Capítulo XII #3
Sebastián podía entender el motivo y seguir deseando orinar en su tumba. Ambas cosas eran compatibles.
Después de que Mariano desapareciera, permaneció un rato en el despacho sin encender ninguna luz.
Pensó en el accidente, en Verónica, en Tabarca, en el Escort perdido y en las horas dedicadas a reconstruir papeles.
Había resuelto un crimen que nunca existió y, sin embargo, había descubierto delitos reales.
No sabía si aquello podía considerarse un éxito profesional.
Quinito apareció de nuevo. Sebastián no necesitó mirarlo para saber que estaba allí. La temperatura había cambiado apenas un grado, suficiente después de tantos años de convivencia.
—No pienso cobrarte alquiler —dijo—, pero empieza a valorar el privilegio.
El fraile no respondió.
La luz del baño parpadeó poco después y Sebastián recuperó el humor suficiente para amenazar a Mariano desde el lavabo.
Quizá esa fuera la única forma sensata de cerrar el asunto.
Los vivos mentían, los muertos también, y él continuaría trabajando en medio de ambos mientras pudiera distinguir cuándo una mentira escondía un crimen y cuándo intentaba evitar uno.
El sol de Tabarca había dejado en Sebastián una quemadura que convertía el roce de la camisa en un recordatorio constante de la persecución.
De regreso al Berlín, se miró en el espejo del ascensor y pensó que ofrecía una imagen poco adecuada para un investigador discreto: piel enrojecida, cansancio y la expresión de quien había pasado demasiado cerca de un problema mucho mayor que él.
La conversación entre Alicia y Ricardo lo obligó a olvidar el dolor.
No necesitaba escuchar cada palabra; bastaban el tono y algunas frases.
Ricardo hablaba desde una intimidad que no correspondía a un cuñado reciente.
Alicia marcaba distancias, pero no las de una mujer sorprendida por una declaración inesperada. Había historia entre ellos.
Sebastián se concentró en el documento. Cerámicas Hermanos Gimeno aparecía en la carpeta y la referencia a Kalashov convertía la relación sentimental en una pieza empresarial.
La frase de Ricardo —haber conseguido lo que ella le había pedido— adquiría otro peso cuando se pronunciaba junto a un contrato.
No se permitió completar todavía el razonamiento.
Mariano había señalado a Ricardo desde el principio y cada descubrimiento parecía confirmar esa acusación.
Precisamente por eso Sebastián necesitaba desconfiar.
Las investigaciones demasiado obedientes podían terminar demostrando únicamente lo que uno había decidido encontrar.
A la mañana siguiente, Alicia mantuvo la compostura.
El desayuno tenía la apariencia de un encuentro casual, pero ambos sabían que se estaban midiendo.
Sebastián intentó acercarse a la carpeta sin revelar cuánto sabía.
María Jesús y su acordeón intervinieron con una eficacia que ningún guardaespaldas habría mejorado.
El instrumento cayó sobre los papeles y la oportunidad desapareció entre disculpas y movimientos apresurados.
Cuando el sedán de cristales oscuros se detuvo frente al hotel, el ambiente cambió antes de que nadie pronunciara el nombre.
Kalashov era físicamente menos impresionante que sus hombres.
Esa diferencia aumentaba su autoridad. No necesitaba ocupar espacio porque los demás se encargaban de hacerlo por él.
La recepcionista lo recibió como a un huésped importante y anunció que la sala VIP estaba preparada, que la señora Llaude esperaba.
Sebastián observó la escena desde una distancia prudente.
Alicia, Ricardo y Kalashov ya no eran tres líneas separadas.
Formaban un triángulo. En el centro empezaba a aparecer el negocio que Mariano había intentado señalar sin explicarlo.
La visita a Ricardo exigía una estrategia distinta.
Sebastián no podía presentarse con las sospechas completas porque aún necesitaba observar qué información provocaba una reacción.
El despacho del empresario ofreció ayuda involuntaria.
Todo estaba diseñado para imponer: madera oscura, trofeos, volúmenes enciclopédicos, objetos que parecían elegidos por su capacidad de anunciar dinero antes que por utilidad.
Los animales disecados arruinaban parcialmente el efecto. Sebastián escuchó al jabalí y al facóquero discutir mientras Ricardo hablaba. Había aprendido a no responder a los muertos delante de personas que no podían verlos. A veces aquello requería más esfuerzo que enfrentarse a una amenaza.
Ricardo describió la relación con Mariano como excelente.
La palabra quedó suspendida entre ambos con demasiada perfección.
Sebastián no esperaba que un hombre confesara resentimientos ante un desconocido, pero sabía reconocer una versión preparada.
Preguntó por la evolución de la empresa, por Cerámicas y por las decisiones recientes.
Ricardo respondió con la soltura de quien domina un relato corporativo.
