Capítulo XII #4
O alguien había firmado por él.
La diferencia era el centro del caso. El muerto había afirmado que se oponía al acuerdo. Si decía la verdad, la falsificación proporcionaba a Ricardo un motivo económico enorme. También demostraba que la operación podía seguir adelante pese a la resistencia del hermano.
Sebastián preguntó por las especificaciones de los contenedores.
Zirconio, resistencia, durabilidad, protocolos.
Escuchó términos que no dominaba y se quedó con lo esencial: fabricar aquello correctamente exigía capacidad industrial e inversión.
Si Cerámicas no las tenía, el contrato no era solo irregular. Podía ser peligroso.
Kalashov apareció antes de que pudiera seguir preguntando. Su presencia cerró el espacio. Los hombres que lo acompañaban no necesitaban tocar a Sebastián. El mensaje estaba en la distancia que mantenían y en la certeza de que podían reducirla cuando quisieran.
El georgiano habló del tanque central y de lo sencillo que sería desaparecer allí. Sebastián creyó la amenaza. También comprendió que matarlo dentro de la instalación produciría preguntas incómodas, razón probable por la que todavía podía escucharla.
Lo dejaron marchar. Afuera descubrió que el Escort había desaparecido.
Del coche quedaban únicamente objetos salvados con una lógica que parecía una burla: el mazo chamuscado y el CD de María Jesús.
Sebastián sostuvo el disco entre los dedos y pensó que el universo poseía un sentido del humor demasiado específico.
De vuelta a Alicante, Sebastián ordenó la investigación antes de enfrentarse a Ricardo.
La tentación era presentarse con una acusación completa.
Se obligó a separar hechos de inferencias.
Hecho: existía un contrato con CTRE. Hecho: Mariano había manifestado su oposición.
Hecho: su firma aparecía en el documento.
Hecho: la empresa podía carecer de la infraestructura necesaria para cumplir las especificaciones.
Hecho: Ricardo mantenía una relación con Alicia.
Inferencia: Ricardo había falsificado la firma. Inferencia: había intentado matar a Sebastián. Inferencia mayor: había asesinado a Mariano.
La última era la más importante y la menos demostrada. Sebastián la llevaba consigo porque el propio muerto se la había entregado. Eso bastaba para investigar, no para condenar.
En el despacho de Ricardo utilizó la presión económica antes que la acusación sentimental.
Habló de contenedores, de maquinaria y de las consecuencias de vender seguridad sin poder fabricarla.
El empresario intentó mantener la discusión en términos comerciales.
Sebastián introdujo entonces a Mariano y a Alicia.
La combinación produjo la reacción que buscaba, aunque no una confesión.
Ricardo entendió que el detective había conectado ámbitos que él prefería mantener separados.
Sebastián le dejó claro que la policía podía comprobar firmas, inversiones, contratos y registros.
No necesitaba convencerlo de que veía muertos.
Bastaba con convencerlo de que los vivos podían leer documentos.
Al salir, la satisfacción fue incompleta. Había desmontado buena parte de la operación, pero seguía sin poseer la pieza material que demostrara el asesinato. El supuesto homicida estaba cercado por motivos y fraudes, no por la muerte de su hermano.
Sebastián pensó entonces en la cuenta de Andorra. El pago se había convertido en la última obligación de Mariano. El muerto había sido extraordinariamente eficaz guiándolo hacia Ricardo y extraordinariamente impreciso cada vez que el dinero entraba en la conversación.
La sospecha que surgió no tenía todavía forma. Solo una molestia. Como una palabra mal colocada en una frase que, por lo demás, parecía perfecta.
A final de mes, las facturas transformaron aquella molestia en irritación.
Sebastián revisó movimientos bancarios, esperó plazos razonables y comprobó que ninguna transferencia procedente de Andorra había aparecido.
Podía perseguir mafiosos, discutir con fantasmas y entrar en instalaciones de residuos, pero seguía dependiendo de que los clientes pagaran.
La tabla ouija con caracteres cirílicos era una compra absurda incluso para sus estándares.
La había encontrado en un bazar chino y la adquirió porque, después de Kalashov, el alfabeto le pareció una ironía apropiada.
No esperaba que el objeto tuviera poder propio.
Los instrumentos de invocación eran, en gran medida, mecanismos de concentración.
Sebastián preparó el despacho sin solemnidad. No encendió velas negras ni recitó fórmulas latinas. Cerró la puerta, apartó papeles y llamó a Mariano con la impaciencia de un profesional reclamando una factura vencida.
El muerto apareció sereno. Demasiado sereno.
