizá ya no estuviera en condiciones de decir que su hermano se oponía y cancelar la operación.
Sebastián añadió otra pregunta: ¿qué ocurriría si Cerámicas no cumplía?
No le gustó ninguna de las respuestas posibles.
El documento reconstruido empezó a llenarse de anotaciones en los márgenes. Sebastián marcaba nombres, fechas y términos que debía comprobar. Cada nueva lectura producía una pregunta distinta. Había cláusulas que parecían rutinarias hasta que se relacionaban con la capacidad real de la empresa.
La fabricación de contenedores no podía improvisarse después de obtener el contrato. Si la inversión no se había realizado, alguien confiaba en hacerla más tarde, subcontratarla o entregar un producto que no alcanzara las especificaciones. Las tres posibilidades implicaban riesgos diferentes.