El nombre de Alicia no apareció de inmediato. Sebastián lo reservó. Prefería comprobar primero si Ricardo introducía espontáneamente algún elemento personal. No lo hizo. El empresario mantuvo a su hermano dentro del terreno profesional y el accidente dentro del terreno de la fatalidad.
La frase sobre el tabaco llegó casi al final. Ricardo le advirtió que fumar podía matarlo. Sebastián respondió que sabía que no sería así. La información procedía de muertos y no necesitaba explicar más. Disfrutó durante un segundo de la incomodidad que produjo.
Entonces vio el membrete del CTRE. Fue apenas un detalle entre papeles, pero conectaba el despacho con Kalashov.
Sebastián no cambió de expresión. En una investigación, descubrir una pista era solo la mitad del trabajo; la otra mitad consistía en evitar que el propietario supiera que la habías descubierto.
La reconstrucción del documento triturado ocupó buena parte de la noche.
Sebastián extendió las tiras sobre una superficie despejada y empezó a unir bordes, letras y fragmentos de logotipos.
El procedimiento tenía la lentitud de un rompecabezas diseñado por alguien que odiaba a quien intentara resolverlo.
A medida que el texto reaparecía, también lo hacía la dimensión del negocio.
CTRE no era una referencia casual. Cerámicas Hermanos Gimeno aspiraba a suministrar recipientes destinados al almacenamiento de residuos radiactivos.
Las condiciones técnicas exigían materiales capaces de soportar un horizonte temporal que convertía cualquier ahorro presente en una amenaza futura.
Sebastián pensó en Mariano. Un empresario podía oponerse a un contrato por prudencia, por coste, por miedo o por ética. No sabía todavía cuál había sido la razón principal. Sí sabía que la negativa de uno de los hermanos podía bloquear una operación que necesitaba dos firmas.
El viaje hacia Murcia empezó con esa idea.
El Ford Escort avanzaba de noche mientras una vieja Maxwell C60 devolvía canciones de otra época.
La voz de Verónica pertenecía a un tiempo en que las cintas se grababan pensando en una persona concreta.
Sebastián sonrió al recordar el bolígrafo Bic, las carátulas escritas a mano y la paciencia necesaria para rebobinar.
La aparición de Verónica en el asiento trasero no fue terrorífica. Fue triste de una manera que tardó en reconocer. Ella seguía teniendo la edad de sus recuerdos. Sebastián no. La muerte conservaba a algunas personas en un punto exacto mientras los vivos continuaban alejándose.
Verónica arregló la cinta con la familiaridad de quien repetía un gesto antiguo. Cuando Sebastián preguntó dónde trabajaba ahora, la respuesta —«en el pasado»— convirtió durante unos segundos el interior del coche en un lugar más silencioso que la carretera.
Después señaló la curva.
El pedal de freno cedió y toda reflexión desapareció.
Sebastián luchó con el volante, sintió el coche salirse de la trayectoria y recibió el impacto contra la sabina como una sucesión de ruido, cristal y presión.
Cuando consiguió moverse, comprobó primero que podía respirar. Después buscó a Verónica. Ya no estaba.
El examen de la conducción del freno eliminó la posibilidad de una avería casual. Las tuercas habían sido aflojadas. Alguien conocía su vehículo y había tenido tiempo para prepararlo. La investigación acababa de dejar una marca física.
Sebastián miró el Escort dañado. Le dolió verlo así. Había insultado aquel coche durante años, pero una cosa era amenazar con venderlo y otra descubrir que alguien había intentado convertirlo en su ataúd.
La caminata hasta el CTRE se produjo antes del amanecer, cuando el paisaje todavía no había decidido sus colores. Sebastián llevaba el mazo de Calasparra y la sensación de que cualquier decisión razonable habría consistido en regresar. Continuó.
El puesto de vigilancia parecía abandonado de una forma demasiado conveniente.
Había pases accesibles y ningún guardia que justificara la ausencia.
Sebastián utilizó uno. No confundió facilidad con suerte.
Si el centro permitía entrar así, podía tratarse de negligencia o de una invitación.
Ninguna opción resultaba tranquilizadora.
El complejo adquiría una escala distinta desde dentro.
La gran estructura de hormigón dominaba las instalaciones y reducía a Sebastián a una figura mínima entre edificios concebidos para contener materiales que no admitían errores.
La explicación técnica de los procesos era fría, administrativa.
Eso aumentaba la inquietud. Las catástrofes industriales también empezaban con formularios.
La responsable de prensa aceptó su identidad de periodista con menos resistencia de la esperada. Sebastián formuló preguntas generales hasta que pudo conducir la conversación hacia los proveedores. Cuando apareció el contrato de Cerámicas Gimeno, se concentró en las firmas.
Mariano había firmado.