La confesión sobre la cuenta inexistente fue el primer golpe. La siguiente frase reorganizó todo lo demás: la muerte había sido accidental.
Sebastián tardó unos segundos en responder porque su cabeza recorrió el caso en sentido inverso.
La cámara, Ricardo, Alicia, el contrato, Kalashov, Tabarca, los frenos.
Todas las piezas seguían existiendo, pero ya no formaban el dibujo que él había supuesto.
Mariano no había necesitado descubrir a su asesino.
Había necesitado un investigador dispuesto a llegar hasta un negocio que podía causar un daño mucho mayor.
El engaño era brillante y miserable. Mariano conocía la naturaleza del oficio de Sebastián y había utilizado precisamente su respeto por los muertos.
Si se hubiera presentado pidiendo ayuda para revisar un contrato industrial, quizá nunca habría conseguido que el detective cruzara media costa, se enfrentara a Kalashov y pusiera a Ricardo contra la pared.
Mariano lo llamó héroe. Sebastián recibió la palabra como un insulto. No quería ser héroe; quería cobrar. La amenaza de orinar en las flores de la tumba fue la respuesta más moderada que encontró.
Después, cuando el muerto desapareció, la rabia empezó a mezclarse con otra sensación. El contrato quedaría bajo vigilancia. Las firmas serían examinadas. La posible estafa ya no podría continuar con la misma facilidad. Mariano había mentido sobre su asesinato, pero no sobre el peligro.
Sebastián se negó a concederle el consuelo de admitir que había hecho lo correcto. Al menos no en voz alta.
En el baño, mientras se cepillaba los dientes y la luz parpadeaba, pensó que quizá debía modificar sus condiciones profesionales. Los clientes muertos tendrían que pagar por adelantado. El problema era encontrar un banco dispuesto a abrirles una cuenta.
El regreso desde Tabarca había dejado a Sebastián con una combinación de cansancio y euforia que conocía bien.
El cuerpo pedía descanso, pero la investigación acababa de ofrecer demasiadas piezas nuevas.
Extendió los papeles recuperados y volvió a examinarlos sin esperar encontrar una revelación inmediata.
A menudo el valor de un documento no estaba en lo que decía, sino en el nombre que permitía buscar después.
El hotel Berlín se había convertido mientras tanto en un tablero donde los implicados entraban y salían con una naturalidad que empezaba a parecer excesiva.
Alicia recibía visitas, Ricardo aparecía cuando creía oportuno y los hombres vinculados a Kalashov circulaban sin esconderse demasiado.
Sebastián comprendió que la discreción de aquella gente no consistía en volverse invisible.
Consistía en comportarse como si no hubiera nada que ocultar.
La estrategia era eficaz. Un hombre enorme sentado en un vestíbulo podía llamar la atención; un hombre enorme que saludaba al recepcionista y hojeaba un periódico acababa formando parte del mobiliario.
Sebastián empezó a observar no solo quién llegaba, sino quién dejaba de mirar cuando llegaba alguien importante.
La relación entre Alicia y Ricardo se revelaba principalmente en los silencios.
Sebastián había visto amantes que se delataban por tocarse demasiado.
Ellos hacían lo contrario. Mantenían una distancia cuidadosamente construida delante de terceros y la rompían solo cuando creían estar fuera de observación.
Ricardo parecía llevar peor esa disciplina.
Había en él una necesidad de obtener de Alicia una confirmación que ella administraba con cuidado.
Cuando dijo que sería capaz de cualquier cosa por ella, Sebastián no escuchó una confesión de asesinato.
Escuchó una frase peligrosa precisamente porque podía significar demasiadas cosas.
Alicia respondió recordándole que el cuerpo de Mariano aún estaba caliente.
La expresión contenía reproche, prudencia y quizá una advertencia.
Sebastián se preguntó cuánto sabía ella sobre las decisiones empresariales de los hermanos.
Hasta entonces había presentado su papel en los negocios como testimonial.
La carpeta que circulaba entre sus manos sugería que, después de la muerte, ese papel podía estar cambiando.
Ricardo poseía un tipo de inseguridad que el dinero no había corregido.
En su despacho todo hablaba de éxito porque necesitaba que hablara.
Los trofeos de caza, la madera, los libros y el tamaño de la mesa formaban una declaración constante.
Mariano, por lo que Sebastián empezaba a reconstruir, había ocupado durante años el lugar del hermano con mayor autoridad.
La muerte podía haber liberado a Ricardo y, al mismo tiempo, haberlo dejado sin la referencia contra la que medirse.