Capítulo XII #5
Esa posibilidad interesaba al detective porque los motivos rara vez eran puros.
Un contrato millonario podía mezclarse con celos antiguos, deseo y resentimiento.
Ricardo podía querer a su hermano y necesitar que dejara de impedirle una operación.
Podía sentirse culpable por acostarse con Alicia y considerar que Mariano la había tratado mal.
Las contradicciones no absolvían a nadie.
Las personas podían sostenerlas durante años sin advertirlas.
Sebastián evitó convertir ese retrato psicológico en prueba. Le servía únicamente para saber dónde presionar.
La hoja triturada exigió varias sesiones. Algunas tiras podían unirse por una palabra; otras, por una línea impresa o la continuidad de una firma. Sebastián utilizó cinta transparente, una lupa barata y una cantidad de paciencia que habría negado poseer.
El documento reconstruido empezó a contar una historia económica.
Cerámicas Hermanos Gimeno no iba a proporcionar azulejos ni piezas decorativas.
El contrato hablaba de recipientes destinados a un uso técnico extremo.
La presencia del zirconio aparecía asociada a exigencias de resistencia y estabilidad.
Sebastián no pretendía comprender toda la ingeniería, pero entendía la diferencia entre fabricar una pieza y garantizar que esa pieza conservaría su función durante décadas.
Buscó información básica, comparó términos y anotó preguntas. ¿Qué maquinaria necesitaba la empresa? ¿La había comprado? ¿Disponía de personal cualificado? ¿Qué controles de calidad se exigían? Si Mariano había frenado el contrato, quizá lo había hecho porque conocía la respuesta.
Por primera vez el posible motivo del asesinato dejó de ser únicamente dinero. Podía haber una disputa sobre el riesgo que Ricardo estaba dispuesto a asumir.
El viaje hacia el CTRE permitió a Sebastián pensar en Verónica antes de verla.
La cinta había sobrevivido años en una guantera, entre recibos, mapas y objetos que nadie tiraba porque siempre parecía posible necesitarlos.
Cuando la música empezó a sonar, regresaron nombres que llevaba tiempo sin pronunciar.
La adolescencia en Elche había tenido una banda sonora grabada en casetes.
Conseguir una canción podía requerir esperar a que sonara en la radio o pedir un disco prestado.
Las cintas guardaban errores: comienzos cortados, voces de locutores, cambios de volumen. Esa imperfección las hacía personales.
Verónica tenía talento para construir selecciones.
No se limitaba a copiar canciones; las ordenaba.
Sebastián recordaba haber discutido con ella porque consideraba imperdonable colocar dos temas lentos seguidos.
Años después no podía recordar el motivo de muchas discusiones importantes, pero conservaba aquella.
Cuando su figura apareció detrás, la memoria dejó de ser abstracta.
Sebastián vio a la muchacha y comprendió que nunca llegaría a conocer a la mujer que habría sido.
Esa era una crueldad particular de su capacidad: podía reencontrar a los muertos, pero solo en la forma que la muerte les había permitido conservar.
Después del accidente permaneció varios minutos junto al Escort sin decidir qué hacer. El coche estaba inclinado y una parte del frontal había recibido el impacto. Sebastián pasó la mano por la carrocería con una mezcla de evaluación y despedida.
Había aceptado el vehículo como pago porque el cliente aseguró que estaba perfectamente cuidado.
Dos semanas después descubrió que «perfectamente» era una palabra de significado flexible.
Desde entonces el Escort había acumulado reparaciones, ruidos y pequeñas humillaciones.
También lo había llevado a cientos de lugares.
Perderlo de aquella manera convertía sus defectos en recuerdos.
La manipulación de los frenos eliminó cualquier sentimentalismo. Alguien había tocado el sistema con intención. No era una amenaza enviada por carta ni un hombre siguiéndolo por una calle. Era una decisión para que muriera sin que pareciera necesariamente un asesinato.
Sebastián pensó en Mariano congelado y sintió una coincidencia desagradable: accidentes que podían no ser accidentes. Se obligó a no convertir la semejanza en una conclusión.
Recogió lo que podía llevar y empezó a caminar.
La oscuridad previa al amanecer hacía que el CTRE pareciera más lejano de lo que indicaban las distancias.
Sebastián avanzó escuchando sus propios pasos y algún vehículo ocasional.
El mazo de Calasparra pesaba en la mano.
No era un arma elegante, pero nunca había tenido una relación especialmente estrecha con la elegancia.
Durante el camino pensó varias veces en Valverde.
Llamarlo habría sido sensato. También habría obligado a explicar cómo había llegado hasta allí, qué esperaba encontrar y por qué llevaba documentos obtenidos de maneras difíciles de incorporar a un atestado.
Sebastián decidió que primero necesitaba saber si la pista conducía a algo real.
El razonamiento era discutible. Lo sabía. Continuó igualmente.
El interior del centro produjo una impresión distinta a la que esperaba.
Sebastián había imaginado tuberías, señales de peligro y trabajadores protegidos por equipos casi espaciales.
Encontró también oficinas, pasillos, máquinas de café y tablones informativos.
La normalidad administrativa convivía con instalaciones diseñadas para materiales que podían matar sin olor, ruido ni color.
Esa convivencia lo inquietó más que cualquier sirena. La gente se acostumbraba a trabajar cerca del riesgo del mismo modo que él se había acostumbrado a Quinito. La costumbre no eliminaba el peligro; únicamente lo hacía menos visible.
La responsable de comunicación utilizaba un lenguaje pensado para convertir procesos complejos en frases tranquilizadoras. Sebastián fingió tomar notas de periodista mientras buscaba nombres. Cuando apareció Cerámicas Gimeno, sintió que todo el viaje adquiría sentido.
Pidió ver documentación con una naturalidad que no sentía. Le sorprendió que parte de ella estuviera disponible. Los grandes fraudes, pensó, no siempre se ocultaban en cajas fuertes. A veces estaban archivados correctamente porque nadie esperaba que la persona equivocada supiera qué buscar.
La firma de Mariano era el detalle que convertía un contrato en una acusación.
Sebastián la observó varias veces. No era perito calígrafo y se negó a fingirlo.
Podía parecer auténtica y ser falsa; podía parecer falsa y haber sido realizada por un hombre apresurado.
Lo importante era que Mariano había negado haber autorizado la operación.
Si la firma había sido falsificada, Ricardo necesitaba que el documento sobreviviera a cualquier comprobación posterior. Eso implicaba confianza en que nadie lo discutiría o capacidad para influir en quienes debían revisarlo. La muerte de Mariano facilitaba ambas cosas.
El detective sintió la fuerza de la hipótesis y, al mismo tiempo, el peligro de enamorarse de ella. Todo encajaba demasiado bien con la acusación inicial. Guardó esa incomodidad. Todavía no sabía que sería una de las pocas señales verdaderas que había tenido desde el principio.
Kalashov se acercó sin prisa. Sebastián había esperado que un hombre con semejante historial tuviera una presencia teatral.
Encontró lo contrario. El georgiano hablaba bajo, obligando a los demás a escuchar.
Sus cicatrices no necesitaban explicación y sus acompañantes mantenían la atención repartida por el espacio.
La amenaza del tanque fue formulada casi como una observación técnica.
Sebastián imaginó durante un segundo lo fácil que sería que una persona desapareciera dentro de una instalación donde el acceso ya estaba controlado.
No necesitaba creer que Kalashov hubiera hecho algo semejante antes. Bastaba con que pudiera hacerlo.
Aun así, detectó un límite. El georgiano quería asustarlo, no matarlo allí. Si hubiera decidido lo segundo, probablemente no estaría conversando. Esa conclusión no proporcionaba seguridad, pero sí unos minutos.
Sebastián los utilizó para recordar cada detalle que pudiera contar después.
La pérdida del Escort provocó una furia inesperada. Sebastián contempló el lugar donde debería estar el coche y tardó unos segundos en aceptar la evidencia. Kalashov no solo podía amenazarlo; podía borrar un vehículo accidentado de una carretera y hacer que el problema dejara de existir.
El mazo chamuscado parecía una reliquia ridícula. El CD de María Jesús, intacto, superaba cualquier explicación racional. Sebastián lo guardó porque abandonarlo habría significado permitir que toda aquella noche decidiera qué cosas merecían sobrevivir.
Mientras buscaba la forma de regresar, pensó que quizá compraría otro coche. Después recordó su saldo bancario y la transferencia de Andorra. Mariano volvía a deberle más dinero cada hora.
Antes de enfrentarse a Ricardo, Sebastián repasó el caso caminando.
Necesitaba ordenar la acusación de manera que el empresario no pudiera desmontarla simplemente negando el asesinato.
Empezaría por lo comprobable: contrato, capacidad industrial, firma y relación con CTRE.
Después introduciría a Alicia. Solo al final mencionaría la muerte.
La estrategia tenía otra finalidad. Quería observar en qué punto Ricardo perdía el control. Los culpables no reaccionaban necesariamente con miedo ante la acusación más grave. A veces lo hacían ante el detalle que creían imposible que otro conociera.
Sebastián entró dispuesto a escuchar tanto como a hablar.
Ricardo intentó refugiarse en el lenguaje empresarial. Habló de oportunidades, inversiones, proveedores y decisiones estratégicas. Sebastián dejó que las palabras se acumularan antes de preguntar por la maquinaria necesaria para fabricar los contenedores.
La pausa fue pequeña, pero existió.